Nadie Vive Enternamente
- Автор: Гарднер Джон Эдмунд
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie Vive Enternamente». Краткое содержание книги:
Un incidente en el transbordador del Canal de la Mancha -cuando el buque permanece detenido mientras se busca a un par de jóvenes que, al parecer, han caído por la borda- pone inexplicablemente nervioso al famoso superagente. Y pocas horas después de su desembarco en un puerto belga, se produce el primer movimiento de un desconcertante y mortífero juego del gato y el ratón, en el que la presa es precisamente James Bond. ¿Cuál podrá ser el objetivo de la venganza personal tramada por un atacante que Bond no logra identificar?
Nunca los mecanismos de defensa del superagente 007 han sido sometidos a más dura prueba que en el momento en que comprende que se ha puesto precio a su cabeza…
– Se hunde esta noche -dijo-. Si no me pongo en contacto dentro de cuarenta y ocho horas, busquen la isla del Tiburón, en las inmediaciones de Cayo Oeste. Repito, se hunde esta noche.
La frase resultaba muy apropiada, pensó, mientras se ponía la ropa que acababa de comprar. Con la ASP y la varilla colocadas en sus lugares correspondientes, ya no se sentía desnudo. Al mirarse al espejo, le pareció que estaría muy a tono con el ambiente turístico.
– Se hunde esta noche -dijo para sus adentros.
Tras lo cual, se fue al bar Havana Docks.
17 La isla del Tiburón
La terraza del Havana Docks, del hotel Pier House, está hecha de tablas de madera levantadas a distintos niveles, y las mesas y las sillas están dispuestas de forma que los clientes tengan la sensación de encontrarse a bordo de un barco fondeado en el muelle. A lo largo de la sólida baranda de madera, hay unas farolas de globo. Es, probablemente, el mejor punto de Cayo Oeste para contemplar la puesta de sol.
La terraza se hallaba abarrotada de gente y se escuchaba el suave murmullo de las conversaciones. Las farolas encendidas habían atraído enjambres de insectos alrededor de los globos de cristal. Alguien interpretaba al piano Mood Indigo. Muchos turistas estaban deseosos de captar con sus cámaras la puesta de sol.
El azul del cielo se intensificó mientras las lanchas rápidas pasaban velozmente por delante del hotel y una avioneta describía un amplio círculo con las luces intermitentes encendidas. A la izquierda, en la Mallory Square que mira directamente al océano, los prestidigitadores, malabaristas, devoradores de fuego y acróbatas llevaban a cabo sus números rodeados por la gente. Todas las noches ocurría lo mismo, y era como una celebración del término de la jornada y una anticipación de los placeres que la noche podía traer consigo.
James Bond se sentó a una mesa y contempló el mar, con la mirada perdida más allá de los montículos verde oscuro de las islas Tank y Wisteria. Si hubiera tenido un mínimo de sentido común, a aquella hora ya se hubiera largado a bordo de un barco o un avión. Tenía plena conciencia de los peligros que coma. Estaba seguro de que Tarquin Rainey era Tamil Rahani, el sucesor de Blofeld, y de que aquella podía ser su última oportunidad de aplastar a ESPECTRO de una vez por todas.
– ¿No os parece precioso? -dijo Sukie muy contenta-. Desde luego, no hay nada igual en el mundo.
No estaba muy claro si se refería a las enormes gambas con salsa picante que se estaban comiendo acompañadas de daiquiris Calypso, o bien al panorama.
El sol pareció aumentar de tamaño mientras empezaba a ocultarse por detrás de la isla Wisteria, tiñendo el cielo de color rojo sangre.
Por encima de ellos, un helicóptero de la aduana norteamericana describió una trayectoria de sur a norte; sus luces verdes y rojas parpadearon mientras efectuaba una vuelta para dirigirse a la base aérea de la marina. Bond se preguntó si ESPECTRO se habría mezclado en el tráfico de narcóticos que se introducía en los Estados Unidos, pasando por determinadas zonas aisladas de los cayos de Florida para su posterior distribución en el país. Tanto la marina como la aduana ejercían una estrecha vigilancia sobre lugares como Cayo Oeste.
La gente prorrumpió en vítores, repetidos como un eco por la muchedumbre que llenaba Mallory Square, cuando el sol se hundió finalmente en el mar, dejando el cielo pintado de escarlata durante un par de minutos antes de que sobreviniera la aterciopelada oscuridad por la noche.
– Y ahora, ¿qué hacemos, James? -preguntó Nannie casi en un susurro.
