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Los Jardines De Luz

Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:

Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sit?a en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. All? nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fund? la doctrina que consigui? unir tres religiones y que ha llegado a nuestros d?as con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intent? dar a sus coet?neos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento s?lo consigui? ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bell?sima historia y un libro fant?stico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al coraz?n.
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»Estoy preparado para ir a Roma. Igual que antaño pude reunir en Deb a los adoradores de Buda y a los de Ahura Mazda, reuniré a los adeptos del Nazareno y a los de Mitra, sin que por ello tenga que perseguir a los filósofos ni denigrar a Júpiter. Predicaré una fe para todos los seres humanos, una fe cuyo centro estará en Ctesifonte, de la que seré el humilde mensajero y cuyo protector será el rey de reyes. ¿No sería esto una gran conquista, digna de Darío y de Alejandro, e incluso más grande, más noble, más duradera, sobre todo, que las conquistas del pasado?

Sapor estaba perplejo, pero no quiso aclarar los malentendidos. Prefirió tomarle la palabra a Mani.

– Tú hablas de conquista y yo hablo de conquista; es normal que no utilicemos las mismas armas, pero tenemos las mismas ambiciones. Juntos podemos edificar en este mundo lo que ningún ser ha podido edificar anteriormente. Ha habido reyes conquistadores, preocupados de conducir a todas las criaturas hacia una suerte mejor, pero no tenían a su lado a un Mensajero; ha habido profetas santos y elocuentes, capaces de describir a los hombres un futuro de esperanza, pero no tenían junto a ellos a un soberano poderoso que aumentaba las mismas ambiciones. ¡Por primera vez, un mensaje celeste coincide con un gran reinado!

»Un mundo nuevo va a tomar forma bajo nuestros ojos. Yo, el rey de reyes, y tú, el Mensajero de la Luz, iremos juntos a Armenia, al país de Aram, a Egipto, a África, a Capadocia y a Macedonia; en la propia Roma estableceré el reino de la dinastía justa, tú proclamarás la fe universal que abarcará todas las creencias. Comparte, pues, mi sueño como yo aspiro a compartir el tuyo; uniré al universo por mi poder, tú lo armonizarás por tu palabra.

»Los magos se congregan ante mi puerta, desearían que esta guerra, que esta conquista fuera la suya. Desearían que, en cada país invadido, se abolieran las creencias que les incomodan y que se impusiera a todos la religión de los arios. En otros lugares, los sectarios de los dioses celosos se disponen a saltar sobre el mundo para establecer por todas partes el reino de la intolerancia. Yo y tú, tú y yo somos los únicos que podemos aún impedírselo.

»Ven, avanza a mi lado a la cabeza de los ejércitos, no tienes más que decir una palabra y dejaré a los malditos magos en sus altares del fuego; te designaré ante mis vasallos, ante mis caballeros, ante todos mis súbditos, y les anunciaré que esta conquista se hará en tu nombre, en nombre de la nueva fe, cuyo Mensajero eres tú.

El soberano estaba ahora exaltado, casi suplicante, y Mani se sentía paralizado de sorpresa y de emoción. De su boca no salía ni una palabra. Después de algunos segundos de silencio, Sapor prosiguió, con el tono de su majestad recobrada.

– Sé que no decides nada sin consultar a esa voz celeste que te habla. Ve, recógete, medita, conversa con tu ángel y luego vuelve a darme la respuesta.

* * *

Así pues, Mani se fue a deambular solo por los jardines del palacio. Los guardias reconocían ya su cojera, su capa azul y su bastón, y le dejaban que siguiera el rito de sus visitas habituales. En efecto, allí ya tenía sus costumbres, senderos que le eran familiares, árboles que solía visitar y una charca, a cuyas orillas le agradaba particularmente ir a sentarse, con una pierna doblada y la otra extendida, igual que lo hacía, siendo niño, al borde del canal del Tigris; y allí encontraba de nuevo, en la guarida del soberano más poderoso del mundo, esa alquimia de paz y de tormenta que le permitía abstraerse en la meditación.

Para que su voz interior pudiera hacerse oír.

«Hay momentos, Mani, en que uno se encuentra con una espada en la mano. Se siente vergüenza de utilizarla, sin embargo, ahí está, fría, cortante, prometedora. Y el camino está trazado. Antes que tú, otros Mensajeros se encontraron en situaciones parecidas. Cada uno de ellos tuvo que hacer su elección solo. Y solo estás tú. Más que nunca. Solo contra la opinión de Sapor y de sus cortesanos. Solo contra las redes de la Providencia. Sin otra claridad que el rayo de Luz que hay en ti, deberás discernir y escoger.»

– Bastaría que dijera «sí» para que la espada del rey de reyes me abriera los caminos del vasto universo.

