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Por el bien de Elena

Электронная книга - «Por el bien de Elena». Краткое содержание книги:

Una joven estudiante, hija de un profesor universitario, se convierte en el eje de una compleja trama. Las equívocas relaciones que Elena Weaver mantiene con sus amigos y amantes despiertan un abanico de oscuros sentimientos: celos, obsesión, amor, pasión, envidia. Un profesor casado la acosa sexualmente, un joven sordo le profesa devoción, un especialista en Shakespeare la persigue, la primera esposa y la joven amante del profesor Weaver le guardan rencor… La muerte de Elena, asesinada mientras hacía footing una neblinosa mañana, tal vez solo fue la consecuencia inevitable de la extraña atracción que ejercía en hombres y mujeres. Ambientada en Cambridge, esta novela radiografía las inextricables facetas emocionales que solapadamente marcan el destino de las personas.
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Se alegraba de que, al menos, uno de ellos pudiera dormir.

Se acercó a la ventana, para olvidar la idea de dormir y todo aquello que conspiraba para impedírselo. Daba la impresión de que, a cada paso que se alejaba del fuego, la temperatura de la sala descendía diez grados. Y aunque sabía que era imposible, rodeó su cuerpo con los brazos. Miró afuera.

El coche seguía en su sitio. Elegante, plateado, reluciente bajo el sol. Se preguntó por segunda vez si eran auténticos policías. Cuando les abrió la puerta, pensó que venían a ver su obra. Hacía tiempo que no ocurría, y menos sin cita previa, pero fue la única explicación razonable que se le ocurrió ante la aparición de dos extraños a bordo de un Bentley. Como pareja, no podían ser más distintos: el hombre era alto, atractivo y refinado, sorprendentemente bien vestido, con la voz inconfundible de las escuelas privadas; la mujer era baja, vulgar, de aspecto más seguro que el de Sarah, y su acento poseía las inflexiones distintivas de la clase obrera. Aun así, hasta pasados unos minutos, Sarah siguió pensando que eran marido y mujer. Le resultaba más fácil hablar con ellos de esta manera.

En cualquier caso, no la habían creído. Lo leyó en sus rostros. ¿Quién podía culparlos? ¿Quién iba a correr a través de Coe Fen, invadido por la niebla, en lugar de volver sobre sus pasos? ¿Por qué desecharía su coche y acudiría corriendo a la comisaría de policía, en lugar de dirigirse a ella en su automóvil, alguien que acababa de descubrir un cadáver? No tenía sentido. Lo sabía muy bien. Y ellos también.

Lo cual explicaba asimismo por qué el Bentley seguía aparcado delante de su casa. Los policías no se veían. Estarían interrogando a los vecinos, verificando su relato.

No pienses en ello, Sarah.

Se obligó a apartarse de la ventana y regresó al estudio. El contestador automático descansaba sobre una mesa cercana a la puerta; parpadeaba para anunciar un mensaje en la cinta. Lo contempló un momento antes de recordar que había oído sonar el teléfono mientras hablaba con la policía. Apretó el botón de reproducción.

– Sarah, querida. He de verte. Sé que no tengo derecho a pedir. No me has perdonado. No merezco el perdón. Nunca lo mereceré, pero necesito verte. Necesito hablar contigo. Eres la única persona que me conoce por completo, que me comprende, que siente compasión, ternura y… -El hombre se puso a llorar-. Estuve aparcado delante de tu casa casi todo el domingo por la noche. Te vi por la ventana. Y yo… Volví el lunes, pero no tuve el valor de llamar a tu puerta. Y ahora… Sarah, por favor. Elena ha sido asesinada. Déjame verte, por favor. Llámame al College. Deja un mensaje. Haré lo que quieras. Déjame verte, te lo suplico. Te necesito, Sarah.

Escuchó como atontada hasta que el aparato se desconectó. Siente algo, se dijo. Pero nada se removió en su corazón. Apretó el dorso de su mano contra la boca y lo mordió con fuerza, y luego una segunda vez, una tercera y una cuarta, hasta que probó el vago sabor salado de su sangre, en lugar del jabón y la loción de su piel. Invocó un recuerdo. Algo, cualquier cosa, daba igual. Algo que bastara, como una pantalla de humo, para mantener su mente ocupada con pensamientos a los que pudiera hacer frente.

