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Asesinato en Belleville

Электронная книга - «Asesinato en Belleville». Краткое содержание книги:

La tensión crece en el barrio obrero de Belleville cuando se intensifica una huelga de hambre en protesta contra las estrictas leyes de inmigración. Aimée Leduc se salva por los pelos de morir en un atentado con coche bomba mientras persigue a terroristas entre nacionalistas argelinos y fundamentalistas islámicos que conforman una red clandestina norteafricana en París. Desde que Simenon escribiese las novelas de Maigret, nadie había hecho unas novelas policíacas tan parisinas como las de Cara Black; pasear por las calles de Belleville de la mano de Aimée Leduc te transportará a los rincones más recónditos de la Ciudad de la Luz.
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– Samia tuvo una relación con Zdanine, un proveedor de plastique, y él no es trigo limpio -le dijo Morbier-. Zdanine es un poisson pequeño. Martaud y yo queremos al tiburón grande.

– Déjate de acertijos, Morbier, por favor -le pidió ella.

– Zdanine anda metido en asuntos turbios. A mí no me importa -dijo él-. La escoria de la calle muere, y una nueva inunda las alcantarillas. Mi jurisdicción es el Marais, pero quiero protección para la chica.

– Cuéntame más.

– Samia es joven. Zdanine es el padre de su bebé. Cometió un error. No puede saber que estoy metido en esto.

Aimée deshizo los terrones de azúcar moreno en su taza.

– ¿Y por qué iban a contarme ellos nada acerca del plastique?

– Leduc, no eres flic, no te conocen -respondió él-. Por eso eres perfecta.

– Attends, Morbier -dijo Aimée-. ¿Cómo voy a sacar el tema del plastique?

Él se limpió la boca, y alisó la servilleta sobre la mesa.

– Pero puede que te lo vendan, Leduc.

Aimée se detuvo en mitad del sorbo con los ojos como platos.

– Espera, Morbier…

Morbier la miraba de cerca.

– Pero Samia es joven. Y como te he dicho, los jóvenes cometen errores.

– Has elegido a la persona equivocada.

Él entrecerró los ojos debajo de sus pobladas cejas.

– Y Martaud está irascible, ya lo conoces. Desea que le den los galones del commissariat y un infarto antes de cumplir los cuarenta. Quiero protección para Samia. Si queda alguna prueba, hazla desaparecer. C'est compris?

Eso captó la atención de Aimée.

– ¿Qué tiene de especial Samia?

– No hagas preguntas, Leduc -le dijo él-, si pretendes que te ayude.

Ahora estaba intrigada. La curiosidad superaba al miedo que sentía. Al menos en parte. Y Morbier tenía razón; tenía que localizar el plastique. Aimée le dio otro sorbo a su café, preocupado por el giro que había tomado la conversación.

– ¿Y qué me cuentas de Zdanine?

– Si nos ponemos en plan técnico, podemos decir que es proxeneta, Leduc -dijo él, y echó el humo con el labio inferior-. Tiens, esto es Belleville, y uno trabaja con el systéme. Zdanine está pidiendo refugio en la iglesia con los huelguistas.

De nuevo salió el tema de la iglesia y los huelguistas. Dudó.

– Llama a Samia. Dile que te envía Khalil, el primo de Zdanine -le dijo Morbier-. Sabemos que es un proxeneta que no puede salir de Argelia porque está a la espera de unos papeles que le va a conseguir su primo, al que pronto van a legalizar su estancia aquí.

– ¿Cómo lo sabes?

– No importa -le contestó él, y le hizo una seña al camarero para que le trajera l'addition-. Pero es verdad, y Khalil es igual de canalla. Martaud lo quiere a toda costa.

A Aimée le sonó el móvil.

– Allô -dijo ella.

– No me digas que te has olvidado -le dijo Yves.

Ella se puso colorada, y se apartó de Morbier.

– ¿De qué?

– De la cita -dijo él-. En Le Figaro.

– Lo siento, pero no lo confirmamos -le dijo ella, e intentó que no se notara la decepción en su voz.

No recordó haberlo dicho, pero la otra noche había dicho muchas cosas después del champán. Incluso le había hablado de la explosión y de Anaïs. ¿Era eso lo único que él quería?

– Pero en los mensajes que te dejé en el buzón, que por lo visto nos has escuchado -continuó Yves-, te dije que tenía reuniones en Marsella.

