Arena en los zapatos
- Автор: Sasturain Juan
- Год: 1989
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Arena en los zapatos». Краткое содержание книги:
Uno de los vidrios de los anteojos negros se había roto al caer, aplastado entre la dureza del camino y la cara del hombre. Por eso tenía un corte bajo el ojo derecho que permanecía abierto, celeste y asombrado.
– ¿Lo conoce?
Cacho no había podido resistir la tentación y estaba junto a él.
– Sí, creo que sí. No toques nada que nos vamos enseguida.
Se acuclilló. Coria estaba frío. La sangre no manaba ya aunque el charco bajo el pecho era considerable.
Lo dio vuelta con cuidado, revisó los bolsillos. Examinó las tarjetas de una billetera con bastante dinero y se quedó con dos. La cédula de identidad con su innegable rostro estaba a nombre de Carlos Forlán.
Se la guardó. Copió otros datos en su libreta y dejó todo en el lugar.
Después fue al auto. Tomó el número que ya conocía, revisó la guantera y no encontró nada de interés excepto una pistola del veintidós con todo el cargador envuelta en una gamuza. La dejó allí.
El baúl estaba vacío. En el asiento trasero había un bolso de cuero con poca y buena ropa. Había quedado abierto y revuelto.
Etchenike cerró con cuidado, dejó todo como estaba y volvió junto al cadáver. La ropa y los mocasines eran nuevos y estaban impecables a no ser por la suciedad del revolcón final y algunas manchas oscuras en la botamanga del pantalón beige. Observó todo con detenimiento y hasta arrimó la cara, la nariz, como un perro.
– ¿Qué busca? -dijo Cacho impaciente ya.
– Yo no busco, encuentro -dijo Etchenike citando a Picasso sin saberlo.
Volvió al camino, observó las huellas, las marcas en el piso, algunas ramas rotas de los árboles cercanos y finalmente retornó junto al furgón.
Cacho estaba al volante y con el motor en marcha.
– ¿Estaba todo así cuando lo viste por primera vez? -dijo sentándose a su lado.
– Creo que sí.
– Entonces salteate esta visita conmigo y mañana temprano contale a la policía la primera. Les va a interesar.
– No pienso ir a la policía. Por eso se lo mostré a usted.
– Está bien. Yo tampoco hablaré. Tampoco te voy a contar nada… Cuanto menos sepas, mejor -y se volvió hacia la ventanilla para no ver la decepción en la cara del muchacho.
El furgón retomó la huella. Cuando llegaron al asfalto, antes de doblar hacia Playa Bonita, Etchenike lo hizo detenerse y miró para atrás. Una sutil nube de polvo marcaba el sendero que acababan de recorrer.
– Ya está -dijo-. Ahora imaginemos algo para explicar qué andábamos haciendo juntos. Cualquier cosa menos encontrar cadáveres.
35. Lo sabía II
En la oficina de destacamento, a las ocho y media de la noche, el agente Russo estaba solo. Hablaba por teléfono a los gritos bajo la mustia lamparita de cuarenta y decía sí señor, sí señor, se lo diré señor.
Etchenike esperó que colgara:
– ¿Dónde están?
– En el hotel. Se fueron todos.
– ¿En el Atlantic?
– Sí.
El veterano se asomó a la habitación contigua que estaba abierta. Miró bien. Volvió y se sentó frente a Russo.
– También se llevaron el cadáver -dijo.
– También. No había ambulancia para trasladarlo a Necochea hasta mañana. El juez ordenó no tocar nada hasta que venga él. Acaba de hablar por tercera vez…
– ¿Y por qué al hotel?
– Es la única heladera grande que hay en el pueblo. La única industrial. Tenía un olor…
Etchenike imaginó el mar. Vio el mar y a Sergio Algañaraz rodando por el fondo, enredado de algas, sucio de arena, con el pelo en movimiento, en olas. Lo volvió a ver muerto en la playa. Lo recordó en ese cuarto de al lado, tirado sobre las hojas de un diario zonal, mal cubierto. La imagen era cada vez peor, más sucia, más obscena.
– ¿Cómo lo llevaron? -insistía en detalles para qué.
– No había camilla. La de los bañeros está en la casilla de la playa, que está cerrada desde el primero de marzo. Así que sacaron la puerta para poder transportarlo sin manosear. Lo taparon con una lona.
