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Olvidado Rey Gudú

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Olvidado Rey Gudú
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Y mientras esto decía, recuperaba su memoria la visión de los azules ojos de Almíbar, medio oculto entre los tapices y las sedas, clavados en ella con una fijeza que entonces halló estúpida, y ahora entendía de muy distinta manera.

– Señora -rugió suavemente, si esto es posible, y a fe que en él lo fue-, ¿cómo podéis pensar tal indignidad de mí? Humildemente os suplico perdonéis este arrebato: hace tanto, tanto tiempo que…

Y así, empezó aquel idilio secreto, aquel pacto, aquella esperanza luminosa que, pacientemente, condujo a Ardid al soñado día de la venganza.

El amor de Almíbar creció con los días, con los años. Pero el amor no prendió en el pecho de Ardid: mucho había aprendido de sus funestas consecuencias, para dejarse arrastrar por tan peligroso sentimiento. Así pues, si bien consideraba muy agradable y sano tener oportunidad de no marchitar su robusta y bella juventud en la estúpida soledad de cuatro paredes, no por ello su cerebro dejaba de urdir planes de un futuro más halagüeño.

4

El niño que Ardid llamaba Príncipe Heredero fue bautizado sin pompa alguna y con una parquedad sin igual. Un fraile del convento de los Abundios fue introducido bajo custodia en la Torre Este, echó agua en la cabeza del infante, le impuso de nombre Gudú -como su madre ordenó- y se volvió por donde había venido, con más prisa de la que era previsible. El Abad, dadas las circunstancias, juzgó inadecuada su presencia, aun a sabiendas de que, hasta el momento, la costumbre aconsejaba que él bautizase a todos los hijos de nobles, y más aún, a los hijos del Rey.

El niño crecía, sin lujo alguno, en las habitaciones de su madre. Día a día, el uso y el tiempo iban deteriorando muebles y enseres, y nadie se cuidaba de reponerlos. Pero estas cosas no preocupaban a la Reina, ensimismada en otras preocupaciones.

El niño aprendió muy pronto a mantenerse sobre sus piernas, largas y firmes, y mucho antes de lo acostumbrado aprendió a corretear sin ayudarse de manos y rodillas. La madre, el Hechicero, el Trasgo y el propio Almíbar le amaban, pero cada uno inmerso en sus propias obsesiones, poco o nada cuidaban de sus correrías, y menos aún de su educación, juzgando que aún era temprano para ello, y que muchas otras cosas requerían su atención.

Almíbar fue dulce y amistoso con el Hechicero, y le permitió visitar con asiduidad a la Reina. Y como tenían aficiones comunes -si bien en Almíbar de muy modesta calidad-, el Hechicero consentía en instruirle sobre algunos de sus conocimientos, por lo que las veladas en las cámaras de la Reina Ardid tomaron un tinte a medias entre conspiración y hogareña intimidad. Al Trasgo no podía verlo Almíbar, pero al fin, enterado de su existencia, podía mantener alguna charla de pura cortesía con él, a través del Hechicero o de la propia Ardid. No obstante, si bien se respetaban mutuamente, lo cierto es que jamás se comprendieron uno a otro.

A pesar de todos los vaticinios del Trasgo sobre sus ojos, el pequeño Gudú jamás dio muestras de enterarse de su presencia. Y aunque esto le daba claras muestras del pequeño grado de contaminación de que era víctima, el Trasgo se sentía íntimamente desazonado por su causa. Se guardaba de decirlo, pero su gran deseo hubiera sido todo lo contrario; y por llamar su atención, no cesaba de dar cabriolas y volatines frente al niño, ante la indiferencia de éste. Por contra, la vista de Gudú era aguda para todo lo demás. Encaramado al antepecho de la ventana, distinguía claramente cuanto se ofrecía a su escrutadora mirada, que, con el tiempo, se tornó de un azul muy claro, mezclado de gris, y tan brillante, que recordaba el fulgor de la escarcha invernal en las ramas desnudas del parque.

Así, pasaron algunos años, y cuando Gudú el Ignorado cumplió tres, dado el relajamiento de la Guardia -no olvidemos que ésta y su Capitán, Randal, pertenecían en cuerpo y alma a la Reina y al Príncipe Almíbar-, en la Corte de Olar se tenía a los de la Torre Este y a sus guardianes en el total olvido.

El pequeño Príncipe atravesó un día los umbrales de las estancias maternas y se aventuró por pasillos y recovecos. Era una criatura de aspecto tan robusto que, aun a pesar de la palidez de su piel -como criatura crecida a espaldas del sol que, sólo a ciertas horas y estaciones, bailaba sobre los azules pájaros de las cortinas, ya totalmente marchitos-, presentaba un aspecto tan fuera de lo común -los niños de la damas cortesanas solían crecer enfermizos e incómodos entre refajos y puntillas-, que hubiérasele tomado por un campesino, a no ser por la pulcritud de las dos doncellas que de él cuidaban.

Gudú tenía la cabeza grande, de frente ancha y despejada aunque materialmente tapada por la espesa pelambre negra de rizos enmarañados. Sus ojos inquisitivos parecían taladrar cuanto miraban, y había una especie de fiereza en su semblante totalmente impropia en un niño tan pequeño. Tenía manos muy grandes, aunque todavía sembradas de hoyuelos, y cuando asían algo, no lo dejaban caer al suelo como solían hacer los de su edad, sino que lo retenían con fuerza, y nadie era capaz de arrebatárselo: sólo se desprendía de su presa para lanzarla, con precisión asombrosa, sobre alguna cabeza elegida como diana. Por lo que demostraba hallarse dotado de gran puntería, por una parte, y escasa consideración hacia sus semejantes, por otra.

