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La princesa de Burundi

Электронная книга - «La princesa de Burundi». Краткое содержание книги:

En Uppsala, Suecia, todo el mundo está perplejo cuando se encuentra en la nieve el cadáver de John Jonsson. A juzgar por la desfiguración, parece evidente que quienquiera que haya asesinado al experto en peces tropicales lo odiaba profundamente. La detective Ann Lindell, que, en contra de su voluntad, deja su baja por maternidad para investigar el caso, apunta a un perturbado cáustico y encarnizado con cuentas pendientes con John.
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– No diré nada -dijo ella.

– ¿A quién pensabas llamar?

– A Nettan. Se va a divorciar y quiere que vaya con ella al abogado.

– ¿Quién es esa Nettan de los cojones?

Su enfado llegó tan inesperadamente que ella retrocedió y hubiera perdido el equilibrio si él no la hubiera sujetado de los brazos.

– ¿Quién es esa Nettan de los cojones, joder?

– Una amiga -susurró-. Me haces daño.

– Joder, joder. Demasiadas sandeces, demasiada mierda.

– Me haces daño -gimió Vivian mientras él la agarraba con más fuerza. Su aliento desagradable le produjo arcadas-. Es mi mejor amiga -dijo sin fuerzas.

– ¡Amiga!

– Te puedes quedar aquí -intentó ella-. Necesito compañía.

Él la soltó de inmediato y ella se desplomó, instintivamente se sujetó al banco de la cocina y enderezó el cuerpo. «No llores -pensó-. Odio a las mujeres lloronas.»

– Quedarme aquí, ¿qué quieres decir?

Ella tragó y escogió sus palabras con cuidado. Recordó las explosiones de su hermano y sus propias tretas. Con los años se volvió una experta en manejarlo.

– Estoy sola -dijo, y bajó la vista.

– Sola -repitió Vincent.

– Esa mujer no me importa. Te pegó.

– Sí, ella me golpeó.

Él se detuvo con una expresión meditabunda en el rostro y a Vivian le pareció ver en su gesto una debilidad que hizo que ella, veinte años atrás, se enamorase de su hermano, Wolfgang. Los hermanos Elahn habían heredado de su madre la apariencia suave y un poco infantil, pero también los rasgos oscuros del padre, una mezcla que también se hacía sentir en su rápido cambio de humor.

– Ella te pegó muy fuerte. Si no tuvieras la cabeza tan dura podías haber muerto.

Él se dejó caer en la silla. Ella posó su mano sobre su cabeza vendada. «Si por lo menos hubiera muerto. Nadie lo echaría de menos», pensó, pero se arrepintió inmediatamente. Qué injusto. Él era, a pesar de todo, un ser humano.

– ¿Quieres un té?

Negó sin fuerza con la cabeza.

– ¿Un poco de zumo?

Asintió.

Mezcló un poco de ruibarbo en una jarra y la puso sobre la mesa. Bebió con rapidez unos cuantos tragos. Retornó la expresión de debilidad.

– Wolfgang te manda recuerdos -contó ella-. Llamó hace un par de días.

A pesar de haberse divorciado, tras años de malentendidos y peleas, Vivian y Wolfgang mantenían el contacto. Él solía llamarla cada quince días desde Tel Aviv.

– No me llamaste.

– Lo intenté, pero no sueles estar en casa. Se encontraba bien, pero se quejaba de que había mucho jaleo.

– Son esos árabes de los cojones -dijo Vincent.

Vivian tuvo mucho cuidado de evitar el conflicto entre Israel y Palestina. En cambio, le contó los cotilleos de Wolfgang. Un primo de los hermanos había sido abuelo y algunos parientes habían ido a Polonia a visitarlo. Vincent escuchaba atento. Vivian había descubierto que le gustaban las noticias sobre la lejana familia, recordaba los nombres y los hechos triviales de una manera que siempre le sorprendía. Tenía muy buena memoria y, al parecer, se preocupaba por el bienestar de primos y parientes.

– He oído que Benjamin se ha casado -dijo, y Vivian fingió que era una noticia nueva.

– ¿Sí? No lo sabía. ¿Con quién?

– Una chica de Estados Unidos que ha comprado una casa en Jerusalén Este.

Hablaron de sus conocidos comunes. Vincent se calmó, bebió otro vaso de zumo. Vivian lo entretuvo con preguntas y pequeñas observaciones. Propuso que pasaran las navidades juntos. Él se animó un poco con sus palabras.

