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Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:

Jonas Tallent, emparentado con los célebres Cynster, es apuesto, rico y de buena familia, y se dedica a disfrutar de la vida. Juega a las cartas hasta el amanecer y coquetea con las damas más deseadas de la sociedad londinense. Cuando empieza a sentirse inquieto y aburrido por tanta frivolidad, se ve obligado a tomar las riendas de la hacienda familiar en el Devon rural. Una de sus primeras decisiones es contratar un nuevo encargado para la posada de su propiedad, pero descubre que hay poca gente dispuesta a vivir en un lugar tan pequeño y tranquilo.
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
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Cuando se separó de Lucifer, se encontró con que Basil Smollet la esperaba para escoltarla junto a su madre.

La anciana señora Smollet había mostrado un agudo interés por Em, su familia y la resurrección de la posada. Era una de las vecinas con más edad de Colyton y, como todos los demás, demostraba un profundo interés por los asuntos del pueblo.

– Continúe así, querida -la mujer le palmeó la mano-, y tendrá nuestra eterna gratitud. Gracias a usted la vida social del pueblo vuelve a ser lo que era.

El cumplido enterneció el corazón de Emily. No era el primero que había recibido esa noche, muchos se habían parado a su lado para agradecerle el trabajo realizado en la posada. El comentario más frecuente era que ahora también podían frecuentar el lugar las mujeres con sus hijas.

Después de darle las gracias como correspondía y separarse de la señora Smollet, Em se reunió con Issy. Filing estaba hablando con uno de los parroquianos en la habitación de al lado y Em aprovechó ese momento de intimidad para repetirle los comentarios que le habían hecho.

– La verdad es que me siento muy satisfecha -confesó-. No tenía ni idea de que causaríamos tal impresión, ni de que lograríamos algo tan importante para los vecinos del pueblo con lo que en un principio no era nada más que un medio para conseguir un fin.

Issy esbozó una sonrisa.

– Quizá, pero dadas las circunstancias no creo que sea tan sorprendente que, de manera intencionada o no, tratemos de mejorar las cosas en el pueblo. A fin de cuentas somos los Colyton de Colyton, aunque el resto del pueblo no lo sepa.

Em arqueó las cejas.

– Muy cierto. Quizás ayudar a levantar el pueblo de Colyton sea algo que llevamos en la sangre.

Filing regresó y, tras intercambiar algunas palabras, Em se alejó.

A pesar de todas esas distracciones, Emily mantuvo un ojo en el reloj y el otro en los invitados. Ahora estaba circulando por el salón, esperando el momento oportuno para escabullirse. Un baile más y por fin podría perderse entre las sombras. De algunos comentarios sin importancia que oyó en la merienda de la parroquia, había deducido en qué ala se encontraba situada la biblioteca. Si no se equivocaba, se encontraba cerca del salón de baile, al otro lado del vestíbulo.

Estaba a punto de comenzar otra ronda de bailes. El primero era un vals. Em se acercó a la pared y fue rodeando la estancia, dirigiéndose a la puerta que daba al vestíbulo. Dado que quería esfumarse, no tenía intención de aceptar más bailes.

– Aquí estás.

Una mano grande se cerró en torno a la suya y la hizo dar un brinco. Aunque no de temor o sorpresa. Una sensación de puro placer le subió por el brazo, indicándole con más claridad que sus ojos o sus oídos quién la había agarrado.

– ¡Señor Tallent! -Se volvió para mirarle.

Él estaba sonriendo con aquella sonrisa brillante y un poco canallesca que solía curvarle los labios.

– Jonas, ¿recuerda? -Enlazando su brazo con el de él, se giró hacia la pista de baile-. Ha llegado el momento de bailar otro vals.

Ella respiró hondo.

– Jonas… ya hemos bailado un vals.

– En efecto. Y como resultó ser una experiencia muy grata para los dos, no hay razón para no repetirlo.

– Sí, la hay -masculló ella, intentando contener su genio Colyton-. La gente hablará.

– La gente ya habla de usted. Si no quiere que todos especulen sobre usted, no debería representar un misterio tan contradictorio.

Emily frunció el ceño mientras él se giraba hacia ella y la atraía hacia sus brazos. Instintivamente levantó los suyos, dejando que le cogiera la mano derecha y le pusiera la izquierda en el hombro. Entonces comenzaron a girar mientras ella todavía intentaba asimilar las últimas palabras.

