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La Maldición De Odi

Электронная книга - «La Maldición De Odi». Краткое содержание книги:

La guerra de las brujas está próxima y la elegida no puede posponer más el momento de empuñar el cetro y destruir a las temibles Odish. Pero Anaíd, que anhela el amor de Roc y del padre que nunca tuvo, que confía en llevar la paz definitiva a las Omar, tendrá que enfrentarse a la traición, al rechazo de los suyos y a la soledad. La maldición de Odi se ha cumplido: la elegida ha incurrido en los errores, ha sucumbido al poder del cetro y hasta los muertos reclaman su tributo. Es el momento de la verdad, de la batalla definitiva entre Omar y Odish.
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Selene no necesitaba fingir. Simplemente mostraba su odio hacia Gunnar, narraba el secuestro de su hija y ya tenía asegurada la solidaridad de todas las tribus de los oasis y la hamada del apabullante desierto.

Aunque había algo que no encajaba en su persecución. ¿Acaso un Odish tan viajero, sabio e intuitivo desconocía los buenos modales de los hombres azules del desierto? Su actitud era abiertamente provocativa. No se preservaba, ni respetaba las leyes de los últimos nómadas africanos. ¿Tanto había cambiado Gunnar? Selene lo recordaba respetuoso con los sami y los inuit, amante de las tradiciones vikingas, incapaz de reírse de una superstición o desafiar un tabú. ¿Se había vuelto loco? Y si no, ¿cómo demonios se le había ocurrido llevar a una niña a un territorio tan inhóspito como el Teneré? ¿Acaso quería matarla de calor? ¿De sed? ¿De hambre? ¿Y si sufrieran alguna avería en el vehículo?

Hacía ya unos días que la preocupación de Selene iba en aumento. Sobre todo cuando descubrió que la pista de Gunnar regresaba fatalmente al mismo lugar del que había partido dos días antes. Había recorrido un círculo completo. ¿Tan desorientado estaba? ¿Tan perdido como para no reconocer el Norte y el Sur? Había algo preocupante en su comportamiento. Y además, no entendía cómo había conseguido que el aislamiento de Anaíd fuese completo. No había forma mágica de acercarse a ella. No podía establecer contacto de ningún tipo, ni telepático, ni adivinatorio.

A las puertas del desierto, tras atravesar el Atlas, leyó las formas de las dunas con la ayuda de una joven Omar del clan del escorpión. Ninguna de las dos pudo percibir ni rastro de la presencia de Anaíd. Gunnar, con sus poderes o sin ellos, había borrado de un plumazo la energía vital de la elegida.

Y esa noche, esa noche había sucedido algo muy extraño. Al acercar su oído sobre la arena, había podido escuchar con nitidez la voz de Gunnar hablando con Anaíd. Sin embargo, no había conseguido oír la respuesta de Anaíd por mucho que se esforzó. ¿Había sido borrada? ¿Cómo? Imposible adivinar los vericuetos de las habilidades de Gunnar que sin duda eran muchas.

– ¿Has visto alguna vez las constelaciones en el desierto? -le preguntó por sorpresa una voz masculina que hablaba en francés con un acento velado.

Selene salió de su ensimismamiento y dio un respingo.

El joven vestía su túnica azul índigo, cubría parte de su rostro con su turbante, tenía el rostro curtido con visos cobrizos, las manos grandes y los ojos negros como la noche.

Selene suspiró. Ella era amante de las estrellas. Inculcó ese amor a Anaíd y las noches despejadas era para ellas casi una costumbre salir al jardín, tenderse en el suelo, entrecerrar los ojos y cantar los nombres sugerentes de Alrai, Alderamin o Arcturus, aunque sus preferidas eran las constelaciones invernales, las estrellas brillantes y hermosas de Orión, la majestuosa estrella rojiza de Beltegeuse o la gran Bellatrix, blanco azulada. Anaíd, en cambio, prefería las jóvenes estrellas que adornaban el cinturón del gigante: Mintaka, Alnilam y Alnitak, azules y ligeras como ella.

Sin desearlo se le humedecieron los ojos de lágrimas al pensar en su pequeña. El hombre azul se las secó con el dorso de su mano y luego la ayudó a levantarse para acompañarla a contemplar el magnífico espectáculo.

