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Dexter por decisión propia [Dexter by Design - es]

Электронная книга - «Dexter por decisión propia [Dexter by Design - es]». Краткое содержание книги:

Psicópata desde la infancia, Dexter Morgan fue instruido por su padre en el arte del camuflaje: el forense diurno de la policía de Miami deja paso, cuando cae la noche, al asesino en serie de aquellos criminales que han escapado a la acción de la justicia. Pero haber conseguido el disfraz perfecto le va a servir de poco.
Al regreso de su luna de miel parisina, Dexter debe investigar la aparición de una serie de cadáveres dispuestos como obscenas obras de arte. Y, cuando su hermana es salvajemente atacada por el asesino, nuestro lunático favorito se verá luchando por salvar aquello que tanto le había complicado la vida: su propia familia.
En el cuarto episodio de su entrañable personaje, Jeff Lindsay vuelve a mostrarse tan sangriento como ingenioso. Y los fans de la serie televisiva disfrutarán aún más, ya que estas aventuras siguen caminos paralelos pero diferentes a los de la pequeña pantalla.
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De todos modos, sentí que unos dedos invisibles cosquilleaban mi cuello cuando aparqué, al otro lado de la calle y a mitad de la manzana de la casa de Wimble. Durante varios largos minutos no hice otra cosa que contemplar la casa desde mi asiento del coche.

El coche de color bronce estaba aparcado delante. No había señales de vida, ni siquiera un montón de miembros apilados ante el bordillo, a la espera de que los recogieran. Nada en absoluto, salvo una casa silenciosa en un barrio corriente de Miami, que se cocía bajo el sol de mediodía.

Cuanto más continuaba sentado en el coche con el motor apagado, más me daba cuenta que yo también me estaba cociendo, y si me quedaba ahí unos minutos más, vería que una corteza oscura y quebradiza se iba formando sobre mi piel. Pese a los temblores de duda que me asaltaban, tenía que hacer algo, mientras aún quedara aire respirable en la cabina.

Bajé y me quedé parpadeando bajo el calor y la luz durante varios segundos, y después bajé por la calle, alejándome de casa de Wimble. Con movimientos lentos y despreocupados di una vuelta a la manzana, y observé la casa desde la parte posterior. No había mucho que ver. Una hilera de setos a través de una valla de tela metálica que la ocultaba desde la siguiente manzana. Seguí rodeando la manzana, crucé la calle y regresé al coche.

Y me quedé parado de nuevo, parpadeando bajo el resplandor del sol, mientras notaba el sudor resbalar por mi columna vertebral, por mi frente, hasta meterse en los ojos. Sabía que no podía continuar inmóvil allí mucho más sin llamar la atención. Tenía que hacer algo. O acercarme a la casa, o volver al coche, ir a casa y esperar a verme en los telediarios de la noche. Pero con aquella vocecita irritante que seguía susurrando en mi cerebro que algo no iba bien, me quedé un poco más, hasta que algo pequeño y quebradizo se partió en mi interior, y dije por fin, estupendo. Vamos a ello, sea lo que sea. Cualquier cosa es mejor que quedarme aquí contando las gotas de sudor mientras caen.

Recordé algo útil para variar, y abrí el maletero del coche. Había tirado dentro una tablilla. Me había sido muy útil en anteriores investigaciones del estilo de vida de los malvados e infames, y también llevaba una corbata de pinza. Por mi experiencia, sabía que podías ir a cualquier parte, de día y de noche, y nadie te haría preguntas si llevabas una corbata de pinza y una tablilla. Por suerte, hoy me había puesto una camisa abrochada en el cuello, así que me ceñí la corbata, cogí la tablilla y un bolígrafo, y me encaminé hacia la casa de Wimble. Otro funcionario más de medio pelo que iba a comprobar algo.

Examiné la calle. Estaba flanqueada de árboles, y varias casas tenían árboles frutales en el patio. Estupendo: hoy era el Inspector Dexter, de la Junta Estatal de Inspecciones Arborícolas. Esto me permitiría acercarme a la casa con una actividad semilógica que me protegiera.

Y después, ¿qué? ¿Podría entrar y pillar a Weiss por sorpresa, a plena luz del día? Se me antojó muy improbable, debido al resplandor ardiente del sol. No contaba con tinieblas acogedoras, ni sombras que me rodearan y ocultaran mi presencia. Estaba expuesto a la vista de todo el mundo, y si Weiss miraba por la ventana y me reconocía, el juego terminaría antes de haber empezado.

