Ámbar y Cenizas
- Автор: Уэйс Маргарет
- Серия: La Discípula Oscura #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila López Díaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Ámbar y Cenizas». Краткое содержание книги:
Ante la tumba de la Diosa de la Oscuridad, la guerrera Mina piensa que su existencia ha terminado. La llegada de Chemosh confirma su creencia pero las intenciones del dios no son lo que aparentan: no ha acudido a su encuentro para reclamar su muerte sino para que le entregue su fe.
—Si quieres saberlo, monje, la he perdido. Quiero que me ayudes a encontrarla.
Rhys miró a Zeboim de hito en hito, perplejo. La cabeza le dolía tanto que casi no podía pensar.
—¿A quién? ¿De quién hablas?
—De Mina, por supuesto —replicó la diosa, exasperada—. La sacerdotisa que esclavizó a tu maldito hermano. Te he hablado de ella, así que presta atención a lo que te digo. Encuéntrala y hallarás respuestas.
—Gracias por la información, señora. Y ahora, he de enterrar a mis muertos.
Zeboim ladeó la cabeza y lo miró a través de las espesas pestañas. Una sonrisa asomó a sus labios.
—Ni siquiera sabes quién es Mina, ¿verdad, monje?
Rhys no contestó. Giró sobre sus talones y se alejó.
—¿Y qué sabes de los muertos vivientes? —Zeboim fue tras él, sin dejar de hablar—. ¿Y de Chemosh? Es fuerte, poderoso y peligroso. Y no tienes dios que te guíe, que te proteja. Estás completamente solo. Si accedes a trabajar para mí, puedo ser muy generosa...
Rhys se paró. Atta se encogió y se metió sigilosamente detrás de sus piernas.
—¿Qué quieres, señora?
—Tu lealtad, tu amor, tu servicio —contestó Zeboim en voz queda y cálida—. Y líbrate de ese animal —agregó duramente—. No me gustan los perros.
Rhys tuvo una repentina visión de Majere de pie ante él mirándolo con una expresión que era afligida y comprensiva a la vez. Majere no le dijo nada. El camino tenía que recorrerlo él. La elección tenía que hacerla él. Se agachó y acarició la cabeza a Atta.
—Me quedo con la perra.
Los ojos de la diosa centellearon con un brillo peligroso.
—¿Quién te crees que eres para regatear conmigo, gusano?
—Por lo visto, sabes la respuesta a esa pregunta, señora —repuso, cansado—. Fuiste tú quien acudió a mí. Te serviré —añadió al verla henchida de ira como hirvientes nubarrones negros de una tormenta de verano—, siempre y cuando tus intereses coincidan con los míos.
—Coinciden, te lo aseguro.
Le tomó la cara entre las manos y lo besó en los labios lenta y prolongadamente.
Rhys no se inmutó a pesar de que los labios de la diosa escocían como sal en una herida reciente. Tampoco respondió al beso. Zeboim lo apartó de un empellón.
—Quédate con tu chucho, pues —dijo malhumorada—. Y ahora, lo primero que has de hacer es encontrar a Mina. Quiero... ¿Adónde vas, monje? La calzada es en esa dirección.
Rhys se encaminaba de vuelta al monasterio.
—Te lo dije antes. Primero he de enterrar a mis muertos.
—¡De eso nada! —bramó Zeboim—. No hay tiempo para esas tonterías. ¡Tienes que ponerte en marcha de inmediato!
Rhys siguió caminando.
Un rayo se descargó desde el cielo despejado y cegó al monje; cayó tan cerca que chisporroteó en su sangre y le puso de punta el vello de la cabeza y de los brazos. Un horrendo trueno estalló a su lado y lo dejó sordo. El suelo se sacudió y el monje cayó de rodillas. Una lluvia de fragmentos de piedra y tierra se precipitó sobre los dos, y Atta soltó un gañido y lloriqueó.
Zeboim señaló el inmenso cráter.
—Ahí tienes un agujero, monje. Entierra a tus muertos.
Le dio la espalda en medio de una bocanada de viento y una descarga de lluvia, y desapareció.
—¿Qué he hecho, Atta?. —gimió Rhys mientras se levantaba del suelo.
Por la expresión confusa de los ojos de la perra, por lo visto ella le hacía la misma pregunta.
