El Arte Del Asesino
- Автор: Юнгстедт Мари
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Arte Del Asesino». Краткое содержание книги:
Por otro lado, Johan Berg, el periodista de la Televisión Sueca, que se encuentra en Visby pasando unos días con su prometida Emma y su hija Elin, cubre la noticia y empieza a investigar por su cuenta.
Un segundo y terrible crimen, el de Hugo Malmberg, otro tratante de arte y amigo del galerista asesinado conduce, por separado, al comisario y al periodista a algunos clubes de prostitución homosexual en Estocolmo.
Mientras, una pequeña revolución estalla en la comisaría. La decisión de Anders Knutas de nombrar un nuevo responsable en su departamento aviva los celos y despierta viejos resentimientos. El veterano policía deberá emplear toda su habilidad y diplomacia para recuperar el equilibrio en el equipo. Por su parte, Johan Berg trata de convencer a Emma para celebrar una boda tradicional, sin saber que él y su familia están en el punto de mira del asesino.
En la cuarta entrega de la serie protagonizada por Anders Knutas y Johan Berg, Mari Jungstedt nos introduce en el selecto y refinado ambiente artística de la capital de Suecia,, en el cual la venta de obras de arte robadas y la prostitución masculina están a la orden del día.
· «Una de las mejores escritoras de novela policíaca.» The Times
· «Una novela fría y despiadada como el invierno en los países nórdicos.» Für Sie
· «Los héroes de Mari Jungstedt tienen carácter y corazón. Una serie muy emocionante.» Berliner Tageszeitiing
El cuadro era de mayor tamaño de lo que había pensado y la escena, en aquella oscuridad, parecía fantasmal. Se esforzó en mantener la concentración, por más que el estruendo estaba a punto de volverlo loco. Sacó de la mochila una escalera plegable que crujió cuando se subió a ella, y por un instante temió que fuera a partirse.
El cuadro era tan grande que la única manera de descolgarlo era cortar la tela. Situó el cúter en una esquina y lo deslizó por el borde con todo el cuidado que pudo; salvó la parte superior sin tropiezos y continuó hasta que la tela cayó al suelo. Enrolló rápidamente la pintura y la introdujo en el tubo de cartón que llevaba al efecto. Apenas cabía.
Le quedaba algo por hacer antes de finalizar. Echó una ojeada al reloj y vio que hasta entonces había empleado cuatro minutos. Le quedaban, como mucho, tres. Rebuscó en la mochila y extrajo el objeto con el que remataría su labor. Lo colocó sobre la mesa que había ante el marco vacío.
Retrocedió corriendo y cruzó de nuevo las salas. Habría sido fácil salir por alguna de las ventanas de no haber estado reforzadas con acero y provistas de cristales antibalas. Imposibles de forzar, a no ser que se dispusiera de un buldócer.
Estaba obligado a volver por el mismo camino, a través del conducto de ventilación. El tubo de cartón con la pintura lo llevaba colgado a la espalda. Cuando ya estuvo fuera, en el tejado, se detuvo y tomó aire. Miró en todas direcciones y no detectó nada, ni personas ni coches de la policía.
Con paso decidido y con el corazón batiendo en el pecho, saltó al suelo, dobló a toda prisa la esquina de la parte posterior de la casa y bajó entre traspiés las empinadas escaleras que conducían hasta el hielo. Se ató los cordones de los patines con dedos torpes. Cuando inició la marcha estuvo a punto de caerse, pero recuperó el equilibrio y desapareció tan rápido como pudo, con pasos largos y rítmicos.
A lo lejos se oía el ulular de las sirenas de la policía; el sonido se acercaba. Cuando estuvo de vuelta en el canal, vio que los coches policiales cruzaban a toda velocidad el puente de Djurgårdsbron en dirección a Waldemarsudde.
Oyó su propio resuello; le dolía el pecho a causa del frío y el esfuerzo. Al mismo tiempo, había en su interior un sentimiento de satisfacción. Por fin se iba a saldar la deuda. La pintura iba camino de su legítimo dueño. Ese convencimiento le infundió tranquilidad.
Sus huellas se perderían junto a las piedras que había debajo del palacio. Esta vez tampoco le echarían el guante.
Capítulo 50
Por primera vez en la historia del museo, alguien había escalado hasta él por la noche y cuando su director, Per-Erik Sommer, llegó allí a las tres de la madrugada del domingo, se sintió como si alguien hubiera pisoteado la sala de estar de su propia casa. Era el director y conservador jefe del museo desde hacía quince años, y Waldemarsudde era su segunda casa y la niña de sus ojos. Nunca habría imaginado que un simple ladrón pudiera entrar por la noche. El dispositivo de seguridad era excelente. Estocolmo había sufrido en los últimos años algunas sustracciones de cuadros muy llamativas. Una en el Museo Nacional, un robo a mano armada cuando el museo estaba abierto al público, y otro al más puro estilo Rififí en el Museo de Arte Moderno, al cual los ladrones accedieron por el tejado. Sin duda, esos sucesos influyeron para que otros museos de la ciudad revisaran y mejorasen sus medidas de seguridad. En Waldemarsudde se habían invertido millones para proteger la casa del príncipe y su enorme colección de pintura.
