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Электронная книга - «Elizabeth Costello». Краткое содержание книги:

Elizabeth Costello es una reconocida novelista australiana cuya dilatada vida se nos revela a través de una ingeniosa serie de ocho conferencias. Desde el discurso de aceptación de un premio en una facultad de letras de Nueva Inglaterra, una conferencia sobre el mal celebrada en Amsterdam hasta una lectura del poeta Robert Duncan plena de alusiones sexuales, Coetzee conduce al lector inexorablemente hacia un final que, como es habitual en este autor, nos impulsa a la reflexión más profunda. Fruto de una imaginación vívida y escrita en una prosa certera, Elizabeth Costello es, en apariencia, la historia de una mujer en su faceta de madre, hermana, amante y escritora. Pero es también una profunda y cautivadora meditación sobre la esencia de narrar historias, y una defensa de la necesidad de ponerse en lugar del otro para entender que la humanidad es una sola. Solo un escritor de la talla de Coetzee puede llevar a cabo dicha tarea.
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La belleza. Seguramente en Zululandia, donde tienes tanta abundancia de cuerpos desnudos que mirar, debes admitir, Blanche, que no hay nada más humanamente hermoso que los pechos de una mujer. Nada más humanamente hermoso, más humanamente misterioso que la razón por la cual los hombres quieren acariciar sin cesar, con pinceles, cinceles o manos, estas bolsas de grasa extrañamente curvadas, y nada más humanamente atractivo que nuestra complicidad (me refiero a la complicidad de las mujeres) con su obsesión.

Las humanidades nos enseñan humanidad. Tras la noche secular del cristianismo, las humanidades nos devolvieron nuestra belleza, nuestra belleza humana. Eso es lo que nos enseñan los griegos, Blanche, los griegos correctos. Piensa en ello.

Tu hermana,

ELIZABETH

Esto es lo que escribe. Lo que no escribe, lo que no tiene intención de escribir, es cómo sigue la historia, la historia del señor Phillips y de las sesiones de los sábados por la tarde en el asilo.

Porque la historia no termina como ella ha dicho, cuando ella se cubre decentemente y el señor Phillips escribe su nota de agradecimiento y ella sale de su apartamento. No, la historia continúa un mes más tarde, cuando su madre menciona que el señor Phillips ha estado en el hospital para otra sesión de radioterapia y que ha vuelto muy mal, muy desanimado y abatido. ¿Por qué no va a visitarlo, le dice su madre, y trata de animarlo?

Ella llama a su puerta, espera un momento y entra.

Las señales son claras. Ya no es un viejo lleno de vida, no es más que un viejo, un saco de huesos esperando que los lleven a la tumba. Tumbado boca arriba con los brazos extendidos, las manos inertes, unas manos que en el lapso de un mes se han vuelto tan azules y nudosas que uno se sorprende de que alguna vez fueran capaces de sostener un pincel. No duerme, simplemente está tumbado, esperando. Y escuchando también, no hay duda, a sus ruidos interiores, los ruidos del dolor. (No olvidemos, Blanche, piensa para sí misma, no olvidemos el dolor. Los terrores de la muerte no bastan. Además está el crescendo de dolor. Como forma de poner punto final a nuestra visita a este mundo, ¿qué podría ser más ingeniosa y diabólicamente cruel?)

Ella está de pie junto a la cama del anciano. Le coge la mano. Aunque no resulta agradable coger esa mano fría y azul con la suya, se la coge. Nada de esto es agradable. Le coge la mano. Se la aprieta, le dice «Aidan» con su voz más afectuosa y ve cómo brotan las lágrimas, esas lágrimas de anciano a las que no hay que hacer mucho caso porque le salen con demasiada facilidad. A ella no le queda nada más que decir y está claro que él tampoco tiene nada que decir por ese agujero en la garganta, que ahora tiene decorosamente tapado con una gasa. Elizabeth se queda allí acariciándole la mano hasta que la enfermera Naidoo llega con el carrito del té y las pastillas. Luego lo ayuda a sentarse para beber (de un vaso con pitorro, como un niño de dos años, las humillaciones no tienen límite).

El sábado siguiente lo vuelve a visitar, y el otro. Se convierte en una nueva rutina. Le coge la mano y examina con mirada fría las fases de su decadencia. En las visitas intercambian un mínimo de palabras. Pero hay un sábado en el que, un poco más animado y alegre que de costumbre, el anciano le pasa el cuaderno y ella lee el mensaje que le ha escrito de antemano: «Tienes unos senos preciosos. Nunca los olvidaré. Gracias por todo, amable Elizabeth».

Ella le devuelve el cuaderno. ¿Qué puede decir? «Despídete de lo que has amado.»

