La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
– No te vayas tú, Angélica, si no tienes que hacer nada urgentísimo en Madrid, que veo que te está sentando el campo bien y así tendremos un pretexto para que Jacobo venga a vernos los fines de semana -ha declarado Juan Campos a la hora del café uno de estos últimos días.
El tono de voz de Juan Campos ha sorprendido a Antonio Vega. Sí, es el tono amable del Juan Campos de siempre. Pero es un tono de voz que viene de otro tiempo. Antonio tiene la impresión de que Juan Campos habla desde un tiempo muy anterior al tiempo presente: es la voz familiar, sin duda. Pero la referencia a que el campo está sentando bien a Angélica es demasiado personal, considerada, para el tono genérico y apagado del Juan Campos ensimismado y monosilábico de los últimos tiempos. Es como si de pronto, tras una larga convalecencia, Juan se sintiera mejor y alzara la cabeza y contemplara a su nuera con una nueva simpatía.
Y sorprende a Antonio Vega sentirse sorprendido por esto -que desde cualquier punto de vista es una buena noticia, puesto que de confirmarse el nuevo tono, significaría que por fin ha abandonado Juan su reticencia-: es como si hubiera Antonio descontado ya la integración de Juan en la vida normal, en el trato considerado y amable con la gente de su casa y le hubiera condenado a su reino sombrío. ¡Se avergüenza Antonio de haber en su interior condenado tan deprisa a Juan a quien conoce tan bien de tantos años! Esa tarde no está Fernandito en la casa. Nadie, excepto Antonio, ha reparado en el nuevo tono de voz de Juan. Pero ha quedado claro para todos los presentes, incluida Emilia, que Angélica no se irá a Madrid con Andrea porque no tiene en Madrid mucho que hacer y el Asubio le está sentando bien. El plan para el día siguiente es sencillo: Antonio Vega llevará a Andrea a tomar el tren a Letona, Angélica les acompañará, hará unas compras y regresará con Antonio al Asubio esa tarde. Angélica, sin saber ella misma por qué, se siente remozada. Como si esta pequeña excursión, unida a la prolongación de su estancia en el Asubio, fuera un milagro.
La palabra milagro se le ocurrió a Angélica a la vez que aceptaba la invitación de su suegro. También Angélica se sintió muy sorprendida y como iluminada repentinamente. Así se lo dijo a Jacobo por el móvil esa misma tarde insistiendo mucho en lo sorprendida que se hallaba y en que todo ello era un milagro.
– ¿Pero el qué, churri, el qué es un milagro?
– Bueno, todo. ¡El que tu padre sea de pronto tan consciente, así de pronto, tan atento, que comprenda por fin la situación…!
Jacobo está sintiendo un larvado malhumor. Por otra parte, le da igual que su mujer vuelva a Madrid o se quede en el Asubio. En el banco están las cosas de tal modo que Jacobo prefiere por las tardes acabar en el gimnasio y tomarse una cerveza al final con los colegas, a sentarse en casa con las cenas frías de Angélica y los programas de televisión. No, por supuesto, para siempre, pero la invitación paterna le permite a él también un desahogo que en la vida de un alto ejecutivo en estos duros tiempos de la gran banca viene a ser, sí, por qué no, todo un milagro. Que Jacobo sea un marido obtuso es, en opinión de Angélica, mejor. Que sea cariñoso, que gane bien, que tenga una familia, como Jacobo tiene, incluso sin Matilda, tan notable, que sean ricos, porque Jacobo ha quedado, lo mismo que los otros dos hermanos, bien apañado una vez hecha la testamentaría de su madre, en fin, que no esté al tanto por completo de las más sutiles corrientes interiores de lo que acontece, le parece a Angélica muy apropiado para un chico y, por así decirlo, muy viril. Un exceso de sensibilidad delata cierta pluma que Angélica prefiere, siendo como es liberal de corazón, disfrutar en casa ajena. Tengo muchos amigos gays, es una frase muy de Angélica estos últimos años. Al dejar a Jacobo y retornar el móvil a su bolso, Angélica se mira en el espejo del tocador de su cuarto y se ve borrosa como si no pudiera enfocar bien, de pura excitación, su imagen reflejada. El Asubio fractal que el dormitorio de Angélica y Jacobo contiene se amontona en el espejo, con un efecto de boscaje, debido quizá a la luz indirecta de una pantalla de pie: la ondulación de ramas y de nubes al atardecer, un ululato vegetal del cárabo, quizá, en el oscurecido alrededor del Asubio, un zureo de palomas que anidan bajo las tejas. Una sensación muy jaspeada invade a Angélica ahora, un efecto achampañado que presagia un relanzado latir del corazón. ¿O qué? Angélica se siente muy verbosa todo ese fin de tarde y al día siguiente, mientras ayuda a Andrea con las maletas, con las bolsas, mientras compra un frasco de colonia en una droguería próxima a la estación, mientras regresa al Asubio sentada junto a Antonio Vega, tan amable.
