Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «El escarabajo verde». Краткое содержание книги:

Abu Simbel es el nombre de un templo de la época de los faraones, y también el de una de las más audaces empresas de ingeniería de nuestro siglo. En los años sesenta se reunieron especialistas de todo el mundo para salvar el santuario y sus colosales estatuas de las aguas de la presa de Asuán. Debía ser trasladado, piedra a piedra, y reconstruido tierra adentro.
Para decidirse a participar en un proyecto de semejante envergadura sólo podía haber tres razones: el afán de aventura, la falta de dinero o la de desaparecer por algún tiempo. Éste era el caso de Arthur Kaminski, un ingeniero alemán. Pero su viaje a Abu Simbel se convirtió en un descenso a los infiernos desde el momento en que, bajo el suelo de su barracón, descubrió un pasadizo que desembocaba en la cámara mortuoria de una reina egipcia. Reina egipcia momificada en cuya mano reposaba un amuleto, el escarabajo verde, con una inscripción en jeroglífico de la cual emanaba una maldición que afectó a los miembros de la expedición arqueológica y que se perpetúa hasta nuestros días.
1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 96
Перейти на страницу:

En medio de su desamparo, sin saber qué hacer, Arthur empezó a ordenar la habitación. Quitó de en medio vasos y botellas y comenzó a doblar y a colocar en su sitio, en el armario, las ropas que habían quedado sobre el respaldo de una silla. En el momento en que retiraba una blusa le llamó la atención un pequeño objeto extraño que pendía por la parte de atrás. Parecía un amuleto, pero pronto vio que se trataba de una araña epeira, una especie venenosa, que estaba atravesada por lo que semejaba un anzuelo de pescador. El gancho se había clavado de tal manera en el tejido que a Kaminski no le fue posible sacarlo sin abrir un agujero.

Mientras tanto, el doctor Heckmann preparaba una inyección de penicilina.

– Trate de recordar -le indicó al ingeniero mientras llenaba la jeringuilla y dejaba saltar un fino chorro por la aguja- si en los últimos días Hella ha estado en contacto con alguna sustancia tóxica. Sería muy importante saberlo.

Kaminski se llevó las manos a la cabeza.

– ¡Dios mío, está claro! -exclamó-. Ahora me viene a la cabeza. Esta mañana en la enfermería tiré al suelo, sin querer, una botella de fenol. ¡Tiene que ser eso!

– ¿Fenol?

– Sí. Su olor me produjo alucinaciones, tuve una aparición espantosa.

– ¿A causa del fenol?

– Sí, Hella me lo explicó después.

Fl doctor Heckmann tomó el brazo de la joven y clavó la aguja.…

– Mi querido amigo -le explico con una sonrisa irónica-, el fenol es un excelente desinfectante, pero no sirve en absoluto para producir alucinaciones.

– Y sacó la aguja de la vena de Hella.

– Pero en medio de aquel olor, vi una cara espantosa -trató de explicarse Kaminski-, estoy completamente seguro.

– Si está seguro de que vio ese semblante, es que ese rostro estaba allí. Los seres humanos tendemos gustosamente a tomar por alucinaciones las cosas que nos repugnan o nos desagradan.

Kaminski se asustó. En su mano se hallaba la araña con el peligroso anzuelo. Heckmann la observó con interés.

– ¿Qué es eso?

– Yo tampoco lo sé. -Puso el extraño objeto delante del rostro del médico-. Colgaba de la blusa de Hella.

– ¡Qué extraño! -opinó el médico y miró la araña atravesada-. Los hombres medicina africanos utilizan estos insectos… ¿pero Hella?

A Kaminski se le ocurrió de repente.

– ¡Kemal el herrero!

Heckmann se quedó mirando al ingeniero como si quisiera preguntarle: «¿qué tiene que ver Kemal en todo esto?».

– Hella tuvo una fuerte discusión con Kemal a causa de Margret Bakker.

La respiración de la muchacha se iba haciendo más lenta y regular. El doctor Heckmann se sentó a su lado en silencio y le tomó el pulso.

– ¿Cree usted posible que Kemal tratara de vengarse de modo tan vil? ¿Sabe que hay venenos tan fuertes que basa con mojar un gancho parecido a éste para provocar la muerte?

El ingeniero, que aún sostenía en la mano el amuleto con la araña, se estremeció y lo dejó sobre la mesa. Después contempló a Hella y de nuevo su mirada se posó en el insecto. Finalmente preguntó:

– ¿Habría dejado huellas un envenenamiento causado por un anzuelo semejante?

– Normalmente, sí -respondió el médico y se acercó a Hella.

En su espalda, debajo del omoplato, podía verse una mancha ligeramente enrojecida.

– ¿Qué opina de esto? -le preguntó impaciente Arthur.

La tranquilidad del doctor Heckmann en una situación como ésa lo irritaba.

El doctor pasó suavemente la mano sobre la marca de la espalda. Su respuesta fue poco convincente.

