Las fuerzas del mal
- Автор: Уолтерс Майнет
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
Si el cambio de Eleanor había sorprendido a Prue, no dio muestras de ello. Por el contrario, habló con petulancia:
– No es nuestra tierra, al menos según los documentos, ¿por qué tendríamos que hacernos responsables?
– Entonces, es de James… y eso era exactamente lo que Dick intentaba decirte antes de que discutierais. Si quieres mi consejo, date un baño de humildad antes de volver a meterte con él… eso, o ve tú misma a hablar con los okupas. Por el momento están contentísimos porque Dick y yo somos las únicas personas que nos hemos molestado en ir por allí… Creen que al resto del pueblo no le importa.
– ¿Y qué hay del abogado de James? ¿Ha hecho algo?
Eleanor vaciló antes de mentir.
– No lo sé. Lo vi un instante fuera de la mansión, pero había alguien con él. Parecían más interesados en el estado del techo que en lo que ocurría en el Soto.
– ¿De quién se trataba?
– De alguien que conduce un Discovery verde. Está aparcado en el camino de acceso.
– ¿Hombre? ¿Mujer?
– No lo sé -volvió a decir Eleanor, quizá con más impaciencia de la debida-. No me quedé allí para averiguarlo. Mira, no puedo perder más tiempo en esto… tienes que hablar del asunto con Dick.
Hubo un silencio cargado de sospechas, como si Prue estuviera calculando el valor de la amistad de Ellie.
– Me enojaré mucho si descubro que has estado hablando con él a mis espaldas.
– ¡Eso es ridículo! No me acuses a mí si tú y él habéis reñido. Deberías haberlo escuchado.
Las sospechas de Prue calaron hondo.
– ¿Por qué estás tan rara?
– ¡Oh, por Dios! Acabo de tener un encuentro aterrador con gente muy desagradable. Si crees que puedes hacerlo mejor ve y habla con ellos. ¡Veremos cuán lejos llegas!
Todos los temores de conocer a James Lockyer-Fox que Nancy pudo haber albergado se disiparon por la manera directa en que el anciano la saludó. No hubo sentimientos forzados ni intentos de mostrar afecto. La recibió en la terraza y tomó brevemente la mano de ella entre las suyas.
– No ha podido llegar en mejor momento, Nancy.
Sus ojos estaban un poco acuosos, pero su apretón de manos era firme y Nancy aprobó el hecho de que el anciano, en una situación potencialmente difícil, intentara no incomodarla.
Para Mark, el observador, fue un momento de gran tensión. Contuvo el aliento seguro de que el porte confiado de James se derrumbaría en pocos momentos. ¿Y si sonaba el teléfono? ¿Y si Darth Vader comenzaba con un monólogo sobre el incesto? Culpable o inocente, el anciano estaba demasiado delicado y exhausto para mantenerse indiferente durante un largo rato. Mark dudaba de que hubiera un momento o método apropiado para discutir lo de la muestra de ADN, pero cuando pensaba en cómo sacar a relucir el tema en presencia de Nancy le recorrían oleadas de frío y calor.
– ¿Cómo supo que era yo? -preguntó Nancy a James con una sonrisa.
El coronel se echó a un lado para que ella entrara en el salón por las puertas de vidrio de la terraza.
– Porque se parece mucho a mi madre -dijo él simplemente, llevándola hasta una mesita en un rincón donde se veía la foto de una boda en un marco de plata. El hombre vestía de uniforme, la mujer llevaba un vestido sencillo del modelo de cintura baja de 1920, con una cola de encaje de puntillas en torno a los pies. James la cogió y la miró por un instante antes de pasársela a Nancy-. ¿Ve algún parecido?
A ella le sorprendió verlo; hasta ese momento, no había conocido a nadie con quien compararse. Tenía la misma nariz de aquella mujer, la misma línea del mentón -ambas cosas, en opinión de Nancy, no eran nada de lo que sentirse orgullosa- y la misma tez oscura. Buscó belleza en el rostro del celuloide, pero no pudo encontrar más de la que era capaz de ver en su propio rostro. La mujer tenía la frente fruncida, como si dudara de la importancia de registrar en una cámara la historia de su vida. Un fruncimiento similar arrugaba la frente de Nancy mientras examinaba la foto.
