Los habitantes de la nada [Ceux de Nulle Part - es]
- Автор: Карсак Франсис
- Год: 1956
- Язык: испанский
- Год: Editora y Distribuidora Hispano Americana, S.A.
- Переводчик: J. C. A
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los habitantes de la nada [Ceux de Nulle Part - es]». Краткое содержание книги:
— ¡Pero la lucha va a durar millones de años! Por poderosas que sean vuestras armas, no podéis reconquistar planeta tras planeta. Y si lo consiguierais, ¿qué haríais con esos inhabitables planetas helados?
Estaba olvidándome de que yo también era un Hiss y casi había tomado el partido de los Misliks.
— Desde luego, nada haremos con estos planetas ni los necesitamos para nada, pero los Misliks deben desaparecer, y puesto que la luz y el calor los matan, ¡encenderemos nuevamente sus soles!
— Pero, hombre, ¿qué es lo que está diciendo?
— rugí, faltando a las normas de la más elemental educación.
— Lo que ha dicho Snisson — me contestó Azz-leni — es que volveremos a encender sus soles o, por lo menos, lo intentaremos. En teoría, la cosa es posible; en la práctica, ya se verá. Durante tu ausencia han empezado los experimentos y las primeras impresiones son favorables a la tentativa.
El asombro me hizo enmudecer. Desde luego, desde mi llegada a Ela había visto las cosas más fantásticas e inverosímiles. Admitía que los Misliks, esos seres de pesadilla, apagaran las estrellas; no tenía más remedio que admitirlo, puesto que lo había visto con mis propios ojos, pero que los Hiss, que a fin de cuentas no eran más que simples hombres, pretendieran encenderlas… eso ya era demasiado. Azzlem continuaba hablando con toda calma:
— No creo que el intento decisivo pueda realizarse antes de que transcurra un año. Mientras, tal vez continúenlos explorando galaxias malditas, pero sin ofensivas en masa que sólo pueden acarrearnos grandes e innecesarias pérdidas de vidas.
Con estas palabras se levantó la sesión. Salí y encontré a Souilik que me estaba esperando. Le come lo que se había dicho dentro.
— Lo sabía. Se acaba de formar un equipo especial de físicos, formado por un centenar de Hiss y casi otros tantos representantes de cada una de las humanidades. Lo dirige el Sinzu Beranthon y Assza, y nuestra amiga Beichit forma parte de la delegación Hr'ben. Y ¿sabes quién mandará los ksills encargados de la realización del proyecto?
— No.
— Yo mismo. Y a lo mejor hasta te dan el mando de los equipos de desembarco. Por lo visto lo estás haciendo muy bien — añadió sonriendo.
Di un rodeo para no pasar ante el Tsatan y paseando me dirigí al lugar donde había conocido a Ulna. El que Helon no me hubiese dado una contestación inmediata me inquietaba. Esperaba a la vez con ansia y temor el anochecer de aquel día. El cielo estaba despejado, el ambiente apacible y me senté sobre la fina arena de la playa.
Al poco rato, oí pasos detrás de mi. Era un Sinzu que se acercaba. Me saludó reverenciosamente.
— Song Clair, el Ur-Shemon le espera — dijo aplicándome mi titulo de Sinzu.
Le seguí. Helon me esperaba en el Tsalan en compañía de Tkeion y otros cinco ancianos Sin-zúes.
— Ayer me pediste la mano de mi hija Ulna — dijo —. Teóricamente tienes ese derecho, puesto que eres Sinzu, Then y Song. Pero — y puedo afirmarlo, ya que he consultado antes a nuestros amigos los Iliss — sería ésta la primera vez que se realizara un matrimonio entre humanidades de planetas distintos. No se han casado nunca los Hiss y los Krens entre sí a pesar del enorme parecido que existen entre ellos. Ahora bien, según aseguran nuestros biólogos que te examinaron cuando estuviste en el hospital, tu protoplasma no puede distinguirse químicamente del nuestro, tu metabolismo es idéntico, tienes el mismo número de cromosomas y probablemente el mismo número de genes. La única diferencia está en que tú tienes cinco dedos y nosotros cuatro y aun eso no es esencial y, además, nuestros antepasados también tuvieron cinco dedos en sus manos. Así que tu caso es excepcional y, por tanto, no veo inconveniente alguno a este matrimonio salvando tal vez algún lacior psicológico. ljero como sea que Ulna consiente — anadió sonriendo —, yo también digo sí. Ahora bien, las bodas de las familias
Shemons deben celebrarse precisamente en lierisamnor, la capital de Arbor, y deberéis ir allí en cuanto los Hiss lo permitan..Digo «cuando los hiss lo permitan», porque si bien es cierto que eres Sinzu-Ten, también eres Hiss, y, no lo olvidemos, «Tserreno». Me pregunto — dijo, divertido —, ¿a qué planeta pertenecerán vuestros hijos?
