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El camino blanco

Электронная книга - «El camino blanco». Краткое содержание книги:

En Carolina del Sur, un joven negro se enfrenta a la pena de muerte acusado de haber violado y asesinado a Marianne Larousse, hija de uno de los hombres más ricos del estado. El caso, que nadie quiere investigar, hunde sus raíces en un mal que se remonta a un pasado remoto, el tipo de misterio que se ha convertido en la especialidad del detective Charlie Parker. Éste ignora que está a punto de sumergirse en una auténtica pesadilla y de introducirse en un escenario teñido de sangre en el que se mezclan el espectro asesino de una mujer encapuchada, un coche negro que espera a un pasajero que nunca llega, y la complicidad tanto de amigos como de enemigos en los sucesos que rodean la muerte de Marianne Larousse. Más que una investigación, es un descenso a los abismos, un enfrentamiento con las fuerzas oscuras que amenazan todo aquello que Parker ama.
Paralelamente, en la celda de una prisión, el fanático predicador Faulkner trama una venganza contra Charlie Parker, y para ello utilizará a los mismos hombres a los que el detective está siguiendo, y a una extraña y contrahecha criatura que guarda sus secretos enterrados en la orilla de un río: Cyrus Nairn.
Todas estas figuras deberán enfrentarse a su cruento destino final en los pantanos del sur y los bosques del norte, escenarios muy alejados entre sí pero unidos por un frágil hilo: el lugar donde convergen los caminos de los muertos y de los vivos.
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Había algo en aquella oscuridad que atraía la atención del perro.

Alcancé la única arma que tenía a mano: el abrecartas que había en la bandeja del perchero. Lo cogí subrepticiamente y entré en la habitación, consciente de que estaba desnudo.

– ¿Quién anda ahí? -pregunté.

A mis pies, Walt dejó escapar un leve gemido, pero era más de excitación que de miedo. Fui acercándome a aquella oscuridad.

Y surgió de ella una mano.

Era la mano de una mujer, una mano muy blanca. Vi que tenía tres heridas horizontales tan profundas que dejaban al descubierto los huesos de los dedos. Las heridas eran antiguas, de un color marrón grisáceo, y la piel se había endurecido a su alrededor. No había rastro de sangre. La mano avanzó un poco más, con la palma de cara y los dedos alzados.

detente.

Y comprendí que aquellas heridas eran sólo las primeras que le hicieron, que había intentado detener la cuchilla con las manos, pero que la cuchilla le había alcanzado la cara y el cuerpo. Tenía más cuchilladas, las que la mataron y las que le propinaron después de morir.

por favor

Me detuve.

– ¿Quién eres?

me estás buscando

– ¿Cassie?

sabía que me buscabas

– ¿Dónde estás?

Perdida

– ¿Qué ves?

Nada

está oscuro

– ¿Quién te hizo eso? ¿Quién?

No uno

muchos en uno

Entonces oí un susurro, y otras voces que se unían a la de ella.

Cassie déjame hablar deja que hable con él Cassie ¿va a ayudarnos? Cassie ¿Sabe él mi nombre? ¿puede decirme cuál es mi nombre? Cassie ¿puede sacarme de aquí? Cassie quiero irme a casa por favor estoy perdida Cassie por favor quiero irme a casa por favor

– ¿Cassie, quiénes son?

no lo sé

no puedo verlas

pero todas están aquí

él nos trajo aquí

De repente, una mano me tocó por detrás el hombro desnudo. Era Rachel, que apretaba su pecho contra mi espalda. Notaba el frescor de las sábanas en mi piel. Las voces fueron desvaneciéndose, apenas audibles, aunque desesperadas e insistentes.

por favor

Y, en sus sueños, Rachel frunció el ceño y dijo en un leve susurro:

– Por favor.

8

Al día siguiente volé desde el aeropuerto de Portland. Era domingo por la mañana y aún no había demasiado tráfico en las carreteras cuando Rachel me dejó en la puerta del edificio de la terminal. Antes llamé a Wallace MacArthur para decirle que me marchaba y le dejé el número del móvil y del hotel en que me alojaría. Rachel le había arreglado una cita con una amiga suya llamada Mary Mason, que vivía a las afueras de Pine Point. Rachel la conocía de la Sociedad Audubon, y se imaginó que ella y Wallace podrían congeniar muy bien. Wallace se había tomado la molestia de ver su foto en el archivo de las oficinas de tráfico y se declaró satisfecho con su presunta pareja.

