Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
A Tuf siempre le habían gustado de modo especial los edificios altos y ahora, tanto de día como de noche, no se cansaba de observar el paisaje ciudadano desde las plataformas situadas a grandes alturas, de un kilómetro y hasta nueve. No importaba lo alto que subiera: las luces parecían infinitas, extendiéndose en todas direcciones hasta perderse en la distancia, sin un solo lugar oscuro que rompiera su interminable sucesión. Edificios de cuarenta y de cincuenta pisos, que parecían cajas sin ningún rasgo distintivo, se alzaban casi pegados unos a otros en hileras interminables, viviendo en la perpetua semioscuridad de las torres cristalinas que las superaban en altura para beber el sol. Los nuevos niveles se construían sobre niveles que a su vez se alzaban sobre niveles aún más antiguos. Las aceras móviles se unían y se alejaban unas de otras formando dibujos tan intrincados como laberintos y bajo la superficie fluía una red de gigantescas carreteras subterráneas donde los turbotrenes y las cápsulas de entrega se lanzaban como proyectiles a través de las tinieblas, a cientos de k as por hora. y bajo esas carreteras había sótanos y subsótanos y túneles y pasadizos. Toda una ciudad duplicada que alcanzaba bajo el suelo las mismas profundidades que su gemela de cristal arañaba en las alturas.
Tuf había visto las luces de la metrópolis a bordo del Arca y desde su órbita la ciudad ya le había parecido engullir medio continente. Vista desde la superficie parecía lo bastante grande como para tragarse galaxias enteras. Había otros continentes y ellos también ardían por la noche con las luces de la civilización. En el mar luminoso no había zonas de tinieblas. Los habitantes de S’uthlam no tenían espacio para malgastar en lujos, como parques o jardines. Tuf no lo desaprobaba. Siempre había pensado que los parques eran una institución malsana, diseñada básicamente para recordarle a la humanidad civilizada cuán tosca, incómoda y feroz había sido la vida, cuando no había más remedio que vivirla en plena naturaleza.
Haviland Tuf había estado en muchas culturas durante sus viajes y, a su juicio, la cultura de S’uthlam no era inferior a ninguna de las que había visto. El planeta estaba lleno de variedad y asombrosas posibilidades, y su riqueza era tal que hacía pensar al mismo tiempo en la vitalidad y en la decadencia. S’uthlam era un mundo cosmopolita, perfectamente insertado en la red que unía una estrella con otra, y saqueaba a su capricho la música, el drama y los sensoria importados de otros planetas. Utilizaba esos constantes estímulos para transformar incesantemente su propia matriz cultural. La ciudad ofrecía más variedades de diversión y entretenimiento de lo que Tuf había encontrado antes en un solo lugar. Si un turista deseara experimentarlos todos, tendría que estar ocupado durante varios años.
A lo largo de sus años como viajero, Tuf había visto la avanzada ciencia y la magia tecnológica de Avalon y Newholme, Tober-en-el-Velo, Viejo Poseidón, Baldur, Aracne y una docena de planetas más que marcaban la primera línea del progreso humano. La tecnología que veía ahora en S’uthlam rivalizaba con cualquiera de ellas. Para empezar, el ascensor orbital ya era una hazaña impresionante. Se suponía que la Vieja Tierra había construido obras semejantes en los lejanos días anteriores al Derrumbe y Newholme había erigido uno en el pasado, solamente para verlo caer durante la guerra. Pero, en ningún otro lugar había presenciado Tuf una obra de ingeniería tan colosal, ni siquiera en la mismísima,Avalon, donde se había estudiado la posibilidad de ascensores como ése y habían terminado por rechazarse debido a razones económicas. y tanto las aceras móviles como los tubotrenes o las factorías eran modernos y eficientes. Hasta el gobierno parecía funcionar.
S’uthlam era un mundo de maravillas. Haviland Tuf lo observó y viajó por él y examinó sus maravillas durante tres días antes de volver a su habitación pequeña e incómoda, aunque de primera clase, en el piso número setenta y nueve de una torre hotelera. Cuando estuvo allí, hizo venir al encargado.
