Un Romance Imprevisto
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Romance Imprevisto». Краткое содержание книги:
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
Todos los ingredientes están servidos para un apasionante -e imprevisto- romance, con todo el sabor de las maravillosas historias urdidas por Jacquie D'Alessandro.
«No pienses en ello ahora. Puede que ni siquiera sea ésa la cuestión. Y si lo es… entonces ya decidirás.»
No podía destruir la nota. No hasta que supiera. Tampoco podía volver a ponerla en la caja. No podía arriesgarse a que lord Shelbourne la encontrara, y a que información potencialmente peligrosa cayera en sus manos o en las de otra persona. Con un pesado suspiro, dobló la nota cuidadosamente y la ocultó en un pequeño bolsillo en el forro de su bolso de rejilla, sin dejar de maldecirse por haberla encontrado. Había tenido tan cerca la libertad… pero, como mínimo, se libraría de la caja. Se sentó en el borde de la cama y se dispuso a juntar las pirias.
Geoffrey se apoyó contra la repisa de la chimenea del salón, contemplando al criado servir un aperitivo a sus invitados. Le resultaba casi imposible mantener una apariencia tranquila. Alberta le había entregado la caja hacía un cuarto de hora, en cuanto entró en la sala. Él le había echado una rápida mirada, y luego se había reído. «No es una pieza especialmente hermosa, ¿verdad?» Después de darle las gracias, se la había metido en el bolsillo como si no tuviera importancia, pero pasado el rato, sentía como si le fuera a quemar los pantalones.
Finalmente, incapaz de soportar el suspense por más tiempo, se excusó.
– Si me disculpáis un momento, tengo que decirle algo a Willis. -Salió de la habitación manteniendo un paso mesurado y lento. Entró en su estudio y cerró la puerta con llave.
Fue hasta el escritorio y sacó lentamente la caja del bolsillo, conteniendo el impulso de lanzarse sobre ella como un perro sobre un hueso. Con el corazón acelerado, separó las piezas de la caja y miró el fondo.
El fondo vacío.
El pánico se apoderó de él, y pasó unos dedos temblorosos y frenéticos por toda la superficie de metal oxidado. ¿Habría otra abertura? Pero después de varios minutos de desesperada búsqueda, se obligó a admitir la terrible verdad. El papel no estaba.
Una retahíla de obscenidades salió de sus labios, y tiró la caja contra la pared con toda su furia. Mesándose los cabellos, fue de un lado al otro de la sala, mientras expelía el aire de los pulmones en dolorosos jadeos.
¿Dónde demonios estaba la carta? Ella debía de tenerla. La debía de haber encontrado. O al menos tenía que saber su paradero.
Debía averiguarlo. Debía. Debía. Ahora. Se detuvo y cerró los ojos con fuerza. Maldita fuera, la cabeza estaba a punto de estallarle.
«Tengo que recobrar la calma. Debo averiguar lo que sabe. Y luego deshacerme de ella.»
Que Redfern encontrara la nota no le hubiera inquietado, porque el tipo no sabía leer más allá de cuatro palabras, y un viejo documento estaría muy por encima de sus capacidades, un detalle del que Geoffrey se había asegurado antes de contratar sus servicios. Todos sus esfuerzos hubieran sido en vano s¡ Redfern, una vez que encontrara la nota, pudiera haber tenido la oportunidad de extorsionarle como había hecho David Brown. Y la avaricia de Redfern le hubiera impedido mostrar la nota a alguien para que se la leyera, porque entonces se arriesgaba a tener que compartir su recompensa. Pero la señora Brown… Estaba seguro de que no era ni analfabeta ni estúpida. Y sin duda debía de ser tan ambiciosa como lo había sido su marido.
Respiró profundamente varias veces hasta recuperar la compostura, luego se acercó al espejo y se arregló el cabello. Se alineó perfectamente las solapas de la chaqueta e hizo un mínimo ajuste al fular. Una vez seguro de que su aspecto era de nuevo impecable, salió del estudio y se reunió con sus invitados.
Alberta Brown se creía muy lista.
«Un error, querida. Un error fatal.»
Allie sintió inmediatamente algo raro en el comportamiento del conde cuando éste regresó al salón. Desde su asiento frente a la puerta, lo observó detenerse en el umbral, con la mirada clavada en ella. Un escalofrío de aprensión le recorrió la espalda al ver su expresión glacial.