Con una fuerza tosca y huesuda, él arranca la página del cuaderno, la arruga y la tira a la cesta. Luego se lleva un dedo a los labios como diciendo: «Nuestro secreto».

«Qué demonios», piensa ella por segunda vez. Va hasta la puerta y pasa el pestillo. Se acerca al pequeño armario donde él cuelga su ropa y se quita el vestido y el sujetador. Luego regresa a la cama, se sienta a su lado donde él pueda verla bien y vuelve a adoptar la pose del cuadro. «Un regalo -piensa-. Hagámosle un regalo al viejo. Animémosle el sábado.»

Y no es lo único que piensa, sentada en la cama del señor Phillips en esa tarde fría (ya no es verano, sino otoño, finales de otoño), tan fría que al cabo de un rato empieza a temblar un poco. Adultos actuando libremente, es una de las cosas que piensa. Lo que los adultos hacen libremente detrás de puertas cerradas no es asunto de nadie más que de ellos.

Este sería otro buen punto para poner fin a la historia. Sea cual sea la naturaleza verdadera de este supuesto regalo, no hace falta repetirlo. El sábado siguiente, si él sigue vivo, y si ella sigue viva, regresará y le volverá a coger la mano. Pero ya no tiene que posar más para él, ya no debe ofrecerle sus senos, tiene que acabarse la bendición. Después de esto, hay que ocultar esos pechos, tal vez para siempre. Así que podría terminar aquí, con esa pose que se prolonga unos buenos veinte minutos, calcula ella, a pesar de los escalofríos. Como historia, como recital, podría terminar aquí y seguir siendo lo bastante decente como para meterla en un sobre y enviársela a Blanche sin estropear lo que fuera que quería decirle sobre los griegos.

Pero de hecho continúa un poco más, unos cinco o diez minutos, y esa es la parte que no puede contarle a Blanche. Continúa lo bastante como para que ella, la mujer, ponga una mano despreocupada sobre la colcha y empiece a acariciar muy suavemente el lugar donde debería estar el pene, si el pene estuviera todavía con vida y despierto. Y luego, al no haber respuesta, aparte las colchas y desanude el cordón del pijama del señor Phillips, un pijama de franela de viejo como ella no ha visto en muchos años -no pensaba que todavía se encontraran en las tiendas- y lo abra por delante y le dé un beso a la cosilla totalmente flácida y se la meta en la boca y la remueva hasta que cobra un poco de vida. Es la primera vez que ve vello púbico encanecido. Qué tonta ha sido al no pensar que eso sucedía. A ella también le pasará con el tiempo. Tampoco es agradable el olor, olor a partes bajas de anciano, lavadas someramente.

No le parece precisamente ideal retirarse y cubrir al viejo señor Phillips, dedicarle una sonrisa y darle unos golpecitos en la mano. Lo ideal sería hacer venir a una joven belleza que se dedicara a él, a una fille de joie con esos pechos jóvenes y carnosos con los que sueñan los viejos. A ella no le importaría pagar la visita. Un regalo de cumpleaños, lo llamaría, si la chica le pidiera una explicación, ya que «regalo de despedida» sería un calificativo demasiado siniestro. Pero la verdad es que cuando pasas de cierta edad nada es ideal. El señor Phillips ya debería estar acostumbrado. Solamente los dioses son jóvenes para siempre, los dioses inhumanos. Los dioses y los griegos.

En cuanto a ella, Elizabeth, inclinada sobre el viejo saco de huesos con los pechos colgando, manipulándole el órgano de reproducción casi extinto, ¿qué nombre le darían los griegos a un espectáculo así? Eros no, está claro. Demasiado grotesco. ¿Ágape? No, seguramente tampoco. ¿Quiere decir eso que los griegos no tenían ninguna palabra para eso? ¿Habría que esperar a que llegaran los cristianos con la palabra adecuada: caritas?

Porque, a fin de cuentas, ella tiene claro que se trata de eso. Lo sabe por la hinchazón de su corazón, por la diferencia supina e infinita entre lo que siente en el corazón y lo que vería la enfermera Naidoo si por accidente abriera la puerta con su llave maestra y entrara dando zancadas.

Pero eso no es lo que más le preocupa: lo que pensaría la enfermera Naidoo, lo que pensarían los griegos o lo que pensaría su madre, que está en el piso de arriba. Lo que más la preocupa es qué va a pensar ella, en el coche de camino a casa o cuando se despierte mañana o dentro de un año. ¿Qué puede uno pensar de episodios así, imprevistos, espontáneos e impropios de uno? ¿Es que son simples agujeros, agujeros en el corazón, en los cuales uno mete el pie y se cae y luego sigue cayendo?

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