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Inmune A Sus Encantos

Электронная книга - «Inmune A Sus Encantos». Краткое содержание книги:

Siempre causó admiración en el campo. Pero, ¿y entre las sábanas?
Un malicioso artículo sobre Reid Buchanan había puesto en duda el talento del ex jugador de béisbol para los juegos de cama. Pero ése era sólo uno de sus problemas. Con una cadera rota, la abuela de Reid necesitaba cuidados constantes, y él había contratado a las dos primeras enfermeras por sus habilidades… con él. Y cuando tuvo que encontrar a una tercera, eligió a Lori Johnson, la primera candidata que parecía inmune a sus encantos.
Lori nunca perdía el tiempo con hombres como Reid Buchanan. ¿Entonces por qué estaba debilitando sus fuertes defensas con aquella sexy sonrisa y con la amabilidad que le demostraba constantemente? Sólo había una explicación para lo que estaba pasando entre ellos… la química. Una química muy ardiente.
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Se fijó en una de las cartas. Era de un niño al que se le había muerto su hermano gemelo. Sus hermanos Cal y Walker, junto con Dani, significaban todo para él. Si les pasara algo…

Descolgó el teléfono y llamó al número que aparecía en la carta.

– ¿La señora Baker? -preguntó al oír una voz de mujer.

– Sí.

– Buenos días. Soy Reid Buchanan. Era jugador de béisbol.

– ¿De verdad? Sé quién es. Mi hijo es muy aficionado al béisbol. Es su mundo. Sobre todo desde… bueno, hace poco. Le fastidió mucho que se retirara. Estuvo hablando de eso durante días enteros.

Si el niño supiera cómo había tirado la carrera por la borda, no pensaría tanto en él.

– Señora Baker, su hijo me escribió y me contó la pérdida que han sufrido recientemente. Lo lamento mucho.

– Gracias, ha sido muy difícil -consiguió decir ella después de un silencio.

– Puedo imaginármelo. Estaba pensando qué podría hacer por Justin. Cómo distraerlo un poco. Tengo algunos amigos en el Seattle Mariners y he hablado con el director general. ¿Les gustaría, a usted y Justin, pasar un fin de semana largo con el equipo durante la preparación de primavera? Les llevarían en avión, en primera clase, y los alojarían en un buen hotel. Tendría a su disposición un coche con conductor y dinero para las comidas. El hotel tiene spa. Tendría acceso gratis a todos los servicios. Yo me ocuparía de que hubiera alguien que cuidara de Justin mientras usted se relaja.

– No sé qué decir -reconoció ella casi sin poder hablar-. ¿Por qué iba usted a hacer algo así?

– Porque puedo. Justin y usted lo han pasado muy mal.

– Es usted increíblemente generoso -dijo ella en voz baja-. No sé qué pensar.

– Me encantaría que me permitiera hacerlo. Si quiere un poco de tiempo para pensárselo, le daré mi número de teléfono. Puede llamarme cuando quiera.

– Señor Buchanan -ella se rió, nerviosa-, es posible que no sepa muy bien qué hacer durante todo el día, pero no estoy tan loca. A Justin le entusiasmaría y, sinceramente, a mí también. Claro que iremos. Muchas gracias.

– Será un placer. Dentro de un par de horas la llamarán de una agencia de viajes. Se lo organizarán todo, pero también quiero que tome mi número de teléfono. Si tiene algún inconveniente, lo que sea, llámeme.

– Es increíble. Gracias.

– Vaya con su hijo y pásenlo muy bien.

– Lo haremos.

Reid le dio su número y colgaron. Luego se dejo caer contra el respaldo de la butaca y miró la lista de cosas que tenía que organizar. La agencia de viajes le había prometido que supervisaría todo, pero él llamaría para comprobarlo personalmente. No quería que se repitiera el desastre de los billetes de vuelta. Arrancó una hoja de papel y la añadió a la lista de los asuntos en marcha. Si la fundación no iba a tener una agencia de viajes propia, quería que alguien se ocupara de que todo se organizara bien.

Lori llegó a su casa poco antes de las cinco y vio un coche conocido en el camino de entrada. Entró en el garaje, cerró la puerta y pasó a la cocina. Oyó que Madeline y su madre se reían en la sala y se le encogió el estómago. No le importaba que su hermana invitara a gente, también era su casa, pero ¿por qué tenía que ser a su madre? Independientemente de cómo transcurriera la velada, ella siempre se quedaba con la sensación de sobrar.

