Todo sobre la pasión
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Todo sobre la pasión». Краткое содержание книги:
Pero Gyles descubrirá en el momento menos apropiado que su prometida es la atrevida hechicera que inspira sus fantasías. Hallar la pasión y el amor en la misma mujer ha sido siempre para él un temor secreto. Pero mientras su mundo se ve conmocionado, Gyles se obsesiona con la posesión de aquello que jamás pensó que desearía… el corazón de su esposa. Otra extraordinaria aventura perteneciente a la saga de los Cynster, que se puede leer y disfrutar en forma independiente.
Se detuvo al final del camino de los tejos para tomar una inspiración profunda, para acallar el absurdo temor que empezaba a atenazarle el corazón. Con las manos en las caderas, echó la cabeza atrás.
Y la vio.
En las almenas de la torre más cercana.
Llegó hasta la casa en cuestión de segundos y fue corriendo por los pasillos hasta la escalera de la torre. Para entonces, una astilla de cordura había aguijoneado su miedo. La gitana no era ni débil ni frágil. ¿Cómo se le había ocurrido aquello?
Subió por las escaleras a un paso normal, sin esforzarse en resultar silencioso. Al margen del hecho de que las almenas eran bastante seguras, no quería asustarla apareciendo repentinamente a su lado.
Estaba inclinada sobre las almenas con un brazo apoyado en el remate de piedra, contemplando el parque. Volvió la cabeza al abrir él la puerta de la habitación de la torre y salir a la plataforma de madera. No sólo no se alarmó, sino que le dio la impresión de no sorprenderse al verlo.
El sorprendido fue él.
No la había visto hasta entonces con un vestido común: como la vería cada día durante el resto de su vida. Mientras registraba la imagen del sencillo vestido de paño, observando con qué hermosura ofrecía a la vista sus numerosos encantos, cómo el suave tejido acariciaba sus caderas y muslos, con un único volante coqueteando por sus tobillos, era punzantemente presente el cuerpo que el vestido ocultaba. El cuerpo lujurioso que había disfrutado durante toda la noche.
Al fijarse en los negros rizos recogidos de cualquier manera encima de la cabeza, caídos desordenadamente sobre las orejas y la nuca, al fijarse en lo grandes y vividos que eran sus ojos, en lo perfecto de sus pestañas, al fijarse de nuevo en la exuberancia de sus labios, se preguntó qué habría hecho, o dicho, cómo habría reaccionado de haberla visto así antes de casarse con ella. Tuvo que poner en tela de juicio su cordura por haberse casado con ella.
Y supo que no lo cambiaría por nada del mundo.
– Me preguntaba dónde estaríais. -Caminó hacia ella, y se detuvo a un paso de distancia.
Ella volvió a mirar al paisaje perfilado de árboles.
– He subido aquí buscando las vistas y el aire fresco. -Al cabo de un instante, añadió-: Parecía un buen sitio para pensar.
Él no estaba muy seguro de querer que pensara, ni de que le fuera a gustar lo que estaba pensando.
– Las tierras del condado se extienden más allá al este y al oeste, supongo.
– Sí. Por el norte, el límite es la escarpadura.
– ¿Y la heredad Gatting se encuentra al este?
– Sureste. -Esperó un poco antes de añadir-: Os llevaré alguna vez a verla, si lo deseáis.
Ella inclinó la cabeza; luego señaló a donde un resplandor de plata marcaba el curso del río.
– El puente que se llevó el agua, ¿estaba por allí?
– Un poco más lejos, río arriba.
– ¿Quedó destrozado?
– La mayor parte ha desaparecido. El único arco que queda en pie está muy debilitado. Hay que reconstruirlo completamente, pero entretanto hemos improvisado un sistema de poleas para hacer llegar lo imprescindible a las granjas del otro lado. Debería ir a inspeccionar el avance de las obras… Tal vez más tarde, cuando se hayan ido los demás.
Ella empezó a pasearse tranquilamente, tamborileando con los dedos sobre la piedra. Él la siguió con la misma lentitud mientras daba la vuelta a la torre.
– ¿Cuántos son «los demás»? ¿Quiénes quedan?
