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Cazador De Almas

Электронная книга - «Cazador De Almas». Краткое содержание книги:

En una cabaña aislada de Massachusetts, seis jóvenes dispuestos a morir se atrincheran esperando el asalto de agentes del FBI. En una zona boscosa de Washington, cerca del monumento a Franklin D. Roosevelt, aparece el cadáver de la hija de un senador.
Para Maggie O´Dell, agente especial del FBI encargada de la investigación, estos dos casos están lejos de ser rutinarios. Experta en la elaboración de perfiles criminales, Maggie aporta un enfoque psicológico en casos en los que intervienen presuntos asesinos en serie. De ahí que no acabe de entender por qué se le asigna la investigación de dos crímenes sin relación aparente.
Sin embargo, a medida que Maggie y su compañero, el agente especial R.J. Tully, se sumerjan en la investigación, descubrirán que ambos casos están unidos por un vínculo: el reverendo Joseph Everett, líder carismático de una conocida secta religiosa. ¿Es Everett un psicópata que utiliza su influencia para escenificar crímenes horrendos? ¿O es tan sólo la cabeza de turco de un asesino más astuto y retorcido que él?
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– Ya me lo imaginaba. Noto cómo me observa con el ceño fruncido a través de las paredes.

Mientras andaban, Gwen se sorprendió atusándose el pelo, que parecía hallarse en su sitio, y alisándose la falda, que comenzaba el día sin una sola arruga, pero que después de una hora de viaje en coche… Notó que Maggie la estaba observando.

– Estás tan guapa como siempre -le dijo.

– Oye, que no todos los días se conoce a un senador de los Estados Unidos.

– Ah, ya -dijo Maggie con sorna.

Gwen sonrió. Naturalmente, Maggie no podía dejar pasar así como así aquella respuesta. Los clientes de Gwen, pasados y presentes, incluían a tantos embajadores, miembros del Congreso y altos funcionarios de la Casa Blanca que Gwen podía formar su propio cónclave político. En fin, Maggie no dormía mucho. Seguramente todavía estaba disgustada por la muerte de su colega. Una cosa así podía inducir en cualquiera cierto estado de depresión. Pero era buena señal que se sintiera con ánimos para bromear. Tal vez su preocupación carecía de sentido.

Dos reclutas de la Academia ataviados con polos azules les abrieron las puertas. Gwen sonrió y les dio las gracias. Maggie se limitó a inclinar la cabeza. Echaron a andar por un pasillo. Gwen sabía que tenían un largo camino por delante. ¿Qué daño podía hacer intentar averiguar de nuevo si Maggie se encontraba bien?

– ¿Qué tal fue el desayuno con tu madre?

– Bien.

Una respuesta demasiado concisa, demasiado fácil. Ya estaba. Lo sabía.

– ¿Bien? ¿De verdad?

– La verdad es que no desayunamos.

Un grupo de policías con polos verdes y pantalones chinos se hicieron a un lado para dejarles pasar. Acostumbrada a vivir inmersa en el ajetreo de Washington, Gwen tenía siempre la impresión de que en Quantico recibía un trato exquisitamente cortés. Maggie la esperó junto a la siguiente puerta y tras cruzarla echaron a andar por otro pasillo.

– Déjame adivinar -continuó Gwen como si no les hubieran interrumpido-. No apareció.

– Sí, sí que apareció. Ya lo creo que apareció. Pero tuve que irme pronto. Por culpa de este caso, de hecho.

Gwen sintió que aquel exasperante instinto maternal, que sólo asomaba su fea cabeza cuando experimentaba el impulso de proteger a su amiga, comenzaba a agitarse de nuevo. No se atrevía a formular la pregunta que le rondaba por la cabeza por miedo a que la respuesta fuera la que esperaba. Pero la hizo de todos modos.

– ¿Qué quieres decir con «ya lo creo que apareció»? ¿Estaba borracha o qué?

– ¿Te importa que hablemos de eso luego? -dijo Maggie, y saludó a un par de hombres trajeados que tenían pinta de oficiales.

Gwen se dio cuenta de que eran agentes. Sí, seguramente aquél no era el mejor sitio para airear los trapos sucios de la familia. Doblaron una esquina y se acercaron a otro corredor; éste, vacío. Gwen aprovechó la ocasión que se le ofrecía.

– Sí, podemos hablar luego. Pero dime sólo qué querías decir.

– ¡Cielo santo! ¿Te han dicho alguna vez que eres un coñazo?

– Claro, pero debes admitir que es una de mis cualidades más conmovedoras.

Vio que Maggie sonreía, a pesar de que mantenía la vista fija hacia delante.

– Quiere que cenemos juntas en Acción de Gracias.

Aquello era lo último que esperaba Gwen. El silencio se prolongó, y de pronto Gwen notó que Maggie la miraba.

– Yo también me quedé sin habla -dijo Maggie con otra sonrisa.

