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Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:

Cuatro mujeres chinas se reúnen regularmente en San Francisco para jugar al mah-jong, disfrutar de la comida china y contarse historias relacionadas con su pasado.
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
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Tras la charla con Rase, me reconcilié conmigo misma y pensé que, desde luego, Harold y yo somos iguales en muchos aspectos. El no es exactamente agraciado en el sentido clásico, aunque tiene la piel blanca y es sin duda atractivo, con su aspecto de intelectual delgado y nervioso. En cuanto a mí, puede que no sea una belleza deslumbrante, pero muchas mujeres en mi clase de aerobics me dicen que tengo un «exotismo» fuera de lo corriente y envidian mis pechos que no cuelgan, ahora que están de moda los senos pequeños. Además, uno de mis clientes dice que tengo una vitalidad y exuberancia increíbles.

Así pues, creo que me merezco a un hombre como Harold, y lo digo en el buen sentido, no como un karma negativo. Somos iguales. También yo soy inteligente, tengo sentido común y un grado elevado de intuición. Fui yo quien le dijo a Harold que tenía las cualidades necesarias para fundar su propio negocio.

Cuando todavía trabajábamos en Harned Kelley y Davis, le dije:

– Harold, esta empresa sabe qué chollo tiene contigo. Eres la gallina de los huevos de oro. Si hoy mismo crearas tu propia empresa, te llevarías más de la mitad de los clientes de restaurantes.

– ¿La mitad? -replicó él, riendo-. Vaya, eso sí que es amor.

– ¡Más de la mitad! -exclamé, riendo con él-. Eres un gran profesional, el mejor que hay en el ramo. Lo sabes tan bien como yo, y también lo saben muchos promotores de restaurantes.

Aquella noche decidió «ir a por ello», como decía él, usando una expresión que he detestado personalmente desde que un banco en el que trabajaba adoptó el eslogan para el certamen de productividad de sus empleados.

Aun así, le dije a Harold:

– También yo quiero ayudarte a ir por ello, Harold. Quiero decir que vas a necesitar dinero para iniciar el negocio.

El no quiso ni oír hablar del asunto. No aceptaría mi dinero como un favor ni como un préstamo ni una inversión y ni siquiera como un pago a cuenta por mi asociación. Dijo que valoraba demasiado nuestra relación y no quería contaminada con dinero.

– No quiero una limosna, como tampoco tú la querrías -me explicó-. Mientras los asuntos económicos estén separados, siempre estaremos seguros de nuestro amor.

Yo quería protestar, decide: «¡No! No soy realmente así con respecto al dinero, tal como lo hemos hecho hasta ahora va en contra de mi forma de ser. La verdad es que me gusta darlo generosamente. Quiero…». Pero no supe por donde empezar. Quería preguntarle quién, qué mujer, le había herido de esa manera, hasta el extremo de llevad e a temer la aceptación del amor en todas sus formas maravillosas. Pero entonces le oí decir lo que había esperado oír durante mucho tiempo.

– La verdad es que podrías ayudarme si vinieras a vivir conmigo. Quiero decir que de ese modo podría usar los quinientos dólares de alquiler que me pagarías…

– Es una magnífica idea -le dije de inmediato, sabiendo lo azorado que se sentía por tener que pedírmelo de ese modo.

Me sentía tan feliz que no me importó que el alquiler de mi estudio sólo fuese realmente de cuatrocientos treinta y cinco dólares. Además, la casa de Harold era mucho más bonita, un piso de dos dormitorios con una vista de la bahía que abarcaba doscientos cuarenta grados, y valía la diferencia, al margen de la persona con la que compartiera la vivienda.

Así pues, aquel mismo año Harold y yo abandonamos Harned Kelley y Davis; él fundó Livotny y Asociados, y yo fui a trabajar allí como coordinadora de proyectos. No se llevó la mitad de los clientes de restaurantes que tenía Harned Kelley y Davis. De hecho, la empresa amenazó con demandarle si les quitaba un solo cliente durante el próximo año. Por las noches, cuando cedía al abatimiento, yo le daba charlas alentadoras, le decía que debería hacer un diseño temático de restaurantes más vanguardista, para diferenciarse de las demás empresas.

