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Ciudad de las almas perdidas

Электронная книга - «Ciudad de las almas perdidas». Краткое содержание книги:

Jace es ahora un sirviente del mal, vinculado a Sebastian por toda la eternidad. Sólo un pequeño grupo de Cazadores de Sombras cree posible su salvación. Para lograrla, deben desafiar al Cónclave, y deben actuar sin Clary. Porque Clary está jugando a un juego muy peligroso por su propia cuenta y riesgo. Si pierde, el precio que deberá pagar no consiste tan solo en entregar su vida, sino también el alma de Jace.
Clary está dispuesta a hacer lo que sea por Jace, pero ¿puede seguir confiando en él? ¿O lo ha perdido para siempre? ¿Es el precio a pagar demasiado alto, incluso para el amor?
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—Alexander Lightwood —dijo ella—. Sube.

Desapareció. Alec siguió su luz mágica escaleras arriba y encontró a Camille donde la vez anterior, en el vestíbulo de la estación. Ella iba vestida a la moda de una época pasada: un largo vestido de terciopelo pinzado en la cintura, el cabello crepado con rizos de rubio pálido, los labios de un rojo oscuro. Alec supuso que era hermosa, aunque él no era el mejor juez del atractivo femenino, y tampoco ayudaba que la odiase.

—¿A qué viene el disfraz? —preguntó él.

Camille sonrió. Su piel era muy fina y blanca, sin líneas oscuras; se había alimentado hacía poco.

—Un baile de disfraces en el centro. He comido muy bien. ¿Por qué estás aquí, Alexander? ¿Hambriento de buena conversación?

Alec pensó que si él fuera Jace, tendría la respuesta perfecta, alguna ironía o comentario sarcástico astutamente camuflado. Alec sólo se mordió el labio.

—Te dije que volvería si me interesaba lo que me ofrecías.

Camille pasó una mano por el respaldo del diván, el único mueble de la estancia.

—Y has decidido que te interesa.

Alec asintió con la cabeza.

Camille soltó una risita.

—¿Entiendes lo que me estás pidiendo?

A Alec el corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Se preguntó si Camille podría oírlo.

—Me dijiste que podía hacer a Magnus mortal. Como yo.

Los carnosos labios de Camille se afinaron.

—Así fue —repuso—. Debo admitir que dudaba que te interesara. Te marchaste con bastante precipitación.

—No juegues conmigo —replicó él—. No tengo tanto interés en lo que me ofreces.

—Mentiroso —dijo ella como si nada—. O no estarías aquí. —Rodeó el diván y se acercó a él, recorriéndole el rostro con la mirada—. Así de cerca, no te pareces tanto a Will como pensaba. Tienes su tono de piel, pero la forma del rostro es distinta… Quizá, una ligera debilidad en el mentón…

—Cierra el pico —dijo él. De acuerdo, no era una ironía al nivel de Jace, pero era algo—. No quiero oírte hablar de Will.

—Muy bien. —Camille se estiró perezosamente, como un gato—. Hace muchos años de eso, cuando Magnus y yo éramos amantes. Estábamos juntos en la cama, después de una noche bastante apasionada. —Vio que Alec se tensaba y sonrió—. Ya sabe de qué se habla en la cama. Se confiesan las debilidades. Magnus me habló de la existencia de un hechizo, uno que se podía emplear para arrebatarle la inmortalidad a un brujo.

—¿Y por qué no busco yo qué hechizo es y lo hago? —La voz de Alec se alzó y se quebró—. ¿Para qué te necesito?

—Primero, porque eres un cazador de sombras; no tienes ni idea de cómo realizar un hechizo —contestó ella, muy tranquila—. Segundo, porque si tú lo haces, él sabrá que has sido tú. Si lo hago yo, supondrá que se trata de una venganza. Por despecho. A mí no me importa lo que piense Magnus, pero a ti sí.

Alec la miró fijamente.

—¿Y lo vas a hacer como un favor personal hacia mí?

Ella se rió, haciendo un sonido como de campanillas.

—Claro que no —contestó—. Tú me haces un favor, y yo te hago otro. Así es como se hacen estas cosas.

Alec apretó la mano alrededor de la piedra de luz mágica hasta que los bordes se le clavaron.

—¿Y qué favor quieres que te haga?

—Es muy sencillo —respondió ella—. Quiero que mates a Raphael Santiago.

El puente que cruzaba el abismo hasta la Ciudadela Infracta estaba cubierto de cuchillos. Estaban hundidos, con la punta hacia arriba, a intervalos irregulares a lo largo del puente, por lo que sólo se podía cruzar muy despacio, eligiendo diestramente el camino. A Isabelle le costó poco, pero sorprendía ver la agilidad con la que Jocelyn, que llevaba quince años sin ser una cazadora de sombras en activo, avanzaba.

