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El Misterio De Wraxfor Hall

Электронная книга - «El Misterio De Wraxfor Hall». Краткое содержание книги:

Londres, década de 1880. La joven Constance Langton crece en un entorno familiar marcado por un padre distante y una madre en perpetuo luto por el hijo muerto. Tras acudir a una sesión de espiritismo con trágicas consecuencias, Constance se queda sola y lo único que recibe es una misteriosa herencia: la lúgubre mansión de Wraxford Hall, envuelta en una leyenda maldita.
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Al menos en apariencia, ambos eran bastante distintos: Edward tenía el pelo largo y revuelto, mientras que el joven del sofá lo tenía corto y escrupulosamente peinado; su piel era lisa y pálida, mientras que Edward la tenía curtida por el viento y el sol; el joven del sofá permanecía sentado, muy derecho y quieto, con las manos aferradas a las rodillas, mientras que Edward siempre se tumbaba desgarbadamente. Pero sus rostros eran idénticos: tenían la misma altura y la misma complexión. Cualquiera podía pensar que uno se había dedicado a la abogacía y el otro a las artes, o sospechar que el joven podría ser el hermano gemelo, e idéntico, de Edward. ¿Cómo pudo habérseme pasado por alto aquel parecido? No puedo ni imaginarlo. Quizá algún instinto protector me empañó la memoria.

«Si un joven exactamente igual hubiera muerto…». Por supuesto, Edward no iba a morir, me dije desesperadamente. Todo es una simple coincidencia. Estaba sobreexcitada tras la escena con mamá. Había exagerado el parecido. Pero el miedo no aflojó sus garras. ¿Me sería posible volver a mirar a Edward sin ver el rostro de la aparición en él? ¿O temía ver… lo que Edward podría ser… en vez de ver lo que era? No sabíamos nada de él, después de todo; aparentemente, había surgido de la tierra… No podía estar segura de que la dirección de Cumbria que me había dado fuera realmente la de su padre… y ni siquiera sabía a ciencia cierta si tenía padre. «¡Absurdo, absurdo!», me decía la voz de la razón: «Esto no es clarividencia», me dije, «sólo es… ¿qué fue lo que dijo el doctor Wraxford…? Sí, sólo es una lesión del cerebro, y se curará sola con el tiempo». Pero aquella frase fue saltando de un pensamiento terrible a otro -una lesión del cerebro, una lesión del cerebro-, hasta que se convirtió en el ruido de las ruedas del tren traqueteando a través de un sueño en el que me veía impelida a volver una y otra vez a Londres.

Si Ada me hubiera preguntado directamente si había algo más que me preocupara, creo que se lo habría dicho, pero ella, naturalmente, atribuyó mi ansiedad y mi abatimiento al enfrentamiento con mi madre. No dije nada sobre la aparición en la larga carta que le escribí a Edward, y sobrellevé varios días de malos presentimientos -me había advertido que escribía muy pocas cartas- antes de que una alegre nota desde Cumbria desvaneciera mis temores más disparatados. Todo iba bien, me dijo en su carta; estaba seguro de que su padre nos daría su bendición y de que mi madre «cambiaría de opinión con el tiempo». «He comenzado un nuevo óleo», escribía, «en el cual he depositado grandes esperanzas… Puede que transcurran aún otros quince días antes de que podamos vernos de nuevo, mi querida niña, pero escríbeme todos los días… y perdóname si yo no lo hago. Te lo compensaré cuando regrese junto a ti».

Para Ada, que siempre había mantenido maravillosas relaciones con su madre y sus hermanas, la idea de una ruptura definitiva entre mi familia y yo era casi inimaginable.

– Debes intentar reconciliarte con ella, Nell -me dijo un día, mientras regresábamos caminando a la aldea-. Sería terrible no volver a ver jamás a tu madre, no importa lo que haya ocurrido entre vosotras.

– Pero me ha forzado a elegir entre ella y Edward -le dije-. La sangre no siempre se aprecia más que el agua [44]. Resulta extraño que me pidas que evite esa ruptura: Sophie y yo nunca hemos estado unidas desde que éramos niñas, y respecto a mamá, no he tenido con ella más que desencuentros. Lo que verdaderamente temo es que comience a crear problemas con el obispo una vez que Sophie se haya casado; nunca me perdonaría que George perdiera su puesto por mi culpa.

