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Электронная книга - «Besar a un Ángel». Краткое содержание книги:

La hermosa y caprichosa Daisy Devreaux puede ir a la cárcel o casarse con el misterioso hombre que le ha elegido su padre. Los matrimonios concertados no suceden en el mundo moderno, así que… ¿cómo se ha metido Daisy en este lío?
Alex Markov, tan serio como guapo, no tiene la menor intención de hacer el papel de prometido amante de una consentida cabeza de chorlito con cierta debilidad por el champán. Aparta a Daisy de su vida llena de comodidades, la lleva de viaje con un ruinoso circo y se propone domarla.
Pero este hombre sin alma ha encontrado la horma de su zapato en una mujer que es todo corazón. No pasará demasiado tiempo hasta que la pasión le haga remontar el vuelo sin red de seguridad… arriesgándolo todo en busca de un amor que durará para siempre.
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La ronca voz de Alex hizo que se estremeciera. Le temblaron las manos cuando acató su orden.

– Eres muy hermosa -susurró Alex cuando se exhibió ante él, desnuda salvo por las negras medias de red que realzaban, más que ocultaban, la parte inferior de su cuerpo.

Daisy decidió que ya le había dado tiempo más que suficiente para mirarla.

– Tiéndete en la cama -le dijo ella en voz baja.

Él vaciló sólo un momento antes de acostarse como le decía, apoyándose en los codos.

– ¿Así?

– Ah, no. De eso nada; túmbate por completo.

Para deleite de Daisy, él hizo lo que le pedía. Alex recostó la cabeza en dos almohadas apiladas para no perderse nada.

Ella se mordisqueó los labios. No estaba completamente segura de poder conseguirlo, pero sí decidida a intentarlo.

– Ahora levanta las manos hasta tocar la pared. Y no se te ocurra moverlas.

Él le dirigió una perezosa sonrisa que hizo que se le derritieran los huesos.

– ¿Estás segura?

– Muy segura.

Alex colocó los brazos como ella quería, haciéndola sentir muy orgullosa de sí misma. Se acercó a la cama. Él le recorrió los pechos y el vientre con una mirada ardiente, haciéndola ser consciente de que estaba casi desnuda. Cuando se acercó a él, cada célula del cuerpo de Daisy bullía de excitación y anticipación. Por un momento la imagen de los látigos guardados bajo la cama irrumpió en su mente, pero la ahuyentó.

Miró los brazos extendidos de Alex en aquella falsa pose de esclavitud. Era su cautivo. Si se quedaba de esa manera, cada parte de aquel cuerpo sería suya, para explorarlo a voluntad, incluyendo el imponente montículo que abultaba la toalla. Apartó los ojos de allí y se arrodilló en el borde de la cama.

– Recuérdalo -susurró ella. -No apartes las manos en la pared. No las muevas.

– Si separas un poquito las piernas, cariño, seré tan colaborador como quieras.

Daisy decidió que era un trato justo, y separó los muslos. Alex se recreó en lo que quedaba ahora a la vista. Tensó el brazo derecho, como si fuera a moverlo, pero luego se relajó.

Daisy inclinó la cabeza y comenzó a saborearle de nuevo, mordisqueando cada centímetro del torso masculino, y siguió bajando. La piel, firme y tensa, delineaba cada músculo. Le deslizó las manos por el pecho, disfrutando de la textura del vello y de la piel húmeda. No pudo resistirse a las tetillas color café y las capturó con los labios, haciendo que Alex se contorsionara debajo de ella. Extendiendo una mano, Daisy le agarró el bíceps y se lo apretó. Después deslizó los dedos hacia abajo, buscando el suave vello de su axila. Cuando se demoró allí, a Alex se le puso la piel de gallina y soltó un profundo gemido entrecortado. Ella levantó la cabeza lentamente y lo miró a los ojos.

– Voy a quitarte la toalla.

– ¿Ahora?

El crudo deseo en la mirada de Alex le recordó que estaba jugando con fuego. Pero no pensaba retroceder; bajó las manos a la toalla. Deshizo el nudo con un movimiento fluido y la abrió.

– Oh… -Era magnífico. Alargó la mano y lo tocó tímidamente con la punta del dedo. Alex dio un brinco y ella apartó la mano.

La mirada de Daisy voló hacia la cara de Alex; la mueca que esbozaba parecía reflejar dolor.

– ¿Te he hecho daño?

– Tienes sesenta segundos -graznó él, -después moveré los brazos.

Un estremecimiento de placer atravesó como un relámpago el cuerpo de Daisy al darse cuenta de lo que pasaba.

– No lo harás hasta que te dé permiso -le dijo con severidad.

