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Электронная книга - «La visita en el tiempo». Краткое содержание книги:

En La visita en el tiempo, Arturo Uslar Pietri recrea la vida de Don Juan de Austria, general y hombre de Estado español, hijo natural del emperador Carlos V y Bárbara de Blomberg. Nacido en 1545, fue criado secretamente por Luis de Quijada, mayordomo del emperador. Famoso por su gallardía, Felipe II lo reconoció como hermano, lo instaló en la corte y le concedió los honores propios del hijo del emperador.
Habían proyectado dedicarle a la iglesia, pero lo impidió su carácter belicoso.
Demostró sus condiciones de general y ambicionó reinar más que nada en el mundo; su corta existencia transcurriría en un constante conflicto entre el sueño y la realidad.
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El tiempo se iba. Fueron breves y apretados los días de Génova. Para despedirlo, Gian Andrea Doria dio un baile de máscaras en su palacio. Nunca había visto nada semejante. Las salas se llenaron de invitados. Los altos dignatarios con sus condecoraciones, bandas de honor y algún discreto antifaz sobre los ojos, pero casi todos los demás, hombres y mujeres, llevaban los más lujosos e imaginativos trajes, abundaban los disfraces de turco con sus inmensos turbantes, los personajes de fábulas y de los romances, Tisbe, Lucrecia, Mesalina, Orlando, Medoro y Angélica, las ninfas y las diosas de la Antiguedad, Cleopatras y Didos de todas las edades, Jasones y Ulises, Tristán, Galaor, el rey Arturo, la reina Ginebra, Isolda, Amadís de Gaula, Mariana, la reina de las Amazonas, algunos falsos jorobados. algún diablo, alguna Juno, varias Aspasias y Dianas y una figura de la muerte, con la osamenta blanca pintada sobre el traje negro y una guadaña al hombro.

Don Juan estaba vestido como un pájaro de prodigio, capa dorada, jubón rojo, toca negra con diamantes y plumas blancas, calzas rosadas y un breve antifaz que se quitaba y ponía sobre la cara con rápidos gestos.

Ya tarde se le acercó Requesens: «Vuestra Excelencia debe recordar que vamos a salir mañana para Nápoles».

Después de nueve días de navegar hacia el Sur, a la vista de la costa italiana, la flota entró en la ensenada de Nápoles. Las luces de la ciudad se extendían hasta las faldas del Vesubio con el penacho de su fumarola encendida.

Fue larga y bulliciosa la ceremonia del desembarco al día siguiente. Don Juan vistió de escarlata. Lo esperaban todas las autoridades y una inmensa muchedumbre que rompió en gritos de entusiasmo. A la cabeza, imponente, ceremonioso, sólido y seguro en su capa roja, estaba el virrey, Cardenal Granvela. Saludó con pomposa dignidad, pero desde el primer momento Don Juan advirtió una reticente distancia. Conocía la leyenda de Granvela, astuto político, hombre de mundo y de poder, refinado amante de la vida y de las letras, de atuendo principesco y gustos suntuarios, buen catador de vinos, admirador de bellas mujeres y muy hábil en la intriga palaciega. Pasaba del italiano al español y, a veces, soltaba alguna palabra en su flamenco nativo.

Desde el primer momento le anunció que tenía del Papa la misión de entregarle en una gran ceremonia religiosa el estandarte de la Liga Santa y el bastón de Generalísimo de las fuerzas cristianas.

Mientras el séquito se dirigía a Castel Nuovo; residencia de reyes, la muchedumbre aclamaba a Don Juan. Bajo los balcones del palacio se congregó la multitud y Don Juan tuvo que asomarse varias veces a saludar. «Esta es gente alegre, fácil y no muy fiable», le había advertido Granvela.

Desde el primer día se reunió con el virrey y los consejeros para hacer cuenta del estado de los preparativos. Los millares de hombres, el número de galeras, el inventario de las armas, las municiones y las vituallas. Parecía faltar muy poco. Granvela se mostraba preocupado por lo avanzado de la estación. Se hacían cálculos de la fecha en que se podría partir con la flota combinada desde Messina en busca de las galeras del Sultán hacia el Este. «De ahora en adelante cada día es precioso. Ya septiembre es tarde y octubre seria muy riguroso.» A veces sentía física la pesantez de aquel inmenso cuerpo extendido por tierras y aguas de soldados y barcos que no terminaban de ponerse juntos.

Fue aparatosa la ceremonia en la Iglesia de Santa Clara. Don Juan salió del palacio vestido con sus arreos de guerra, la coraza labrada en oro vivo relampagueaba en el duro sol del verano.

