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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte

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Cuentos de Amor de Locura y de Muerte
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Apenas comencé a responderle, me di cuenta de la caída; pero ya era tarde.

– Sí,-le dije, observando sus ojos;-me acuerdo de que antes no los tenía…

Y miré a otro lado. Pero María Elvira se echó a reir:

– Es cierto; Vd. debe saberlo más que nadie.

¡Ah! ¡qué sensación de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi pecho! Era posible hablar de eso, por fin!

– Eso creo-repuse.-Más que nadie, no sé… Pero si; en el momento a que se refiere, más que nadie, con seguridad.

Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono.

¡Ah, sí!-se sonrió María Elvira. Apartó los ojos, seria ya, alzándolos a las parejas que pasaban a nuestro lado.

Corrió un momento, para ella de perfecto olvido de lo que hablábamos, supongo, y de sombría angustia para mí. Pero sin bajar los ojos, como si le interesaran siempre los rostros que cruzaban en sucesión de film, agregó de costado:

– Cuando era mi amor, al parecer.

– Perfectamente bien dicho-le dije-su amor al parecer.

Ella me miró entonces, devolviéndome la sonrisa.

– No…

Y se calló.

– ¿No… qué? Concluya.

– ¿Para qué? Es una zoncera.

– No importa; concluya.

Ella se echó a reir:

– ¿Para qué? En fin…¿no supondrá que no era al parecer?

– Es un insulto gratuito-le respondí.-Yo fuí el primero en constatar la exactitud de la cosa, cuando yo era su amor… al parecer.

– ¡Y dale!…-murmuró.-Pero a mi vez el demonio de la locura me arrastró tras aquel ¡y dale! burlón, a una pregunta que nunca debiera haber hecho.

– Oigame, María Elvira-me incliné:-¿Vd. no recuerda nada, no es cierto, nada de aquella ridícula historia?

Me miró muy seria, con altivez, si se quiere, pero al mismo tiempo con atención, como cuando nos disponemos a oir cosas que a pesar de todo no nos disgustan.

– ¿Qué historia?-dijo.

– La otra, cuando yo vivía a su lado…-le hice notar con suficiente claridad.

– Nada… absolutamente nada.

– Veamos; míreme un instante…

– No, ni aunque lo mire…-me lanzó en una carcajada.

– No, no es eso… Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no sepa… Quería decirle esto: ¿No se acuerda Vd. de haberme dicho algo… dos o tres palabras nada más… la última noche que tuvo fiebre?

María Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levantó luego, más altas que lo natural. Me miró atentamente, sacudiendo la cabeza:

– No, no recuerdo…

– ¡Ah!-me callé.

Pasó un rato. Vi de reojo que me miraba aún.

– ¿Qué-murmuró.

– ¿Qué… qué?-repetí.

– ¿Qué le dije?

– Tampoco me acuerdo ya…

– Sí, se acuerda… ¿Qué le dije?

– No sé, le aseguro…

– Sí, sabe… ¿Qué le dije?

– ¡Veamos!-me eché de nuevo sobre la mesa.-Si Vd. no recuerda absolutamente nada, puesto que todo era una alucinación de fiebre, ¿qué puede importarle lo que me haya o no dicho en su delirio?

El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo, contentándose con mirarme un instante más y apartar la vista con una corta sacudida de hombros.

– Vamos-me dijo bruscamente.-Quiero bailar este vals.

– Es justo-me levanté.-El sueño de vals que bailábamos no tiene nada de divertido.

No me respondió. Mientras avanzábamos al salón, parecía buscar con los ojos a alguno de sus habituales compañeros de vals.

– ¿Qué sueño de vals desagradable para Vd.?-me dijo de pronto, sin dejar de recorrer el salón con la vista.

– Un vals de delirio… no tiene nada que ver con esto-me encogí a mi vez de hombros.

Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira no dijo una palabra, tampoco pareció hallar al compañero ideal que buscaba. De modo que deteniéndose, me dijo con una sonrisa forzada-la ineludible forzada sonrisa que campeó sobre toda aquella historia:

– Si quiere, entonces, baile este vals con su amor…

– … al parecer. No agrego una palabra más-repuse, pasando la mano por su cintura.