– ¿Reuniones?

¿Iba de incógnito o estaba trabajando en algo con lo que Martine no estaba de acuerdo? ¿O las dos cosas?

– También mencioné lo asombrado que estaba por la forma en la que cambiaste la temperatura, cómo alteraste el color de las cosas. Y que quería más. -Hizo una pausa-. Eso si es que lo recuerdo bien.

Aimée se aclaró la garganta.

– Lo compruebo, y después te llamo -dijo ella, y se bebió de un trago lo que quedaba de café, consciente de que Morbier la estaba mirando.

– Sí, hazlo -fue la respuesta de él-. Te estaré esperando.

Y colgaron.

– Te has ruborizado -dijo Morbier, con una ceja arqueada.

– Me pasa cuando bebo muy rápido -respondió ella, y buscó dinero en su bolso para dejar una propina.

Morbier sonrió, pero no dijo nada.

– Aquí tienes el número de Samia. Vive encima del hammam que hay cerca del metro Couronnes -dijo él-. Mete un bañador en el bolso. Tienen una piscine al lado de los baños de vapor.

Tentada por un momento, se detuvo. Hacía varios días que no se hacía sus largos de siempre.

Morbier asintió.

– Como ya he dicho, los peces pequeños llevan a los grandes.

– No tengo tiempo para nadar, Morbier -dijo ella-. Ni de ir por la periferia de París detrás de escoria.

¿Qué hacia ella perdiendo el tiempo en un café con Morbier? Echó la silla hacia atrás arañando el suelo y metió el teléfono en su bolso de Hermes.

– No te vayas corriendo, Leduc -le dijo él apuntándola con su dedo manchado de nicotina-. La última vez que lo hiciste acabaste con más huesos rotos que de costumbre, ¿recuerdas?

Sintió un estremecimiento por el cuerpo, y se tocó la garganta al recordar el tejado del Marais. Las conmoción cerebral, las laceraciones como agujas en la piel…

Un vaso, que se cayó al suelo en la otra mesa, hizo que volviera bruscamente al presente.

– Míralo de esta forma, Leduc -le dijo Morbier, y se encendió otro cigarrillo con una colilla encendida del cenicero-. Si llegas a quien suministró el plastique, es posible que eches el guante al asesino de la amante. -Se encogió de hombros-. Sacar a algunos imbéciles de las calles. El asesino podría estar, como dijo Charles de Gaulle, «chier dans son propre lit», cagando en su propia cama. Los criminales hacen eso con frecuencia. Un error común.

– Creo que de Gaulle se estaba refiriendo a la crisis de Argelia, pero tienes razón -dijo ella, e intentó esbozar una sonrisa-. Pero como decía papá, las cosas no siempre son lo que parecen o se le habría acabado el trabajo.

– Vigila a Samia, eso es todo -le dijo-. Ella creció en un barrio de viviendas de protección oficial, entre pandillas, música raï y el desconsuelo tatuado en la piel. Y la gente problemática, como Zdanine, es una consecuencia lógica. Por lo que a mi respecta, Zdanine es escoria, pero tiene conexiones.

– D'accord, la llamaré para quedar con ella -accedió Aimée-, pero tengo que cambiarme.

– Asegúrate -dijo él apuntándole con el dedo- de que te vistes adecuadamente.

Aimée se dirigió al metro. En la esquina, las mesas del Bistrot Chez Mireille estaban llenas. En la Boucherie Islamique Halah había continuamente gente haciendo cola. El lloriqueo malhumorado de bebés cansados que iban en carritos y el estruendo del metro, acompañado del humo del autobús 95, dirección Austerlitz, le dieron la bienvenida. Se preguntó cómo Sylvie pudo haberse escondido en ese populoso quartier, donde una mujer no pasaría desapercibida. En especial, una mujer atractiva. Se colgó el bolso al hombro, y entró en el metro para dirigirse a la casa de René.

Aimée se detuvo en las escaleras del metro de Couronnes. Sentía que unos ojos la escudriñaban. Unos hombres con barba que vestían chéchias y amplias habayas blancas la miraban fijamente desde la puerta de la mezquita de Abu Bakr. Se puso tensa. Eran les barbes, los fundamentalistas islámicos sobre los que había leído. Su forma de mirarla la inquietó, y se le quedó grabada todo el camino hasta la casa de René.

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