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Marcas de Fuego

Электронная книга - «Marcas de Fuego». Краткое содержание книги:

Varios hoteles se incendian en el Chicago de las muchas razas e infinitas tramas. Nadie sabe por qué. ¿Algo huele a corrupción? Victoria Warshawski, la elegante, dura y original detective protagonista de las novelas de Sara Paretsky, jamás rehúye una causa noble, sobre todo si se trata de evitar la explotación de cualquier minoría étnica y de esa gran mayoría marginada que constituyen las mujeres.
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Me senté en una de las duras sillas tapizadas y me alisé la falda sobre las rodillas. MacDonald se quedó de pie frente a mí, con el pie en el travesaño del sofá, mientras Hinton se apoyaba en la puerta. No había ninguna amenaza especial en sus caras, pero las poses estaban pensadas para intimidar. Sorbí un poco de vino y esperé.

Cuando quedó claro que no iba a decir nada, MacDonald empezó.

– Donnel Meagher lleva muchos años como presidente de la Junta del Condado de Cook.

– ¿Y usted cree que le ha llegado la hora de que le despachen? -pregunté.

MacDonald sacudió la cabeza.

– Ni mucho menos. En este tiempo ha desarrollado una inteligencia política que nadie de por aquí puede igualar. Me figuro que no estás de acuerdo con todas sus posiciones, pero estoy seguro de que respetas sus criterios.

– Si respetara sus criterios, estaría de acuerdo con sus posiciones -objeté.

– Sus criterios políticos -MacDonald sonrió levemente-. Después de que Clarence me dijese quién eras, estuve preguntándole a la gente sobre ti. Hay consenso en que te consideras graciosa.

– Pero con buen criterio -no pude evitar decir.

Rechazó el gambito.

– Boots eligió a Rosalyn Fuentes para la lista del condado estrictamente por sus méritos políticos. Ése es el tipo de decisión que creo que te puede resultar difícil de admitir.

En el fondo de mi corazón no es que esperara de veras que me contratara, pero no dejó de ser un chasco que sólo quisiera advertirme que dejara en paz a Roz.

– No me plantea ningún problema esa clase de decisión. Boots es evidentemente un cerebro político, y si Roz puede conseguir su apoyo, su futuro se presenta brillante.

– ¿Así que no estás intentando sabotear su campaña? -era la primera intervención de Hinton en la discusión.

– Vosotros me estáis despertando una tremenda, pero una tremenda curiosidad -dije-. Marissa me cogió del brazo para ir a la fiesta de recaudación de fondos de Roz en nombre de la solidaridad de toda una década. Solté más pasta de la que nunca he dado por ningún candidato, me aburrí como una ostra, y ya estaba a punto de marcharme cuando Roz habló conmigo sólo para asegurarse de que yo no iba a hacer nada que la perjudicase. Ahora vosotros dos me encerráis en un cuartito para comerme el coco. Yo no sé nada de los secretos de Roz y no me importarían para nada si la gente no se estuviese molestando tanto que me pone a pensar.

– Sería muchísimo mejor para ti que esta vez te dedicases a tus propios asuntos -dijo Hinton en una voz sin timbre, mucho más amenazante que un grito.

MacDonald sacudió la cabeza.

– No hará caso de amenazas, Clarence, toda su historia lo deja claro. Mira, Vic: Roz necesita el apoyo de Boots si quiere ganar su primera confrontación a nivel del condado. Pero Boots también la necesita a ella: el contingente hispano vota prácticamente lo que ella le dice que vote.

Eso no era nuevo para mí, así que no dije nada.

– Roz cometió una indiscreción muy grande en su juventud. Le confesó todo a Boots cuando hablaron de las listas, y su opinión fue que eso no la perjudicaría si salía a la luz de aquí a unos cinco años, cuando ella esté afianzada, pero que sería bastante perjudicial para el apoyo de su gente si se enteraran ahora. Así que el día de la barbacoa alguien le comentó algo que le hizo pensar que estabas indagando y quiso asegurarse de que no era así.

– ¿Y qué indiscreción juvenil fue ésa?

MacDonald sacudió la cabeza.

– Aunque lo supiera, no podría decírtelo: Boots es un viejo zorro de la política y no comparte secretos con la gente que no necesita saberlos.

– Bueno, conoces mi reputación: no me importa que se estuviese tirando al chivo del pueblo, pero no me adhiero al fraude.

