La mano izquierda de la oscuridad [The Left Hand of Darkness - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Ecumen #6
- Год: 1973
- Язык: испанский
- Год: Ediciones Minotauro
- Переводчик: Francisco Abelenda
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La mano izquierda de la oscuridad [The Left Hand of Darkness - es]». Краткое содержание книги:
En un intento por conseguir en otra ciudad lo que ha resultado imposible en Karhide, Genly Ai viaja a Orgoreyn, donde Estraven cumple su exilio. El rechazo de los orgotas hacia Genly provoca el reencuentro entre éste y Estraven que, a partir de este punto, deberán convivir en duras condiciones.
Como supe tarde, estábamos cruzando los Sembensyens aquella noche, y los pasos se elevaban a más de tres mil metros.
El hambre no me perturbaba demasiado. La última comida que yo recordaba había sido aquella cena larga y pesada en casa de Shusgis; seguramente me habían alimentado en Kundershaden, pero de esto no tenía ningún recuerdo. La comida no parecía ser parte de la existencia en esta caja de acero, y yo no pensaba mucho en la comida. La sed, por otra parte, es condición ineludible de la vida. Una vez por día, el camión detenido, se abría la puerta trampa instalada evidentemente con este propósito, y uno de nosotros sacaba afuera la jarra plástica y pronto la devolvían llena, junto con una breve ráfaga de aire helado. No había modo de medir el agua. La jarra pasaba de mano en mano, y cada uno de nosotros tomábamos tres o cuatro buenos sorbos antes que se extendiera la mano próxima, buscando la jarra. Ninguna persona o grupo actuó nunca como distribuidor o guardián; nadie atendía a que se guardara un trago para el hombre de la tos, y que ahora tenía mucha fiebre. Sugerí esto una vez, y los que estaban a mi alrededor asintieron, pero nadie hizo nada. El agua se repartía más o menos equitativamente —nadie trataba de tomar un poco más —y desaparecía en unos pocos minutos. En una ocasión los tres últimos, que se sentaban contra la pared delantera de la caja, se quedaron sin agua; la jarra estaba vacía cuando llegó a ellos. Al día siguiente dos de estos hombres insistieron en ocupar los primeros puestos de la fila, y los ocuparon. El tercero se quedó encogido en el rincón, y nadie se cuidó de que recibiera su ración. ¿Por qué no lo intenté yo? No lo sé. Aquel era el cuarto día en el camión. Si no me hubiesen dado agua, creo que yo no habría protestado. Tenía conciencia de la sed y el sufrimiento de este hombre, y del hombre enfermo, y de los demás, como de mi sed y mi sufrimiento propios. Nada podía hacer contra ese sufrimiento, y por ese motivo yo lo aceptaba, como ellos, plácidamente.
Sé que la gente puede actuar de modos muy distintos en las mismas circunstancias. Estas criaturas eran orgotas, gente entrenada desde el nacimiento en una disciplina de cooperación, obediencia, sumisión a los intereses del grupo. No tenían en verdad cualidades sobresalientes de independencia y decisión. No eran coléricos. Formaban un todo, yo entre ellos; así lo sentían, y esa unidad de grupo donde cada uno tomaba vida de los otros era un refugio y un verdadero apoyo en la noche. Pero no había allí quien hablara por todos; era una entidad acéfala, pasiva.
Quizá unos hombres de temple más combativo se las hubiesen arreglado mejor: hablando más, repartiendo el agua más equitativamente, ayudando a los enfermos, y manteniendo el ánimo. No sé. Sólo sé lo que ocurrió dentro del camión.
En la mañana quinta, si cuento bien, el camión se detuvo. Oímos charla afuera y unas voces que llamaban y respondían. De pronto se oyó el ruido de unos cerrojos, y las puertas de acero del fondo se abrieron de par en par.
Uno tras otro nos arrastramos hacia el extremo abierto de la caja, algunos sobre manos y rodillas, y saltamos o nos dejamos caer al suelo. Veinticuatro salimos así. Los dos muertos, el viejo cadáver y uno nuevo, el hombre que no había bebido durante dos días, fueron sacados a la rastra.