– Cincuenta segundos -repuso él.

Daisy se apresuró a acariciarlo otra vez, dejando que las indagadoras puntas de sus dedos vagaran por todas partes, acariciándolo aquí y allá. Deslizó la mano por los muslos separados de Alex y buscó más sitios donde tocarlo.

– Veinte segundos -gimió él.

– No cuentes tan rápido.

Él se rio entre dientes al tiempo que gemía, haciéndola sonreír. Pero la sonrisa de Daisy se desvaneció con rapidez. Después de tantos años de abstinencia, ¿cómo lograría su pequeño cuerpo alojar algo de ese tamaño? Cuando cerró su mano en torno a él, se le ocurrió que quizá sus partes privadas se habían atrofiado por falta de uso. Daisy lo acarició.

– ¡Se acabó el tiempo!

Sin previo aviso, se encontró de espaldas sobre la cama bajo el cuerpo de Alex.

– Es hora de que recibas un poco de tu propia medicina. Ponte en la misma postura que yo.

– ¿Cómo dices?

– Las manos contra la pared.

Daisy tragó saliva y pensó en los látigos. Quizás eso de jugar a mujer fatal se le había dado demasiado bien. Él la estaba creyendo mucho más experimentada de lo que era en realidad.

– ¿Alex?

– No quiero que hables, sino que obedezcas mis órdenes.

Lentamente Daisy levantó los brazos por encima de la almohada.

– Te he dicho que apoyes las manos contra la pared.

Hizo lo que le ordenaba y se sintió indefensa y excitada. Cuando sus nudillos rozaron el cabecero de la cama, Daisy estaba confundida por la inquietante mezcla de desasosiego y profundo deseo sexual. Quería rogarle que fuera suave con ella pero, a la vez, quería que la poseyera con todas sus fuerzas.

Permaneció cautiva bajo la mirada de Alex. El hecho de que no la hubiera atado de verdad no hacía que su cautiverio fuera menos real. Él era más fuerte que ella, más poderoso, podía hacerle lo que quisiera, estuviera Daisy de acuerdo o no. El deseo de la joven se incrementó todavía más cuando él le pasó la yema del dedo por el estómago, de un lado a otro de la cinturilla de las medias de red, hasta que Daisy quiso gritar. Alex siguió bajando hasta rozar los rizos oscuros.

– Separa las piernas, cariño. Ella lo hizo, pero al parecer Alex no quedó satisfecho con su acción porque le agarró los muslos y se los separó todavía más.

Las medias no suponían ninguna barrera para él, y Daisy se sintió demasiado expuesta, demasiado vulnerable. Apartó las manos de la pared.

– Ni se te ocurra -susurró Alex, deslizándole los dedos sobre la parte de su cuerpo que ella había revelado.

Daisy gimió y permaneció inmóvil mientras él separaba sus húmedos pliegues con los pulgares por debajo de la trama en forma de diamante. Entonces Alex inclinó la cabeza. La joven gritó y apretó los puños contra la pared cuando él la acarició con la boca, lamiéndola a través de la red. Un ronco murmullo de placer escapó de la garganta de Daisy. Sintió cómo él tensaba la red sobre ella, apretando profundamente las hebras contra su suavidad femenina.

Alex le separó más las rodillas con los hombros y le ahuecó los pechos con las palmas de las manos mientras la acariciaba con los labios. La lluvia tamborileaba en el vientre de metal que los cobijaba y el propio vientre de Daisy se estremeció en respuesta a lo que le estaba ocurriendo. Estaba perdida en un torbellino de sensaciones cuando sintió en las manos la vibración de un trueno a través de la pared que retumbó en cada nervio de su cuerpo. Daisy arqueó la espalda y se entregó a un clímax destructivo.

Él la sostuvo mientras se estremecía. Sólo cuando se recuperó sintió Daisy que Alex le tiraba con fuerza de las piernas. Daisy no comprendió lo que su marido estaba haciendo hasta que se acomodó sobre ella y experimentó esa penetración tan largamente esperada en la entrada de su cuerpo.

– Me has roto las medias -murmuró Daisy, deslizándole los brazos alrededor de los hombros y recreándose en la sensación de ese cuerpo masculino apretándola contra el colchón.

Alex le rozó la sien con los labios.

– Te compraré un nuevo par. Te lo juro. -Y embistió con suavidad.

Y no consiguió nada.

Ella se puso rígida. Sus peores temores se estaban haciendo realidad. Su cuerpo se había atrofiado por tantos años sin usar.

Alex se retiró un poco y le sonrió, pero ella podía sentir la tensión de su cuerpo y notaba lo cercano que estaba de perder el control.

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