– ¿Quién necesita otro bar y grill de latón y madera de roble? -le decía-. ¿Quién quiere otro local especializado en pastas con una reluciente decoración italiana moderna? ¿A cuántos sitios puedes ir que tienen coches de policía saliendo de las paredes? Esta ciudad está anegada de restaurantes que sólo son repeticiones de los mismos viejos temas. Puedes encontrar un espacio propio. Haz algo diferente cada vez. Ponte en contacto con los inversores de Hong Kong que están deseosos de volcar unos cuantos dólares en el ingenio americano.

El me miraba apasionado y sonriente, con aquella sonrisa que decía: «Me encanta que seas tan ingenua». Y yo adoraba que me mirase de ese modo.

Así, le transmitía entrecortadamente mi amor.

– Tú… podrías crear nuevos temas para los restaurantes… un un… ¡un hogar en la pradera, por ejemplo la comida casera preparada por mamá, la mamá ante la cocina económica, con un delantal de algodón, y camareras que serían como mamá y se inclinarían para decirte que te acabes la sopa.

»Y quizá… quizá podrías crear un restaurante con menús literarios alimentos sacados de la ficción… bocadillos de las novelas de misterio de Lawrence Sanders, postres de Se acabó el pastel, de Nora Ephron… y algo más con un tema mágico o chistes o payasadas o…

Harold me escuchaba en serio, tomaba esas ideas y las aplicaba de una manera educada y metódica, El llevaba las ideas a la práctica, pero seguían siendo mías.

Y hoy Livotny y Asociados es una empresa en expansión, con doce empleados en plantilla, especializada en el diseño temático de restaurantes, lo que todavía me gusta llamar «restauración temática». Harold es el promotor de la idea, el arquitecto jefe, el diseñador, la persona que efectúa la presentación final de venta a un nuevo cliente. Yo trabajo a las órdenes del diseñador de interiores porque, como Harold explica, a los demás empleados no les parecería justo que me promocionara sólo porque ahora estamos casados… Lo hicimos hace cinco años, dos después de la fundación de Livotny y Asociados. Aunque cumplo muy bien con mi cometido, nunca me he adiestrado formalmente en este campo. Cuando me especializaba en estudios asiáticoamericanos, sólo seguí un curso que tenía relación con mi trabajo actual, diseño de decorados teatrales, para una producción universitaria de Madama Butterfly.

En Livotny y Asociados me encargo de facilitar los elementos temáticos. Para un restaurante llamado El Cuento del Pescador, uno de mis mejores hallazgos fue un bote de madera amarilla barnizada, con el nombre Overbored estarcido, y se me ocurrió que los menús deberían colgar de cañas de pescar en miniatura y que las servilletas tendrían estampadas reglas para conversión de pulgadas a pies y a centímetros. Para una tienda especializada en manjares árabes llamada Tray Sheik, fui yo quien pensó en que debería producir el efecto de un típico bazar oriental y puse cobras de imitación descansando sobre falsos cantos rodados de Hollywood.

Me gusta mi trabajo cuando no pienso demasiado en él, pero cuando pienso en mi paga, en lo mucho que trabajo y en lo justo que es Harold con todo el mundo excepto conmigo, me siento disgustada.

Somos, pues, iguales, excepto en que Harold gana unas siete veces que yo. El no lo ignora, puesto que cada mes firma el cheque de mi paga, que luego deposito en mi cuenta independiente.

Últimamente, sin embargo, eso de la igualdad empezó a molestarme. Ya hacía tiempo que algo me rondaba la cabeza, pero no sabía con exactitud qué era. Me sentía inquieta sin un motivo determinado, hasta que hace una semana todo se aclaró. Yo estaba recogiendo los platos del desayuno y Harold calentaba el coche para que pudiéramos ir a trabajar. Vi el periódico abierto sobre el mostrador de la cocina, las gafas de Harold encima, su taza de café favorita, con el asa desportillada, y, por alguna razón, al ver todos estos pequeños signos domésticos de familiaridad, nuestro ritual cotidiano, me sentí desfallecer, pero era como si viera a Harold la primera vez que hicimos el amor, aquella sensación de absoluta entrega a él, con abandono, sin que me importara lo que recibía a cambio.

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