La Sombra de Poe
- Автор: Перл Мэтью
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sombra de Poe». Краткое содержание книги:
Inspirado por los relatos de Poe, Clark intenta encontrar al único hombre que puede resolver este extraño caso: la persona en la que se basó Poe para crear al infalible detective C. Auguste Dupin. Con la aparición de dos candidatos comienza una competición sin igual para desentrañar la muerte de Poe y demostrar quién es el «verdadero» Dupin. Clark se verá envuelto en un duelo de inteligencias, un torbellino de misterio y literatura del que sólo podrá escapar investigando.
de Desesperación!
Solía sentarse en la sala de los periódicos, interrumpiéndose sólo para sonarse ferozmente con su pañuelo o con uno que pedía prestado a un desdichado circunstante. Me volví excesivamente amistoso con desconocidos con los que me encontraba en la sala de lectura, basándome sólo en su virtud de no ser aquel hombre de los estornudos y las cejas híspidas.
Manifesté mi desagrado al empleado, mientras paseaba frente a su escritorio.
– ¿Por qué se preocupa tanto por los artículos sobre Poe? -pregunté.
– ¿Quién, señor Clark?
Le guiñé el ojo al amable y anciano empleado.
– ¿Quién? Ese hombre que viene casi todos los días…
– Ah, pensaba que se refería al hombre que me dio aquellos artículos sobre Edgar Poe hace tiempo y que hice que le mandaran a usted -replicó.
Me detuve en seco mientras pensaba en el paquete de recortes que el empleado me envió antes de mi marcha a París; una selección que incluía la primera mención que yo hallé de un Dupin real.
– Yo creí entender que fue usted quien reunió los recortes.
– Pues no, señor Clark.
– Entonces, ¿quién se los dio?
– Ahora debe de hacer unos dos años -dijo pensativamente-. ¿A qué casilla de mi cerebro habrá ido a parar? -añadió riendo.
– Por favor, trate de recordar. Tengo el mayor interés en ello.
El empleado dijo que me lo comunicaría si era capaz de acordarse. Alguien, imaginé, que se preocupaba por Poe antes del sensacionalismo morboso y la curiosidad vulgar despertados por la manipulación del barón. Antes de que hubiera hombres como aquel entusiasta que ahora se colocaba siempre delante de mí en la sala.
Duponte me aconsejó que ignorara al hombre. Después de mi encuentro con Bonjour en la librería, dijo, el barón Dupin habría dispuesto muchos ojos para buscarme -como ya había hecho en París- a fin de determinar la naturaleza de nuestra actividad. Yo debía hacer como si no estuviera, incluso como si no existiera.
– Oh, mire esto. Pronto sabremos más del caso.
Tal fue el comentario del hirsuto personaje una mañana en el ateneo. Traté de rechazarlo con dureza excesiva, pero acabé respondiéndole desde la mesa vecina:
– ¿Qué, caballero? ¿A qué se refiere usted cuando dice que pronto sabremos más?
Me miró de través, como si fuera la primera vez que me veía.
– Pues eso, mi querido señor -dijo, encontrando el punto en la página-. Aquí. Dicen que circulan rumores en los más encumbrados círculos sociales de que el «verdadero Dupin» ha venido a Baltimore y averiguará lo que le sucedió a Poe. ¿Lo ve?
Eché un vistazo al periódico y encontré la información.
– Este redactor ha sabido de primera mano que C. Auguste Dupin fue… -El hombre prosiguió y luego se detuvo a sonarse-. C. A. Dupin fue el genio que resolvió los casos de algunos de los cuentos de Poe, ¿sabe? Resuelve los rompecabezas más liados. Es superior, no se equivoca.
Quise contarle todo esto a Duponte, ante todo para expresarle lo vejado que me sentía, pero aquella noche no lo encontré en su lugar habitual en mi biblioteca.
– ¿Monsieur Duponte?
Mi voz se propagó por las largas estancias de Glen Eliza y por los huecos de las escaleras, en un eco inútil. Pregunté al servicio, pero nadie lo había visto desde primeras horas del día. Un temor de mal augurio se apoderó de mí. Grité con bastante fuerza como para que me oyeran en las casas vecinas. Era probable que Duponte acabara sintiéndose encerrado después de permanecer leyendo tanto tiempo, Aún podría estar cerca de casa.