La policía se encontraba allí, con los perros, cuando llegó; ya habían acordonado y registrado la zona. Lo recibió junto a la entrada principal el comisario Kurt Fogestam, que dirigía la operación. El policía le mostró por dónde habían entrado. Tantas medidas de seguridad y resulta que habían entrado sin más a través de los tubos de ventilación. Per-Erik Sommer meneaba la cabeza.
Entraron para averiguar qué se había llevado.
Los salones estaban ahora perfectamente iluminados y empezaron por la biblioteca. Allí no faltaba nada, como tampoco en la Sala de las Flores. Per-Erik respiró aliviado cuando comprobó que la sala de estar también estaba intacta. Allí colgaba, entre otros, el retrato que pintó Anders Zorn de la madre del príncipe, la reina Sofía, con quien el noble había mantenido una estrecha relación. Habría supuesto una catástrofe su desaparición. El otro cuadro particularmente valioso, El hombre del agua, de Ernst Josephson, estaba adherido en la pared y, por fortuna, era imposible de robar.
Entonces descubrió lo que faltaba. Dado que aquella pintura, por su tamaño, dominaba todo el comedor, la sensación de desnudez resultaba abrumadora ahora que ya no estaba allí colgada: El dandi moribundo había desaparecido. Cortado, el marco abría las fauces vacías y trágicas como un mudo testigo de lo ocurrido.
Quiso sentarse, pero el comisario se lo impidió por temor a que pudiera destruir alguna prueba. Se quedó casi inconsciente del disgusto, pero se volvió para ver si faltaba algo más.
Entonces descubrió un objeto en el que no había reparado al principio.
En una mesa delante del marco había una pequeña escultura. Era algo que no pertenecía a la casa del príncipe Eugenio. Ni siquiera la reconoció. Se inclinó despacio hacia delante.
– ¿Qué es eso? -preguntó Kurt Fogestam.
– No pertenece a la colección -contestó.
Alargó la mano para asirla, pero el comisario se lo impidió.
– ¿Qué está diciendo?
– Que esta estatuilla no pertenece al museo. Debe de haberla colocado ahí el ladrón.
Ambos contemplaron estupefactos la estatuilla esculpida en piedra. Se trataba de un torso, un busto desnudo con el cuello largo y la cabeza vuelta hacia un lado y algo inclinada hacia atrás. El rostro estaba tallado con sencillez, tenía los ojos y los labios cerrados, y una expresión un tanto melancólica, de añoranza. Era difícil determinar si representaba a un hombre o una mujer. Sus rasgos andróginos encajaban a la perfección con los del cuadro robado.
– ¿Qué diablos significa esto?
Per-Erik Sommer no obtuvo respuesta. Que los ladrones robaran era una cosa, pero jamás había oído hablar de ningún ladrón que dejase una obra de arte en el lugar de la fechoría.
Capítulo 51
Cuando Johan llegó a la redacción de Noticias Regionales, se encontró a Max Grenfors, el redactor jefe, al borde de un ataque de nervios. Estaba sentado frente a la mesa del centro de la redacción con el pelo disparado en todas las direcciones, la camisa arrugada y la mirada extraviada. Con un auricular en cada oreja, el lápiz en la comisura de la boca y cuatro tazas de café a medio beber encima de la mesa, era evidente que estaba acelerado de verdad. La circunstancia de que la mitad de la plantilla de reporteros estuviera de baja en el momento en que se producía un suceso informativo importante, estaba lejos de ser una situación idónea para un redactor jefe. El descarado robo en Waldemarsudde dominaría toda la emisión. Se veía a la legua que estaba cerca de perder los nervios. En cualquier caso, se le iluminó el rostro abatido cuando vio aparecer a Johan.
– ¡Qué suerte que hayas venido! -gritó, aunque estaba ocupado en mantener dos conversaciones a la vez-. Tienes que salir inmediatamente. Emil está esperando.
Emil Jansson era un fotógrafo joven y curtido, que había trabajado sobre todo en zonas de conflicto como la Franja de Gaza e Irak. Saludó cordialmente a Johan y ambos se dirigieron a toda prisa al coche que estaba en el aparcamiento de la Televisión Sueca. Tardaron sólo cinco minutos en llegar a Waldemarsudde. El edificio de la Televisión Sueca estaba a tiro de piedra del puente de Djurgårdsbron.
La policía había acordonado todo el parque alrededor del palacio, la galería y la casa antigua y estaba registrando a fondo la zona. Johan logró encontrar a un policía dispuesto a dejar que lo entrevistaran. La conversación telefónica con el oficial de guardia durante el corto trayecto en coche no había aportado nada a lo que ya sabía el reportero.