Durante este largo discurso me sentí como sobre ascuas, pero al llegar al final mi gozo y satisfacción no tenía límite. Siguiendo el ritual Smzu, hice una inclinación, pero no pronuncié la menor palabra de agradecimiento, ya que ello habría sido uno ofensa; los Smzúes sólo agradecen los dones de escaso valor.
— Te advierto — dijo Helon. — que, según nuestras costumbres, no puedes ver a la novia hasta el mismo día de la boda, aunque nadie te impide que le envíes algún mensaje.
Salí del Tsalan más ligero que una pluma y tropecé con el inevitable Souilik, a quien comuniqué la gran noticia.
— Decididamente, aquí todo el mundo se casa, — dijo —. Primero, Essme y yo; ahora, Ulna y tú, y hace un momento he visto a Beichit, quien me ha anunciado su boda con Sefer. Supongo que tu boda tendrá lugar en Arbor, ¿no? ¿Cómo piensas ir? Estoy enterado de que el Consejo no piensa autorizar la salida de ninguna nave Sinzu, pero si quieres puedo llevarte en mi ksill.
Y así fue como tres días después salimos para Arbor, Souilik, Essine, Helon, Akeion y yo. Ulna iba en un departamento cerrado para que yo no pudiera verla.
Ya te explicaré en otra ocasión las ceremonias magníficas de una hija del Ur-Shemon. También te hablaré del esplendor de Arbor. ¡Qué mundo, aquél! Bello y salvaje con sus profundos océanos, sus montañas altas de más de veinte kilómetros, sus frondosos bosques celosamente vigilados por sus habitantes…
Nunca podré olvidar nuestra luna de miel en el valle de Tar.
Sólo estuvimos allí unos ocho días, alojados en una especie de bungalow reservado especialmente a los recién casados y situado en un lugar de ensueño que los Sinzúes respetan escrupulosamente. Nadie atraviesa nunca el límite del valle reservado. Es ésta una antigua y bella costumbre que, según creo, existía también en nuestros indios Apaches. En mi opinión, es algo que hay que anotar en el activo de la civilización sinzu.
En el pasivo, en cambio, habrá que anotar su maldita manía de las ceremonias; ni los chinos tan dados a ello, son tan ceremoniosos como esa gente. Con la particularidad de que mi ignorancia de sus costumbres me hacia temer constantemente el cometer alguna irreparable torpeza. Por todo ello, sentí un gran alivio cuando los Shemons me anunciaron que podíamos regresar a Ela cuando se nos antojara.
Pero antes de abandonar Arbor aún tenía que experimentar una gran sensación, Akeion me llevó al observatorio principal, donde los astrónomos me enseñaron una manchita insignificante y paliducha: nuestra galaxia. Con el más potente de los instrumentos — que, por cierto, no se basa en el telescopio — aquella mancha se convertía en un polvo de estrellas entre las que se encontraba nuestro humilde Sol. Y alrededor de aquel puntito giraba mi «Tierra natal», tan lejana y tan lamentablemente invisible. La luz que estaba contemplando había salido de allí ochocientos mil años antes y, en el caso de que la ciencia Sinzu hubiera hecho posible que viera la Tierra en detalle, lo único que me habría sido dado ver hubiera sido quizás alguna familia de pitecántropos.
Ahora que he vuelto a la Tierra, cada noche que el tiempo lo permite, Ulna y yo buscamos la nebulosa de Andrómeda. Verla me hace comprender la magnitud de las distancias que he recorrido. La galaxia de los Hiss está demasiado lejos; imposible verla incluso con la ayuda de nuestros telescopios gigantes. Pero ver ese pequeño óvalo y pensar que la mujer que está a mi lado nació allí, y que yo estuve allí…
Al cabo de tres meses nos marchamos. Tal como habíamos convenido, Souilik vino a buscarnos y despegamos del puerto sideral de Berisanthor rodeados de enormes astronaves sinzúes entre las que nuestro ksiil parecía un juguete.