Pero no encontré rastro del analista en toda la propiedad ni en el valle que se extendía más abajo de mi casa. Salí a la calle y tomé un coche de alquiler.
– Estoy buscando a un amigo, cochero. Demos unas vueltas, y a toda prisa.
Dado que Duponte no se había alejado de Glen Eliza desde nuestra llegada, empecé a sospechar que había dado con algo interesante que investigar.
Recorrimos las avenidas en torno al monumento a Washington, cruzamos el mercado de Lexington y las calles atestadas junto a los muelles, de las que sobresalían los palos de los clípers. El afable cochero trató en varias ocasiones de entablar conversación, y otra vez mientras recorríamos la explanada frente al hospital universitario Washington.
– ¿Sabe usted, caballero -me gritó, volviéndose-, que es aquí donde murió Edgar Poe?
– ¡Detenga el coche! -exclamé.
Lo hizo, feliz por haber atraído mi atención. Me encaramé al pescante.
– ¿Qué acaba de decir sobre este lugar, cochero?
– Le estaba mostrando los puntos de interés. ¿Es usted forastero? En un periquete lo puedo llevar a un buen establecimiento culinario, si lo desea, en lugar de ir dando vueltas, caballero.
– ¿Quién le ha hablado de Poe? ¿Lo ha leído en los periódicos?
– Me estuvo hablando de ello un tipo que subió a mi coche.
– ¿Y qué le dijo?
– Maldita sea, que Poe era el más grande poeta de América. Pero había oído contar que a Poe lo dejaron morir en el sucio suelo de una tabernucha en circunstancias turbias. Dijo haberlo leído todo en los periódicos. Era un hombre sociable… Quiero decir el qué montó en mi coche.
El cochero no consiguió recordar el aspecto de aquel hombre, aunque estaba claro que recordaba con agrado que fue un fácil conversador, comparado con su actual pasajero.
– No hará tres días que lo llevé en mi coche. ¿Sabe? Estornudaba terriblemente.
– ¿Estornudaba?
– Sí, me pidió prestado el pañuelo y lo utilizó de una manera terrible.
Contemplé cómo la tarde se hundía en el crepúsculo, sabiendo que con la puesta del sol perdería toda esperanza de localizar a Duponte.
La iluminación callejera de Baltimore se contaba entre las más pobres de cualquier ciudad, y en ocasiones caminar hasta casa una vez anochecido resultaba difícil incluso para un baltimorense de toda la vida. Llegué a la conclusión de que lo más sensato era regresar y aguardarlo en Glen Eliza.
Ahora los cerdos atestaban la calle. Aunque se habían multiplicado las demandas de que se implantaran carros públicos para la recogida de basura y desechos de las calles, aquellas voraces criaturas seguían siendo el recurso principal, y a aquella hora llenaban el aire con satisfechos gruñidos mientras devoraban cualquier desperdicio que pudieran hallar.
Poco después de dar instrucciones al cochero para que me devolviera a casa, distinguí, a través de la ventanilla del carruaje, a Duponte caminando con su acostumbrado paso moderado. Pagué al cochero y me apeé apresuradamente, como si el francés pudiera disolverse en el aire.
– ¿Adónde va usted, monsieur Duponte?
– Estoy observando el espíritu de la ciudad, monsieur Clark -me dijo Duponte, como si ese hecho fuera algo obvio.
– Pero, monsieur, no puedo entender por qué salió de Glen Eliza por su cuenta… Sin duda yo podría ser su mejor guía en la ciudad.
Con fines de demostración, empecé a describir las nuevas fábricas de gas que podían verse en la distancia, pero alzó la mano para imponerme silencio.
– Respecto de ciertos hechos -dijo-, me apresuraría a dar la bienvenida a sus elaborados conocimientos. Pero considere, monsieur Clark, que usted conoce Baltimore como un vecino más. Edgar Poe vivió aquí un tiempo, pero hace muchos años… Quince, si no estoy equivocado. En sus últimos días, Poe venía aquí como lo haría un visitante, un forastero. Me he parado en algunas tiendas de especial interés y en una amplia variedad de mercados, aprendiendo lo que los extraños deducirían de las señales y de las conductas de los naturales.
Supuse que su argumento era razonable. Pasamos la siguiente hora caminando, avanzando en dirección este, y yo le explicaba lo que encontré en el periódico, en la sala de lectura, y lo que oí de labios del cochero.