– Parece guapa -me dijo.

– Sí, pero no seas engreído. Aún no te ha visto.

– ¿Qué hay de mí que no pueda gustarle?

– Tienes un concepto demasiado elevado de tu propia imagen, Wallace. En cualquier otro daría la impresión de ser engreimiento, pero en ti no.

Hubo una pausa.

– ¿En serio?

Rachel se inclinó hacia mí y me besó en los labios. Acerqué su cabeza a la mía.

– Cuídate -dijo.

– Tú también. ¿Llevas el móvil?

Sumisamente, sacó el móvil del bolso.

– ¿Y vas a llevarlo ahí?

Asintió con la cabeza.

– ¿Todo el tiempo?

Frunció los labios, se encogió de hombros y asintió a regañadientes.

– Voy a llamarte para comprobarlo.

Me dio un puñetazo en el brazo.

– Vete y sube al avión. Habrá azafatas esperando a que las seduzcan.

– ¿En serio? -dije, e, instintivamente, me pregunté si yo tenía más cosas en común con Wallace MacArthur de lo que era razonable.

– Sí, y, la verdad, te hace falta práctica -y se rió.

Louis me dijo una vez que el Nuevo Sur, era como el Viejo Sur, salvo que todo el mundo pesaba casi cinco kilos más que antes. Es posible que estuviese un poco resentido, y además no era lo que se dice un admirador de Carolina del Sur, considerado el estado sureño más reaccionario después de Mississippi y de Alabama, a pesar de haber solucionado los conflictos raciales de una manera un poco más civilizada que los otros dos estados. Cuando Harvey Gantt se convirtió en el primer estudiante negro que ingresó en la Universidad de Clemson, en Carolina del Sur, la junta directiva, en vez de optar por el bloqueo y el uso de las armas, aceptó de mala gana que había llegado la hora del cambio. De todas formas, en 1968 tres jóvenes negros fueron asesinados en Orangeburg, también en Carolina del Sur, durante las manifestaciones que se organizaron fuera de la bolera All Star, en la que sólo se permitía el acceso a los blancos. Cualquiera que tuviese más de cuarenta años en Carolina del Sur seguro que había ido a una escuela segregada, y aún había gente que pensaba que la bandera confederada debería izarse en el Capitolio de Columbia. Aparte de eso, como si la segregación no hubiese existido jamás, andaban bautizando lagos con nombres como Strom Thurmond, el anciano senador republicano famoso por ser un racista fanático.

Llegué al aeropuerto internacional de Charlestón vía Charlotte, que parecía una especie de almacén de saldos de especímenes que la evolución humana ha olvidado y un vertedero para los peores excesos de la moda de la industria del poliéster. La música de Fleetwood Mac sonaba en la gramola de la taberna Taste of Carolina, en la que gordos con pantalones cortos y en camiseta bebían cerveza baja en calorías envueltos en una neblina de humo de tabaco. Las mujeres que los acompañaban alimentaban de monedas de un cuarto de dólar las máquinas tragaperras que había sobre el pulido suelo de madera del bar. Un hombre que tenía tatuada una calavera con atributos de payaso en el brazo izquierdo me lanzó una mirada retadora desde la mesa baja ante la que estaba sentado, despatarrado y con el cuello de la camiseta empapado de sudor. Le mantuve la mirada, hasta que eructó y desvió la vista para otra parte con una estudiada expresión de aburrimiento.

Miré las pantallas para verificar mi puerta de embarque. Había aviones que despegaban de Charlotte con destino a lugares que nadie en su sano juicio querría visitar, esa clase de lugares donde sólo deberían expedirse billetes para salir de allí, para cualquier otro sitio, no importa adónde, sólo dame un maldito billete. Embarcamos a tiempo y me senté al lado de un hombre grandote que llevaba una gorra del Departamento de Bomberos de Charleston. Se inclinó hacia mí para mirar por la ventanilla los vehículos y los aviones militares que estaban aparcados y el avión de dos hélices de la compañía de correos que rodaba por la pista para despegar.

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