—Deseo hacer los arreglos precisos para volver de inmediato a mi nave —dijo, sentado en la estrecha cama que había hecho brotar de la pared, ya que las sillas le resultaban incómodas y demasiado pequeñas. Luego cruzó plácidamente sus grandes y pálidas manos sobre su vientre.
El encargado, un hombrecillo que apenas si tendría la mitad de la talla de Tuf, pareció algo preocupado.
—Tenía entendido que su estancia iba a prolongarse durante diez días más —dijo.
—Correcto —replicó Tuf—. Sin embargo, en la misma naturaleza de todo plan ya entra su mutabilidad. Deseo volver a mi nave en órbita tan pronto como sea posible. Le guardaría una extremada gratitud si se encargara de todos los trámites, señor.
—¡Hay tanto que aún no ha visto! —Ciertamente. Con todo, pienso que lo visto hasta ahora, aunque tomado como muestra representativa de todo un planeta puede resultar pequeña, ya es suficiente.
—¿No le gusta S’uthlam? —Padece de un exceso de s’uthlameses —replicó Haviland Tuf—. Podría mencionar también algunos otros defectos. —Alzó un dedo tan largo como lechoso. La comida es nauseabunda y en su mayor parte ha sido reciclada químicamente a partir de una materia prima básicamente desagradable y repleta de colores tan lejos de lo normal como de lo agradable. Lo que es más, las raciones no son en lo más mínimo convincentes. Quizá pudiera arriesgarme a mencionar también la constante y molesta presencia de los reporteros. He aprendido a identificarles por las cámaras multifoco que llevan en el centro de la frente, igual que un tercer ojo. Puede que usted mismo los haya visto acechando en sus pasillos, en el sensorio o en el restaurante. Por lo que he podido calcular, me parece que su número asciende a la veintena.
—Usted es una celebridad —dijo el encargado—, una figura pública. Toda S’uthlam desea saber más sobre usted. Pero estoy seguro de que si su deseo era no conceder entrevistas, los fisgones no habrán osado entrometerse en su intimidad, ya que la ética de su profesión…
—No dudo de que la han observado al pie de la letra —concluyó Haviland Tuf—, tal y como debo admitir que han mantenido su distancia. Sin embargo, al volver cada noche a esta habitación francamente insuficiente, he visto los noticiarios y he sido acogido con escenas en las que figuraba yo mismo, contemplando la ciudad, comiendo alimentos que parecían de goma y visitando algunas atracciones típicas, por no hablar de ciertas entradas en instalaciones sanitarias. Debo confesar que la vanidad es uno de mis grandes defectos. Pero aún así, los atractivos de la fama no han tardado en marchitarse para mí. Lo que es más, casi todos los ángulos con que han sido grabadas dichas escenas me han parecido muy poco halagadores y el humor de los comentaristas de esos noticiarios me ha parecido rayano en lo ofensivo.
—Eso es fácil de resolver —dijo el encargado—. Tendría que haber acudido a mí antes de hoy. Podemos alquilarle un escudo de intimidad. Se abrocha el cinturón y si cualquier mirón se le acerca a menos de veinte metros el aparato se encargará de paralizar su tercer ojo y además le proporcionará una terrible jaqueca.
—Pero hay algo que no resulta tan fácil de solucionar —observó Tuf con el rostro impasible—. La absoluta falta de vida animal que he observado durante estos días.
—¿Alimañas? —dijo el anfitrión, aterrado—. ¿Está preocupado porque no tenemos alimañas?
—No todos los animales entran en esa categoría —dijo Haviland Tuf—. Hay muchos planetas en los cuales los pájaros, los perros y otras especies son animales domésticos, queridos y mimados. Por ejemplo, yo adoro a los gatos. Un mundo realmente civilizado siempre mantiene un lugar para los felinos. Pero, en S’uthlam, al parecer, el populacho no sabría distinguirlos de los piojos y de las sanguijuelas. Cuando hice los arreglos para mi visita a este mundo, la Maestre de Puerto Tolly Mune me aseguró que sus hombres se encargarían de mis gatos y acepté sus palabras al respecto. Sin embargo, dado que ningún nativo de este mundo se ha encontrado jamás ante ningún animal de una especie que no sea la humana, me parece que tengo razones para interrogarme sobre el tipo de cuidados que están recibiendo actualmente.