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El hombre en el castillo [The Man in the High Castle - es]

Электронная книга - «El hombre en el castillo [The Man in the High Castle - es]». Краткое содержание книги:

Los caracteres de “El hombre en el castillo” no son sólo producto de la imaginación sino también manifestaciones de un sistema de fuerzas en el que el “I Ching” obra como un nexo análogo a un polo magnético. No obstante rara vez en una obra cualquiera de ficción, y casi nunca en la c-f podrían encontrarse caracteres más hondamente sentidos y más eficazmente retratados… La mejor novela hasta la fecha del escritor de c-f más consistentemente brillante. Ante todo por la verosimilitud con que Dick ha elaborado una ingeniosa estructura básica (unos Estados Unidos derrotados en la segunda guerra mundial y que han sido divididos en tres partes: las costas del Atlántico y del Pacífico respectivamente ocupadas por alemanes y japoneses, y una zona tapón entre dos esferas de influencia); luego por la absoluta originalidad de la presunción básica: “los alemanes ganaron la segunda guerra” aunque el “Libro de los cambios” informa sin embargo que esta amarga derrota no ha ocurrido en el mundo real… Un maestro de la c-f que ha conseguido transformar de un modo que nunca hubiéramos creido posible los temas y símbolos más fundamentales del género.
—John Brunner
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—¿Estás leyendo de cabo a rabo? —preguntó Joe—. ¿O miras un poco por encima?

—Esto es una maravilla —dijo Juliana—. Nos presenta dando alimentos y educación a todos los asiáticos, a millones.

—Obras de beneficencia en escala mundial —dijo Joe. —Sí, el New Deal del presidente Tugwell. Decidieron elevar el nivel de las masas. Escucha.

Juliana leyó en voz alta.

…¿Qué había sido China? Una anhelante y necesitada entidad con los ojos vueltos hacia Occidente, conducida por el presidente Chiang Kai Shek durante los años de guerra, ahora en la paz, y hacia la Década de la Reconstrucción. Pero para China no se trataba de reconstruir, pues en aquellas llanuras de una extensión casi sobrenatural nunca se había construido, y sólo se conocía el letargo de unos viejos sueños. Había llegado la hora de ponerse de pie. Sí, la entidad, el gigante, tenía que asomar a la vida plena de la vigilia, tenía que despertar al mundo moderno de los aviones de reacción y la energía atómica, de las autopistas, las fábricas y las nuevas drogas. ¿De dónde llegaría el trueno que despertaría al gigante? Chiang lo sabía desde hacía tiempo desde los días de lucha con el Japón. Llegaría desde los Estados Unidos. Y en 1950 un enjambre de ingenieros, maestros, médicos, agrónomos se movió como una nueva forma de vida en todas las provincias…

Interrumpiéndola, Joe dijo:

—¿Te das cuenta cómo lo hizo, eh? Sacó lo mejor de los nazis, la parte socialista, la Organización Todt, y el desarrollo económico que conseguimos gracias a Speer, ¿y quién se lleva la palma? El New Deal. Y dejó afuera la peor parte: los SS, la exterminación racial y la segregación. ¡Una utopía! ¿Crew que de haber ganado los aliados habrían podido revivir la economía con el New Deal, alcanzando esos niveles de bienestar socialista? Diablos, no. El hombre habla de una forma de sindicalismo de Estado, el Estado corporativo, como el de los tiempos del Duce. Te está diciendo que hubiéramos tenido todo lo bueno y nada de…

—Déjame leer —dijo Juliana, seria.

Joe se encogió de hombros, pero cerró la boca. Juliana continuó leyendo, en silencio.

…Y estos mercados, los innumerables millones que viven en China, hicieron zumbar las fábricas de Chicago y Detroit; aquella boca enorme no se calmaba nunca, y cien años de producción continua no hubieran bastado para satisfacer las necesidades de esas gentes: camiones, ladrillos, lingotes de acero, ropa, máquinas de escribir, arvejas envasadas, relojes, radios, gotas para la nariz. En 1960 el trabajador norteamericano tenía el nivel de vida más alto del mundo, y todo debido a lo que era llamado cortésmente la cláusula de “nación más favorecida” y que se aplicaba en toda transacción comercial con Oriente. Los Estados Unidos ya no ocupaban el Japón, y nunca habían ocupado China, pero el hecho no podía ocultarse: Cantón y. Tokio no les compraban a los ingleses, les compraban a los norteamericanos. Y con cada una de las ventas el trabajador de Baltimore o Los Ángeles o Atlanta tenía un poco más de prosperidad.

