El Duque de Saint Raven
- Автор: Беверли Джо
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Duque de Saint Raven». Краткое содержание книги:
Pero justo cuando se dirige a la abominable fiesta de lord Crofton, Cressida cae en manos de un secuestrador. Su captor no es otro que Tristan Tregallows, Duque de St. Raven, quien conoce la mala fama de Crofton y sólo quiere protegerla. Cressida finalmente le confiesa su plan y Tristan se convierte en su aliado y defensor, aunque ninguno de los dos puede prever el largo camino que les espera, ni las inesperadas trampas que les tenderá el amor.
Aún así, había percibido algo en él, una especie de dolor. Era, pensó, tal como aparentaba ser; un joven sano y privilegiado que disfrutaba de la vida. Pero, sin embargo, por debajo había una tristeza escondida. Tal vez fuera fruto de la muerte de sus padres. ¿Qué edad tenía? Doce. Sus padres claramente se amaban y debieron haberlo querido mucho. Intentó imaginárselo. Completamente perdido y alterado con un sólo golpe del destino.
Recordó que le había preguntado «¿qué es un hogar?» Aunque fuese una locura deseaba darle un hogar, aunque sólo fuese una casa acogedora como la que tenía en Matlock. Tris tenía muchas casas, pero le faltaba un hogar. Su casa de la infancia, Cornhallows, había pasado a otras manos. Su lugar oficial era Mount Saint Raven en Cornwall, donde había estado muy poco tiempo. ¿Y Nun's Chase? Daba la impresión de que sólo la usaba para sus fiestas lascivas. Debía tener una casa en Londres, además de todas las otras de las que se quejaba y sentía como una carga más. Pobre Tris Tregallows. Pobre niño huérfano…
Se puso de pie, ahuyentando esos pensamientos. Si seguía, le absorberían toda su fuerza de voluntad. Se quitó la máscara y los velos, y lo que le quedaba de esa loca noche. Mañana por la mañana volvería a su realidad y pronto todo aquello le parecería un sueño.
Se bajó de la cama y se dirigió al lavamanos. Al mirarse en el espejo vio la cara de Roxelana, las cejas oscuras y un toque de carmín en los labios. ¿Habían perdido color a lo largo de la noche o debido a esos besos eternos? Se lavó la cara y se la frotó hasta parecerse nuevamente a Cressida Mandeville. Era interesante ver que la convencional señorita había permanecido ahí bajo su disfraz. Abrió la maleta para mirar la pequeña selección de ropa que había llevado para su suplicio con Crofton. Había insistido en que trajera un vestido de noche para el viaje y otro para su estadía, pero había traído dos más y mudas de ropa interior. Ahora podía reírse de sí misma. Nunca se hubiera imaginado a lo que se iba a enfrentar.
Sacó su vestido de fiesta, muy bonito pero sin destino en el entorno de Crofton. Era su vestido de verano de lino fino. Tenía mangas cortas y el escote adornado por un lazo verde. Casi a regañadientes, se sacó sus prendas indecentes y se lo puso. Era raro que vestirse con una sola pieza fuese más decente que ponerse dos. No iba a ir a ningún lado con ese con su vestido de noche. Iba a dormir con él.
Su cabello. Se sentó ante el espejo para cepillárselo. Normalmente se lo trenzaba, más por «decencia» que por necesidad. Lo tenía liso y pesado, por lo que no se le enredaba. Tris tenía razón en cuanto a eso. Había mucho sobre la decencia que era absurdo, como que las mujeres tuvieran que salir siempre con guantes y sombrero. O que al querer referirse a los pantalones o bombachos de un hombre tuvieran que llamarlos los «innombrables». O no poder pasar por Saint James Street, donde estaban los clubes de caballeros. En un momento de rebeldía, decidió dejarse el pelo suelto, se acercó a la cama y permaneció frente a ella. Al pasar un rato aceptó el hecho de que no iba a acostarse en ese lecho. Era extraño como de pronto las cosas se le habían aclarado, como si la niebla se hubiese despejado en un instante.
Tris tenía razón. No podía terminar su viaje de aventura sin explorar lo que le había ofrecido. Su terrible curiosidad la empujaba, pero el mayor ímpetu, la fuerza que la poseía por completo, era la apremiante sensación de que ella era importante para él. No entendía cuáles eran sus necesidades precisas, pero sabía que iban más allá del deseo. Tal vez, más allá de todo, necesitaba su confianza. Y decidió que él se había ganado ese derecho. Por lo tanto, le dio la espalda a la decencia y dejó la habitación, siendo lo bastante cauta como para asomarse y ver que no había nadie por los pasillos. Fue hasta su puerta. ¿Nuevamente abrirla sin más o llamar?