– Parece indecisa -dijo-. ¿Fue feliz su matrimonio?
– No. -El anciano sonrió ante la perspicacia de ella-. Era mucho más inteligente que mi padre. Creo que sentirse atrapada en el papel de subordinado la ahogaba. Siempre aprovechaba cualquier oportunidad para hacer algo con su vida.
– ¿Y lo logró?
– Según los estándares actuales, no… Pero de acuerdo con los del Dorset de los años treinta y cuarenta, creo que sí. Fundó unos establos de caballos de carrera, entrenó a algunos excelentes animales, la mayoría para la equitación con obstáculos, y uno de ellos llegó en segundo lugar en el Grand National. -Vio el destello de aprobación en los ojos de Nancy y se echó a reír de felicidad-. ¡Oh, sí!, aquél fue un día magnífico. Convenció a la escuela de que nos permitiera a mi hermano y a mí coger el tren de Aintree y ganamos mucho dinero con las apuestas. Por supuesto, todo el mérito recayó en mi padre. En aquellos tiempos a las mujeres no les permitían ser entrenadoras profesionales, así que era él quien tenía nominalmente la licencia a fin de que ella pudiera extender facturas y hacer que el negocio se autofinanciara.
– ¿A ella le importaba?
– ¿Que el mérito fuera para él? No. Todo el mundo sabía que ella era la entrenadora. Era sólo una estratagema para satisfacer al Jockey Club.
– ¿Qué pasó con los establos?
– La guerra acabó con ellos -dijo el coronel con pesar-. Con mi padre lejos ella no podía entrenar… y cuando él regresó, los convirtió en un garaje.
Nancy volvió a poner la fotografía sobre la mesa.
– Eso debió de fastidiarle -dijo, con un brillo burlón en los ojos-. ¿Qué hizo para vengarse?
Otra risita entre dientes.
– Ingresó en el Partido Laborista.
– ¡Vaya! ¡Era una rebelde! -Nancy se sintió impresionada-. ¿Era la única miembro en Dorset?
– En el círculo en el que se movían mis padres, sí, sin la menor duda. Ingresó tras las elecciones de 1945, cuando hicieron públicos sus planes para un Servicio Nacional de Salud. Durante la guerra, ella había trabajado como enfermera y la falta de atención médica para los pobres la hacía muy infeliz. Mi padre se sintió anonadado pues había sido conservador toda su vida. No podía creer que su esposa quisiera derrocar a Churchill a favor de Clement Attlee; decía que era algo muy ingrato, pero dio lugar a algunos debates muy inspirados.
Nancy se echó a reír.
– ¿En qué bando estaba usted?
– Oh, yo siempre tomaba partido por mi padre -respondió James-. Nunca habría ganado una discusión con mi madre sin ayuda. Ella tenía una personalidad muy fuerte.
– ¿Y su hermano? ¿Se alineaba con su madre? -Miró una foto de un hombre joven de uniforme-. ¿Es él? ¿O se trata de usted?
– No, ése es John. Por desgracia, murió en la guerra; de lo contrario, habría heredado la propiedad. Era el mayor. Me llevaba dos años. -Tocó delicadamente el brazo de Nancy y la condujo hacia el sofá-. Por supuesto, mi madre quedó deshecha, se querían mucho, pero ella no era el tipo de mujer que se amilanara ante la desgracia. Influyó en mí de una forma magnífica… me enseñó que tener una esposa de pensamiento independiente era un tesoro que valía la pena conservar.
Nancy se sentó en el borde del sofá, se giró hacia el sillón de James y separó las piernas como un hombre, con los codos en las rodillas.
– ¿Ésa es la razón por la que se casó con Ailsa? -preguntó, mirando a Mark más allá de James, sorprendida al ver la satisfacción en el rostro del abogado como si se tratara de un maestro de escuela, orgulloso de un buen alumno. ¿O serían los elogios para James? Quizá para un abuelo fuera más difícil conocer al niño que había ayudado a dar en adopción que para una nieta ofrecer la posibilidad de una segunda oportunidad.