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Электронная книга - «Quiz? Nos Lleve El Viento Al Infinito». Краткое содержание книги:

Quiz? Nos Lleve el Viento al Infinito: La historia del capit?n de nav?o a quien la OTAN encomienda una delicada misi?n, de Irina, una agente sovi?tica, y del cient?fico que, recluido en un sanatorio, se asemeja a un personaje literario, puede leerse como un apasionante relato policiaco, de espionaje y aventuras. Pero tambi?n encierra una met?fora de la d?bil l?nea que separa lo real de lo verdadero e imaginario, as? como una visi?n de las falsedades o inverosimilitudes de la Historia y de las servidumbres del progreso cient?fico y de otros mitos contempor?neos.
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– Pero tu mundo ya no es ése.

– En cierto modo, no. Voluntariamente, no; pero en mi manera de entender la realidad, de andar por ella, quedaban rastros de lo creído antes, de manera que, al menos hasta aquella mañana, era materialista. Creí que escribiendo el poema me libraría de los efectos de lo que puede llamarse una revelación, y así llegué a esperarlo, pero, en el fondo de mí misma, alguien había sembrado un germen que crecía y destruía al crecer. Así: destruía ideas, imágenes, recuerdos, me destruía a mí misma, y dejaba un vacío ávido no sé de qué. El libro que publiqué, más o menos pasado un año de esa experiencia, fue juzgado por un crítico inteligente como muestra de que las más nihilistas de mis convicciones se tambaleaban, sin dejar, en su lugar, otra cosa que la nada. Yo no lo declaraba, ni siquiera lo dejaba traslucir, pero el acento de mis versos me traicionaba. El crítico tenía razón y lo admití, pero sin referirlo a mi experiencia mística. No sé si seguí engañándome inocentemente, o si el engaño era mi defensa inconfesada. También pudiera interpretarse como una huida de mí misma, pues en el espacio de lo que el Germen aquel había destruido, empezaba ahora a escuchar los coros de los ángeles, lejanamente, como un susurro. ¡No me mires así y no sonrías! Quedaba sola, se me cerraban los ojos, y esa música emergía de mi interior, envuelta en claridades, y no era como una felicidad que se me ofreciera, sino como un terror del que tenía que huir. Aquella noche en que tú dormías a mi lado trasmudado en Etvuchenko, aquella noche en que, por primera vez en mi vida había ascendido, en tus brazos, del eros al amor, cuando te contemplaba a la luz tenue que llegaba, ¿recuerdas?, de mis iconos, me sentí otra vez envuelta, pero de otra manera: arrebatada como si un vacío iluminado tirase de mí hacia arriba sin moverme, o como si aquellos coros y aquellas luces me levantaran. Me sentí encendida, pero no con el calor del deseo, y, por un instante infinito, recibí el efecto del Amor. Después sentí verdadero espanto al comprender que lo que había sentido por ti, y tú mismo, no erais más que los peldaños por donde había huido hacia arriba. MÁS ARRIBA, ¿entiendes? ¡Más arriba, pero sin ti; más arriba, pero sin tu participación, casi sin tu presencia! Y todo esto que te expreso en términos de luz y de ascensión, pudiera describírtelo también en términos de oscuridad y de hundimiento, porque los sentí como iguales, o, acaso, porque las luces fueron oscuras y, al ascender, descendiese. ¡Sólo contradiciéndome puedo aclarar un poco lo que me sucedió! Y, cuando pasó, me eché a llorar encima de tu cuerpo, de miedo de que Dios nos separase. Y lo que sucedió después lo interpreté así. Habrás visto que el poema escrito en el avión no expone el triunfo del que se siente elegido, sino el dolor de quien teme perder al hombre amado. Raro, ¿verdad?

Mientras Irina hablaba, yo me sentía intelectualmente seguro, al enterarme de que su incomprensión coincidía, más o menos, con la mía, aunque yo me la hubiera explicado a mí mismo en términos de estricta crítica literaria. (¿Y por qué no? ¿No es un procedimiento tan válido como cualquier otro?) Sin embargo, no hubiera sido correcto decirle: «Tus poemas me parecieron simplemente los actos incoherentes de un personaje literario mal hecho», por la razón, nada sencilla, de que, aun incoherentes, podían tener sentido, y que quizá yo me hubiera equivocado. Me lo preguntaba ahora, después de oírla, en un momento en que la niebla había oscurecido, y las voces de los niños llegaban como a través de una pared de guata.