Douglas Hampson, su hermano de leche, diecisiete años. Quería que se fijara en ella. Quería que hablara con ella. Le deseaba. Aquel cobertizo polvoriento, al fondo del jardín de sus padres en King's Lynn, donde ni siquiera el olor del mar podía ocultar los hedores a abono compuesto, paja y estiércol. Pero no les había importado, ¿verdad? Ella, desesperada por lograr la aprobación y el afecto de alguien. Él, ansioso por hacerlo porque tenía diecisiete años, iba caliente y, si volvía de otras vacaciones al colegio sin poder describir a sus compañeros un buen polvo, no lo soportaría.

Eligieron un día en que el sol caía sobre las calles, las calzadas y, en especial, el viejo tejado de cinc de aquel cobertizo. Él le introdujo la lengua en la boca y Sarah se preguntó si aquello era lo que la gente llamaba hacer el amor, porque solo tenía doce años, y aunque tendría que haber sabido algo, como mínimo, acerca de lo que hombres y mujeres hacían con aquellas partes de su cuerpo tan diferentes entre sí, no tenía ni idea. Primero le quitó los pantalones cortos, después las bragas, y no paraba de resollar como los perros que acaban de marcarse una buena carrera.

Todo terminó enseguida. Él estaba salido y erecto, pero ella no estaba preparada, de modo que solo se enteró de la sangre, la asfixia y el dolor lacerante. Y el gruñido sordo de Douglas cuando se corrió.

Douglas se levantó de inmediato, se limpió con los pantalones de ella y se los tiró. Se subió la cremallera de los tejanos y dijo:

– Esto huele a váter. He de salir de aquí.

Y se marchó.

Douglas no contestó a sus cartas. Respondió con el silencio cuando ella telefoneó al colegio y sollozó una tediosa declaración de amor. Claro que no le amaba en absoluto, pero tenía que creerlo, porque nada excusaba la insensata invasión de su cuerpo que había permitido sin rechistar, aquella tarde de verano.

Sarah se apartó del contestador. Para ser una pantalla de humo, no había podido escoger mejor. Ahora, Douglas Hampson la requería. Cuarenta y cuatro años, veinte años de matrimonio, un agente de seguridad lanzado de cabeza hacia la crisis de la madurez, la requería ahora.

Por favor, Sarah, decía cuando se encontraban para comer, algo que ocurría con frecuencia. No puedo estar aquí sentado mirándote y fingir que no te deseo. Vamos. Hagámoslo.

Somos amigos, respondía ella. Eres mi hermano, Doug.

A la mierda la fraternidad. No pensaste en esto aquella vez.

Y ella le sonreía con afecto (porque ahora le apreciaba) y procuraba callarse lo que «aquella vez» le había costado.

El recuerdo de Douglas no era suficiente. Bien a su pesar, se acercó al caballete cubierto y contempló el retrato que había iniciado meses atrás para que hiciera compañía al otro. Pensaba regalárselo por Navidad. Ignoraba que no habría Navidad.

Estaba inclinado hacia delante, como tantas veces le había visto, un codo apoyado en la rodilla, las gafas colgando de sus dedos. Su rostro estaba iluminado por el entusiasmo que le invadía siempre que hablaba de arte. La cabeza ladeada, atrapado en plena discusión sobre un tema predilecto, tenía aspecto feliz y juvenil, un hombre que vivía al ciento por ciento por primera vez en toda su existencia.

No vestía terno, sino una camisa manchada de pintura, con la mitad del cuello doblado hacia arriba y un desgarrón en el puño. Y como en tantas otras ocasiones, cuando Sarah se acercaba a él para inspeccionar la forma en que la luz bañaba su pelo, él la atraía hacia sí, reía de sus protestas, que no eran en realidad protestas, y la abrazaba. La boca en su cuello, las manos sobre sus pechos, y la pintura olvidada mientras se quitaban la ropa. Y la forma en que la miraba, embelleciendo su cuerpo, sin apartar los ojos de los suyos en ningún momento del acto. Y su voz susurraba: «Oh Dios mío, mi dulce amor…».

Sarah se defendió de los embates de la memoria y se obligó a valorar el cuadro como una simple obra de arte. Pensó en terminarlo, acarició la idea de una posible exposición, de encontrar una manera de poner manos a la obra y dotarle de un significado que trascendiera el obediente ejercicio técnico de un neófito. Podía hacerlo, después de todo. Era pintora.

Extendió sus manos temblorosas hacia el caballete. Las retrajo, convertidas en puños.

Aunque distrajera a su mente con una docena de pensamientos, su cuerpo aún la traicionaba. En último término, nunca esquivaría ni negaría.

Volvió a contemplar el contestador automático, oyó su voz y sus súplicas.

Pero sus manos aún temblaban. Sus piernas flaqueaban.

Y su mente debía aceptar los dictados de su cuerpo. Hay cosas mucho peores que tropezarse con un cadáver.

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