Los tres permanecían sentados con las cabezas inclinadas sobre los platos de mariscos.
Bond les contestó que, por lo menos hasta la medianoche, deberían dejarse ver por la ciudad.
– Pasearemos por ahí, cenaremos en alguna parte y luego regresaremos al hotel. Después, quiero que cada uno de nosotros se vaya por separado. No utilicéis el automóvil y aseguraos de que nadie os sigue. Nannie, tú estás adiestrada en estas cosas y puedes explicarle a Sukie la mejor manera de no despertar sospechas. Yo tengo mis propios planes. Lo más importante es nuestra cita en Garrison Bight a bordo del Prospero aproximadamente a la una de la madrugada. ¿De acuerdo?
– Y después, ¿qué? -preguntó Nannie, frunciendo el ceño con expresión preocupada,
– ¿Ha examinado Sukie las cartas?
– Sí, y no es nada fácil navegar de noche por estas aguas -dijo Sukie-. Pero me lo tomaré como un reto. Los bancos de arena no están bien indicados y, de momento, necesitaremos un poco de luz. Después, cuando hayamos superado el arrecife, ya no será tan difícil.
– Tú déjame a un par de kilómetros de la isla -dijo Bond en tono autoritario, mirándola directamente a los ojos.
Se terminaron las copas y se levantaron para marcharse. Al llegar a la puerta del bar, Bond se detuvo y pidió a sus acompañantes que esperaran un instante. A continuación regresó a la barandilla y miró hacia el mar. Antes había visto la pequeña lancha motora del hotel, navegando cerca de la orilla. Aún estaba allí, amarrada entre los pilotes de madera del embarcadero. Sonriendo para sus adentros, Bond se reunió con Sukie y Nannie y entró con ellas en el bar donde el pianista estaba tocando Embrujada. En la playa se había improvisado una pequeña pista de baile y un conjunto musical integrado por tres hombres interpretaba pegadizas melodías. Los caminos se habían iluminado con farolillos y la gente nadaba y se zambullía en la piscina iluminada, riéndose alegremente.
Pasearon por Duval tomados del brazo -una muchacha a cada lado de Bond-, contemplando los escaparates y los restaurantes, todos ellos llenos aparentemente hasta el tope. Delante de la iglesia de piedra gris, la gente contemplaba la actuación de media docena de jóvenes que bailaban break al ritmo de una música ensordecedora frente a los almacenes Fast Buck Freddie's.
Por fin, volvieron sobre sus pasos y se encontraron frente al Claire, un restaurante que estaba abarrotado de gente y parecía excepcionalmente bueno. Se acercaron al maître, de pie junto a un alto mostrador en el jardincillo que daba acceso al salón principal.
– Boldman -le dijo Bond-. Reserva para tres. A las ocho en punto.
– El maitre consultó el libro, pareció turbarse y preguntó cuándo se había hecho la reserva.
– Anoche -contestó Bond sin vacilar.
– Tiene que haber habido un error, míster Boldman… -contestó el desconcertado individuo con excesiva firmeza para el gusto de Bond.
– Reservé la mesa especialmente. Es la única noche que tenemos libre esta semana. Hablé anoche con un joven y éste me garantizó que tendría la mesa.
– Un momento, señor -el maitre entró en el restaurante y empezó a discutir, muy nervioso, con uno de los camareros. Al fin, volvió a salir esbozando una sonrisa-. Está usted de suerte, señor. Hemos tenido una inesperada anulación…
– De suerte, no -dijo Bond, apretando los dientes-. Teníamos mesa reservada. Usted se limita a darnos nuestra mesa.
– Pues claro, señor.
Les acompañaron a una mesa colocada en un rincón de un agradable salón decorado en tonos blancos. Bond se sentó de espalda a la pared para poder ver la entrada. Los manteles eran de papel y había paquetes de lápices de colores junto a cada plato. Bond empezó a dibujar una calavera y unas tibias cruzadas. Nannie dibujó algo ligeramente obsceno en color rojo.
– No he visto a nadie -dijo, inclinándose hacia adelante-. ¿Nos vigilan?
– Ya lo creo -contestó Bond, esbozando una sonrisa mientras abría el menú-. Hay dos, uno en cada acera de la calle. Y puede que tres. ¿Has visto al hombre de la camisa amarilla y los vaqueros, alto, de raza negra y con muchos anillos en los dedos? El otro es bajito, viste pantalones oscuros, camisa blanca y tiene un tatuaje en el brazo izquierdo… Me ha parecido una sirena haciendo guarradas con un pez espada. Ahora está en la acera de enfrente.