En vista de que no daba durante esa temporada en el Asubio con nada realmente terrible y ni siquiera sobresaliente en la monótona vida de los Campos, Angélica ha estado observando y reflexionando mucho acerca de los hombres de la casa. Antes de casarse, Angélica fue una chica muy de chicos, tuvo varios novios, no del todo enamorados de ella ni ella de ellos, pero todos, eso sí, muy dispuestos a dejarse interpretar. Angélica es, al fin y al cabo, una chica intelectual. Se lleva regular con las mujeres, excepción hecha de Andrea, pero considera que se lleva de cine con los hombres. He aquí que a diario se ha visto confrontada en el Asubio por tres hombres: Fernandito, Juan y Antonio. Tres hombres muy distintos entre sí, ha decidido Angélica. A Fernandito, que la trata con una perpetua guasa, le detesta. Le tiene puesto junto con Emeterio en esa lista de hombres que más vale no menear. En cambio, Juan Campos en su ensimismamiento y Antonio Vega en su solicitud le parecen a Angélica admirables. Se siente tiernamente inclinada a comprenderlos, a preocuparse por ellos, sobre todo por Juan Campos, aun cuando ya está mayor y el verdaderamente atractivo en esta casa sea Antonio. Antonio es el más guapo, pero en cambio, la sombría presencia de Emilia es disuasoria. Juan Campos es el más interesante. En esto ha cambiado Angélica bastante: de recién casada todo su interés quedó fijado por Matilda. De Juan Campos le interesaba sólo su prestigio académico, poder decir que era catedrático de Metafísica o de Historia de la Filosofía, o lo que fuese, sonaba bien entre sus amistades. Pero Matilda, siempre ausente, omnipresente a la vez, fue un modelo a imitar, a admirar, y a la vez un modelo detestable que no prestaba a Angélica la más mínima atención. Está mejor muerta, las cosas como son -pensaba-. Creyó Angélica al principio que lo que en el Asubio sucedía estaba fuera de Angélica oculto en la situación, en el espacio, en el tiempo, en las otras personas de la casa, en otras vidas. Pero, un poco a compás de la nueva dieta rica en carbohidratos y salsas bien trabadas, ha ido Angélica pensando que lo extraño también estaba en ella misma, fuera parte lo que quede fuera, sea siniestro o no. Y lo que hay en ella misma ha sido un enternecimiento progresivo, un deseo de comprender a Juan Campos y un convencimiento, cada vez más nítido, de que su ensimismamiento, su tristeza, su duelo, necesitarían un consuelo de mujer. De alguna manera, al nivel cortés, sociable, de las relaciones familiares, le ha parecido a Angélica que su suegro la trataba con una deferencia especial. Pero cuando la invitó a quedarse en el Asubio se hizo la luz y fue como un milagro. Fue un milagro. Ha dejado Angélica de pronto de sentirse de vacío, ahora se siente significativa y en suspenso, tentativa y a oscuras, y a la luz de sentimientos que, no por prohibidos -si se confirmaran- dejarían de ser menos profundos o menos verdaderos. El amor que mueve todas las estrellas no hace acepción de suegros y de nueras.