Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]
La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]

Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:

Desde hace 40 millones de años la colonia humana del planeta Armonía ha sido regida por un poderoso ordenador conocido como Alma Suprema, que es venerado casi como un dios. Su misión consiste en mantener alejado al hombre de la capacidad destructiva que le obligó a abandonar la Tierra. La tecnología apenas existe en Armonía. Hay ordenadores y placas solares, pero el medio de transporte es el caballo y la única arma, la espada «energética». Alma Suprema, sin embargo, ha detectado fallos en sus propios sistemas y sólo podrá evitar una guerra catastrófica viajando a la Tierra de nuevo. Para ello debe escoger a un hombre íntegro y revelarle el antiguo conocimiento de los viajes a través de las estrellas.
1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 ... 67
Перейти на страницу:

—Cerrad la puerta en las narices de estos facinerosos a sueldo.

El jefe de la partida se echó a reír y llevó la mano a la cintura. Al instante se transformó, y en vez de un soldado joven de rostro muerto apareció un hombre maduro de barba desgreñada y ojos centelleantes, robusto pero no panzón. En vez de armadura vestía ropas elegantes. Un hombre de prestigio y poder que se divertía con la situación.

—Gabya —dijo Tía Rasa.

—¿Te gustan mis nuevos juguetes? —preguntó Gaballufix, quien entró en la casa. Mujeres y niños se apartaron para cederle el paso—. Un viejo dispositivo teatral que no se usa hace siglos, pero estaba en una burbuja de éxtasis en el museo y las máquinas fabricantes aún recordaban cómo copiarlos. Holotrajes, los llaman. Todos mis soldados los tienen ahora. Se hace un poco difícil diferenciarlos, pero tengo el interruptor maestro que me permite apagarlos cuando desee.

—Márchate —dijo Rasa.

—No quiero —replicó Gaballufix—. Deseo hablar contigo.

—Sin ellos, puedes hablar conmigo cuando gustes. Tú lo sabes, Gabya.

—Lo sabía antes. A decir verdad, oh la más noble de mis compañeras, mi inolvidable amante, sabía que mis soldados no te impresionarían… sólo quería mostrarte la última moda. Pronto los usará la flor y nata de la sociedad.

—Sólo en sus ataúdes.

—¿Quieres entablar esta conversación delante de los niños, o nos retiramos a tu sagrado pórtico?

—Que tus soldados aguarden detrás de la puerta. Cerraremos con llave.

—Lo que digas, oh madre de mi dueto de dulces aves canoras. Aunque la puerta, con todos sus cerrojos, no sería obstáculo si yo quisiera que entrasen.

—La gente que está segura de su poder no necesita jactarse —espetó Tía Rasa. Echó a andar por el corredor mientras Shedemei cerraba y atrancaba la puerta en las narices de los soldados.

Luet todavía oía la conversación entre Tía Rasa y Gaballufix, incluso cuando doblaron un recodo y se perdieron de vista.

—Yo no necesito jactarme —decía Gaballufix—. Lo hago por puro placer.

Pero Tía Rasa, en vez de responder, llamó:

—¡Luet! ¡Hushidh! Venid conmigo. Quiero testigos.

Luet obedeció de inmediato, seguida por Hushidh. Como buenas sobrinas de Tía Rasa, no echaron a correr, pero caminaron a tal velocidad que doblaron el recodo a tiempo para oír la susurrada réplica de Gaballufix:

—… que no me atemorizan tus brujitas.

Luet no dio a entender que lo había oído. Sabía que el rostro de Hushidh sería aun más inexpresivo.

Una vez en el pórtico, Gaballufix no se molestó en fingir que respetaba el límite marcado por los biombos. Enfiló hacia la balaustrada para contemplar el paisaje que estaba prohibido a los ojos de los hombres. Tía Rasa no lo siguió, así que Luet y Hushidh también se quedaron detrás de los biombos. Al fin Gaballufix regresó donde ellas aguardaban.

—Siempre una bella vista —comentó.

—Tan sólo por ese acto podrías ser desterrado —dijo Tía Rasa.

Gaballufix se echó a reír.

—Vuestro lago sagrado. ¿Cuánto tiempo crees que permanecerá a salvo de las enlodadas botas de los hombres, si vienen los cabeza mojada? ¿Has pensado en ello? ¿Han pensado en ello Roptat y tu amado Volemak? Los cabeza mojada no respetan la religión de las mujeres.

—¿Aún menos que tú?

Gaballufix levantó la mirada al cielo para demostrar su desdén por esa acusación.