– No creo que tu madre lo haga… -dijo Ada-. Formar un escándalo después de la boda sería muy embarazoso para Sophie. Nell, debes entender que resulta muy razonable, desde el punto de vista social, que tu madre intente conseguiros buenos maridos… No frunzas el ceño, querida, sabes perfectamente a qué me refiero. Y sé cuán difícil puede resultar tu madre, pero de todos modos rezo para que os reconciliéis. Si algo nos ocurriera a George y a mí…

– Pero acabas de decir que no crees que mi madre dé problemas -repliqué con inquietud-. ¡Oh, antes viviría a pan y agua en un cobertizo que regresar con mamá, incluso aunque me admitiera de nuevo en casa!

– No hablarías tan a la ligera de cobertizos si tuvieras un niño -dijo Ada tranquilamente-. Lo que quiero decir es esto: imagina que te quedas sola en el mundo… Te arrepentirías amargamente de este distanciamiento.

Pensé en su propia pena, y cambié de asunto, pero no pude evitar preguntarme si Ada pensaba que yo había tratado a mi madre con excesiva severidad, cuando real mente yo no veía qué otra cosa podía haber hecho, por ella y por mí, y así, la cuestión quedó en suspenso entre nosotras, como un silencioso reproche. Quizá fue por esa razón por la que, a la tarde siguiente, rompí nuestra habitual costumbre de ir a dar un paseo juntas después del almuerzo, y salí sola de la casa por mi cuenta.

Aunque se suponía que estábamos en pleno verano, la brisa era fresca y húmeda, y el cielo tenía un color gris acerado. Dejé que mis pies me llevaran donde quisieran, y resultó que quisieron ir hacia el sur, por el camino que George nos había llevado aquel día, cuando nos encontramos con Edward por vez primera. Absorta en mis pensamientos, no me di cuenta de lo lejos que había llegado hasta que el sendero comenzó a empinarse, y entonces me percaté de que los bosques de Monks Wood se extendían hasta el horizonte. Las aulagas y la retama se mostraban dispersas a uno y a otro lado de mi camino; no había ningún signo de vida, ni sonido alguno, excepto los balidos de las ovejas y los desolados graznidos de algunos pájaros. En compañía de George y Ada aquella soledad me había resultado simplemente pintoresca; ahora, me sentí repentinamente pequeña e insignificante.

Mientras permanecía allí quieta, pensando si seguir adelante o regresar, una figura a caballo apareció en el collado que tenía ante mí, dirigiéndose hacia la izquierda… pero entonces se detuvo, como si el jinete estuviera estudiando el terreno. Comencé a preocuparme cuando se volvió y empezó a descender directamente hacia donde yo me encontraba. No sabiendo qué hacer, me quedé inmóvil, con el corazón latiéndome muy rápido a medida que el caballo se acercaba más y más, hasta que la figura que montaba la cabalgadura se mostró primero como un hombre alto con la barba negra muy recortada, y después, como Magnus Wraxford.

– Creí reconocerla, señorita Unwin. Éste es un lugar muy solitario para pasear… -dijo mientras se detenía a unos pasos de mí.

Iba vestido como un caballero que tiene previsto ir de caza, con una chaquetilla negra de montar, con los pantalones de equitación rojos, y con las botas embetunadas.

– Quería estar sola -dije, e inmediatamente me arrepentí de haber pronunciado aquellas palabras demasiado personales.

– Entonces… disculpe que haya perturbado su soledad -dijo, sonriéndome, pero sin hacer ningún movimiento para hacer girar al caballo.

De nuevo tuve la incómoda sensación de que mis pensamientos estaban a la vista.

– No quería decir eso, señor, sólo… -y no supe qué añadir.

– Entonces, si no me estoy entrometiendo… ¿puedo acompañarla?

– Gracias, señor, pero ya me he alejado mucho de casa. Debo volver a Chalford, y eso seguramente le apartará de su camino…

– No, en absoluto, señorita Unwin; estaré encantado de acompañarla, si usted me lo permite, y mi caballo se alegrará del descanso.

«Quiere preguntarme por mi amiga», pensé. Tenía en la punta de la lengua una excusa para negarme a que me acompañara cuando de pronto me di cuenta de que le debía pedir que no hablara de mi compromiso, y decidí hacerlo. Entretanto, él desmontó y comenzó a caminar a mi lado, llevando al caballo por las bridas. Me sentí aliviada de que no insistiera en que me cogiera de su brazo.

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[44] El proverbio original inglés dice: Blood is thicker than water (La sangre es más densa que el agua), y significa que los lazos familiares (la sangre) son más fuertes que las relaciones con extraños (el agua que corre). La protagonista enuncia el proverbio negativamente

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