Rhys enterró a los muertos en la tumba común que le había proporcionado la diosa. Trabajó a lo largo de toda la noche para conseguir que los cadáveres tuvieran cierta apariencia de paz y para trasladarlos uno a uno desde el comedor hasta el lugar de enterramiento, donde los tendió sobre la tierra blanda y húmeda. Cuando los tuvo a todos colocados, tomó la pala y empezó a llenar la tumba de tierra. El dolor de cabeza se había mitigado con el beso de la diosa, una bendición que ni siquiera se había dado cuenta que le había otorgado hasta que Zeboim se hubo marchado.
No obstante, estaba agotado física y psíquicamente, y no había bendición que aliviara aquello. Tal vez el agotamiento respondía a la impresión que tenía de que su cuerpo era uno de los que había en la tumba y que los pegotes de tierra caían sobre él y lo iban enterrando.
La noche casi había llegado a su fin cuando echó la última palada de tierra en la tumba común. No rezó. Había renunciado a Majere y dudaba que a Zeboim le interesaran sus plegarias.
Necesitaba dormir.
Rhys se volvió, llamó a Atta y se dirigió a su celda; allí se dejó caer en el jergón y se quedó dormido.
Despertó de repente, no con el tañido de la campana sino por la dolorosa ausencia de esa llamada.
7
Una vez que los muertos descansaron en paz, Rhys tuvo que pensar en los vivos. No podía iniciar el viaje abandonando al ganado para que muriera de hambre o presa de las alimañas. Ahora era responsabilidad suya su cuidado. Atta, los otros perros y él condujeron a las ovejas y a las vacas los kilómetros que los separaban del pueblo más cercano; tuvieron que hacer todo el camino bajo un torrencial aguacero que convirtió los caminos en un barrizal. Obviamente, a Zeboim no le complacía el retraso.
La última vez que Rhys había recorrido esa calzada había sido quince años atrás, cuando se dirigía al monasterio. No había vuelto a pisarla, ya que no había abandonado el monasterio en todos esos años. Contempló el mundo al que regresaba y lo halló empapado, gris y apenas cambiado. Los árboles eran más altos. Los setos, más densos. La calzada parecía estar más transitada que años atrás, lo que significaba que el pueblo debía de haber prosperado. Se cruzó con varias personas en el camino, pero iban ensimismadas en sus propios asuntos y no respondieron a su saludo, aunque varias los maldijeron a él y a su ganado por obstruirles el camino y estorbarles. Eso le recordó a Rhys por qué había abandonado el mundo y lamentó regresar a él. Lo lamentó, pero estaba decidido.
Los aldeanos aceptaron agradecidos el regalo del monje, aunque se sintieron un tanto alarmados cuando Rhys les contó que hacía aquello porque los otros monjes habían muerto de una enfermedad y que el único superviviente era él. Les aseguró que no había peligro de contagio. Eso, y el aspecto de las bien alimentadas vacas de leche y las sanas ovejas bastó para persuadir a los aldeanos de que podían aceptar sin peligro aquella riqueza inesperada.
Rhys remoloneó un poco en las afueras del pueblo para ver a los aldeanos que conducían al ganado a los prados. También les había dado los perros pastores. Los hermanos y hermanas de Atta se alinearon detrás para mantener unido el rebaño y guiarlo colina arriba.
Atta se había sentado al lado de Rhys y observaba con tristeza la marcha de la manada en la que había nacido y que la dejaba atrás. Luego miró a Rhys, expectante, a la espera de que le diese la orden de correr a reunirse con los demás. El monje le acarició las orejas y con una señal le dio la orden de «quieta».
En ningún momento había pensado regalarla, ni siquiera ante la orden de la diosa. Atta lo había defendido cuando él no estaba en condiciones de hacerlo por sí mismo. Había arriesgado la vida por salvar la suya. Existía un vínculo entre los dos que Rhys no soportaba romper. Al menos necesitaba una compañera en quien confiar. Quedaba descartado confiar en Zeboim.
Rhys regresó al monasterio y limpió el comedor hasta no dejar traza de los terribles asesinatos. Hecho esto, hizo otro tanto con la cocina. Como no sabía si el veneno desaparecería al fregar, no quiso correr el riesgo y rompió los cacharros de barro. Llevó ollas y cazuelas al arroyo, les puso piedras dentro y las hundió en la zona más profunda. No dejó rastros detrás.
Terminada aquella última y horrible tarea, dio una vuelta final por los edificios, que estaban terriblemente silenciosos. Las posesiones más valiosas de los monjes eran sus libros, que guardó en lugar seguro hasta que hubiera un representante del Profeta de Majere que estuviese en condiciones de ir allí para hacerse cargo. Rhys pararía en el primer templo de Majere que viera para mandar un mensaje al Profeta. Entretanto, confiaba en que el dios cuidaría de lo suyo.