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La escriba

Электронная книга - «La escriba». Краткое содержание книги:

¿Podrá la hija de un escriba decidir el destino de la cristiandad? Alemania, año 799. Se aproxima la coronación de Carlomagno. El emperador debe encargar la traducción de un documento de vital importancia. La labor recae en Gorgias, un experto escriba bizantino, quien debe realizar esta monumental tarea en absoluto secreto. Theresa, la hija de Gorgias, trabaja como aprendiz de escriba. La misteriosa desaparición de su padre la obliga a infiltrarse en una conspiración de ambición, poder y muerte, en la que nada es lo que parece.
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– Te cambio el oso grande por mi mujer -ofreció un campesino desdentado-. Tiene las uñas igual de largas.

– Lo siento, pero mi esposa ya es una fiera… -rio Althar.

– ¿Y dices que ese bicho es un oso? -apuntó otro desde más atrás-. Si apenas se le ven los huevos. -Los congregados rieron.

– Acércate a sus fauces y verás cómo se encogen los tuyos. -Y la gente volvió a reír.

– ¿Cuánto pides por la muchacha? -preguntó un tercero.

– La muchacha fue quien lo mató, así que imagina lo que haría contigo… -De nuevo carcajadas.

Un mozalbete les arrojó una col, pero Althar lo agarró por los pelos y le arreó un empellón que hizo escarmentar a los demás muchachos. Un vendedor de cerveza pensó que podría hacer negocio y trasladó su barril cerca del carro. Algunos borrachines le siguieron por si caía una invitación.

– Este oso devoró dos sajones antes de ser cazado -anunció Althar-. Guardaba sus esqueletos en la osera. Mató a mi perro y me hirió a mí -mintió enseñando una antigua cicatriz en su pierna-. Y ahora puede ser vuestro por tan sólo una libra de plata.

Al escuchar el precio, varios asistentes se dieron la vuelta y abandonaron el puesto. Si tuviesen una libra, adquirirían seis vacas, tres yeguas, o incluso un par de esclavos, antes que la piel remendada de un oso muerto. Los demás permanecieron atentos a los bailoteos de Theresa.

Una mujer ataviada con un abrigo de pieles finas pareció admirar el animal. La acompañaba un hombrecillo de aspecto elegante que, al advertir su curiosidad, envió a un siervo para interesarse por el precio.

– Dile a tu amo lo que ya sabe. Una libra el animal completo -dijo el viejo, e hizo sonar otra vez el cuerno.

El siervo palideció, pero su dueño no se inmutó al conocer la cifra. Envió de nuevo al sirviente para que ofreciera la mitad.

– Dile que por ese dinero no le vendo ni una raposa -repuso Althar-. Si quiere impresionar a su dama, que se rasque la bolsa, o que vaya él a cazarlo y se juegue las pelotas.

Cuando la pareja conoció la respuesta, se giró y desapareció entre el bullicio. Sin embargo, Althar observó que tras alejarse unos pasos, la mujer volvía la cabeza. El viejo sonrió y comenzó a recoger los bártulos.

– Ha llegado la hora de echar un trago -anunció a Theresa.

Antes de marchar, logró cerrar un par de negocios: vendió una piel de castor a un comerciante de sedas por un sueldo de oro, y cambió otra a un panadero por tres modios de trigo. Luego contrató a dos muchachos para que vigilaran el oso, no sin antes advertirles que él mismo les despellejaría si al volver faltaba algo. Fueron a la cantina y se sentaron junto a la ventana para vigilar el carro. Althar pidió dos vasos de vino y pan con salchichas, que les sirvieron de inmediato. Mientras bebían, Theresa le preguntó por qué había rehusado negociar el precio del oso.

– Deberías aprender el lenguaje de los negocios -respondió mientras engullía su ración de un solo bocado-. Y la primera lección es conocer a tu futuro cliente, cosa que, por suerte, a mí me ha sucedido. El hombre que se ha interesado es uno de los más ricos de Fulda: podría comprar cien osos y aún le sobraría dinero para adquirir mil esclavos. Y en cuanto a ella… ahí donde la ves no sé qué tendrá entre las piernas, pero siempre ha conseguido lo que se le ha antojado.

– Pues puede que desconozca ese lenguaje, pero el oso sigue ahí fuera, y si hubieseis rebajado el precio, tal vez ahora lo estaríamos celebrando.

