Los Caballeros de Takhisis
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: El Ocaso de los Dragones #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Los Caballeros de Takhisis». Краткое содержание книги:
Es verano: un verano abrasador como jamás se había visto en Krynn. Afligido por una dolorosa pérdida, el joven mago Palin Majere trata de entrar al Abismo en busca de su tío, el famoso archimago Raistlin. La Reina Oscura ha encontrado nuevos paladines en los Caballeros de Takhisis, seguidores devotos y leales hasta el fin. Un paladín oscuro, Steel Brightblade, cabalga a lomos de un dragón azul para atacar la Torre del Sumo Sacerdote, la fortaleza que su padre defendiera hasta la muerte. En una pequeña isla, los misteriosos irdas se apoderan de un antiguo objeto mágico, la Gema Gris, y lo utilizan para garantizar su propia seguridad. Usha, una joven criada por los irdas, llega a Palanthas y dice ser la hija de Raistlin.
Será un verano mortal, quizás el último verano de Ansalon. Llamas ardientes consumen la hierba seca y Caos, padre de los dioses, regresa. El mundo entero puede desaparecer.
—Cierto, fue derrotada, pero se levantó de sus cenizas para acabar con lord Ariakas y obtener la Corona del Poder para sí misma.
—Lo que desembocó en nuestra derrota final. «El Mal se vuelve contra sí mismo.» Un credo de envidia y traición que significa destrucción. Nunca más. Somos aliados, hermanos en la Visión, y sacrificaremos cualquier cosa a fin de que se cumpla.
—Nunca has revelado tu parte de la Visión, Steel Brightblade —observó Llamarada.
—Me está prohibido hacerlo. Puesto que no acababa de comprenderla del todo, se la relaté a lord Ariakan. Tampoco él la comprendió y dijo que sería mejor que no lo contara ni lo discutiera con otros.
—¡Pero yo no soy «otros»! —se encrespó la hembra de dragón, indignada.
—Lo sé —contestó Steel, suavizando el tono y dando palmaditas en el cuello del reptil otra vez—. Pero mi señor me ha prohibido que hable de ello con nadie. Veo luces. Debemos de estar acercándonos.
—Las luces que ves son de la ciudad de Sanction. Sólo tenemos que cruzar el Nuevo Mar y estaremos en Abanasinia, muy cerca de Solace. —Llamarada escudriñó el cielo y tanteó el viento, que parecía estar disminuyendo—. Falta poco para el amanecer. Os dejaré a ti y al mago en tierra, a las afueras del pueblo.
—¿Dónde te esconderás durante el día? No quiero que seas vista.
—Me refugiaré en Xak Tsaroth. La ciudad sigue abandonada, incluso después de todos estos años. La gente cree que está embrujada, que la frecuentan los fantasmas. Pero no son fantasmas, sino goblins. Me desayunaré unos cuantos antes de dormirme. ¿Regreso por ti a la caída de la noche o espero hasta que me llames?
—Espera mi llamada. Todavía no estoy seguro de cuáles serán mis planes.
Los dos hablaban despreocupadamente, sin mencionar el hecho de que estaban muy dentro de territorio enemigo, que sus vidas corrían peligro en todo momento, y que no podían contar con que nadie los ayudara. Ciertos caballeros de la Orden de Takhisis vivían en el continente de Ansalon, espiando, infiltrándose, reclutando a otros para la causa. Pero, aun en el caso de que Steel conociera a estos caballeros, no podría servirse de ellos, no podría hacer nada que hiciera peligrar el artificio tras el que se enmascaraban. Tenían una misión que cumplir, de acuerdo con la Visión, y él tenía la suya propia.
Salvo que no tenía muy claro cuál era esa misión.
Llamarada dejó atrás tierra firme y sobrevoló el Nuevo Mar. La luna roja no se había puesto todavía, pero la luz grisácea del alba amortiguaba el lustre de Lunitari. La luna se metió tras el horizonte del mar rápidamente, casi como si fuera un alivio para ella cerrar su ojo rojo al mundo.
Palin gimió en sueños y pronunció el nombre de uno de sus hermanos muertos:
—Sturm...
El nombre sonó espeluznante en los retazos de la Visión evocada. Sturm había sido el nombre del hermano del mago, pero se le había puesto tal nombre en memoria del padre de Steel.
—Sturm... —repitió Palin.
Steel se giró en la silla.
—¡Despierta! —ordenó bruscamente, con irritación—. Casi has llegado a casa.
Ni Steel ni Palin lo sabían, pero el dragón los dejó casi en el mismo sitio que en otro momento fue el punto de encuentro de dos amigos, muchos años antes.
Los tiempos no eran entonces muy distintos de los de ahora. Era otoño, en lugar de verano, pero puede que ésa fuera la única diferencia. Había sido una época de paz, como lo era la de ahora. Muchos decían entonces, como lo decían ahora, que esa paz perduraría para siempre.
