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El campo del alfarero

Электронная книга - «El campo del alfarero». Краткое содержание книги:

En los pedregosos aledaños de Pizzutello, la lluvia ha devuelto a la luz un cadáver con signos de haber sido ajusticiado por traición. Sin huellas dactilares y con el rostro desfigurado, las características no se corresponden con las de ningún desaparecido. Y cuando Mimì Augello insiste de forma muy extraña en hacerse cargo del caso personalmente, las alarmas de Montalbano se encienden.
Pese a que los molestos achaques de la edad lo tienen algo embotado, su infalible instinto lo lleva a no ceder las riendas y seguir adelante sin bajar la guardia. O tal vez el mejor estímulo sea la aparición en escena de Dolores Alfano, una mujer atractiva y seductora que denuncia la desaparición de su marido, de quien dejó de tener noticias poco antes de que embarcara hacia Sudamérica. Así, de manera gradual y casi imperceptible, dos casos en apariencia distantes empiezan a mezclarse.
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Livia llegó a las seis.

– ¿Sabes?, cuando le he dicho a mi amiga Laura que estabas aquí, nos ha invitado a pasar el fin de semana en su chalet de Portofino. ¿Te apetece que vayamos?

– Pero es que el domingo tengo que estar en Vigàta.

– Hagamos una cosa. Salgamos mañana por la mañana, quedémonos allí el sábado y el domingo por la mañana, y después de comer te acompaño al aeropuerto.

– Muy bien.

– ¿Por qué has desconectado el teléfono?

– Porque no quería que me molestara ninguna llamada vigatesa.

Livia lo miró perpleja.

– Antes te desesperabas si no recibías noticias de Fazio o Mimì. ¿Sabes que has cambiado?

– Sí -reconoció.

***

Fueron a comer a la trattoria que el comisario había elegido como alternativa boccadassiana a la vigatesa de Enzo. Livia, antes de que les sirvieran, sacó el tema Mimì. Estaba preocupada.

– ¿Cuándo te llamó Beba por última vez? -preguntó Montalbano.

– Hace tres días.

– Ya verás como en su próxima llamada te dice que las cosas van mejor.

– ¿Mimì ha terminado las vigilancias?

– Todavía no, por desgracia. Pero, como sé que el jefe superior quiere elogiarlo por su comportamiento, ya verás cómo cambia su humor.

¿Sería posible que en la vida nunca se pudiera terminar de decir mentiras?

***

Llegó a Vigàta a las nueve, fue a cenar a Enzo y a las diez y media ya estaba en Marinella. Se cambió de ropa, se sentó en la butaca y encendió el televisor. Retelibera estaba ofreciendo el último reportaje sobre los desembarcos de inmigrantes ilegales. Televigàta, la milésima tabla redonda acerca de la construcción del puente de Messina. Faltaba todavía media hora para los telediarios, así que fue a dar un paseo por la orilla del mar.

Cuando regresaba, le pareció oír el timbre del teléfono. No echó a correr para contestar. Livia no podía ser, porque la había llamado desde la trattoria. Seguramente era Fazio. Cuando entró, encendió de nuevo el televisor y sintonizó Televigàta. Estaba más que seguro de que Mimì, en su ausencia, habría tomado alguna iniciativa, y Fazio no lo había informado a tiempo porque no había podido ponerse en contacto con él en Boccadasse. En efecto, la noticia que él esperaba fue la primera que dieron.

«Están previstas nuevas y espectaculares derivaciones del caso del hombre asesinado y troceado en la zona del critaru», empezó el presentador, leyendo el sumario.

Después enumeró las restantes noticias que facilitaría en orden de importancia (colisión mortal en la Montelusa-Palermo; robo de ovejas en Fela; atraco en un supermercado de Fiacca; niño de tres años caído del balcón de un cuarto piso en Montelusa resulta ileso, según la madre gracias a la milagrosa intercesión del padre Pío; detención de dos diputados regionales por colusión con la mafia), y después regresó a la primera, ilustrada con tomas que mostraban la zona del critaru, al señor Pasquale Ajena indicando el lugar donde había visto la bolsa con el muerto, a la señora Dolores, bellísima y llorosa, sostenida por el fiscal Tommaseo, el cual no conseguía disimular el placer que experimentaba manejando toda aquella bendición de Dios; a Mimì glorioso y triunfante, mostrando un minúsculo objeto que sólo después Montalbano comprendió que era el famoso puente que Alfano se había tragado; a Fazio, que daba un salto acrobático para salir del encuadre.