A la puerta del templo lo aguardaba el Cardenal Granvela en todo el esplendor de sus ornamentos, apoyado en su alto cayado de metal dorado, la mitra le daba más imponencia y la barba blanca muy cuidada se abría sobre el pecho y la cruz de oro.

Parecía sentir que era él mismo y nadie más quien iba a encomendarle a aquel joven el mando efectivo para la gran cruzada. Entre el trueno de los órganos y las voces de los coros llegaron ante al altar mayor. Allí se desarrolló el ritual. Hubo sermón, mensaje del Papa, exaltación de la gran misión redentora que iba a poner fin al abominable dominio de los turcos en el viejo mar, pasaban evocaciones de Jasón y de Eneas, de la tierra de Jesús y de un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan.

Granvela tomó del altar el bastón de mando. Consistía en tres varas unidas por lazos de oro. Los tres mandos juntos del Papa, Venecia y España. Lo alzó como una joya sagrada. Tomó tiempo para dejárselo en las manos. Don Juan lo apretó con fuerza y sintió un vaho de calor que le subía hasta la cabeza. Era aquello el mando supremo que ahora estaba en sus solas manos. Paseó la mirada por los rostros expectantes o curiosos y levantó el bastón en alto, al tiempo que un gran clamor subió de todas las bocas. Luego vino la entrega del gran estandarte plegado. Seguido del gentío, Don Juan emprendió la marcha hacia el puerto. Así llegó al costado de la Galera Real. De inmediato comenzó la maniobra de izar el estandarte hasta que del largo de sus siete metros comenzó a flotar en la brisa sobre la galera. Era de un brocado azul y tenía en el centro un crucifijo, orlado de adornos de oro y plata, debajo las armas del Papa con las del rey de España y las de la Señoría de Venecia. Comenzaron a tronar los cañones de las galeras y de la costa.

Desde los días de Génova había escrito y recibido cartas de García de Toledo, marqués de Villafranca, que ya viejo y achacoso estaba en Poggia tomando baños sulfurosos. El viejo marino conocía la guerra en el Mediterráneo como nadie; desde los tiempos del Emperador había combatido con los turcos con buena y mala suerte y se sabia todos los lances posibles y las experiencias del combate de galeras. Aconsejaba prudencia, temía lo avanzado de la estación para iniciar una campaña y de muchas maneras parecía desaconsejar arriesgarlo todo en una acción decisiva contra los turcos.

Lo irritaba aquel razonar frío y lejano de la letra escrita. «Puede que tenga razón, pero ya en la situación en que me hallo no hay tiempo ni para rectificar ni para aguardar a mejor época.» En sus cartas cargadas de reminiscencias de viejas campañas aludía con frecuencia a Carlos V. Era como si el hombre de Yuste le dirigiera consejos. «Es bueno ser prudente, pero no hasta la indecisión, Juan de Soto.» Luego, para darle ánimo y para aplacar las dudas: «Yo sé lo que él hubiera hecho en mi caso. Una cosa es aconsejar con toda la prudencia imaginable y otra cosa muy distinta es tener la responsabilidad de comandar una armada hasta la victoria». Instintivamente tomaba el bastón de mando y se lo ponía ante los ojos, como un talismán. Era para eso que lo habían puesto allí, para comandar y decidir, para llevar hasta su término triunfal la temible campaña.

«Es ahora o nunca, con buen o mal tiempo, con todas las ventajas o sin ellas, que se va a decidir el destino.» Llegaban tardías noticias de las actividades marinas de los turcos. La formación y preparativos de la Liga Santa y su concentración de naves había dejado desamparado el ancho mar. Desde el Egeo hasta el Adriático las galeras de Selim atacaban puntos, tomaban presas y se sentían dueños de la situación. Chipre parecía condenado y se esperaba de un momento a otro su rendición. Se sabia que el Sultán, conocedor de los preparativos cristianos, organizaba sus fuerzas de mar, armaba galeras apresuradamente y preparaba tropas. El más famoso de sus halcones de mar era el renegado Uluch Ah, que gobernaba a Argel, tiñoso, torvo, cruel y supremamente hábil en la guerra naval, a quien los españoles llamaban El Uchali. antiguo cristiano, antiguo galeote, a fuerza de valor, inteligencia y audacia había surgido hasta convertirse en el más temido corsario del Mediterráneo y en señor de Argel. Había también los altos comandantes, los bajás del mar. que desde Constantinopla dirigían la formación y las operaciones.

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