Para cuando Isabelle había llegado al otro lado del puente, su runa dexterita ya se le había borrado de la piel y sólo quedaba una tenue marca blanca. Jocelyn sólo iba un paso por detrás de ella, y por muy irritante que Isabelle encontrase a la madre de Clary, se alegró al momento cuando Jocelyn alzó la mano y una piedra de luz mágica resplandeció, iluminando el espacio en el que se hallaban.

Las paredes estaban talladas en adamas, por lo que una tenue luz parecía brillar desde ellas. El suelo también era de piedra demoníaca, y en el centro había un círculo negro. Dentro del círculo estaba grabado el símbolo de las Hermanas de Hierro: un corazón atravesado por un cuchillo.

Unos susurros hicieron a Isabelle apartar la mirada del suelo y alzar los ojos. Una sombra apareció dentro de una de las lisas paredes blancas; una sombra que se fue haciendo más nítida, más cercana. De repente, una parte de la pared se deslizó hacia un lado y salió una mujer.

Llevaba un vestido blanco, largo y holgado, ajustado a las muñecas y bajo los pechos por una atadura plateada clara de cordón demoníaco. Su rostro era al mismo tiempo terso y antiguo. Podría ser de cualquier edad. Llevaba el largo cabello oscuro recogido en una gruesa trenza, que le caía por la espalda. Sobre los ojos y las sienes tenía tatuada una intrincada máscara de florituras del color naranja de las llamas al bailar.

—¿Quién visita a las Hermanas de Hierro? —preguntó—. Decid vuestros nombres.

Isabelle miró a Jocelyn, que le hizo un gesto para que hablara primero. La chica carraspeó.

—Soy Isabelle Lightwood, y ésta es Jocelyn Fr… Fairchild. Hemos venido a pediros ayuda.

—Jocelyn Morgenstern —repuso la mujer—. Nacida Fairchild, pero no puedes borrar tan fácilmente la mancha de Valentine de tu pasado. ¿No le volviste la espalda a la Clave?

—Es cierto —contestó Jocelyn—. Soy una renegada. Pero Isabelle es una hija de la Clave. Su madre…

—Dirige el Instituto de Nueva York —concluyó la mujer—. Aquí estamos apartadas, pero no carecemos de fuentes de información; no soy tonta. Mi nombre es hermana Cleophas, y soy una Hacedora. Modelo el adamas para que las otras hermanas lo tallen. Reconozco ese látigo que te enrollas tan astutamente en la muñeca. —Señaló a Isabelle—. Y en cuanto al adorno que llevas al cuello…

—Si tanto sabes —la interrumpió Jocelyn, mientras Isabelle se llevaba la mano al rubí que le colgaba del cuello—, entonces ¿sabes por qué estamos aquí? ¿Por qué hemos acudido a vosotras?

La hermana Cleophas entrecerró los ojos y sonrió lentamente.

—A diferencia de nuestros hermanos mudos, en la Fortaleza no podemos leer el pensamiento. Por lo tanto, dependemos de una red de información, por lo general muy eficaz. Supongo que esta visita tiene algo que ver con la situación relacionada con Jace Lightwood, ya que su hermana está aquí, y con tu hijo, Jonathan Morgenstern.

—Tenemos un enigma —repuso Jocelyn—. Jonathan Morgenstern conspira contra la Clave, al igual que hizo su padre. La Clave lo ha condenado a muerte. Pero Jace, es decir, Jonathan Lightwood, es muy querido por su familia, que no han hecho ningún mal, y por mi hija. El enigma es que Jace y Jonathan están unidos por una magia de sangre muy antigua.

—¿Magia de sangre? ¿Qué clase de magia de sangre?

Jocelyn sacó las notas dobladas de Magnus del bolsillo de su uniforme y se las entregó. Cleophas las revisó con su feroz mirada fija. Isabelle se sorprendió al ver que los dedos de sus manos eran muy largos, no elegantemente largos sino grotescamente, como si los huesos se le hubieran estirado tanto que cada mano parecía una araña albina. Las uñas estaban limadas en punta, cada una acabada con electrum.

La hermana Cleophas meneó la cabeza.

—Las Hermanas tenemos poco que ver con la magia de sangre.

El color de llamas de sus ojos pareció bailotear y luego atenuarse, y un momento después apareció otra sombra desde detrás de la superficie como vidrio empañado de la pared de adamas. Esa vez, Isabelle observó más fijamente mientras la segunda Hermana de Hierro salía por el agujero. Era como ver a alguien surgir de una nube de humo blanco.

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