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Электронная книга - «La Dama de Friarsgate». Краткое содержание книги:

La primera vez que enviudó, Rosamund Bolton tenía seis años. La segunda, no había cumplido los trece y aún era virgen. Comenzaba a desear no serlo, pero la idea de verse libre de marido por el período de luto de un año era muy seductora. Salvo durante tres años, había estado casada toda su vida.
Heredera de Friarsgate, una vasta extensión de tierras entre Inglaterra y Escocia, el destino la llevará de la custodia de un tío cruel hasta la magnífica corte de Isabel de York y a los aposentos del joven y fogoso Enrique VIII. El noble sir Owein Meredith la defenderá de los avances de un príncipe y el vehemente Logan Hepburn no se resignará a renunciar a la mujer que ama desde que eran niños, aunque tenga que desafiar los deseos de un rey.
Esta novela, que recrea con fidelidad y ardor las aventuras y romances de una joven heredera inglesa entre los siglos XVI y XVII, es el primer volumen de una saga cautivante.
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– Mi amor -susurró él con los labios contra el cabello de ella- tenemos que salir de aquí. Debo regresarte a los departamentos de la princesa. Por la mañana vendré para acompañarte a misa. Después seguramente ya estén listos los papeles para que firmemos.

– Pero me gustan los besos y las caricias contigo -le dijo ella, con franqueza-. ¿No podemos ir a algún lugar en privado y continuar?

Él le tomó una mano, se la besó y comenzó a caminar con ella.

– Amor, verdaderamente me asombra que te hayan dado a mí por esposa. Ruego al cielo que no sea un sueño del que vaya a despertar. Contigo en mis brazos siento que mis deseos despiertan con tanto ímpetu como jamás experimenté. Admito que he tenido muchas mujeres en mi cama y he sentido la lujuria más de una vez, pero por eso mismo sé que esto es muy diferente. No quiero compartir lo que siento por ti con nadie que no seas tú, Rosamund. ¿Me comprendes?

– Sí y no. Pero me dejaré guiar por ti en este asunto, Owein Meredith, porque tú lo conoces mejor que yo. Pero ¿significa eso que no volveré a besarte hasta que estemos casados?

Él rió apenas.

– No creo que pueda esperar tanto, mi amor. Encontraremos pequeños escondites cuando estemos solos, eso te lo prometo. Pero, por el momento, debes comportarte con pudor.

Habían llegado a los departamentos de la princesa, donde dormía Rosamund. Él le besó la mano antes de retirarse. Rosamund entro el salón tarareando, con aire de ensueño, y se encontró con Maybel, muy sonriente, que la abrazó y se puso a llorar.

– Ah, mi niña, qué alivio que te hayan encontrado un buen hombre. ¿Eres feliz, mi pequeña? Sir Owein es tan parecido a sir Hugh, solo que más joven, y tú ahora ya eres mayor. ¡Ah, pronto mi señora será madre!

– Sí, es hora. Ya puedo ser una esposa en todo sentido, Maybel. Estoy contenta con sir Owein. Es bueno y creo que me quiere.

– Gracias a nuestra bendita madre María que te has dado cuenta. Sí, muchacha, te quiere. Me animaría a decir que está enamorado de ti, aunque puede que ni él lo sepa aún. Tienes que amarlo, niña. No simplemente con el cuerpo, sino con todo el corazón. ¡Creo que eres la muchacha más afortunada que he conocido en cuanto a los esposos que te han tocado!

– Y después de todo lo que me he quejado, es posible que todavía me quede elegir uno a mí -agregó Rosamund-. ¡Sí, soy feliz! Fue Meg la que hizo esto, Maybel. Le debo un gran favor, porque si ella no hubiera sugerido que sir Owein fuera mi marido, quién sabe a quién me habrían elegido cuando desearan honrar a alguien.

– Bien, a quienquiera que sea responsable por este giro de los acontecimientos, le quedo agradecida. Nos vamos a casa. Estaré con mi Edmund otra vez. No creo que tenga ganas de volver a viajar, niña. ¡Estos últimos meses alcanzan como aventura para las dos!

En la mañana, después de misa, sir Owein Meredith y lady Rosamund Bolton fueron llamados a la presencia del rey, su madre, la princesa Margarita, el príncipe Enrique y el capellán del rey. Sobre la mesa estaban los pergaminos que debían firmar.

– ¿Está de acuerdo con esto, señora? -preguntó el capellán del rey.

– Sí, reverendo padre -respondió Rosamund, con una sonrisa.

– Y usted, sir Owein, ¿también está de acuerdo en tomar a esta mujer por esposa? -preguntó el capellán.

– Así es -respondió Owein Meredith, luchando por borrarse la sonrisita tonta de la cara. Después de todo, era una ocasión seria, pero el acento que hacía mucho le había desaparecido del habla, que delataba su origen gales, volvió a ser evidente.

