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Электронная книга - «Las sirenas de Bagdad». Краткое содержание книги:

Un joven estudiante iraquí, mientras aguarda en el bullicioso Beirut el momento para saldar sus cuentas con el mundo, recuerda cómo la guerra le obligó a dejar sus estudios en Bagdad y regresar a su pueblo, Kafr Karam, un apacible lugar al que sólo las discusiones de café perturbaban el tedio cotidiano hasta que la guerra llamó a sus puertas. La muerte de un discapacitado mental, un misil que cae fatídicamente en los festejos de una boda y la humillación que sufre su padre durante el registro de su hogar por tropas norteamericanas impulsan al joven estudiante a vengar el deshonor. En Bagdad, deambula por una capital sumida en la ruina, la corrupción y una inseguridad ciudadana que no perdona ni a las mezquitas.
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– No lo sé. Yo sólo llevo una semana. Antes vivía en el centro de la ciudad. Allí era donde actuaba. Luego escapé por los pelos de una redada de la policía, así que estoy esperando que se me asigne otro sector, o puede que otra ciudad… ¿Y tú?

Fingí no haber oído la pregunta.

Por la noche, me quedé aliviado al ver llegar a uno de los gemelos, Hossein. Anunció a Obid que un coche lo recogería el día siguiente. Obid dio un bote de alegría.

– ¿Y yo?

Hossein me gratificó con una amplia sonrisa:

– Tú te vienes ahora mismo conmigo.

Hossein conducía un cochecito destartalado. Era torpe y no paraba de tropezar con las aceras. Conducía tan mal que la gente se apartaba instintivamente de él. Él se reía: le divertía provocar pánico y volcar cosas. Pensé que estaba borracho o drogado. Ni lo uno ni lo otro; no sabía conducir, y su permiso era tan falso como los papeles del coche.

– ¿No temes que te detengan? -le pregunté.

– ¿Por qué? Todavía no he atropellado a nadie.

Empecé a relajarme cuando salimos indemnes de los barrios populosos. Hossein soltaba risotadas por cualquier cosa. Nunca lo había visto así. En Kafr Karam, era ciertamente amable, aunque un tanto cerrado de mollera.

Hossein detuvo su cacharro a la entrada de un barrio que había sido duramente castigado por disparos de misiles. Las casuchas parecían abandonadas. Sólo al cruzar una especie de línea de demarcación me di cuenta de que la población se escondía. Más adelante, me enteraría de que era una señal para indicar la presencia de un fedayín. Para evitar llamar la atención de los militares y de la policía, la gente tenía orden de mantenerse a raya.

Caminamos por una callejuela pestilente hasta una casa grotesca de tres pisos. Nos abrieron el otro gemelo, Hasán, y un desconocido. Hossein me lo presentó. Se llamaba Lliz y era el inquilino, un treintañero demacrado que parecía recién escapado de un quirófano. Nos sentamos de inmediato a comer. La comida estaba buena, pero no le hice los honores. Al caer la noche, se oyó el lejano eructo de una bomba. Hasán miró su reloj y dijo: «¡Adiós, Marwan! Nos veremos en el cielo». Marwan debía de ser el kamikaze que acababa de saltarse por el aire.

Luego Hasán se dio la vuelta hacia mí:

– No sabes cuánto me alegra volver a verte, primo.

– ¿Sólo estáis vosotros tres en el grupo de Yacín?

– ¿No te parece bastante?

– ¿Dónde están los demás?

Hossein soltó una carcajada.

Su hermano le dio una palmada en la rodilla para que se calmara.

– ¿Qué entiendes por «los demás»?

– El resto de vuestra banda de Kafr Karam: Adel el Ingenuo, Salah el yerno del ferretero y Bilal el hijo del barbero.

Hasán asintió:

– Salah está ahora mismo con Yacín. Parece ser que un grupo disidente pretende tomarnos la delantera… En cuanto a Adel, murió. Debía suicidarse con bomba en un centro de reclutamiento de la policía. Yo no estaba de acuerdo con que le confiaran una misión como ésa. Adel no estaba muy bien de la cabeza. Yacín dijo que era capaz de hacerlo. Así que le colocaron un cinturón con explosivos. Cuando llegó al centro, Adel había olvidado cómo activar el detonador. Y eso que era sencillo. Bastaba con pulsar un botón. Se lió y se cabreó. Entonces se quitó la chaqueta y se puso a golpear su cinturón. Los jóvenes que hacían cola para ser reclutados vieron lo que Adel llevaba alrededor del cuerpo y se largaron. En el patio sólo quedó Adel, empeñado en recordar cómo activar el detonante. Por supuesto, los polis le dispararon y Adel se desintegró sin herir a nadie.