MacDonald se rió.

– Lo ves, Vic, cada quien tiene una noción distinta de la moralidad. Hay mucha más gente en Humboldt Park que se preocuparía más por el chivo que por cualquier dinero que se hubiese embolsado de algún proyecto público. Así que no pongas tus criterios por modelo para gobernar el condado, ¿está claro?

Sonreí dulcemente.

– Mientras nadie me esté convirtiendo a mí en chivo. Probablemente eso es lo que más me preocupa.

Se acercó y me ayudó a levantarme.

– Se necesitaría a un equipo más listo que nosotros para lograrlo. Volvamos a la fiesta, quiero probar alguna de esas cositas de salmón antes de que la gleba ignorante se las acabe todas.

Cuando volvimos al cuarto de dibujo, Marissa buscó ansiosamente la mirada de Ralph. Él inclinó imperceptiblemente la cabeza para telegrafiar que todo iba bien, que me habían convencido. ¿Pero de qué?

Capítulo 21

La tía vuelve a las andadas

Cuando llegué a casa, el sol se acababa de poner y el aire aún estaba suavemente iluminado. Subí despacio hasta mi sala de estar y me quedé mirando por la ventana. Vinnie, el banquero, salió del edificio y subió a su coche, un Mazda último modelo. Un grupo de quinceañeros pasó en dirección al sur, chillando estridentes eslóganes y tirando sus bolsas de patatas en la acera.

Dejé caer la cortina y fui a sentarme en mi sillón. Yo no quería enterarme de algo feo relacionado con Roz. De verdad. Yo quería a mujeres fuertes en los cargos públicos y ella era mejor que la mayoría. Entonces, ¿por qué no dejaba de restregármelo por la cara?

No había encendido ninguna luz. En el crepúsculo, la habitación parecía fantasmal, un lugar donde no se movía ninguna criatura viva. La imagen del rostro muerto de Cerise me vino a la mente y sentí una insoportable tristeza pensando en esa vida tan desperdiciada. Y de nuevo, sin quererlo, surgió la persistente pregunta de qué estaba haciendo Bobby en la obra a las pocas horas de ser descubierto su cadáver. ¿Y para qué vendría a verme ayer? Era algo que no había dejado de incordiarme durante todo el día, como una muela picada, pero no podía apartarlo de mi mente.

Tenía un cliente, Ajax, esperando un resultado: ¿había incendiado Saúl Seligman su propio edificio? Como no paraban de recordarme un montón de gente, desde Bobby Mallory hasta Velma Riter y Ralph MacDonald, ni Cerise ni Roz eran de mi incumbencia. Claro que la bofia pensaba que el Indiana Arms tampoco era de mi incumbencia.

Al poco, me puse en pie con los miembros entumecidos y bajé al apartamento del señor Contreras para pedirle prestada a la perra. A veces tiene la suficiente sensibilidad como para ahorrarme el cerco de su cotilleo. Esta noche, gracias a Dios, era una de esas veces. Me sacó a Peppy bajo el estricto juramento de no darle queso ni cualquier otra cosa peligrosa para su delicado tracto intestinal y volvió a su tele.

Paseé a Peppy alrededor de la manzana antes de volver a mi propio apartamento. Le pareció una justificación de entrenamiento totalmente miserable, pero cuando le preparé un plato de espagueti con tomates y champiñones igual que el mío, se animó. Se lo zampó y vino a tumbarse a mis pies mientras yo estaba al teléfono.

Murray Ryerson era el mejor reportero del crimen en Chicago. Había estado en el Herald-Star durante casi once años, pasando desde cubrir los robos en la ciudad, luego refriegas insignificantes, hasta llegar a ser en la actualidad la primera autoridad sobre las frecuentes interrelaciones entre el crimen y la política en la ciudad.

No se mostró particularmente entusiasmado al oírme. En otros tiempos habíamos tenido la suficiente amistad como para ser amantes, pero al cubrir ambos el mismo sector y teniendo los dos fuertes personalidades, era difícil evitar los conflictos. Tras el último encontronazo en nuestros trabajos, Murray se había puesto furioso. Aún no se había ablandado. Creía que yo me callaba trozos significativos de las historias hasta que era demasiado tarde para utilizarlas. De hecho me había callado trozos significativos de los que nunca se había llegado a enterar, así que probablemente tenía derecho a sentirse agraviado.

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