– Bueno, llevas algún tiempo diciendo que tu madre está intentando cambiar.

– Sí, ha cambiado de amigos, de forma de vestir y de peinado. El reverendo Everett parece haberla ayudado a cambiar algunas cosas, muchas de ellas para mejor. Pero, haga lo que haga, no puede cambiar el pasado -llegaron al final del pasillo y Maggie señaló la última puerta a su derecha-. Ya estamos aquí.

Gwen lamentó que no tuvieran más tiempo. Si no llegara siempre tarde, tal vez hubieran podido hablar un rato más. Cuando entraron en la sala de reuniones, el hombre que permanecía sentado al fondo de la mesa se levantó con esfuerzo, apoyándose en un bastón. Su gesto impulsó a quienes rodeaban la mesa a imitarlo: el agente Tully, Keith Ganza, el jefe del laboratorio de criminología del FBI -a quien Gwen ya conocía- y el director adjunto Cunningham. La detective Julia Racine se removió, incómoda, en su silla. Maggie hizo caso omiso de la torpe cortesía de sus colegas y se fue derecha al senador, tendiéndole la mano.

– Senador Brier, soy la agente especial Maggie O'Dell y ésta es la doctora Gwen Patterson. Por favor, disculpe nuestra tardanza.

– No tiene importancia.

Les estrechó la mano a ambas con fuerza y determinación, como si quisiera de ese modo compensar la cojera de su pierna izquierda. Gwen recordó que era consecuencia de un accidente de coche, no de una herida de guerra, como se habían apresurado a difundir los medios de comunicación durante la última campaña electoral.

– Mi más sentido pésame, senador -dijo Gwen, y al instante vio que Brier se sobresaltaba, incomodado por la oleada de emoción que su sencillo pésame pareció despertar en él.

– Gracias -dijo en voz baja el senador con un tono al que de pronto parecían faltarle el aplomo y la energía que había proyectado su saludo.

De no ser por sus oscuras ojeras, el senador Brier tenía un aspecto impecable; vestía un costoso traje azul marino, una camisa blanca almidonada y una corbata de seda morada con un alfiler de oro adornado con una serie de iniciales. Gwen se fijó en las iniciales -LQHJ- y, confiando en distraer al senador, dijo:

– Lleva un alfiler precioso. Si no le importa que se lo pregunte, ¿qué significan esas iniciales?

Él bajó la mirada como si no se acordara.

– Ah, no, no me importa en absoluto. Fue un regalo de mi ayudante. Dijo que me ayudaría a tomar decisiones importantes. Yo no soy muy devoto, pero él sí, y, en fin, es un regalo.

– ¿Y las iniciales? -insistió Gwen, a pesar de que Cunningham, presa de la impaciencia, había fruncido el ceño.

– Creo que significan Lo Que Haría Jesús.

– Vamos a empezar -dijo Cunningham por fin, y les indicó con una seña que dejaran de perder el tiempo conversando y ocuparan sus puestos.

Gwen tomó asiento junto al senador y se fijó en que Maggie evitaba el sitio vacío que había junto a Racine y rodeaba la mesa para sentarse junto a Keith Ganza. Al hacerlo, sin embargo, quedó sentada frente a la detective. Racine le sonrió e inclinó la cabeza. Maggie desvió la mirada. Gwen había olvidado por qué le tenía tanta antipatía Maggie a aquella mujer. Estaba segura de que tenía algo que ver con un caso anterior en el que habían trabajado juntas, pero debía de haber algo más. ¿Qué era? Estudió a Racine, intentando acordarse. La detective era algo más joven que Maggie. Tenía veintitantos años, bastante joven para ser detective.

– Senador, sé que hablo por todos los presentes si digo que lamentamos muchísimo su pérdida -dijo Cunningham, interrumpiendo las cavilaciones de Gwen, que volvió a fijar su atención en el grupo que tenía ante ella.

– Se lo agradezco, Kyle. Sé que el hecho de que yo esté aquí se sale de la norma. No es mi intención interferir en la investigación, pero quiero estar informado -se tiró de los puños de la camisa y apoyó los brazos sobre la mesa: el gesto nervioso de un hombre que intentaba dominarse-. Necesito estar informado.

Cunningham asintió con la cabeza y empezó a abrir carpetas y a distribuir hojas impresas.

– Esto es lo que sabemos por ahora.

Antes de mirar los papeles, Gwen comprendió que aquella era una versión aguada del expediente del caso. Tendría que esperar para conocer los detalles, lo cual la hizo removerse en la silla. La sacaba de quicio no estar preparada, y se preguntaba por qué Cunningham no había programado la reunión con el senador para más tarde, cuando el grupo especial hubiera tenido tiempo de debatir el caso. ¿O acaso no había podido evitarlo? Gwen tenía la impresión de que había algo en aquel caso que no se ajustaba a las normas y procedimientos establecidos. Miró a Cunningham y se descubrió preguntándose si estaba de verdad al mando de la investigación.

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