– La mayoría son parientes demasiado ancianos para irse inmediatamente después del banquete. Se irán por la tarde. Vuestro tío sigue aquí, por supuesto. Me dijo que pensaba volver a casa por otro camino y que quería salir antes del almuerzo. Diablo y Honoria se fueron anoche; me pidieron que os explicara que, siendo aún tan pequeño su último hijo, sentían que debían darse prisa en volver.
Diablo lo había visto al dejar el salón de baile y había articulado una palabra para que la leyera en sus labios: cobarde. Le había sonreído, no obstante, y luego había interceptado con mucho estilo a un tío de Gyles que estaba a punto de pegarle la hebra, permitiéndole escapar libre de obstáculos.
– Sí; me lo dijo Honoria. -Francesca lanzó una mirada fugaz atrás, sus ojos se encontraron muy brevemente-. Nos ha invitado a visitarles en Somersham.
– Puede que vayamos dentro de unos meses. Desde luego, les veremos en la ciudad.
– ¿Hace mucho que conocéis a Diablo?
– Desde Elton.
Ella seguía paseando, dejando que él estudiara su espalda…, y se preguntara qué estaba pasando exactamente. Por dónde pensaba salirle ella. Que se preguntara por qué ella, que se había mostrado tan directa hasta entonces, estaba siendo tan esquiva. Ella salió de la sombra de la torre y pasó al parapeto.
– De acuerdo: me rindo. ¿Qué demonios estáis pensando?
Ella le dirigió una mirada de reojo.
– ¿A propósito de qué?
– Nuestro matrimonio. -Gyles se detuvo. Finalmente, ella también, aunque mirando hacia otro lado todavía, a dos pasos de él-. Soy consciente de que, con anterioridad al día de ayer, vuestras expectativas no coincidían con las mías.
Ella volvió la cabeza y lo miró. Tenía los ojos bien abiertos, pero su mirada fue demasiado breve para que pudiera interpretar su expresión. Volviéndose de nuevo hacia el paisaje, escrutó los remates del patio delantero que se hallaba a sus pies.
– Eso era antes de casarnos. -Él percibió claramente el tono sensual de su voz, pero transmitía tan poco como sus palabras-. Acabaríamos antes, creo, si dejáramos el pasado atrás y consideráramos más bien lo que cada uno desea ahora de nuestro matrimonio.
Él estaba más que dispuesto a dejar el pasado atrás.
– ¿Lo que deseamos ahora?
– Sí. Así que… ¿que deseáis de mí en tanto que vuestra esposa?
Echó a pasear de nuevo. Él dudó, viendo contonearse sus caderas, y volvió a caminar en pos de ella. Su pregunta era razonable y sensata. Su razonamiento era la encarnación de la racionalidad. Las tablas de madera bajo sus pies se notaban firmes. ¿Por qué, entonces, sentía que estaba pisando terreno peligroso?
– Mis requerimientos no han cambiado: necesito que ejerzáis el papel de condesa, para lo que estáis a todas luces muy capacitada. Necesito que me deis herederos, dos concretamente, para que no quede posibilidad de que la herencia recaiga en Osbert. Aparte de esto, seréis libre de vivir vuestra vida como os plazca.
Ella no dijo nada en un rato, mientras seguía caminando lentamente delante de él; luego repitió suavemente:
– Como me plazca.
Él deseó poder verle la cara, los ojos. Podía deducir muy poco de su voz, aparte de que no sonaba tan fuerte como de costumbre.
– Decidme, milord. -Se detuvo junto al parapeto y miró hacia abajo. Él se paró a unos pies de distancia, observándola-. ¿Estáis diciendo que, una vez os haya dado vuestros herederos, no será necesario que os sea fiel?
La idea lo conmocionó. Le llevó algún tiempo formular una respuesta, una que pudiera forzarse a pronunciar.
– No os estoy animando a ser infiel, pero si, después de brindarme los herederos que necesito, deseáis establecer relaciones de ese tipo, será exclusivamente cosa vuestra.
– Siempre que sea discreta.
Creyó ver que sus labios esbozaban una sonrisa sardónica cuando volvió a mirar al frente y echó a andar de nuevo.
– Esperaría de mi condesa que fuera discreta en toda circunstancia.
– ¿Y vos? ¿Seréis siempre discreto cuando persigáis esas relaciones que supongo queréis permanecer libre de perseguir? Siempre había murmullos, rumores.
– Pongo todo el cuidado de que soy capaz en ser siempre discreto.