Caminaron unos metros hasta alejarse de las jaimas. Treparon hasta lo alto de una duna y se estiraron en la cima. Cuando levantó los ojos al cielo Selene se quedó sin aliento. La hermosura de aquel cielo límpido, fabulosamente nítido, cuajado de estrellas, era tal que la melancolía, algo parecido a la fascinación por la belleza absoluta, se apoderó de su ánimo. Se le nubló la vista y se sintió lánguida y débil. La avidez que la distinguía siempre cuando buscaba tercamente la línea imaginaria que la llevaría de la Osa Menor a Casiopea se truncó. Las estrellas estaban ahí, bailando, luciendo sus mejores galas y no deseaban ser identificadas. Era el gran espectáculo de su fiesta y en esos casos sobraban las alfombras rojas y los fiases. El glamour del cielo la invitaba a unirse a él.

Por un instante la compañía del hombre azul del desierto la engañó. Creyó que estaba junto a sus seres amados, que Anaíd miraba ese mismo cielo cuajado de luz y que las dos se tomaban de la mano y, a través de su telepatía, se transmitían los nombres de las estrellas en voz queda. Hasta que su acompañante comenzó a hablar.

– El león es fiero y su rugido paraliza a sus víctimas. El león no se oculta, luce su melena y se tiende al sol para que brille. El león se pavonea y se jacta. El león consigue que todas las miradas recaigan sobre él.

Selene se quedó pensativa. ¿Qué quería decirle?

– La leona caza de noche, silenciosamente. Se cobra sus piezas con sigilo y oculta a sus crías de los depredadores. La leona es lista y fuerte, excepto cuando ve la melena rojiza del león.

Selene tomó aire. Se sentía demasiado desnuda e inerme para huir.

– En el desierto ya no hay leones -se defendió torpemente.

El hombre del desierto se acodó sobre la arena y la traspasó con sus ojos negros.

– Cuentan los más ancianos que el león perseguía a la leona con cachorros y daba caza a los pequeños para devorarlos. Luego, la leona cazaba para él y estaba cariñosa y disponible. Ya no recordaba el daño que le había hecho.

Selene se puso en guardia. ¿Intentaba avisarla de algo terrible?

– Las leonas son víctimas de su naturaleza. A veces la naturaleza es injusta.

El tuareg asintió.

– Antaño el león reinaba en estas latitudes, pero la arena y el viento pudieron con él.

Selene señaló en el cielo la constelación del león. Acababa de verla.

– Está ahí.

El hombre azul asintió.

– Ahora sólo lo vemos en el cielo. Creemos que reina, pero los que vienen del Sur explican que la hidra sinuosa está a su acecho. Tarde o temprano acabará con el león.

Selene había oído hablar de la Hidra y sus satélites, el cuervo, la capa Antlia y Vela, pero no se distrajo de la información que pretendía pasarle el apuesto nómada.

– ¿Así pues el león es peligroso o no?

El hombre la miró fijamente.

– La leona miente. El león no se llevó a su cachorro… o lo devoró.

Selene se incorporó de un salto. ¿Qué estaba diciendo ese hombre?

– Lleva a mi hija con él, la esconde en su coche.

– No es cierto.

Selene se angustió.

– No, no la ha devorado, no podría.

El hombre azul sonrió enigmáticamente.

– Entonces, simplemente no está.

Y de los recovecos de los pliegues de su túnica sacó un objeto y se lo entregó a Selene. Era un radiocasete. Selene se quedó extrañamente sorprendida. Y más aún cuando el hombre apretó el botón y en el silencio de la noche resonó la voz de Anaíd. Era ella. Era su voz, la conversación que creía haber interrumpido en más de una ocasión, era su hija, su pequeña. Estaba ahí dentro prisionera de una cinta.

– Ésta es tu hija. No había nada más.

Selene lo comprendió de golpe.

– ¿Entraste en su coche?

El hombre asintió.

– Recibí un mensaje de mi prima Shahida. Me advirtió de su llegada y de la tuya. Me rogó que rescatara a la niña.

Selene sintió que se ahogaba de emoción. No estaba sola. Se llevó la mano al pecho. Las Omar la ayudaban, las Omar le habían tendido una mano, pero había sido en vano…

– ¿Estás seguro?

No hizo falta ratificarlo. Sus ojos certeros de halcón que podían distinguir la polvareda de una caravana a más de mil kilómetros se posaron en su rostro. Estaba compungido, pero decía la verdad.

Selene se sintió estúpida. Tan estúpida como cuando descubrió que la habían abandonado en el hotel. Tan estúpida como cuando descubrió que Gunnar no era su amante sino su enemigo. Era una pobre estúpida.

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