—Si Roptat y Volemak se salen con la suya, los cabeza mojada se adueñarán de esta ciudad, y para ellos el paisaje que se ve desde el pórtico no sería suelo sagrado. Sería propiedad de la ciudad, tierra desaprovechada, potenciales obras de construcción y cotos de caza, y un lago magnífico con agua fría y caliente para bañarse en cualquier estación.

Luet se asombró de que supiera tanto acerca del lago. ¿Qué mujer había olvidado su posición al extremo de describir el lugar sagrado?

Pero Tía Rasa no hizo comentarios sobre esas palabras indecorosas.

—Traer a los cabeza mojada es el plan de Roptat. Wetchik y yo sólo hemos defendido la antigua neutralidad.

—¡Neutralidad! Los tontos y los niños creen en eso. No hay neutralidad cuando chocan grandes poderes.

—En el poder del Alma Suprema hay neutralidad y paz —replicó Tía Rasa, arrostrando con calma la tormenta—. Ella tiene el poder para confundir a nuestros enemigos de tal modo que no nos vean.

—¿Poder? Quizás el Alma Suprema tenga poder, pero no he visto pruebas de que salve de la destrucción a ciudades inocentes. ¿Por qué soy yo el único paladín de Basílica, el único que entiende que nos conviene aliarnos con Potokgavan?

—Ahórrate los discursos patrióticos para el consejo, Gabya. Ante mí no necesitas ocultarte detrás de esa farsa. Los carros ofrecían una ganancia fácil. Y en cuanto a la guerra, sabes tan poco acerca de ella que crees desearla. Crees que marcharás junto a los fuertes soldados de Potokgavan para expulsar a los cabeza mojada, y que tu nombre será recordado para siempre. Pero yo te digo que cuando te enfrentes a tu enemigo, estarás solo. Ningún potoku te acompañará. Y cuando caigas, tu nombre quedará tan olvidado como las lluvias de la semana pasada.

—Esta tormenta, mi querida anuladora de contratos, tiene un nombre, y te aseguro que se recordará.

—Sólo por el daño que has causado, Gabya. Cuando Basílica arda, cada llamarada será bautizada Gaballufix, y la maldición de cada ciudadano moribundo llevará tu nombre.

—Vaya, de forma que ahora eres profetisa. Ahórrate tus devaneos poéticos para quienes tiemblan al pensar en el Alma Suprema. Y en cuanto al destierro, da lo mismo que triunfes o fracases.

—¿Quieres decir que no piensas obedecer?

—¿Yo? ¿Desobedecer al consejo? Impensable. Nadie me encontrará en la ciudad cuando me hayan desterrado, te lo aseguro.

Pero al decir esas palabras conectó el holotraje. De inmediato quedó ilusoriamente armado, con una anónima máscara de soldado en vez de rostro, como cualquiera de los cientos de hombres que había equipado de ese modo. Luet comprendió que Gaballufix no tenía la menor intención de obedecer una orden de destierro. Simplemente usaría su perfecto disfraz para que nadie pudiera identificarlo. Permanecería en la ciudad actuando a su antojo, eludiendo impunemente los edictos del consejo. Entonces la única esperanza de liberar a la ciudad de su dominio dejaría de ser política. Sería la guerra civil y las calles se anegarían de sangre.

Tía Rasa había entendido todo esto. Miró con firmeza los ojos vacíos que la escrutaban desde el holotraje de Gaballufix y guardó silencio cuando él dio media vuelta para marcharse; al fin Luet cogió la mano de Hushidh y ambas caminaron hacia el borde del pórtico para contemplar el Valle de las Mujeres.

—Ya no hay nada entre ellos —dijo Hushidh—. Vi caer el último vínculo de amor, siquiera de compasión. Si él muriera esta noche, ella se alegraría.

Para Luet esto constituía una terrible tragedia. Una vez el amor, o algo parecido al amor, había unido a esas dos personas; habían engendrado dos hijas, y sólo quince años después se rompía hasta el último lazo. Todo muerto, perdido. Nada duraba, nada. Incluso aquel mundo de cuarenta millones de años, que el Alma Suprema había preservado como en hielo, incluso aquel mundo se derretiría en el fuego. La permanencia era una ilusión, y el amor era sólo el disfraz con que los amantes ocultaban la inminente muerte de su unión.

10. TIENDAS

Wetchik había levantado sus tiendas lejos de todos los caminos, en un estrecho valle cerca de la costa del mar del Rumen. Habían llegado allí al atardecer, cuando una manada de mandriles abandonaba el sitio donde comía, cerca de la desembocadura del río, para ir a dormir a sus reductos en el peñasco más empinado y escabroso de la pared del valle. Los gritos y chacharees de los mandriles los habían guiado durante el último tramo de la travesía; Elemak los condujo a buena distancia río arriba.

1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 ... 67
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)