Luego llegó su explosión de ira. Vivian apenas comprendió lo que se avecinaba y aún menos entendió la razón. Murió sin saber, emitiendo un gorgoteo no muy distinto del que sale de una cañería ligeramente atascada.

*****

La colocó debajo de la cama. Le recordó vagamente a Julia. La misma agradable quietud. Las marcas del cable de teléfono brillaban como un collar rabiosamente rojizo. La punta de la lengua de color azul sobresalía un par de centímetros. Vincent rompió a reír y la empujó hacia dentro, pero retiró el dedo enseguida, ya que pensó que ella le mordería.

Su risa se tornó en un repentino e inarticulado berrido, que se apagó igual de rápido. Se sentó en el suelo y observó a su cuñada. «Casi familia -pensó-. Lo más cercano a un familiar que podía encontrar en Uppsala.» La sensación de soledad aumentó con el tictac del despertador, que parecía decir: «Estás muerto, estás muerto».

Se estiró tras el reloj, recordó que Wolfgang lo había comprado en uno de sus viajes de negocios, y lo lanzó contra la pared. En la radio de la cocina sonaba un tango argentino.

Posó su mano sobre la de ella. Aún estaba caliente, y sintió que sus ojos se nublaban. «Un momento de trabajo y una persona menos.» Pasó su mano por encima del brazo de ella, lo acarició con cariño. En lo más profundo de su confuso cerebro le corroía la idea de que había cometido un acto imperdonable. Vivian, que brilló en la ventana, que se asustó de su terrible herida, pero que, no obstante, lo acogió, le dio de beber. Su casi pariente.

Supuso que ella estaba tan sola como él, aun cuando siempre hablaba de sus amigas. Se le ocurrió que podía suicidarse, quizá incluso debería hacerlo.

Se puso de pie con esfuerzo, entró en la cocina, levantó una silla caída y bebió un poco de zumo. Al sujetar con la mano el asidor de la jarra para servirse otro vaso, le corrió un ardiente calambrazo por el brazo. Era el saludo de Vivian. Su mano fue la última en sujetar la jarra. Ahora se hacía recordar. Comprendió que lo haría mientras él viviera.

En el armario donde ella guardaba las cosas de la limpieza encontró una cuerda para colgar la ropa, pero no pudo hacer un nudo, sino que permaneció sentado con la cuerda verde de plástico entre sus manos, incapaz de quitarse la vida.

Después de una hora o dos -no sabía cuánto tiempo había transcurrido-, dejó que la cuerda resbalara al suelo y se puso de pie. Comió algunos restos directamente de la nevera, entró en el cuarto de costura y se durmió después de un par de minutos.

*****

Durante el día Allan Fredriksson había localizado al hermano de Vincent Hahn en Tel Aviv y con la ayuda de sus colegas israelíes consiguió ponerse en contacto telefónico con él.

Wolfgang Hahn, que trabajaba como profesor de informática, no había estado en Suecia desde hacía siete años. Durante ese tiempo había hablado con Vincent un puñado de veces, la última hacía un año. Aseguró desconocer el número de teléfono más reciente de su hermano. A la pregunta de si había algún conocido en Uppsala que pudiera aportar alguna información, Wolfgang nombró a su ex mujer, que mantenía un cierto contacto con Vincent.

– ¿Cómo están las cosas por Svedala? He oído que pronto tendrán más árabes de los que tenemos aquí, y nosotros ya tenemos problemas de sobra con los nuestros.

– Quizá se deba a que les han quitado sus tierras -dijo Fredriksson con calma-. ¿Cómo se llamaba Tel Aviv hace cincuenta años?

Wolfgang Hahn se rió.

– Veo que ya se han infiltrado en el cuerpo de policía -dijo sin rencor en su voz.

– ¿Tendrán navidades blancas? -fue la última pregunta del sueco expatriado. Cuando Fredriksson colgó le sorprendió que Wolfgang no le hubiera preguntado por qué buscaban a su hermano.

Vivian Molin aparecía en la guía de teléfonos como asistente de laboratorio y vivía en la calle Johannesbäcksgatan. Según Wolfgang estaba de baja por enfermedad, no sabía cuál, desde hacía un tiempo. No tenían hijos en común y vivía sola. Hacía unos años había figurado un cohabitante, pero ya no aparecía. Vivian Molin no respondió al teléfono.

Fredriksson llamó a la seguridad social. No constaba que estuviera de baja por enfermedad. Tampoco aparecía empleador alguno. El último trabajo conocido era de becada en el Centro de Biomedicina en las afueras de la ciudad. Ese trabajo finalizó en agosto.

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