Los planificadores, los especialistas de la Casa Blanca, pensaban que casi habían alcanzado la meta. Las naves exploradoras del espacio pronto se asomarían al vacío, desde un mundo donde habían desaparecido al fin los viejos dolores: el hambre, la enfermedad, la guerra, la ignorancia. En el Imperio Británico se habían tomado medidas económicas y sociales similares que habían favorecido de un modo semejante a las poblaciones de la India, Birmania, África, el Medio Oriente. Las fábricas del Rhur, Manchester, el Sarre, el petróleo de Bakú, todo fluía y se complementaba en una armonía intrincada pero eficaz; las poblaciones de Europa disfrutando de lo que parecía…

—Pienso que debían de haber sido los jefes —dijo Juliana, haciendo una pausa—. Siempre fueron los mejores. Los británicos.

Joe no dijo nada, aunque Juliana esperó un rato. Al fin ella continuó leyendo:

…la realización de los sueños napoleónicos: la homogeneidad racial de las distintas características étnicas que habían dividido a Europa desde el colapso de Roma; la visión también de Carlomagno: la Cristiandad unida, en paz, no sólo consigo misma sino además con el equilibrio del mundo. Y sin embargo todavía quedaba una úlcera molesta.

Singapur.

En los Estados Malayos había una numerosa población china, en su mayor parte dedicada a los negocios, y estos industriales burgueses en ascenso consideraban que la administración norteamericana en China significaba un tratamiento más equitativo para —los llamados “nativos”. Durante el dominio británico, las razas más oscuras fueron excluidas de los clubes, los hoteles, los mejores restaurantes; estas gentes se encontraron de pronto ocupando, como en tiempos arcaicos, sitios especiales en trenes y autobuses, y —lo que era quizá peor —limitados en la elección de residencia a ciertos barrios de cada ciudad. Estos “nativos” hacían notar, y así lo recordaban en conversaciones de sobremesa y en los periódicos, que en los Estados Unidos el problema racial había sido solucionado en 1950. Blancos y negros vivían y trabajaban y comían codo con codo, aun en el Sur. La segunda guerra mundial había borrado la discriminación.

—¿Hay dificultades? —le preguntó Juliana a Joe. Joe gruñó, sin apartar los ojos del camino.

—Cuéntame —dijo Juliana—. Creo que no llegaré a terminarlo. Pronto estaremos en Denver. ¿Hay una guerra entre los norteamericanos y los ingleses, y uno de ellos queda como dueño del mundo?

—En cierto sentido —dijo Joe —no es un mal libro. El hombre da todos los detalles. Los Estados Unidos en el Pacífico, manejando algo parecido a nuestra zona de prosperidad en el Este Asiático. Rusia ha quedado dividida. Todo sigue igual durante diez años. Al fin hay dificultades, por supuesto.

—¿Por supuesto?

—La naturaleza humana —continuó Joe—. La naturaleza de la política. Sospechas, codicia, miedo. Churchill piensa que los Estados Unidos están minando el poder británico en el Sudeste Asiático, apoyándose en las colectividades chinas, que son pronorteamericanas, claro está, debido a Chiang Kai shek. Los ingleses empiezan a instalar —Joe le sonrió brevemente a Juliana, mostrando los dientes —lo que llaman “zonas de reserva”. Campos de concentración, en otras palabras. Para miles de chinos, quizá desleales. Se los acusa de sabotaje y propaganda. Churchill está tan…

—¿Quieres decir que Churchill es dueño todavía del poder? Pero para ese entonces debería de tener unos noventa años…

—Esa es la ventaja de los ingleses sobre los norteamericanos —dijo Joe—. Cada ocho años los estadounidenses se desprenden de los líderes del momento, no importa qué calificaciones tengan. Pero Churchill sigue al pie del cañón. Los Estados Unidos no tienen ningún jefe como él, luego de Tugwell. Sólo figurones. Y cuanto más envejece, más autocrático y rígido se vuelve. Churchill; quiero decir. Hasta que en la década del sesenta es casi como un viejo señor del Asia Central; nadie se le cruza en el camino. Ha estado en el poder veinte años.

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