– ¿Todo bien? -preguntó lord Robert, observando a su anfitrión con una expresión de desconcierto. Estaba claro que él también notaba que algo iba mal.
– Claro. -El conde hizo un gesto con la mano quitando importancia al asunto-. Un pequeño error de cálculo en la cocina, al parecer, pero Willis me ha asegurado que todo está en orden. ¿Pasamos al comedor?
Allie aceptó el brazo que le ofrecía, esperando que no se notara el rechazo que le inspiraba. Tal vez sólo se estuviera imaginando la inquietud del conde.
Pero cuando llegaron al rodaballo delicadamente cocido a fuego lento del segundo plato, Allie ya estaba segura de que no eran imaginaciones suyas. La manera en que el conde no dejaba de mirarla, como si estuviera intentando leerle el pensamiento… Sí, definitivamente había algún problema. ¿Se encontraría enfermo? Desechó esa idea en cuanto se le ocurrió. No, parecía como si una furia contenida hirviera bajo la superficie de sus impecables maneras.
¿Podría ser que supiera algo de la nota? ¿Que supiera que no estaba en la caja y que ella la tenía en su poder? También descartó esa teoria de inmediato. ¿Cómo podría saber algo de la nota cuando ni siquiera conocía la existencia del anillo o de la caja hasta que ella llegó a Inglaterra?
No se le ocurría ninguna respuesta, pero el comportamiento del conde la inquietaba de una manera que no sabía definir. Además, su instinto le advertía contra aquel hombre. Seguramente lo mejor era no decir nada.
Alzó la cabeza y sonrió al conde.
– Su… tu casa es muy hermosa, Geoffrey.
La expresión del conde se relajó. Entonces se dibujó una lenta sonrisa sobre su rostro, mientras su mirada bajaba lentamente hasta posarse en la boca de Allie.
– Muchas gracias.
Allie señaló el bodegón con marco dorado que colgaba en la pared tras él.
– Y evidentemente te gusta la pintura. Ese cuadro es precioso.
La mandíbula de Robert se detuvo a medio masticar y miró por encima de la mesa. La señora Brown estaba mirando a… no, estaba sonriendo a Shelbourne con un interés cálido que sorprendió e irritó a Robert. Maldita fuera, había estado en otro mundo y evidentemente se había perdido algo. Y la manera en que Shelbourne la miraba… no, se la comía con los ojos… ¿Cuándo diantre había comenzado toda esa cálida intimidad?
Fingiendo estar inmerso en el rodaballo y los guisantes, siguió con disimulo su conversación, pero enseguida se dio cuenta de que no hacía falta disimular, porque ambos parecían haberse olvidado de su presencia.
– ¿Te gusta la pintura, Alberta?
– Me gusta mucho contemplarla, pero me temo que poseo muy poco conocimiento de esa materia.
– Entonces, después de cenar, te enseñaré la colección. Aunque es bastante modesta comparada con la de Shelbourne Manor, hay algunas… Piezas exquisitas.
La inflexión en el tono de Shelbourne al decir «piezas exquisitas», por no mencionar la atrevida mirada con que recorría los pechos de la señora Brown, hizo que todos los músculos del cuerpo de Robert se tensaran. Maldito libertino. ¿Cómo osaba mirarla así?
«¿Exactamente como tú la miras, quieres decir?», se burló su voz interior.
¡No! Robert contuvo el impulso de pasarse los dedos entre los cabellos en un gesto de exasperación. No podía negar que la había mirado con deseo, pero había una mirada calculadora en los ojos de Shelbourne… un brillo depredador que despertó algo más que celos en Robert. Hizo que se sintiera inquieto de verdad.
– Lord Robert me ha mostrado los jardines Vauxhall esta tarde -dijo la señora Brown a su anfitrión-. Un lugar encantador.
Shelbourne alzó una ceja.
– Por la tarde lo es, pero mucho más por la noche. -Se inclinó hacia ella y su voz bajó a un tono íntimo-. Todos esos paseos oscuros y apartados son muy adecuados para disfrutar de unas noches muy… estimulantes.
Robert apretó los dientes y luchó contra el avasallador impulso de abofetear a ese canalla. Pero más irritante que el comportamiento de Shelbourne, que no le sorprendía, era el de la señora Brown. En vez de parecer escandalizada, un delicado rubor le coloreaba las mejillas y lo que parecía ser una sonrisa reprimida le tironeaba los labios… Labios a los que la mirada de Shelbourne parecía pegado.