La Guerra de los Dioses
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: El Ocaso de los Dragones #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Guerra de los Dioses». Краткое содержание книги:
La Torre del Sumo Sacerdote cae en manos de las fuerzas de la Oscuridad por primera vez en la historia y el dominio absoluto de Ariakan se extiende rápidamente por Ansalon. Entre tanto, Steel Brightblade va a ser ajusticiado por haber dejado escapar a su prisionero, Palin Majere. En la posada El Último Hogar, Caramon y Tika tiene la alegría de volver a ver a su hijo, a quien creían muerto. Pero el joven Palin llega acompañado de un visitante inesperado: Raistlin Majere, quien ha vuelto al plano mortal para ayudar en la batalla contra Caos.
Tiritando a despecho del calor, Usha regresó a la sala, recogió sus posesiones, y se encaminó hacia su alojamiento.
16
Regreso a Palanthas. La tienda de artículos para magos. Las sospechas de un Caballero Gris.
Cuando la bruma de la magia del anillo se disipó, Palin se encontró en una calle de una ciudad que, tras un fugaz momento de desorientación, reconoció como Palanthas. Las puntas de los minaretes de la Torre de la Alta Hechicería brillaban tétricamente con un tono rojizo de sangre bajo la luz del sol. Cerca, el Templo de Paladine estaba en sombras, su blanco mármol apagado, como oscurecido por nubes. Pero no había nubes en el cegador, refulgente cielo azul.
Palin miró a uno y otro lado de la calle en la que se había materializado. Afortunadamente, era una calle secundaria que probablemente estaba en la zona mercantil de la ciudad. Eran tiendas, no viviendas, las que flanqueaban la calzada pavimentada. Varios transeúntes, sobresaltados por su repentina aparición, se habían parado para mirarlo fijamente, pero al reparar en la blanca túnica del mago se limitaron a sortearlo y siguieron con sus asuntos. Palin se quitó el anillo del dedo y lo guardó en un bolsillo, intentando simular indiferencia.
Lo sorprendió ver tanta gente por la calle, la mayoría caminando tranquilamente, yendo de un sitio para otro como si fuera un día laboral cualquiera. No estaba seguro de lo que esperaba encontrar en una ciudad ocupada por los caballeros negros; gente encerrada dentro de sus casas, quizá, tropas patrullando las calles, grupos de esclavos encadenados. Pero lo que veía eran amas de casa camino del mercado, con sus hijos agarrados a las faldas; artesanos de uno u otro gremio caminando a buen paso, con aspecto de estar, como siempre, muy atareados y con prisa por llegar a algún sitio importante. Estaban incluso los habituales holgazanes, gandules y desocupados haraganeando por las inmediaciones de tabernas, y los pordioseros en las esquinas.
La urbe era tan semejante a la que Palin había conocido en el pasado, que el joven se preguntó si su tío no se habría equivocado. Tal vez Palanthas no había caído en poder de los Caballeros de Takhisis. Todo esto era desconcertante. Y lo más desconcertante de todo era esta pregunta: ¿por qué había aparecido en la esquina de una calle desconocida?
Había esperado que el anillo lo llevara a la torre, así que ¿por qué lo había traído aquí? Dalamar debía de tener sus razones.
Palin examinó con detenimiento los carteles colgados sobre las puertas de los comercios, confiando en descubrir en qué parte de la ciudad se encontraba. Casi de inmediato vio la explicación que creía respondía a su pregunta. Justo enfrente, al otro lado de la calle, había una tienda de artículos para magos, como indicaba el letrero con las tres lunas —la plateada, la roja y la negra— que colgaba encima de la puerta.
Pensando que, incluso si Dalamar no tenía intención de que apareciera aquí, éste sería un buen sitio para empezar y quizá para comprar algunos productos mágicos mientras hacía averiguaciones, Palin cruzó la calle.
La puerta de la tienda estaba abierta de par en par, lo que no era insólito puesto que la tarde estaba mediada y era día de mercado. Pero Palin se sorprendió al no ver un guardia corpulento a la entrada, preparado para cerrar el paso a turistas, mirones y kenders, que se sentían atraídos por las tiendas de artículos para magos como las moscas por la miel.
Palin entró en el establecimiento y se paró un momento nada más cruzar el umbral, esperando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad del interior en contraste con la luz del sol. Los olores familiares hicieron que se sintiera como en casa, que olvidara su inseguridad: la dulce fragancia de flores secas que no acababan de encubrir el hedor subyacente a putrefacción y muerte, mezclado con el tufo añejo a moho y el olor a cuero viejo.