Palin Majere se dejó caer en la misma piedra en la que Flint Fireforge había descansado antaño. Steel Brightblade dio unos pasos por el camino que en otro tiempo recorrió Tanis el Semielfo. Palin bajó la vista hacia el valle. Normalmente, los altos vallenwoods ocultaban casi toda señal del pueblo encaramado en sus ramas. Pero el espeso follaje verde tenía ahora un polvoriento tono marrón; muchas de las hojas habían muerto y estaban caídas. Las casas resultaban visibles, como desnudas, desiertas y vulnerables.
Aunque era temprano y los habitantes de Solace estaban despertando e iniciando la jornada, ningún humo de lumbre o forja se elevaba en el valle. Era peligroso encender fuego de cualquier tipo; la semana pasada un vallenwood, seco como yesca, había estallado en llamas y había destruido varias casas. Afortunadamente, no se habían perdido vidas; los que estaban en las viviendas habían conseguido saltar y ponerse a salvo. Pero, desde entonces, la gente había sido reacia a prender fuego para nada.
La posada El Último Hogar era el edificio más grande de Solace y el primero que vieron los dos. Palin miró fijamente su hogar, ansiando correr hacia él y, al mismo tiempo, alejarse de él a todo correr. Steel había descargado del lomo de la hembra de dragón los cadáveres de los hermanos de Palin, y ahora yacían, amortajados en lienzos de lino, sobre una burda narria improvisada por el guerrero con ramas de árbol; Steel estaba acabando de atar las últimas ramas. Cuando terminara, empezarían la caminata colina abajo.
—Listo —dijo Steel. Dio un tirón a la narria, que saltó por encima de una piedra y después se deslizó por el camino, levantando una nube de polvo a su paso.
Palin no la miró. La oyó arañar la tierra conforme avanzaba, pensó en la carga que llevaba y apretó los puños para soportar el dolor desgarrador.
—¿Estás en condiciones de caminar? —preguntó Steel, y, aunque la voz del caballero era severa y dura, tenía un tono respetuoso y no había en ella burla por el pesar de Palin.
El joven mago agradecía esto último, pero ello no era óbice para que se sintiera humillado de que le hiciera tal pregunta. Sturm y Tanin habrían querido que se mostrara fuerte, no débil, ante el enemigo.
—Estoy bien —mintió—. El sueño me ha venido bien, así como el emplasto que me pusiste en la herida. ¿Nos ponemos en marcha?
Se incorporó y, apoyándose en el Bastón de Mago, echó a andar colina abajo. Steel lo siguió, arrastrando la narria detrás de él. Palin echó una fugaz ojeada hacia atrás, vio dar un brinco a los cuerpos, oyó el traqueteo de armaduras conforme la narria avanzaba a saltos sobre el irregular camino de tierra. Tropezó y perdió el equilibrio.
Steel lo agarró para evitar que cayera.
—Hay que mirar hacia adelante, no hacia atrás —manifestó el caballero—. Lo hecho, hecho está. No puedes cambiarlo.
—¡Hablas como si hubiera volcado un cuenco de leche! —replicó Palin iracundo—. ¡Éstos son mis hermanos! Saber que no volveré a hablar con ellos, que nunca los oiré reír otra vez ni... ni... —Tuvo que callar para tragarse las lágrimas—. Supongo que jamás has perdido a alguien a quien querías. A vosotros no os importa nada ni nadie... ¡salvo matar brutalmente!
Steel no hizo ningún comentario, pero su semblante se ensombreció con la alusión de perder a alguien querido. Siguió caminando, tirando de la pesada narria con facilidad. Sus ojos, velados bajo las oscuras cejas fruncidas, se movían sin cesar, no al azar, sino tomando nota del entorno. Observaba atentamente la fronda y la espesa maleza.
—¿Ocurre algo? —Palin echó un vistazo a su alrededor.
—Este sería un sitio excelente para una emboscada —apuntó Steel.
—De hecho, lo fue. —El semblante macilento del mago se relajó levemente—. Justo ahí delante, un goblin llamado Fewmaster Toede dio el alto a Tanis el Semielfo, a Flint Fireforge y a Tasslehoff Burrfoot, y les preguntó sobre un bastón azul. Ese suceso cambió sus vidas.
Guardó silencio, pensando en los espantosos sucesos que habían cambiado la suya y habían acabado con las de sus hermanos. La voz de Steel no interrumpió los pensamientos de Palin, sino que siguió la misma línea:
—¿Crees en el destino, mago? —preguntó de repente, con la mirada prendida en el camino de tierra abrasada—. En ese momento, aquella emboscada, cambió la vida del semielfo, o eso es lo que afirmas. Ello implica que su vida habría sido diferente de no haber tenido lugar tal hecho. Pero ¿y si pasó porque así estaba dispuesto y no había modo de eludirlo? Quizás el destino le había tendido una emboscada, lo estaba esperando, tan seguro como lo estaba esperando el goblin. ¿Y si...? —La sombría mirada de Steel se volvió hacia Palin—. ¿Y si tus hermanos nacieron para morir en aquella playa?