– Y eso es lo que vamos a hacer -rio Althar, y le guiñó un ojo al tiempo que le señalaba la puerta: en ese instante entraba el hombre del que habían estado hablando.

El recién llegado se aproximó y cogió un taburete mientras la mujer que le acompañaba permanecía fuera admirando la figura del animal disecado.

– ¿Le importa? -preguntó.

Althar concedió casi sin mirar y el hombre se sentó con parsimonia. Enseguida se acercó el tabernero. Mientras le servían queso y vino, Theresa examinó el aspecto del invitado. Lucía anillos en todos los dedos y bajo su nariz colgaba un lacio bigote recién engrasado. Observó que sus vestidos, aunque ostentosos, aparecían salpicados de restos de comida. El hombre agarró la jarra de vino, y tras servirse un vaso, añadió al de Althar hasta rebosarlo.

– ¿Acaso no te gusta mi dinero? -preguntó directamente.

– Tanto como a ti mi oso -respondió Althar sin levantar la mirada del vaso.

El hombre sacó una bolsa que depositó encima de la mesa. Althar la cogió y la sopesó un instante. Al advertir su peso la dejó de nuevo frente a su propietario.

– Media libra es lo que gana al año uno de mis jornaleros -arguyó el hombre.

– Por eso no trabajo como jornalero -contestó Althar sin conceder importancia al comentario.

El hombre recogió la bolsa y se levantó irritado, salió un momento y habló con la mujer. Después volvió y de una patada hizo saltar la mesa en la que aún comían Theresa y Althar. Luego sacó dos bolsas y las arrojó sobre el estropicio.

– Una libra de plata. Que tú y tu puta sepáis disfrutarlo -dijo refiriéndose a Theresa.

– Eso haremos, señor. ¡Gracias! -Y apuró sin inmutarse el último trago.

Fuera, la mujer besó a su hombre y rio con zalamería mientras un par de siervos descargaban el oso para trasladarlo a su nuevo carro. Uno de los rapaces contratados por Althar intentó impedirlo, pero sólo consiguió que le dieran un sopapo. Cuando Althar salió de la taberna, llamó al chico y le regaló un óbolo por su valentía.

– Oye, mozuelo. ¿Tú sabes dónde puedo encontrar a Maurer, el barbero?

El zagal mordió el óbolo hasta que le crujieron los dientes y lo guardó entusiasmado. Subieron todos al carro y los condujo por unas callejuelas hasta una taberna situada a un par de manzanas de distancia. Una vez allí, el muchacho entró en el local, y al poco salió un hombre panzudo con el rostro picado de viruela. Althar bajó del carro y después de informar al barbero, acordaron el precio de la consulta. El hombre entró de nuevo a la taberna y salió de ella portando una talega. Después ambos subieron al pescante y todos se encaminaron hacia la cantina de Helga la Negra.

Pese a despedir olor a vino, el barbero se desempeñó con manifiesta destreza. Nada más llegar, afeitó el torso de Hóos y lo limpió con aceites. Luego examinó la induración de su pecho a la altura de las tetillas, controló su rubor, calor e hinchazón. Su aspecto cárdeno le hizo denegar con la cabeza. Luego escuchó su respiración con la ayuda de una trompetilla de hueso que aplicó sobre la herida, y después aspiró su aliento, que encontró agrio y espeso. Le prescribió una cataplasma porque juzgó innecesaria la sangría.

– La fiebre es lo que me preocupa -aclaró. Recogió las navajas y las piedras de colores con que las había afilado-. Tiene tres costillas rotas. Dos parecen estar soldando, pero la tercera alcanzó el pulmón. Por suerte entró y salió. La herida cicatriza bien, los soplos son débiles. Pero la fiebre… mal asunto.

– ¿Morirá? -preguntó Althar, y la Negra le propinó un pescozón en la coronilla-. Quiero decir… ¿vivirá? -se corrigió.

– El problema es la hinchazón. Si persiste, la fiebre aumentará. Existen plantas… Pócimas capaces de atajar el avance del mal, pero por desgracia yo no las poseo.

– Si es por dinero…

– Desafortunadamente, no. Me habéis pagado bien y yo he hecho cuanto podía -dijo mientras daba el último bocado al habitual tentempié con que las familias obsequiaban a los médicos.

– Y esas plantas de las que hablabais… -se interesó la Negra.

– No debí mencionarlas. Aparte del hinojo contra el estreñimiento, y el perifollo para las hemorragias, apenas las conozco.

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