El agente Russo señaló el itinerario del cadáver con un gesto que iba de la habitación que ahora Etchenike descubría sin puerta, hasta la calle, y luego las tres cuadras que imaginó en procesión hasta el Atlantic.
– Acá nada está donde debe -se oyó decir.
– ¿Cómo?
– La ambulancia, la heladera, la camilla, el juez, los bañeros, el forense, los bomberos… Todo está en otra parte.
– ¿En dónde?
Etchenike no contestó. Por un momento, el único sonido en el cuarto fue el zumbar de los bichos alrededor del foquito.
– Así que apareció la ropa… -dijo al cabo de un suspiro.
– Toda: la remera, el pantalón, las ojotas, hasta la llave del cuarto, la guita…
– ¿Quién es la mujer?
– ¿Qué mujer?
– La que encontró la ropa de Algañaraz.
– Yo.
Giró la cabeza y la Beba estaba allí, apoyada en la puerta de entrada.
Tenía el vestido floreado; el pelo recogido en una cola de caballo le hacía la cara más ancha; la sonrisa violenta ocupaba mucho espacio pero tenía poco sentido allí.
– Lo sabía -repitió Etchenike, sabio e inútil.
36. Maníes salados
Ella avanzó dos o tres pasos. Se sacó los anteojos. Estiró un brazo y lo apoyó en la pared. Su mirada brillaba. Pero no era cosa de llorar:
– ¿A ver qué más sabés?
– Que te sentís mal.
– Me siento muy bien -se recostó, hizo espaldas clásicamente, flexionó una rodilla-. ¿Y vos qué hacés acá? ¿Sos policía también? Está lleno de canas.
– Terminé mi trabajo y vine a presentarme a la autoridad -el veterano comenzó a ponerse de pie-. Pero la autoridad no estaba: la estoy buscando.
Ella echó una risotada.
– Yo también busco a alguien -hizo una pausa burlona, levantó el índice-. Pero no a cualquiera.
Era una caricatura. Era mentira. Etchenike sintió que podía derrumbarse en cualquier momento. No haría ruido; se deslizaría hasta quedar tirada allí.
– Te puedo ayudar.
– Ese laburo que tenés… Trabajás para Romero.
– Para Romar, antes. Ahora, para Mojarrita Gómez, no sé si sabés…
Beba hizo un gesto de escepticismo sobrador. Todo era obvio para ella.
Le hacía sentir que no sabía nada o que ella sabía todo lo que él creía saber o que ella desdeñaba cosas que él todavía no sabía. Manejaba ella. Pero no estaba en condiciones de manejar nada.
– Tendríamos que hablar -dijo Etchenike dando un paso-. Hay mucha ropa sucia…
– La ropa estaba limpita… -y se volvió a reír. Hizo un gesto con las manos, el mar fue y volvió.
Sonó el teléfono y el agente Russo atendió. Los otros dos quedaron mirándose como en una sala de espera de dentista, de médico de pueblo.
– Sí, subcomisario. Casualmente está acá, subcomisario. Ahora mismo, señor.
Russo colgó y miró al veterano.
– Friedrich lo está buscando. Vaya al hotel.
Etchenike se inclinó un poco ante el agente, miró hacia la dama:
– ¿Vamos?
Ella lo siguió y embocó la puerta con alguna dificultad. En la vereda de tierra el veterano se dio cuenta de que no podía contar con ella para un itinerario de dos cuadras en línea recta.
– ¿Tomaste mucho?
Beba meneó la cabeza. Ni si ni no.
– Pagame una ginebra -dijo adelantando el mentón.
– Vamos ahí -dijo Etchenike.
Cruzaron la calle y se sentaron frente a un destartalado kiosco de lata iluminado por dos faroles a kerosén. El olor y el humo de las hamburguesas y los chorizos que crepitaban en la parrilla lateral inundaba el aire. Las tres mesas eran postes clavados en el piso de tierra con tapas circulares de madera. Las patas metálicas de las sillas vacilaban en el suelo irregular. La mujer que atendía recogió el pedido desde atrás del mostrador y luego vino con la ginebra, la cerveza y los maníes. Se había levantado algo de viento y los faroles se bamboleaban, hacían oscilar los conos de luz. Una racha vigorosa levantó la tierra de la calle y les hizo entrecerrar los ojos. Etchenike le pidió un pañuelo. Ella revolvió su cartera y se lo alcanzó.