La amigdalitis de Tarzán
- Автор: Echenique Alfredo Bryce
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La amigdalitis de Tarzán». Краткое содержание книги:
– Muda de mierda, carajo. Y frígida, encima de todo. Y Flor sin retoño, como el bolero…
– …
– ¿Sabes a cuál bolero me refiero, o ni eso sabes, muda de eme?
– …
Y continuaba riega que te poda y poda que te riega y su abonito por aquí y por allá y por acullá, la tal Flor a Secas, mientras yo desentonaba furioso y herido Flor sin retoño, haciendo hincapié en la parte en que el pobre diablo de jardinero se lamenta a mares y canta Mis amigos me dijeron, ya no riegues esa flor, esa flor ya no retoña, tiene muerto el corazón. Pero Flor a Secas nada de nada y no tuve más remedio que irme con mi bolero y mi tablón a otra parte, o mejor dicho al garaje, porque ahí guardaba yo la pintura y la brocha con las que mi pobre ilusión de casa, presa de mil contradicciones, terminó llamándose «Canseco», que parece muy mala ortografía en catalán, o en mallorquín, o en menorquín, o qué sé yo, pero que en el Perú es el apellido muy distinguido de un gran amigo mío y jódanse…
Todo esto me llevó pues a sobornar al alto empleado de la telefónica, en Mahón, o sea que los gritos con que leí mi carta en larga y muy corta distancia, para que me oyeran muy muy bien Fernanda María, allá en El Salvador, y Flor a Secas, aquí en su absoluto mutismo, tenían de amor y de sombras, de amistad y de compinchazgo, de contradicciones mil y de S.O.S., de ternura y amor doble, aunque totalmente desprovisto de cualquier atisbo de deseo de cama redonda ni moderneces de esas del tercer tipo, y de pica y de rabia y pena contra la de allá y la de acá, porque por culpa de la una, vida de mierda, y por culpa de la otra, una mierda es lo que es la vida, y así, en fin, como diría Eurípides, a las dos tenía ganas de rajarles el culo a patadas y darles la última como para que ambas se murieran de hambre en el aire…
Las dos me colgaron en plena lectura de mi carta, Fernanda María de un telefonazo y Flor a Secas descorchando una botella de vino y dejándola ahí sobre la mesa de la sala, con un solo vaso al lado, por supuesto, y haciendo mutis por el foro, acto seguido. Y de aquel vaso de vino bebí, compuse y canté, hasta componer un cassette entero de noventa minutos llenecitos unos tras otro de tufo y mil contradicciones, lo cual motivó las más elogiosas críticas de los especialistas, cambió totalmente mi estilo triste por uno grave, cargado de humo en la mirada, ronco, bronco y finalmente patético. Y hasta hoy hay críticos que no logran descifrar el sentido de la canción que le dio título a aquel cassette que tanta fama y dinero me dio: «¿"Canseco"? ¿Qué quiso expresar el ya célebre cantautor peruano con la repetición constante de la palabra "Canseco"? Porque lo que es el artista, cuando le preguntan por tan enigmático título, crea aún mayor confusión cuando sonríe aindiadamente y responde:
»-Es el nombre, pues, de un gran amigo. Y un apellido muy conocido allá en el Perú. Y en Lima hay los "Canseco", a secas, y los Diez "Canseco", cuyo escudo de armas, me aseguran, y yo me limito a repetir, porque de eso sí que nada sé, lleva diez canes secos en todo su alrededor.»
Y de aquel telefonazo en El Salvador y aquel botellazo de vino con un solo vaso, bebí, compuse y canté, hasta que llegó la tan y tan y tan esperada carta de Mía. Aunque claro, para entonces yo ya no imitaba en nada a Charlie Boston. Yo era yo y vestía íntegramente de negro, diría casi que por dentro y por fuera. Y lloraba muy a menudo mientras alteraba las letras de todas las canciones que empecé a componer el día mismo en que Flor a Secas me anunció, monosilábica, y con ese temblor tan suyo en los labios:
– Tarea cumplida. Y ya te he conseguido también alguien para regar, podar y eso…
– ¿Quiere decir que te vas?
– Eso quiere decir, sí.
– ¿Cuándo?
– Tengo la maleta lista.
– Flor…
– Hay un vuelo dentro de una hora.
– Flor…
– Llamo un taxi, entonces…
– No, por favor. Te llevo yo.