Llamó a la puerta. No hubo respuesta.
Entonces, escuchó muy débilmente su voz en el piso de abajo. Seguramente estaba dando las órdenes para el día siguiente, en que viajaría a Londres. No había nada que hacer; tendría que volver a su cuarto e irse a la cama.
Luego las voces se hicieron más fuertes. Y escuchó:
– Si el señor Lyne regresa pronto, pasadle esto.
Siguieron suaves pasos. ¡Estaba subiendo las escaleras! Cressida tuvo un momento para recapacitar. Tenía suficiente tiempo para correr a su habitación o entrar en la de él. Abrió la puerta y entró, cerrándola con exquisito cuidado y sin hacer ruido. Pero una vez hecho esto, le entraron las dudas.
¿Qué pasará si ya no está de humor? ¿O sí ha considerado más juiciosamente los riesgos? ¿Y si es un libertino como había pensado desde un principio y la dejaba abandonada con un niño?
Aunque estuvo tentada de esconderse tras las cortinas, se mantuvo firme. Estaba temblando y tenía las manos fuertemente entrelazadas cuando él abrió la puerta.
Tris se detuvo. Después, lentamente y sin apartar sus ojos de los de Cressida, cerró la puerta y se apoyó en ella. Su mirada, su respiración, le decía que el primero de sus temores no tenía fundamento. No le había cambiado el humor, pero aún así, no se dirigió hacia ella.
– No veo botones que desabrochar -dijo finalmente con una voz profunda, casi áspera.
Sus dedos estaban trenzando el fino algodón.
– No.
– ¿Estás aquí para atormentarme?
– No lo sé -tragó saliva-. Usted es el guía experto.
Miró hacia abajo, y rió levemente.
– En este momento no quiero serlo. -Volvió a mirar hacia arriba-. ¿Por qué, Cressida?
Sintió que la seguridad en sí misma se le debilitaba.
– ¿Ha cambiado todo? ¿Quiere que me vaya?
Fue hacia ella y le tomó las manos.
– No, Dios mío, en absoluto. Me había dado por vencido. Si tu intención era hacerme perder la cabeza y todo tipo de coherencia, no podías haberlo hecho mejor. ¿Te das cuenta, mujer, que es mucho más devastador tu virginal vestido de noche que tu disfraz de hurí?
Sintió cómo su cuerpo se acaloraba y la invadía una sensación de alivio.
– No, la verdad. No pensaba venir, mi intención era irme a la cama, a mi propia cama.
– Pero cambiaste de idea -le dijo tomándola por las manos, haciendo que tan sólo ese punto de contacto bastara para estremecer la mente de Cressida-. ¿Podrías decirme por qué, Cressida? Detesto dudar de tan precioso regalo, pero no podría vivir conmigo mismo si hiciera algo esta noche que te pudiera hacer daño.
Lo miró con ternura y se rió.
– ¡Sólo usted se resiste ahora, Saint Raven! ¿Acaso teme que desaparezca tras intimar de esta manera con usted?
– Si desapareces, desapareces. Primera regla, llámame Tris. Si no puedes hacer eso, no hay motivo para que nos acerquemos una pulgada más.
Debía de serle fácil, pero dudó antes de decirlo.
– Tris es una persona tan sencilla…
– No es verdad.
– Quiero decir, simple. Un hombre, no un duque.
– Cierto.
– Pero Tris es el duque.
– También es verdad. Pero no esta noche. Esta noche seremos Tris y Cressida. Calientes, sudorosos y desnudos. Esta noche tendrás el contacto más íntimo que habrás tenido desde el día en que te deslizaste indecorosamente del vientre de tu madre. De eso estamos hablando, Cressida. ¿Lo deseas? Lo miró a los ojos.
– ¡Maldito! ¡Me conoces tan bien! ¿Cómo puedo resistirme después de eso? Sí, es lo que quiero, Tris.
Él la trajo hacia sus brazos.
– ¿No te das cuenta de que mis palabras hubiesen hecho chillar a la mayoría de las señoritas vírgenes?
– ¿Por miedo a la falta de decoro?
– Por lo de caliente, sudoroso y desnudo.
Ella ya se sentía caliente, sudorosa y desnuda.