* * * * *

Un mes más transcurrido. ¡Pensar que la madre, Angélica y Luis María están para mí ahora llenos de poético misterio! La madre es, desde luego, la persona a quien María Elvira tutea y besa más íntimamente. Su hermana la ha visto desvestirse. Luis María, por su parte, se permite pasarle la mano por la barbilla cuando entra y ella está sentada de espaldas. Tres personas bien felices, como se ve, e incapaces de apreciar la dicha en que se ven envueltos.

En cuanto a mí, me paso la vida llevando cigarros a la boca como quien quema margaritas: ¿me quiere? ¿no me quiere?

Después del baile en lo de Peña, he estado con ella muchas veces-en su casa, desde luego, todos los miércoles.

Conserva su mismo círculo de amigos, sostiene a todos con su risa, y flirtea admirablemente cuantas veces se lo proponen. Pero siempre halla modo de no perderme de vista. Esto cuando está con los otros. Pero cuando está conmigo, entonces no aparta los ojos de ellos.

¿Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un mes una buena laringitis, a fuerza de ahumarme la garganta.

Anoche, sin embargo, he tenido un momento de tregua. Era miércoles. Ayestarain conversaba conmigo, y una breve mirada de María Elvira, lanzada hacia nosotros por sobre los hombros del cuádruple flirt que la rodeaba, puso su espléndida figura en nuestra conversación. Hablamos de ella, y fugazmente, de la vieja historia. Un rato después se detenía ante nosotros.

– ¿De qué hablan?

– De muchas cosas; de Vd. en primer término-respondió el médico.

– Ah, ya me parecía…-Y recogiendo hacia ella un silloncito romano, se sentó cruzada de piernas, el busto tendido adelante, con la cara sostenida en la mano.

– Sigan; ya escucho.

– Contaba a Durán-dijo Ayestarain,-que casos como el que le ha pasado a Vd. en su enfermedad, son raros, pero hay algunos. Un autor inglés, no recuerdo cual, cita uno. Solamente que es más feliz que el suyo.

– ¿Más feliz? ¿Y por qué?

– Porque en aquél no hay fiebre, y ambos se aman en sueños. En cambio, en este caso, Vd. era únicamente quien amaba…

¿Dije ya que la actitud de Ayestarain me había parecido siempre un tanto tortuosa respecto a mí? Si no lo dije, tuve en aquel momento un fulminante deseo de hacérselo sentir, no solamente con la mirada. Algo, no obstante, de ese anhelo debió percibir en mis ojos, porque se levantó riendo:

– Los dejo para que hagan las paces.

– ¡Maldito bicho!-murmuré, ya tranquilo cuando se alejó.

– ¿Por qué? ¿Qué le ha hecho?

– Dígame, María Elvira-exclamé-¿le ha hecho el amor a Vd. alguna vez?

– ¿Quién, Ayestarain?

– Sí, él.

Me miró titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria:

– Sí-me contestó.

– ¡Ah, ya me lo esperaba!… Por lo menos ese tiene suerte…-murmuré, ya amargado del todo.

– ¿Por qué?-me preguntó.

Sin responderle, me encogí violentamente de hombros y miré a otro lado. Ella siguió mi vista. Pasó un momento.

– ¿Por qué?-insistió, con esa obstinación pesada y distraída de las mujeres, cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un hombre. Estaba ahora, y estuvo durante los breves momentos que siguieron, de pie, con la rodilla sobre el silloncito. Mordía un papel-jamás supe de dónde pudo salir-y me miraba, subiendo y bajando imperceptiblemente las cejas.

– ¿Por qué?-repuse al fin.-Porque él ha tenido por lo menos la suerte de no servir de muñeco ridículo al lado de una cama, y puede hablar seriamente, sin ver subir y bajar las cejas como si no se entendiera lo que digo…¿comprende ahora?

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