– Entonces, vámonos ahora mismo.
– Flor, ¿por qué no te sientas un rato y hablamos de todo esto?
– Llamo un taxi, entonces.
– No, por favor, no. Déjame llevarte, al menos. Y además, tengo que pagarte.
– Llamo un taxi, entonces.
– Sólo quiero saber cuánto te debo, Flor a Secas.
– ¿Deberme tú a mí? Habrase visto semejante cosa.
– Has trabajado meses, y necesitas el dinero, lo sé. O sea que, como regalo de despedida, te ruego que me digas cuánto…
– Llamo un taxi, entonces.
– ¿Te podré llamar? ¿Te podré ver, cuando pase por Barcelona?
– Tienes mi número, ¿no?
– Tengo tu número, Flor, sí…
– Entonces, vamos ya.
En una curva, y muy ostensiblemente, porque antes me miró, me sonrió y me dijo que me adoraba, Flor a Secas abrió la puerta del carro y se arrojó. Perdí el control del volante, por tratar de alcanzarla a tiempo, y el viejo Alfa Romeo verde, una joya de coleccionista ya, fue a dar contra una tapia. Flor a Secas había muerto cuando recuperé el conocimiento. Yo no era pariente, yo no era nada, yo no era nadie, y unos familiares que vinieron me explicaron que tarde o temprano tenía que suceder y que, para su señora madre, esto, en el fondo, iba a ser una liberación.
– Ella ni siquiera usaba el apellido de esa señora. No usaba el de nadie -les dije.
– ¿Y entonces con qué nombre la conocía usted?
– Yo la llamaba Amor, y nada más. Sí, Amor. Así, a secas, tal como se los cuento.
– Ustedes los artistas, desde luego…
– Me duele mucho el brazo. ¿Podrían, por favor…?
– Pero parece que usted no le había pagado. El cadáver, en todo caso, no llevaba dinero. Sólo su ropa y un billete de avión.
– ¿Cuánto les debo, señores?
– Sin ofender, oiga…
– Es que me duele mucho el brazo.
– Bueno, usted sabrá cuánto le debía a la muchacha.
– Billete tras billete, como de aquí a Lima, más o menos…
– Descanse, señor, que ya nuestro abogado se pondrá en contacto con usted y con el señor comisario…
– Eso.
– No, oiga, no nos entienda mal. Culpa sabemos que usted no tuvo ninguna.
– Eso nunca se sabe…
– ¿Cómo que nunca se sabe? ¿Y el brazo roto y todo lo demás?
La vida tiene estas cosas. Quiero decir que, no bien regresé a casa, mi amigo el del Bar Bahía, me esperaba con esta carta:
San Salvador, 5 de abril de 1984
Adorado Juan Manuel Carpio,
Como La Valentina, «Rendida estoy a tus pies», y, «Si me han de matar mañana, que me maten de una vez». Y, ódiame, por favor, yo te lo pido, pues odio quiero más que indiferencia, ya que sólo se odia lo que se ha querido. O ruégale a Dios que yo sufra mucho pero que nunca muera. En fin, deséame y haz conmigo todo lo que sugieren las letras de aquellos increíbles valses peruanos que alguna vez me regalaste, por sus letras inefables, y que seguro estoy citando muy mal.
En fin, conmigo haz lo que te dé tu real gana, pero primero concédeme el indulto, aunque sea momentáneo, de leer los dos breves párrafos que siguen.
Cómo he podido reprocharte por haber encontrado lo que todos hemos buscado: un amor, un poco de felicidad, y paz. Es más, conozco mejor que nadie cómo ha sido de honrada tu búsqueda. Nunca has jugado el papel de seductor. Más bien has sido siempre seducido por el amor, que tan bien refleja tu corazón incansable, como una vez me dijiste.
Somos, mi amor, como perritos. Necesitamos caricias. Y como perrito fiel te agradezco las que me diste un día. Hoy, te deseo una maravillosa primavera, la mejor de todas, y que tu amor sea lindo como eres tú. Si lo es y si te ama, siempre la querré también. Te doy el más tierno abrazo de toda mi vida.
Tu Fernanda
PS. Yo también tengo una buena noticia que darte. Es bien probable que me publiquen, nada menos que en México, dos de mis libros de cuentos infantiles. Y, con suerte, aceptan también mis ilustraciones. O sea que estoy muy trabajadora y afanosa.