«Tu nombre sería entonces venerado por los hombres siglo tras siglo, se elevarían oraciones a Mani, se ofrecerían sacrificios en su nombre, se gobernaría en su nombre, se mataría sin remordimientos invocando su nombre.»

– Aún puedo negarme…

«Si te niegas, pones tu cuerpo deleznable y tus ingenuidades atravesados en los caminos de la guerra, te interpones, te obstinas, te aferras a cada jirón de paz o de tregua. Y tu nombre será maldito, borrado, y tu mensaje desfigurado.

– ¿Durante mucho tiempo?

«Quizá hasta la extinción de los fuegos del universo. Y no entrarás en Roma. Y tendrás que huir de Ctesifonte. ¿Qué eliges?»

Mani dio su respuesta de pie, mirando al Cielo a la cara:

– Mis palabras no derramarán sangre. Mi mano no bendecirá ninguna espada. Ni los cuchillos de los que ofrecen sacrificios. Ni siquiera el hacha de un leñador.

4. El destierro del sabio

Contempladme, saciaros de mi imagen,

ya que no me volveréis a ver bajo esta apariencia.

Mani

Uno

El rey de reyes comenzó su campaña militar sin Mani. Con cuarenta mil brazos de arqueros, con los Inmortales de su guardia que alineaban diez mil gorros de esparto de color rojo sangre; con la noble caballería provista de corazas de hierro, tanto los cuerpos como las monturas, y también con la embarrada infantería de los campesinos sujetos a trabajos obligatorios, descalzos, con las manos varías, sin otro escudo que una piel de cabra extendida sobre dos cañas cruzadas; con la tropa abigarrada de las tribus sometidas, gelos, cadusianos, vertios, dailamitas, hunos, albanos; con los elefantes y sus guías, con los tambores, las trompas y los abanderados, Sapor se puso en movimiento, izado en su trono de combate por sesenta hombros, llevando tras él a sus mujeres, sus músicos, sus médicos, sus cocineros, sus bufones, sus adivinos, sus escribas, sus aduladores y sus consejeros. Pero sin Mani.

La hueste tomó primero el camino del norte, hacia Armenia. No se trataba aún, en su sentido pleno, de una guerra de conquista, ya que el César de Roma había concedido a los persas la autoridad sobre aquel país y la nobleza local se había doblegado a ello. Sin embargo, Armenia seguía siendo un reino, vasallo pero distinto, adherido, pero a la espera de que se aflojara un día la tenaza de los sasánidas.

La gesta antigua de los armenios cuenta en qué circunstancias el venerable rey Josrov, en el cuadragésimo noveno año de su reinado, fue atraído fuera de su palacio de Jaljal, con el pretexto de una montería, y traidoramente apuñalado por dos agentes a sueldo de Ctesifonte; qué sangrientas disensiones siguieron a este suceso, y cómo Sapor, con sus tropas situadas oportunamente en las fronteras, se consideró obligado a invadir el territorio para poner fin al intolerable desorden; cómo la dinastía reinante fue desposeída de su feudo, que fue rápidamente anexionado a los dominios sasánidas; cómo, también, los magos de Atropatena, que llevaban los altares del fuego montados en carros de oración, penetraron en el país tras los jinetes y, recorriendo una a una las satrapías armenias, se dedicaron encarnizadamente a extinguir las creencias locales y a humillar a las divinidades disidentes; cómo, finalmente, las más ilustres familias del país eligieron entonces el exilio, y se marcharon primero a Melitene y a Ponto y luego hasta la misma Roma, para intentar conmover al Pretorio y a los senadores con el relato de sus sufrimientos. Se les escuchó, se les compadeció y todo el mundo se indignó y prometió, pero nadie movió una lanza.

Precisamente de eso quería asegurarse Sapor antes de llevar a sus hombres a través de los montes Amanus y las fuentes del Éufrates hasta Capadocia, Cilicia y la Siria romana. Conquistó fácilmente a los romanos treinta y siete ciudades y sus campos, entre las cuales estaban Batna, Barbalisos, Hierápolis y Alejandreta, así como Hama, Calcis y Germanicia; y sobre todo, Antioquía, la más populosa, la más próspera de todas, que fue horriblemente saqueada. Devastaron sus huertos, raptaron a las mujeres y deportaron a miles de artesanos a Ctesifonte, donde se les asignó un suburbio.

Un procónsul romano que no tuvo tiempo de embarcarse hacia Egipto, tuvo que figurar, con los pies encadenados, en el cortejo triunfal que el rey de reyes hizo desfilar por las pavimentadas avenidas de la capital. De todos los confines del Imperio sasánida afluían las delegaciones, cargadas de regalos, para aclamar al vencedor.

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