La tienda era grande y, aparentemente, muy próspera. Por lo menos había seis mostradores con tapas de cristal llenos de anillos y broches, colgantes y cristales, brazaletes y pulseras, algunos de ellos hermosos, otros horrendos, y otros de aspecto relativamente corriente. Colocados en estantes había tarros de cristal que contenían una gran variedad de cosas, desde ojos de tritón flotando en una especie de líquido viscoso, hasta lo que parecían ser barras de regaliz. (Que Palin supiera, no había ningún hechizo para el que se necesitaran dulces, y sólo se le ocurría que el regaliz era para los magos golosos.) Hileras de libros de conjuros se alineaban en las paredes, catalogados por el color de su encuademación y, en algunos casos, por el grabado de runas en los lomos. Pergaminos enrollados y atados pulcramente con cintas de diferentes colores aparecían guardados en pequeños nichos polvorientos. Sobre una mesa había expuestos estuches para pergaminos y saquillos de cuero, terciopelo o simple paño (para magos pobres), junto con una variada colección de pequeñas dagas.
En la tienda había de todo, salvo su propietario.
Una cortina roja ocultaba la trastienda. Suponiendo que el propietario se encontraría allí, Palin estaba a punto de llamar cuando una voz sonó justo detrás de él.
—Si buscas a la dama Jenna, acaba de salir un momento. Tal vez pueda ayudarte yo.
Un hombre vestido con los ropajes grises de mago, pero que llevaba una espada al costado, estaba frente a Palin.
El joven comprendió que era un Caballero de la Espina, y que debía de haber estado oculto en las sombras, detrás de la puerta.
También reconoció el nombre de la propietaria: la dama Jenna, una poderosa hechicera y la amante de Dalamar, a decir de todos.
—No, gracias —contestó amablemente—. Esperaré a que la dama Jenna regrese. Tengo que hacerle una pregunta acerca de un componente de hechizos.
—Tal vez pueda responder yo esa pregunta —ofreció el Caballero Gris.
—Lo dudo —replicó Palin—. Los conjuros que realizo yo y los que ejecutas tú no tienen nada en común. Si no te importa, esperaré a Jenna. Puedes marcharte, no te entretengas por mí. Debías de estar a punto de salir, junto a la puerta, cuando entré yo.
—No me marchaba —dijo el Caballero Gris, cuyo tono era agradable, incluso habríase dicho que divertido—. Estoy apostado en esta tienda. Por cierto, creo que todavía no has firmado en el libro. Si haces el favor de acercarte aquí...
El Caballero Gris se dirigió hacia un pequeño escritorio que estaba a la izquierda de la puerta. Sobre el mueble había un libro grande, encuadernado en cuero y cuyas páginas tenían trazadas pulcras líneas manteniendo entre sí espacios regulares. Palin bajó la vista y vio una lista de nombres, seguidos de lo que parecía ser un registro de compras y ventas. Advirtió que no había muchos nombres, y que la fecha de la última anotación era de dos días antes.
—Firma aquí. —El Caballero Gris indicó una línea—. Luego tendré que pedirte que me enseñes todos los objetos arcanos que llevas. No te preocupes; te los devolveré... si es que no están en la lista de objetos prohibidos al ser considerados peligrosos para el Estado. Si están, te serán confiscados, pero se te compensará.
Palin no daba crédito a sus oídos.
—¿Peligrosos? ¿Confiscados? ¡No lo dirás en serio!
—Te aseguro, Túnica Blanca, que hablo completamente en serio. Es la ley, como sin duda sabrás ya que entraste aquí. Vamos, vamos. Si los guardias te dejaron pasar por las puertas principales no debes de llevar nada demasiado poderoso.
Palin iba a decir que no había entrado por las puertas principales, pero se contuvo justo a tiempo. Podía resistirse, luchar, pero ¿con qué? Sólo disponía de una pequeña daga contra la espada de este hechicero. Y, en primer lugar, ¿cómo es que estos hechiceros llevaban espada? Hasta ahora, a ningún mago de Krynn se le había permitido combinar armas y hechicería. ¡Desde luego, la Reina de la Oscuridad estaba otorgando favores a sus secuaces!
Palin supo sin albergar la menor duda que este caballero hechicero era más poderoso que él. No podía hacer otra cosa que seguirle la corriente al hombre, fingir una actitud de cooperación, y rezar a Solinari para que el Caballero Gris no sintiera demasiada curiosidad por el Bastón de Mago.