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Una Dulce Venganza

Электронная книга - «Una Dulce Venganza». Краткое содержание книги:

Se trataba de un fin de semana en que iba a celebrarse un compromiso de matrimonio. Pero cuando el Detective Inspector Thomas Lynley y su novia, Deborah Cotter, llegan a Howenstow, la casa familiar de Lynley, se encuentran con una atmósfera llena de tensión.
Para el amigo de Lynley, el científico forense Simon Allcourt-St. James, que se enfrenta con el doble dolor de perder a Deborah y observar como su hermana está envuelta en una relación insatisfactoria, el fin de semana se alargará interminablemente. Sólo la presencia de su vieja amiga, Helen Clyde, le produce algún consuelo. También para Lynley, alejado largo tiempo de su madre y ahora enfrentado al hecho de que su joven hermano ha vuelto a la dependencia de las drogas, el hogar está lleno de recuerdos tormentosos que le gustaría olvidar.
Entonces, un periodista es encontrado asesinado en el pueblo cercano de Nanrunnel, y la fiesta de compromiso pasa a un segundo plano. A pesar de que el crimen está fuera de la jurisdicción de Lynley como investigador de Scotland Yard, pronto surgirá su preocupación ante la mayoría de las evidencias no sólo hacia el hombre que administra sus tierras, sino incluso hacia la propia familia de Lynley.
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– Tenía sentido del humor -observó St. James.

– Lo tenía todo.

– ¿Puedo quedarme con la fotografía y la nota?

– Haga lo que quiera. Sin tener a Mick, no significan nada para mí.

Cambrey paseó la mirada por la oficina. La derrota se leía en sus hombros hundidos, en las arrugas de cansancio que recorrían su rostro.

– íbamos lanzados. El Spokesman iba a convertirse en el periódico más importante del sur de Cornualles. Ya no sería una publicación semanal. Yo lo deseaba. Mick lo deseaba. íbamos lanzados. Todos.

– ¿Mick se llevaba bien con los trabajadores? ¿No había problemas en ese sentido?

– Le adoraban. Le admiraban. Se abrió camino sin ayuda. Volvió al pueblo. Era un héroe para ellos, representaba lo que querían llegar a ser. -Su voz adoptó un tono más agudo-. Ni se le ocurra pensar que un miembro de la redacción le matara. Nadie de esta oficina le habría puesto la mano encima a mi hijo. Carecían de motivos. Iba a cambiar el papel. Estaba realizando mejoras, estaba…

– ¿Preparándose para despedir a alguien?

– ¿A quién? ¿A quién, me cago en la leche?

St. James echó un vistazo al escritorio más cercano a la ventana, sobre el que descansaba la foto enmarcada de dos niños.

– ¿Cuál era su relación con la directora de compaginación? ¿Es Julianna Vandale?

– ¿Julianna?

Cambrey apartó el cigarrillo y se humedeció los labios.

– ¿Era una de sus mujeres? ¿Una antigua amante, o el objeto de su acoso sexual, a punto de ser despedida por no cooperar con Mick en el alivio de sus necesidades?

Cambrey lanzó una risotada, negándose a reaccionar contra la forma de St. James de utilizar sus propias palabras, apuntando a un móvil del crimen más lógico y menos halagador. Descartaba la teoría del noble periodista yendo hacia la muerte por obtener información o proteger a una fuente, y reducía el episodio a un caso de acoso sexual, concluido con un crimen muy sexual.

– Mick no necesitaba a Julianna Vandale -dijo Cambrey-. No necesitaba mendigar lo que se le ofrecía, húmedo y ansioso, por todas partes.

De nuevo en la calle, se dirigieron al aparcamiento del puerto, donde lady Helen había dejado el Rover. St. James la observó mientras caminaban. No había dicho nada durante los últimos minutos pasados en la oficina del periódico, aunque la tensión de su cuerpo y la expresión fija de su rostro daban cuenta de su reacción ante la vida y muerte de Mick Cambrey, por no mencionar a su padre, mucho mejor que cualquier comentario. Sin embargo, dio rienda suelta a su furia y desagrado en cuanto salieron del edificio. Avanzó a paso de carga hacia el aparcamiento. St. James apenas podía seguirla. Sólo captó retazos de su colérica diatriba.

– Una especie de atleta sexual… Más que su padre, parece su celestina… ¿Cómo iban a poner en marcha un nuevo periódico, tan ocupados como estaban en satisfacer sus necesidades…? Todas las mujeres de Cornualles… No me extraña que…, no me extraña en absoluto que se la cortaran… Yo misma me habría ofrecido voluntaria…

Estaba casi sin aliento cuando llegaron al coche, y él también. Se apoyaron en el automóvil y dejaron que la brisa, impregnada de olores a algas y pescado, acariciara sus rostros. En el puerto, bajo sus pies, cientos de gaviotas volaban en círculo sobre un pequeño esquife, como saetas plateadas al sol.