– Hola, he llegado -saludó desde la cocina mientras dejaba el bolso en la encimera.

– Estamos en la sala -contestó Madeline-. Ven con nosotras.

Lori se quedó un instante pensando una excusa para refugiarse en la tranquilidad de su cuarto. Ojalá Reid hubiera querido seducirla esa noche, pero él no estaba en casa cuando terminó el turno y no quiso llamarlo al móvil para preguntarle qué estaba haciendo. Tenían una relación, pero ella no sabía ni entendía cuáles era los límites. Tenía la sensación de que encontraría las respuestas con una conversación, pero no se atrevía a hacer las preguntas. Parecía tonta, se reprendió a sí misma. Debería estar dispuesta a preguntarle qué pensaba y a explicarle sus deseos y necesidades. Presumía de ser una persona que no eludía nada, y era verdad. Pero lo era menos con Reid y su madre.

Evie entró en la cocina y le sonrió.

– Hola, Lori. ¿qué tal ha ido el día?

– Bien, gracias. Gloria está mejorando mucho. He estado preocupada por su recuperación, pero avanza un poco todos los días. Dentro de un par de meses debería volver a su vida normal.

– Qué bien.

Su madre la agarró del brazo y la llevó a la sala, la sentó en el sofá y se sentó a su lado.

– Tu hermana y yo nos hemos confesado.

Evie miró a Madeline y las dos se rieron. Lori las miró fijamente sin entender el chiste.

– ¿Qué ha pasado?

Madeline agitó una mano en el aire.

– Nada malo -dijo entre risas-. A no ser que seas el pollo.

Volvieron a soltar una carcajada y Lori intentó no perder la paciencia, aunque quería gritar. ¿Qué era tan gracioso?

– Deberíamos tener pollo de cena -le explicó Evie mientras se secaba los ojos-. Vine para ayudar a Madeline. Estábamos sazonando el pollo, pero estaba resbaladizo y salió volando hasta la otra punta de la cocina.

Las dos volvieron a reírse sin parar. Lori podía entender que la escena fuera graciosa, pero aquello le pareció un poco exagerado.

– Bueno -replicó Lori lentamente-. ¿Y…?

Madeline se llevó una mano al pecho.

– Lo recogí y cuando estábamos lavándolo, volvió a escapársenos. El pollo estaba decidido a no acabar en el horno.

– Es verdad -corroboró su madre-. Se nos cayó otras dos veces, pero conseguimos sazonarlo, ponerlo en la fuente y meterlo en el horno. Vinimos a la sala para reponemos y cinco minutos antes de que llegaras, nos dimos cuenta… -volvió a echarse a reír.

Madeline también se rió.

– Nos habíamos olvidado de encender el homo -consiguió farfullar.

Volvieron a troncharse de risa. Lori intentó encontrarle la gracia a que se les hubiera olvidado encender el homo. Al parecer, era uno de esos momentos que había que vivir.

– La cuestión es -le dijo su madre-, que tú no te habrías olvidado. Eso era lo que estaba diciéndole a Madeline cuando llegaste. Tú siempre has sido la fiable, Lori. No eres inestable como tu hermana y como yo.

Lori contuvo las ganas de decir que su hermana no era inestable. Su madre dejó de reírse.

– Eras una niña muy buena, Lori. Podía confiar en ti para que te ocuparas de las cosas. Cuando estaba sobria, pensaba que eso no era bueno. No te lo reprocho. Sobrevivimos sólo gracias a ti, contigo cerca no tenía que preocuparme de lo que pasaba en casa. Todo estaba controlado.

Lori no supo qué decir. Ella recordaba lo mismo, pero nunca había pensado que eso hubiera unido a la familia. Hizo lo que había que hacer porque su madre estaba siempre borracha y Madeline estaba muy ocupada con su vida.

– Recuerdo que Lori se ponía muy pesada para que comiera -comentó Madeline-. O, al menos, para que comiera mejor de lo que comía.

– A mí me hacía lo mismo -añadió Evie-. Todavía puedo ver a aquella chiquilla deliciosa en medio de la cocina con un puchero y gritando que nos sentáramos a comer juntas, que si no lo hacíamos nos sentaría ella misma.

Lori notó la avalancha de recuerdos, casi todos malos. Intentó esquivarlos, como hacía siempre, pero su madre siguió hablando de todo lo que había hecho.

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