La esencia de la noticia se reducía al hecho de que la señora Dolores no había conseguido identificar el cadáver, «pero el corazón le dice que aquellos pobres restos son sin duda los de su marido», y que sería posible recurrir a la prueba de ADN porque en el lavabo del cuarto de baño del apartamento de Gioia Tauro la Científica de Reggio Calabria había encontrado restos de sangre. En efecto, la señora Dolores recordaba que la mañana del pseudoembarque su marido se había cortado mientras se afeitaba con la navaja. Montalbano se sorprendió, pues en el cuarto de baño de via Gerace no había visto sangre, ni en las fotografías ni en persona; quizá la Científica se había encargado de limpiarlo todo. Al final del telediario, la palabra pasó a Pippo Ragonese, el culo de gallina y comentarista principal de Televigàta.

«Sólo unas palabras para subrayar lo evidente que ha sido para todo el mundo el hecho de que, en cuanto las investigaciones del crimen del critaru han pasado del comisario Montalbano a su subcomisario, el dottor Domenico Augello, han hecho un notable avance. En efecto, en el transcurso de poco más de veinticuatro horas, el dottor Augello, bajo la guía del ministerio público Tommaseo, ha conseguido identificar con casi absoluta certeza al hombre horriblemente asesinado. Cabe señalar también que en este caso en concreto ha sido la estrecha colaboración entre el ministerio público Tommaseo y su compañero de Reggio Calabria lo que ha arrojado resultados tan destacados. El dottor Augello nos ha señalado que la modalidad del homicidio evoca los viejos rituales mafiosos, actualmente considerados en desuso. No ha querido dar nombres, pero está claro que el brillante subcomisario ya tiene una idea al respecto. En todo caso, mientras celebramos el buen trabajo del dottor Augello, aprovechamos para abrigar la ferviente esperanza de que el comisario Montalbano siga inhibiéndose en esta investigación. Y ahora pasemos a la detención de dos diputados regionales de centroderecha por sospecha de colusión con la mafia. Profesamos un profundo respeto a la magistratura, pero no podemos dejar de constatar que ésta actúa siempre, y de buen grado, en dirección única. ¿Será posible, nos preguntamos, que honrados ciudadanos…?»

Apagó el televisor. Todo había ido tal como él imaginaba, no había fallado ni un solo paso. Había empezado una partida de ajedrez y hecho la primera jugada (en realidad, a través de Mimì, jugador involuntario). Tendría que estar satisfecho; sin embargo, no lo estaba. Se avergonzaba de su comportamiento, pero no se le había ocurrido otro camino. Ahora sólo podía fingirse enfadado con Mimì y esperar que quien tuviera que moverse se moviera. Porque seguro que alguien se sentiría aludido por las palabras de Ragonese y reaccionaría. Lo cual significaba la segunda jugada de la partida.

Sonó el teléfono. Fazio.

– ¡Ah, dottore, por fin! Lo he llamado hace casi una hora y…

– He oído el teléfono, pero no he llegado a tiempo.

– ¿Ha visto el telediario?

– Sí.

– Dottore, usted no tiene ni idea de las veces que lo he buscado en Boccadasse para advertirle que el dottor Augello…

– Te creo, te creo. Como un imbécil, me dejé el móvil aquí, y en Boccadasse estuve siempre fuera de casa. Perdóname, ha sido culpa mía.

– Debe saber que mañana por la mañana temprano el dottor Augello se reúne con el dottor Tommaseo y el señor jefe superior.

– Deja que se reúnan y vete a dormir tranquilo. Ah, oye: ¿Mimì ha sabido que yo estuve en Gioia Tauro?

– ¿Y quién iba a decírselo?

***

Augello se presentó en la comisaría bien entrada la mañana. No parecía muy contento con la reunión celebrada en Montelusa.

– Mimì, ¿qué coño has armado?

– ¡¿Yo?!

– Sí, tú. Ayer oí a Ragonese en la televisión. Te había dicho que quería ser informado de todo lo que hicieras.

– Pero, Salvo, ¿cómo iba a informarte si no estabas? Además, ¿qué he dicho o hecho de nuevo? Me he limitado a comunicarle a Tommaseo lo que Fazio me trasladó.

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