El rey miró a su madre, y unas sonrisas cordiales se les dibujaron en los labios. No ocurría seguido que sus actos hicieran tan felices a las personas. Pusieron sus firmas como testigos del compromiso de matrimonio entre Rosamund y Owein.

Cuando estuvo terminado, y los pergaminos secados con arena enrollados, se le dio uno al caballero del rey. El otro sería guardado por el capellán del rey en los archivos reales. El sacerdote entonces instruyó a la pareja a que se arrodillara ante él. Los bendijo, haciendo así oficial e irrevocable el compromiso. Ahora eran, salvo por la ceremonia matrimonial, marido y mujer.

– Algún día -alardeó el príncipe Enrique-, les mostrarán este documento a sus hijos y les contarán que su compromiso fue atestiguado por un rey y una reina.

– Tú todavía no eres el rey de Inglaterra -dijo su padre, seco, y se dirigió a Owein Meredith-: Te extrañaré, mi fiel caballero, pero te mereces esta bonita muchacha y una casa propia. Y tú, lady Rosamund, ¿te parece que sir Hugh Cabot habría aprobado el esposo que te he concedido?

– Sí, Su Alteza. Lo aprobaría absolutamente, y le agradezco su cordialidad hacía mí. No he recibido más que bondad en su casa. Primero, de parte de su gentil reina, que Dios la tenga en su santa gloria. Después, de su hija y de su madre. Y ahora de usted, señor. -Rosamund se arrodilló ante el rey, le tomó la mano y se la besó, reverente-. Gracias, señor. Siempre estaré a sus órdenes.

El rey hizo levantar a la muchacha y, mirándola directo a los ojos, le dijo:

– Sí, veo en tu hermoso rostro lo que vales, Rosamund Bolton de Friarsgate. Que Dios te bendiga, niña, y a tu buen esposo, sir Owein.

– Vamos -intervino la Venerable Margarita-, haremos un breve brindis a la salud de la feliz pareja. -Le hizo una señal a un criado que repartió copas de vino. Bebieron rápidamente a la salud de Rosamund y de Owein y se retiraron.

– Me han informado que saldremos en menos de una semana -le dijo Owein a Rosamund cuando se retiraban del salón privado del rey.

– ¿Qué fecha es hoy? Qué extraño que no lo sepa, pero lo recordare si me lo dices.

– Hoy es 22 de junio.

– Estamos listos para salir el 27. Iremos a Collyweston, que, según dijeron, pertenece a la madre del rey. ¿Es muy grande, Owein?

El rió, comprendiendo el desagrado que le producían a Rosamund i s residencias reales de grandes dimensiones.

– Bien, mi amor, en un tiempo fue una mansión sencilla, parecida a Friarsgate, pero la han renovado varias veces desde su construcción. Esta primavera le agregaron una casa de huéspedes bastante grande. Tiene un gran parque donde el rey caza cada vez que va a visitar a su madre. No creo que nos quedemos mucho antes de seguir nuestro camino.

Salieron de Richmond en la fecha estipulada y llegaron a Collyweston, que quedaba algunos kilómetros al oeste de Stamford, el 5 de julio. Se quedaron allí tres días y fueron agasajados por el coro de la condesa, además de los de Cambridge y Westminster. Hubo concursos de arquería, danzas y una cacería. Pero a Rosamund le interesó mucho más la arquitectura de la casa, en especial cuatro grandes ventanas sobresalientes construidas especialmente para esa visita. Estaban decoradas con vitrales y ella nunca los había visto fuera de las ventanas de las iglesias.

Mientras el resto de la Corte perseguía ciervos en el parque de Collyweston, la joven interrogaba al mayordomo de la condesa sobre asuntos domésticos, porque admiraba mucho el sentido de la organización de la madre del rey. El señor Parker se sintió muy halagado por el hecho de que un miembro de la Corte, aunque fuera alguien de tan poca importancia como Rosamund, se interesara en cómo se manejaba la casa, y fue muy amable con la muchacha.

Ella pasó las horas de ocio también en las rosaledas con la princesa de Aragón. La pobre Kate ahora no tenía caballo propio, de modo que, a pesar de que le gustaba cazar, se veía obligada a quedarse. Casi todos sus criados habían sido devueltos a España y ella hacía esfuerzos, con sus magros ingresos, por mantener a los que le quedaban. Era una situación muy embarazosa para la princesa, que era muy orgullosa. Dos años antes había sido la prometida del siguiente rey de Inglaterra. Ahora no sabía qué sería de ella. Su padre y el rey Enrique discutían por dinero y se olvidaban por completo de ella, que agradecía la compañía d Rosamund. Aunque esta parecía preferir a la joven reina de los escoceses, siempre había sido amable, respetuosa y generosa con Kate.

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