– ¿Es eso lo que pensabas de mí? -preguntó de repente lady Helen.

La pregunta no pudo sorprender más a St. James.

– Helen, por el amor de Dios…

– ¿Era eso? -preguntó ella-. Dímelo. Quiero saberlo. Porque, si es así, ya puedes volver andando a Howenstow.

– ¿Y qué quieres que conteste? Diré que no, por supuesto. Tú dirás que lo digo para no tener que volver andando a Howenstow. No tengo salida, Helen. Será mejor que me ponga en camino ahora mismo.

– Oh, entra -suspiró ella.

St. James obedeció antes de que cambiara de opinión. Lady Helen subió, pero no puso en marcha el coche, sino que observó a través del sucio parabrisas los muros del muelle. Una familia estaba paseando; la madre conducía un carrito descolorido de color azul con un bebé dentro y el padre llevaba de la mano a un niño que apenas andaba. Parecían muy jóvenes para ser padres.

– No paro de repetirme que he de pensar en la fuente de información -dijo por fin lady Helen-. No paro de repetirme que el padre de Mick está apenado, que no sabe lo que dice, que no se da cuenta de cómo suenan sus palabras, pero temo que perdí por completo los estribos cuando me preguntó si me habría abierto de piernas para Mick. Siempre me pregunté qué significaba la expresión «verlo todo a través de una nube roja». Ya lo sé. Tuve ganas de arrojarme sobre él y arrancarle el pelo.

– Suerte que no tenía mucho.

La broma rompió la tensión. Ella rió resignada y puso en marcha el motor.

– ¿Qué has deducido de la nota?

St. James sacó el papel del bolsillo de la camisa y examinó la impresión estampada diagonalmente en la parte delantera.

– Talismán Cafe. Me pregunto dónde estará.

– No lejos de El Ancla y la Rosa, subiendo un poco por Paul Lane. ¿Por qué?

– Porque no puede haberlo escrito en la oficina del periódico. Es absurdo utilizar un envoltorio de bocadillo con tanto papel en blanco a mano. Tiene que haberlo escrito en otra parte. En el café o en el lugar adonde se llevara el bocadillo. De hecho, confiaba en que el Talismán Cafe se encontrara en Paddington.

St. James le contó todo lo que sabía de Tina Cogin.

Lady Helen señaló la nota con la cabeza.

– ¿Crees que esto tiene algo que ver con ella?

– De alguna manera, si es cierto que Deborah vio a Mick Cambrey en el pasillo. Pero, si el Talismán Cafe está en Nanrunnel, Mick debió sacar su información del pueblo.

– ¿ De una fuente local? ¿ Tenemos un asesino local?

– Tal vez, pero no necesariamente. Iba y venía de Londres. Todo el mundo lo dice. No creo que fuera tan difícil seguirle hasta Cornualles, sobre todo si se desplazaba en tren.

– Si su fuente de información vive en el pueblo, significa que también puede estar en peligro.

– Si el artículo es el móvil del asesinato.

St. James volvió a guardar el papel en el bolsillo de la chaqueta.

– Yo me decanto por la otra teoría, que murió por seducir a la mujer de otro hombre.

Lady Helen se internó en la carretera de Lamorna. Ascendía en suave pendiente, pasaba frente a apartamentos y casas para turistas y se desviaba hacia el este, junto al brillante mar.

– Como móvil funciona mejor, considerando lo que sabemos sobre Mick. ¿Cómo se sentiría un hombre al descubrir pruebas incontestables, pruebas de que la mujer a la que ama se está entregando a otro hombre?

St. James desvió la vista y miró al agua. Un barco de pesca navegaba hacia Nanrunnel, e incluso desde aquella distancia pudo ver las cestas de langostas que colgaban a los lados.

– Tendría ganas de matar, supongo -contestó.

Notó que lady Helen le miraba, comprendiendo cómo se había tomado él sus palabras. La mujer quiso hablar, suavizar el golpe. Él prefirió dejarlo correr y lo indicó así diciendo:

– En cuanto a lo otro, Helen, lo que has preguntado acerca de nosotros, acerca de lo que sentía cuando tú y yo éramos amantes… Por supuesto que no. Ya lo sabes. Espero que siempre lo hayas sabido.

– Hace años que no venía por aquí -dijo Lynley, mientras St. James y él atravesaban el portal del muro de Howenstow e iniciaban el descenso hacia el bosque-. Dios sabe en qué estado encontraremos el lugar, si no está completamente en ruinas. Se abandona unos años y los tejados caen, las vigas se pudren, el suelo se desintegra. Me sorprendió saber que seguía en pie.

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