Hacia frío afuera, tanto frío y tanta luz blanca sobre la nieve blanca que dejar el fétido refugio del camión era muy duro, y algunos se echaron a llorar. Nos quedamos en montón junto al vehículo, todos desnudos y malolientes, nuestra pequeña entidad nocturna, expuesta ahora a la cruel y brillante luz del día. Nos separaron, nos ordenaron en una fila, y nos llevaron a un edificio que estaba a un centenar de metros. Las paredes metálicas y el techo cubierto de nieve del edificio, la llanura nevada alrededor, la cadena de montañas a la luz del sol naciente, la amplitud del cielo, todo parecía estremecerse y centellear con exceso de luz.
Nos alinearon para que nos lavásemos en una amplia batea techada; todos comenzamos por beber el agua del baño. Luego nos llevaron al edificio principal y allí nos dieron unas camisetas, camisas grises, de fieltro, pantalones, y botas de fieltro. Un guardia verificó nuestros nombres en una lista a medida que entrábamos en el refectorio. Junto con un centenar de prisioneros nos sentamos a unas mesas pegadas a las paredes y allí nos sirvieron el desayuno: potaje de cereales y cerveza. Luego de esto todos nosotros, los prisioneros viejos y los nuevos, fuimos divididos en escuadras de doce. La mía fue llevada a un aserradero, a unos pocos cientos de metros detrás del edificio principal, dentro del perímetro cercado. Fuera de la cerca, y no muy lejos, se veían los primeros árboles de un bosque que se extendía luego entre las lomas perdiéndose en el norte. A las órdenes de un guardia llevamos y almacenamos unas maderas aserradas desde el molino hasta un depósito amplio donde se guardaba la leña en invierno. No era fácil caminar, agacharse, y cargar madera luego de los días pasados en el camión. No permitían que nos demoráramos, pero tampoco nos obligaban a forzar el paso. Al mediodía nos sirvieron un tazón de cereal no fermentado: orsh; antes del anochecer fuimos de nuevo a las barracas y allí nos dieron la cena: potaje de verduras y cerveza. Luego nos encerraron en el dormitorio, que quedó iluminado toda la noche. Dormimos en unos camastros de un metro y medio de largo, dispuestos en dos filas superpuestas todo alrededor de las paredes.
Los prisioneros mas antiguos luchaban por los camastros de arriba, pues el calor sube. Como abrigo de cama se proporcionaba a cada hombre un saco de dormir Eran sacos, toscos y pesados, que conservaban el olor de otros hombres, pero bien forrados y calientes, aunque demasiado cortos. Un guedeniano de tamaño normal podía meterse en el saco con cabeza y todo, pero no yo, como tampoco podía estirarme bien en el camastro.
El lugar se llamaba Tercera Granja Voluntaria y Agencia de Reeducación de la Comensalía de Pulefen.
Pulefen, distrito treinta, está en el extremo noroeste de la zona habitable de Orgoreyn, limitado por las montañas Sembensyen, el río Esagel y la costa; un área poco poblada, sin ciudades importantes. El mas cercano se llamaba Turuf, a varios kilómetros al suroeste; nunca lo vi. La granja está junto a una zona boscosa, extensa y despoblada, Tarrenbed. Demasiado al norte para los árboles mayores, como el hemmen, el serem o el vate negro, no había allí otro árbol que el tora, una conífera nudosa, de espinas grises, achaparrada, de no más de tres a cuatro metros de altura. Aunque el número de especies nativas, plantas o animales, es en Invierno insólitamente reducido, hay muchos individuos de cada especie; en aquel bosque había miles de kilómetros de toras, y casi nada más Aun las tierras vírgenes son manejadas con economía allí y aunque ese bosque estaba siendo explotado desde hacia siglos, no había en él tierras baldías, ni troncos talados, ni declives erosionados. Parecía como si no hubiera allí un solo árbol que no hubiese sido tenido en cuenta y ni una miguita de aserrín que no fuera aprovechada. Había un pequeño taller en la granja, y cuando el tiempo impedía que las cuadrillas fuesen al bosque trabajaban en el aserradero o en el taller, preparando y componiendo astillas, cortezas y aserrín en distintas formas, y extrayendo de las espinas secas del tora una resina que se usaba en la fabricación de plásticos.