– Dijiste algo así como que tú misma habías rechazado cualquier explicación. ¿Qué sabemos de Dios? ¿Podemos imponer a su conducta las leyes de nuestra lógica? Hay quienes lo entienden como Razón, pero también quienes lo temen y acatan como Capricho. Probablemente, ambos aciertan, aunque no enteramente; pero no debemos descartar el hecho posible de que Dios se haya manifestado como Azar. ¿Tendría sentido decir que ciegamente? No, no tiene sentido, pero eso, la ceguera, la oscuridad, quizás el azar infalible, fíjate bien, el azar cuyo secreto sólo conoce el que lo crea, pueden servirnos de metáfora. El azar infalible ¿por qué no? La explicación, acabas de decirlo, hay que buscarla en lo contradictorio.

¿No he hablado hasta ahora de la garganta de Irina? Le había caído la bufanda y la garganta le quedaba libre. Me pareció que se doraba un poco su palidez, pero esta sensación tiene que haber sido ilusoria, ya que la luz seguía gris, y nada se doraba en ella, sino algunas hojas olvidadas, que también rojeaban por los bordes.

– Yo ya no quiero explicar, sino precaverte. Te hice esa confesión como hubiera podido descubrirte que padezco ataques epilépticos: algo que debe saber quien va a convivir conmigo. Si un día, transfigurada, me escapo de tus brazos al infinito, no deberá sorprenderte, y hasta es posible que… -se interrumpió, ocultó la mirada-. Bueno, no hablemos de eso. Dime, ¿cuál es nuestra situación? ¿Qué cambió, qué permanece desde que ayer nos separamos?

Le conté, sin excursos humorísticos, mi entrevista de aquella mañana con el coronel Wieck. Dio por sentado, quizá porque yo la hubiera convencido, que todo iba a salir, no sólo de acuerdo con nuestros proyectos, sino con nuestras esperanzas. Convinimos la barrera a la que se acercaría con la señora Fletcher y su hijo en cuanto recibiera el aviso, la de la Puerta de Brandeburgo, donde yo la esperaría.

– Si no estoy allí, llegaré; si no llego, a la misma hora acudiré al salón donde ayer hemos merendado. En el peor de los casos, nuestro lugar de referencia será Grossalmiralprinz-Frederikstrasse, que duermas allí una noche más no creo que interfiera gravemente en los solaces del profesor con la doctora Grass.

¿Fue en aquel momento cuando otra vez se encendió la niebla con una luz fugaz, casi sólo un asomo, que aclaró de repente y oscureció en seguida a la nurse lectora y a la melómana? Pareció que un resplandor efímero descubría a los niños jugando, y, un poco alejado de nosotros, la estructura de hierro del cenador: un resto guillermino que la guerra había desdeñado. También clareó un poco el rostro de Irina.

– ¿Has visto alguna vez que los árboles caminen? -me preguntó de repente, y su brazo apretó el mío con más fuerza-. The wood began to move.

No el bosque entero, sí un centenar de sombras, distribuidas en círculo, convergían lentamente hacia la placita donde nos encentrábamos. Se confundían con los troncos quietos, sólo por instantes, pues pronto se discernían, de los inmóviles, los que avanzaban. No tardó en verse que no eran árboles, sino hombres, todavía en la etapa de siluetas oscuras, hombres con gabardinas ceñidas, con el ala del sombrero baja, con las manos en los bolsillos. Se movían con la precisión y la regularidad de quien obedece a una orden y no halla estorbos.

– Ponte a salvo con el niño.

– ¿Tienes pistola?

– No pienso usarla.

Me abrazó, llevó una mano a la boca, emitió un silbido largo. De alguna parte, surgieron dos que se acercaron de prisa.

– Al coche. Cubridme la retirada si hace falta. Entrad conmigo.