– No soy un misterio y, mucho menos, uno contradictorio.

– Oh, sí, claro que lo es. Es una joven dama que trabaja de posadera, pero se niega a reconocer sus orígenes aristócratas, aunque insiste en que su familia mantenga el estatus social que le corresponde. ¿Por qué? Eso es lo que todo el mundo quiere saber.

– Pero… pensé que todos habían asumido que sólo somos gente de clase acomodada caída en desgracia.

Él le dirigió una mirada burlona.

– Mi querida Em, permítame informarla de que la gente de clase acomodada caída en desgracia no posee elegantes trajes de seda con los que asistir a los bailes, ni lleva perlas en el pelo -miró con mordacidad la peineta de perlas con que ella sujetaba sus rizos rebeldes-, ni contratan tutores para su hermano con el objetivo de que éste sea aceptado en Pembroke College.

Sus ojos oscuros buscaron los de ella y Em volvió a perderse en ellos. Pommeroy Fortemain le crispaba los nervios, poniéndola en guardia. Jonas Tallent, sin embargo, la enervaba todavía más, pero provocándole justo el efecto contrario.

Y, maldito fuera, la atracción que existía entre ellos sólo era algo puramente físico. Por debajo de su innegable atractivo, había algo muy poderoso en Jonas Tallent. Algo que la atraía de una manera que casi la asustaba.

Emily sentía el impulso creciente y casi físico de contarle, de confiarle, su gran plan y pedirle que la ayudara. Si ese impulso hubiera surgido porque necesitara su ayuda, quizá ya se la habría pedido. Pero, a pesar de que probablemente él podría ayudarla, confiaba en tener éxito por sí sola en la búsqueda del tesoro. No necesitaba decirle que estaba buscando un tesoro…, al menos no en ese momento.

La razón por la que quería decírselo, la que alimentaba aquel impulso, tenía más que ver con la necesidad de compartir, de decirle quién era realmente ella para así poder buscar el tesoro juntos. La existencia del tesoro de su familia era, sin lugar a dudas, una de las mejores aventuras de su vida y ésa era la razón, razón que no podía realmente definir, por la que quería revelarle la verdad y compartir aquella aventura con él.

Em se había pasado más de una década cuidando de sus hermanos sola. Completamente sola. Y sentir de repente la compulsión de incluir a alguien más en su vida, la inquietaba y la estremecía. Y, por encima de todo, la confundía.

No estaba segura de ser capaz de pensar con claridad cuando estaba en los brazos de Jonas Tallent.

Ni tampoco mientras bailaba el vals con él.

Sobre todo cuando su mirada oscura se volvía más ardiente e hipnótica o cuando la estrechaba contra su cuerpo y su mano grande le quemaba a través de la seda del vestido.

Em sentía que flotaba otra vez, que apenas tocaba el suelo y, en aquel estado alterado, podría imaginar, sentir y casi creer.

Al cesar la música, él dio una lenta vuelta antes de detenerse, y ella volvió a la tierra.

A la realidad de que él era su patrón, y ella la posadera que dirigía su pesada.

Puede que Jonas se burlara de su charada, pero aun así ella estaba tranquila. Asumía que se había bajado del pedestal de damisela, y eso era algo que ni él podía negar. Ella no era tan estúpida como para creer que Jonas pensaba que aquello que había entre ellos era algo más que un affaire.

Em se dio la vuelta y escudriñó la estancia para evitar mirarle, a los ojos. Le preocupaba que pudiera ver demasiado en los de ella.

Jonas no le soltó la mano, sino que la cerró con más firmeza en torno a sus dedos.

– Em.

– Aquí está la señora Crockforth con su hija.

Em le sonrió alentadoramente a la matrona que había elegido ese momento para abordarles. El baile siguiente empezaría en pocos minutos, y Jonas y ella ya habían bailado dos veces el vals. Así que esa noche no podía volver a bailar con él.

Fuera posadera o no.

A Jonas no le quedó más remedio que inclinar la cabeza en un gesto cortés y sonreír, estrechando la mano de la señorita Tabitha.

Em tuvo que forcejear disimuladamente para liberar su mano de la de él, y, una vez que logró su objetivo, se unió a la señora Crockforth para asegurarse de que Tabitha compartía el siguiente baile con el patentemente renuente, aunque incapaz de ser descortés, señor Tallent.

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