Pero ¿qué otra elección me quedaba? Era él o yo, y si no hacía nada, él sí que haría algo: primero revelaría mis actividades clandestinas, y luego le haría daño a Cody o a Astor, o a quien fuera. Tenía que interceptarle y detenerle, ahora.

Mientras me enderezaba para entrar en acción, un pensamiento muy incómodo alumbró en mi cerebro. ¿Era ésta la opinión que Deborah tenía de mí? ¿Me consideraba una especie de salvaje obscenidad, que se abría paso a Cuchilladas entre el paisaje con ferocidad aleatoria? ¿Por eso estaba tan disgustada conmigo? ¿Porque se había formado una imagen de mí que era la de un monstruo sediento de sangre? La idea fue tan dolorosa que, por un momento, no pude hacer otra cosa que parpadear mientras las gotas de sudor rodaban sobre mi frente. Era injusto, injustificado por completo. Yo era un monstruo, por supuesto, pero no de ese tipo. Yo era pulcro, educado, centrado, y procuraba no causar inconvenientes a los turistas esparciendo por doquier miembros humanos. ¿Cómo era posible que no se diera cuenta de eso? ¿Cómo podía conseguir que reparara en la belleza armónica del camino hacia el que Harry me había impulsado?

Y la primera respuesta fue que no podía, siempre que Weiss siguiera vivo y en libertad. Porque en cuanto mi cara saliera en las noticias, mi vida habría terminado y Deborah no gozaría de más alternativas que yo. Hiciera sol o no, tenía que hacerlo, rápido y bien.

Respiré hondo y subí por la calle hasta la casa contigua a la de Wimble, al tiempo que examinaba los árboles del camino y escribía en la tablilla. Avancé poco a poco por el camino de entrada. Nadie saltó sobre mí con un machete entre los dientes, de modo que retrocedí, me detuve delante de la casa, y después me encaminé hacia la de Wimble.

También allí había árboles sospechosos que examinar, así que los miré, tomé notas y avancé por el camino de entrada. No percibí la menor señal de vida en el interior. Si bien no sabía qué esperaba ver, me acerqué más, mientras lo miraba todo, incluidos los árboles. Inspeccioné con sumo detenimiento la casa, y observé que todas las persianas de las ventanas estaban bajadas. No se podía ver nada ni desde dentro ni desde fuera. Recorrí lo suficiente del camino de entrada para reparar en que había una puerta trasera, situada en lo alto de dos escalones de hormigón. Avancé hacia ella con mucha desenvoltura, los oídos atentos al menor roce, susurro o gritos de «¡Atención! ¡Está ahí!» Nada. Fingí fijarme en un árbol del patio trasero, cerca de un depósito de propano y a tan sólo unos seis metros de la puerta, y me dirigí hacia allí.

Todavía nada. Escribí. Había una ventana en la mitad superior de la puerta, sin persiana bajada. Me acerqué, subí los dos peldaños y miré en el interior. Vi un pasillo a oscuras, flanqueado por una lavadora y una secadora, algunas escobas y fregonas sujetas con abrazaderas a la pared. Apoyé una mano sobre el pomo y lo giré poco a poco y en silencio. La puerta no estaba cerrada con llave. Respiré hondo…

… y casi me dio un ataque cuando un chillido horrible y estremecedor surgió del interior. Era el sonido de la angustia y el horror, y una llamada de auxilio tan evidente que hasta Dexter el Desinteresado avanzó impulsado por un reflejó, y ya había puesto un pie dentro de la casa cuando un diminuto signo de interrogación se dibujó en el suelo de mi cerebro, y pensé: He oído ese chillido antes. Y mientras mi segundo pie avanzaba y se adentraba más en la casa, pensé: ¿De veras? ¿Dónde? La respuesta llegó enseguida, lo cual fue reconfortante: era el mismo chillido de los vídeos de la «Nueva Miami» que había grabado Weiss.

lo cual significaba que era un chillido grabado.

lo cual significaba que su intención era atraerme hacia el interior.

lo cual significaba que Weiss estaba preparado y me esperaba.

No fue terriblemente halagador para mi yo especial, pero la verdad es que me detuve una fracción de segundo para admirar la velocidad y claridad de mis procesos mentales. Y entonces, por suerte para mí, obedecí a la estridente voz interior que estaba chillando, ¡Corre, Dexter, corre!, y salí como un cohete de la casa y bajé por el camino de entrada, justo a tiempo de ver que el coche de color bronce se alejaba con un chirriar de frenos.

Y entonces, una zarpa gigantesca se alzó detrás de mí y me aplastó contra el suelo, pasó silbando una corriente de aire caliente, y la casa de Wimble desapareció en una nube de llamas y una lluvia de cascotes.

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