Se volvió hacia mí.

– Si no vuelvo a verte, tendré que pensar en Dios de otra manera.

Cogió al niño por el brazo. Los otros la siguieron. Pronto oí el motor del coche; me pareció que, desde otro lugar, alguien iba en su seguimiento. Los que venían por mí se habían aproximado, casi codo con codo, pero llegó un momento en que se detuvieron. Entonces, por la vereda que estaba frente a mí, apareció un cochecillo rojo que se detuvo al borde de la plazoleta. Eva Gredner descendió. Llevaba puesto un abrigo, como correspondía a aquella mañana de niebla fría. ¿Es que sentía la niebla la piel suave de Eva Gradner? Caminó con aplomo y la habitual provocación de las caderas.

– ¿Es usted el agente Maxwell? -me dijo.

– Soy el profesor Von Bülov, ciudadano libre de un país libre.

– Es igual. Venga conmigo.

La mano izquierda la llevaba suelta y al aire, con ella me ordenaba; la diestra la guardaba en el bolsillo y seguramente apretaba una culata.

2

No es de creer que el sobrecogimiento fuese una de las respuestas a la realidad programada por los constructores de Eva Gradner a aquella impecable, impasible y sandunguera muñeca que caminaba a mi lado y, en cierto modo, bastante peligroso, me conducía: habituada como estaba a transitar por pasillos más imponentes que los del Cuartel General (por los que yo no sabía bien si buscábamos un despacho, un jefe o una mazmorra), parecía mirarlo todo desde arriba, pero sin engallarse, sin necesidad de encaramarse más que a su propia prestancia. Algún soldado de origen visiblemente mediterráneo chasqueó los dedos al pasar, y un marinero francés se le cuadró: no sé si alguien me habrá envidiado durante aquella caminata. Después de varias idas y venidas, subidas en ascensores sospechosos y descensos por escaleras resabiadas, resultó que nuestra meta era una habitación fríamente decorada y deliberadamente incómoda, algo así como el vestíbulo de la cámara de tortura psicodélica. Allí la Espía Prodigiosa me dejó de momento, encerrado, sin decirme palabra, ni un mal «¡Espere!», menos aún «¿Quiere usted un cigarrillo?» ¡Y menos mal que había ceniceros! Tenía fumado ya el segundo de los míos, había comprobado varias veces, a través de una ventana con rejas, que la niebla persistía, y empezaba ya a pensar si debía empezar a maldecir, cuando entró un oficial de uniforme y me rogó, en alemán, que le siguiese. Fuera, esperaban dos soldados que nos escoltaron (espero que con pistolas amartilladas) a través de más pasillos, de nuevas escaleras, de disimulados ascensores, todo igualmente funcional, pero menos amenazante que lo anterior. En su conjunto, no me causaba ya sorpresa, menos aún molestia, porque aquéllos, u otros semejantes de aquel mismo edificio, los había recorrido varias veces, en compañía siempre de un uniforme, si bien fuera ésta la primera vez que, además, me vigilaban. Algunas puertas estaban abiertas, y, por el olor a tabaco que salía de ellas, se podía conjeturar la nacionalidad del ocupante, francés, inglés o norteamericano. Alguna de las personas con la que nos cruzamos me saludó sin sorpresa: «¡Buenos días, profesor! ¡Adiós, profesor!»: tal vez había tenido con ellos trato profesional, tal vez sólo hubiéramos tomado algo en la cafetería. El oficial que me conducía, y que marchaba delante, se volvió una de aquellas veces, me examinó de arriba abajo e hizo un gesto que podía ser de incomprensión, pero también de estar en el secreto. La capacidad gestual de nuestro rostro es inferior al número de expresiones que le están encomendadas, y de ahí tantos errores, sobre todo en materia de espionaje, si bien pudiera entenderse precisamente lo contrario, que siendo escaso lo que se tiene que decir, y tantos los posibles movimientos de la cara, un mismo sentimiento se puede comunicar de mil maneras diferentes, lo que también engaña. Por una razón o por la otra, no alcancé a averiguar lo que el oficial quiso comunicar con su gesto, ni si me lo dirigía a mí.

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