Con tales aficiones, a pesar de que por su estatura no hubiera sido fácilmente distinguido entre los sombríos recovecos del grande y poco confortable Castillo, lo cierto es que su presencia empezó a hacerse notar por criados y soldados, y tomándosele por el hijo de alguno de ellos, en más de una ocasión recibió un puntapié en sus tiernas posaderas: humillación correspondida con mordiscos que, a su vez, mostraban un desarrollo y fiereza en la dentadura del niño equiparable a su puntería. Aunque a nadie le interesaba realmente quién era el niño, poco a poco, unos y otros fueron barruntándolo. Y como no se atrevían a decirlo, ni comentarlo, fue costumbre entre criados y soldados hallarlo en los corredores metido entre sus piernas, como si se tratara de un cachorro perdido. Después del primer puntapié, Gudú se frotó con gran parsimonia la parte afectada, y aprendió a correr, trepar y ocultarse con tanta rapidez y astucia, que vino a constituir casi una pesadilla para quienes tenían que sufrir sus raudas y ladinas incursiones. En ellas llegó incluso hasta las cocinas, y así conseguía bocados que nunca antes probara. Robaba cuantos objetos llamaban su atención, y escabulléndose como un gato, venía a ocultarlo todo en un hueco de la negra chimenea. Allí los encontraba el Trasgo, y transido de ternura, los acariciaba con profunda melancolía. «Ah, mi Príncipe -se decía, en la soledad de su subterráneo-, ¿llegarás a verme algún día? Si tal cosa sucede, poco me importará aumentar mi grado de contaminación: con ello me daré por satisfecho.»

5

Los años se sucedieron para la Reina y su camarilla con mayor rapidez de lo imaginado al principio de su cautiverio.

Y llegó un día en que cumplió Ancio veinte años, Bancio y Cancio dieciocho, Furcio trece, y estando a punto de cumplir le aquellos como una visión especial, como un raro caballero de leyenda lejano a toda la maldad que conocían.

Poco a poco Predilecto fue acercándose más a sus aldeas, a su miseria y a su desesperación, hasta que llegó un día en que habló con un muchacho, otro con un hombre, otro con varios hombres y mujeres. Se acercaba a sus chozas, y ya no le recibían con pedradas o silencio -como había ocurrido en alguna ocasión con alguno de los Soeces o su tropa-. Sólo el primer día le trataron con despego y una piedra le dio en la frente. Entonces, una muchacha llamada Lure lo entró en su cabaña y le vendó. Y eran tan grandes su distinción y belleza, que una mujer, deslumbrada, dijo que Lure tenía a San Jorge en su choza. Y cuando algunos se acercaron a verle, temerosos, Predilecto sintió una gran pena en su corazón, al contemplar sus andrajos y sus rostros famélicos. Se juró que si un día llegaba a ser Rey, pondría fin a toda aquella maldad.

Así lo dijo, pero el viejo abuelo de la muchacha le advirtió:

– Seguramente así lo piensas, joven Príncipe. Pero has de saber que no cumplirás lo dicho: un Rey nunca podrá ser como tú dices. Y si llegas a Rey, como los otros te portarás, para no dejar de serlo.

– ¡No, no! -protestó él-. Te digo la verdad. Mi conducta será muy distinta.

– Entonces dejarías de ser Rey -repitió el anciano-. Muchos años he vivido, y mucho sé de todas estas cosas. Y te diré algo, noble jovencito: acaso nosotros seríamos los primeros en arrojarte del trono.

Estas palabras le dejaron muy confuso, y se dijo: «Mi padre y este anciano dicen lo mismo, cada uno desde lugar opuesto». -Entonces -dijo Predilecto-, no seré jamás Rey.

Y el anciano sonrió.

– Así, quizá podrás hacer algún bien a gentes como nosotros. Y Predilecto reflexionó:

– Algún día el mundo será justo para todos. El anciano quedó muy caviloso.

– Puede que digas verdad -exclamó-. Y puede que algún día, en algún tiempo, eso sea posible.

– Todo es posible -dijo con pasión Predilecto- si queremos que lo sea.

A partir de entonces, en sus escapadas -que instintivamente ocultaba a los del Castillo- aquellas gentes llegaron a constituir el único lugar donde podía liberar de soledad, angustia y desesperanza todo lo que despertaba en su corazón a medida que se hacía hombre. Y en medio de todas estas cosas, algo le hacía sufrir y le consolaba a un tiempo: a pesar de cuanto descubría, pensaba y sentía, amaba a su padre, y no podía dejar de amarle.

Estando así las cosas, cierto día tropezó en un corredor del Castillo con un grupo de pinches que maltrataban y se burlaban de un niño. Lo habían rodeado y a puntapiés se lo pasaban unos a otros. El niño era muy pequeño, de unos cinco o seis años de edad. Como un lobezno rebelde y furioso, se defendía a dentelladas, y comprobó que más de una canilla había ya hecho sangrar. Esto excitaba más a los pinches, y les divertía y enfurecía a partes iguales.

Predilecto sintió que un viejo y remoto rencor -un rencor que aún no conocía, que presentía difusamente en sus visitas a los Desdichados- estallaba dentro de él como un trueno. Por primera vez una ira sorda, ciega y roja nubló sus ojos. Nadie le había visto jamás el rostro, por lo común sereno y afable, inundado de tan salvaje odio. Levantó la espada, y con la hoja de plano, asestó tantos golpes a aquella pandilla de truhanes, que más de uno anduvo por algunos días medio cojo o con el brazo envuelto en un pañuelo. Y espantándolos gritó, fuera de sí:

– ¡Jamás, jamás nadie toque a un indefenso en mi presencia! Pero alguien no se había marchado, alguien que arteramente había escapado a sus golpes, y que apareciendo tras una tinaja, le escupió con rabia:

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