Hossein se carcajeó haciendo contorsiones:

– Sólo a Adel se le podía ocurrir acabar así.

– ¿Y Bilal?

– Nadie sabe qué ha sido de él. Debía recoger a un responsable de la resistencia en Kirkuk. El responsable se quedó esperando en el punto de encuentro, y Bilal nunca se presentó. Seguimos sin saber lo que le ha ocurrido… Hemos buscado en los depósitos de cadáveres, en los hospitales, en todas partes, hasta en la policía y los cuarteles donde tenemos a gente nuestra, nada… Tampoco ningún rastro del coche.

Me quedé una semana en casa de Lliz. Soportando las risas tontas de Hossein. Hossein estaba medio tocado. Algo se había quebrado en su mente. Su hermano ya sólo le encargaba hacer las compras. El resto del tiempo, Hossein se quedaba apalancado en un sillón viendo la tele hasta que alguien lo mandara a comprar comida o a buscar a alguien.

Yacín me permitió una sola vez apoyar a Hasán y a Lliz. Nuestra misión consistía en trasladar a un rehén desde Bagdad hasta una cooperativa agrícola. Salimos a plena luz del día. Lliz conocía todos los atajos que permitían sortear los puestos de control. Se trataba de una europea, miembro de una ONG, raptada en el dispensario donde trabajaba como médico. Estaba encerrada en el sótano de un chalé, cerca de una comisaría. La transferimos sin problema, ante las narices de la policía, y la entregamos a otro grupo recluido en una granja, a unos veinte kilómetros al sur de la ciudad.

Pensé que, tras esa hazaña, se confiaría más en mí y se me asignaría una segunda misión. Nada de eso. Pasaron tres semanas sin que Yacín recurriera a mí. Venía de cuando en cuando a visitarnos, charlaba largo y tendido con Hasán y Lliz; a veces comía con nosotros; luego, Salah el yerno del ferretero pasaba a recogerlo, y yo me quedaba igual que antes.

15

Había dormido mal. Creía haber soñado con Kafr Karam, pero no estaba seguro. Perdí el hilo justo cuando abrí los ojos. Tenía la cabeza repleta de imágenes indefinidas, fijas en una pantalla que olía a chamusquina, y me levanté con el relente de mi pueblo metido en la nariz.

Sólo me había quedado de mi sueño, profundo y sin eco, el dolor punzante que me atenazaba las articulaciones. No me sentí encantado al reconocer la habitación donde me marchitaba desde hacía semanas esperando no se sabe qué. Tenía la impresión de ser la más pequeña de las muñecas rusas, de que mi habitación era la siguiente, la casa la mayor, y el fétido barrio la tapadera. Estaba atrapado en mi cuerpo como un ratón en una trampa. Mi mente corría enloquecida sin hallar escapatoria. ¿Era esto la claustrofobia?… Necesitaba salirme de mis casillas, explotar como una bomba, ser útil para algo, asemejarme a la desgracia.

Fui tambaleándome hasta el cuarto de baño. La toalla colgada de un clavo estaba negra de mugre. Al cristal no le habían pasado un trapo desde hacía lustros. Apestaba a orina estancada y a moho; me daban ganas de vomitar.

Sobre el lavabo mancillado, un trozo de jabón abollado junto a un tubo de dentífrico intacto. El espejo me devolvió el rostro ajado de un joven en las últimas. Me miré como se mira a un extraño.

No había agua corriente. Fui a la planta baja. Hundido en su sillón, Hossein veía una película animada en la tele. Se reía ahogadamente a la vez que picoteaba en un plato de almendras tostadas. En la pantalla, una pandilla de gatos callejeros, recién salidos de sus cubos de basura, se metían con un gatito aterrado. Hossein disfrutaba viendo el miedo que estaba pasando el animalillo extraviado en la jungla de asfalto.

– ¿Dónde están los demás? -le pregunté.

No me oyó.

Me dirigí a la cocina, me hice café y regresé al salón. Hossein había zapeado; ahora estaba pendiente de un combate de lucha libre.

– ¿Dónde están Hasán y Lliz?

– No tengo por qué saberlo -refunfuñó-. Debían regresar antes del anochecer, pero aún no han vuelto.

– ¿Nadie ha llamado?

– Nadie.

– ¿Piensas que puede haberles ocurrido algo?

– Si mi gemelo tuviese problemas, lo notaría.

– Quizá deberíamos llamar a Yacín para saber algo más.

– Está prohibido. Siempre llama él.

Eché una ojeada por la ventana. Fuera, las calles rebosaban de claridad matutina. Pronto la gente saldría de sus cuchitriles y los chavales invadirían la zona como langostas.

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