– He de reconocer que nunca he tenido en mis manos un caso como éste. No puedo ver ninguna herida. Esta mancha podría ser simplemente una pequeña irritación de la piel.

El médico se encogió de hombros, ni él mismo se quedó satisfecho con su observación. Y Kaminski se sintió confirmado en su opinión de que el doctor Heckmann no era precisamente una lumbrera, ni como médico ni como hombre.

Así fue pasando el tiempo que ambos velaron junto a la cama de la joven, en silencio la mayor parte. De pronto, cuando ya estaba a punto de amanecer el doctor Heckmann se dirigió al ingeniero, como si llevara mucho tiempo reflexionando sobre la cuestión, para preguntarle:

– ¿Sigue amando todavía a Hella?

Kaminski no había contado con una pregunta como esa. Apretó los labios y entre sus cejas se produjo una profunda arruga vertical.

– Oiga usted -respondió el ingeniero en voz baja y un tanto temblorosa-, ¿es que aún no ha sabido digerir su derrota? Por lo visto pretende usar de un modo u otro sus conocimientos médicos según tenga una oportunidad con Hella o no. Le diré una cosa -Arthur se acercó más al méj-co_ si me entero de que usted no ha hecho todo lo humanamente posible por salvar a esta mujer, yo me ocuparé de que…

– ¡No puedo tolerar una cosa así! ¡Y menos de usted, Kaminski! -protestó Heckmann-. Desde que llegó a Abu Simbel no ha hecho más que crear problemas.

– ¡Ah! -Kaminski fingió una calma que en realidad no era más que rabia contenida y que podía explotar en cualquier momento-. Por lo visto usted cree que yo tengo la culpa de todo.

No faltó mucho para que los dos hombres se liaran a puñetazos. Pero Arthur se dijo que no valía la pena dejarse arrastrar a una pelea, así que se limitó a hacer un ademán despectivo con la mano y abandonó la habitación.

Se sentó en los escalones de entrada de la casa con la mirada fija en el campamento de trabajo todavía envuelto en la tranquilidad del sueño. En la lejanía, la cadena de montañas empezaba a perder su gris apagado y a iluminarse con las primeras luces del alba, que transformaron al paisaje y le dieron un tono naranja oscuro que rápidamente pasó a ser un amarillo brillante.

«No puedes confiar el destino de Hella en las manos de ese Heckmann -pensó Arthur-. ¿Pero que podía hacer él? ¿Cómo podía saber si Kemal había perseguido a Hella con un arma envenenada? Tratar de hablar con él sería un desatino; naturalmente, lo negaría todo, hasta el azul del cielo.»

¡Moukhtar! Él conocía al herrero mejor que nadie. Ambos procedían del Alto Egipto y si había alguien que pudiera penetrar en los misterios del alma de Kemal era él, Moukhtar.

Kaminski tomó el anzuelo con la araña epeira, lo envolvió en un pañuelo y se dirigió a visitar al arqueólogo, que vivía al otro lado de la calle junto al depósito del agua.

Al principio Moukhtar se negó a creer que el amuleto n el insecto hubiera sido encontrado en las ropas de Hella Hornstein, pues significaba una maligna maldición y la epeira simbolizaba la muerte. ¿Qué razones podía haber para que Kemal deseara el fin de la doctora?

Kaminski le informó de la violenta discusión entre los dos y del punto de vista de Kemal de que una mujer, de acuerdo con la voluntad de Alá, no debía curar a los enfermos. Todo eso, además, era cosa secundaria, lo importante era saber si Kemal había utilizado algún veneno y en caso de que hubiera sido así, cuál.

Moukhtar, con el semblante serio, dijo que tras las maldiciones de los nativos no sólo se ocultaba el deseo de hacer mal, sino una firme decisión de que se realizara y la única posibilidad que Kemal tenía de matar a la doctora Hornstein consistía en usar un veneno y el más accesible era el de serpiente.

¿Un veneno de serpiente? Arthur había oído decir que en muchas ocasiones bastaba una dosis mínima para provocar la muerte de un elefante.

Sin dar más explicaciones, Hasan Moukhtar tomó el pañuelo con el fetiche de las manos de Kaminski y con un movimiento de cabeza le indicó que lo siguiera.

El sencillo cuarto de baño, con las paredes de cemento pintadas de verde, consistía principalmente en un lavabo y la boca de una ducha que parecía colgada del techo. En una caja de madera descansaban dos perezosos cocodrilos pequeños que ya habían crecido demasiado para ser considerados simplemente animales de compañía. En el campamento eran muchas las personas que tenían esos reptiles, de corta edad en su casa como animales domésticos. Era algo bastante fácil, no había más que ir a recoger los huevos a uno de los bancos de arena del embalse, pero no se debía olvidar el volver a dejarlos en libertad una vez que pasaban de los treinta centímetros, pues a partir de ese tamaño solían morder y resultaban peligrosos.

1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 96
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)