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El Buen Alemán

Электронная книга - «El Buen Alemán». Краткое содержание книги:

El fin de la guerra en Europa culmina con la entrada de los ejércitos aliados en un Berlín que ha aceptado una rendición sin condiciones y cerca del cual celebran la Conferencia de Potsdam Churchill, Stalin y Truman. Pero haber acabado definitivamente con el Reich no pone fin a todos los problemas. En una zona controlada por los rusos acaba de aparecer el cadáver de un soldado del ejército estadounidense con los bolsillos repletos de dinero. Jake Geismar, periodista estadounidense que ya había estado en la capital alemana antes de la guerra, vuelve allí para cubrir el triunfo aliado y culminar su campaña particular, pero también para encontrar a Lena, una mujer de su pasado. El asesinato del soldado norteamericano se cruza en el camino de Geismar, quien irá descubriendo que hay muchas cosas en juego. Más de las que imaginaba.
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– También quieres hacer negocios por tu cuenta. ¿Qué vendes?

Jake volvió a negar con la cabeza.

– Quiero saber qué fue lo que vendió.

Tras ellos sonó un aplauso cuando la banda paró para hacer un descanso, el vacío del repentino silencio se llenó de conversaciones a mayor volumen.

– ¿Por qué has venido a verme? Diez mil. Con las chicas no se gana eso, imposible.

– Gunther me ha dicho que sabes cosas.

– No había oído hablar de nada así -dijo Danny con firmeza, y aplastó el cigarrillo en el cenicero.

– ¿Querrías preguntar por ahí? Puedo pagar.

Danny lo miró de reojo.

– También puedes descolgar un teléfono y llamar a Francfort.

– No. Está muerto.

El inglés se lo quedó mirando.

– Podrías haberlo dicho, eso demuestra falta de confianza. Será mejor que te largues. No quiero problemas.

– Nada de problemas. Mira, empecemos otra vez. Un hombre al que conocía vino a Berlín el lunes para cerrar un negocio, y lo mataron. Quiero descubrir quién fue.

– ¿Gunther también lo conoce?

– No. Me está ayudando. El hombre sólo hablaba inglés. Gunther ha creído que a lo mejor tú sabías algo. Muere un hombre, la gente habla.

– Conmigo no ha hablado nadie. Largo.

– Sólo quería saber si habías oído algo.

– Pues ya lo sabes. -Danny sacó otro cigarrillo-. Oye, aquí me gano la vida más o menos bien. Un poco de esto, un poco de aquello. Sin problemas. No tengo diez mil dólares y no mato a nadie. Tampoco me meto donde no me llaman. Aquí hay gente de toda clase. Vive y deja vivir, así vivirás más. ¿Verdad que sí, Ilse?

La chica alzó la mirada y sonrió sin comprender nada.

– Si alguien tuviera diez mil dólares, ¿qué podría comprar? -preguntó Jake, cambiando de táctica.

– ¿De una sola vez? No sé, nunca he tenido tanto. -Sin embargo, ya estaba intrigado-. Con la mercancía grande se hacen trueques, sobre todo. Un amigo mío consiguió una remesa de fábrica de una tela preciosa, calidad de paracaídas, y enseguida tuvo camiones bajando desde Dinamarca. Jamón enlatado. Ahora sí que tiene algo bueno. Eso puede venderse en cualquier lado. Pero de dinero nada hasta que se llega a la calle, ¿entiendes lo que quiero decir? ¿En metálico? Antigüedades, quizá, pero yo no sería capaz de distinguir una buena de una falsa, así que me mantengo al margen.

– ¿Qué más?

– Medicamentos, se pagan en metálico. Pero eso es algo sucio. Yo no lo tocaría.

Jake lo miró con fascinación. Jamón sí, pero penicilina no; una nueva clase de sutileza.

– Lo llevaba encima, lo que fuera -explicó Jake-. Nada de camiones, ni siquiera una caja. Era lo bastante pequeño para llevarlo consigo.

– Joyas, entonces. Eso sí que es algo especial -dijo Danny, como si se estuviera refiriendo a una de sus chicas-. Hay que saber qué tiene uno entre manos.

– ¿Preguntarás por ahí?

– Podría. Como favor a Gunther, cuidado. Ahí van de nuevo -dijo al ver subir a los músicos al escenario. Le sirvió otro trago a Jake y siguió entrando en materia-: ¿Lo bastante pequeño para llevarlo consigo? Oro no… Pesa demasiado. Papel, quizá.

– ¿Qué clase de papel?

La banda se arrancó con Elmer's Tune y provocó un nuevo asalto a la pista de baile. Alguien empujó la silla de Jake por detrás. Un ruso pasó maniobrando con la mano firmemente pegada al trasero de una chica. Otro se acercó a la mesa, sonrió a Ilse e hizo girar un dedo, el signo internacional del baile.

– Largo, amigo. ¿No ves que la señorita está comiendo?

El ruso retrocedió, sorprendido.

– No se ha dado cuenta de que estaba con usted -dijo en inglés una voz con acento-. Discúlpelo. -Jake se volvió-. Ah, señor Geismar.

– General Sikorsky.

– Sí, qué buena memoria. Disculpen a mi amigo. Creía…

– ¿Lo conoces? -le preguntó Danny a Jake-. Bueno, entonces está bien. Ilse, sé buena chica y dale unas vueltas.

– ¿Baila? -le dijo la chica al ruso mientras se levantaba y lo cogía del brazo.

– Gracias -dijo Sikorsky-. Muy amable.

– No tiene importancia -repuso Danny, todo simpatía-. ¿Y usted?

– En otra ocasión -dijo el general mirando a la otra rubia-. Un placer volver a verlo, señor Geismar. Una fiesta de otra clase. -Miró hacia la pista de baile, donde Ilse y el ruso ya estaban abrazados-. Me gustó hablar con usted.

– La cueva de Aladino -dijo Jake, intentando recordar.

– Sí. A lo mejor podemos volver a discutirlo otro día, si le apetece visitar nuestro sector. No es tan animado como esto, me temo. Buenas noches. -Se volvió hacia Danny e hizo una pequeña reverencia, antes de irse-. Mi camarada le agradece su ayuda.

– Más le vale volver a traerla aquí -dijo Danny, por fastidiar.

Sikorsky lo miró, después sacó un fajo de billetes, desprendió unos cuantos y los dejó caer junto al vaso de Danny.

– Con eso debería bastar -apuntó, y se marchó.

Danny miró los billetes, resentido, como si le hubieran dado un bofetón. Jake apartó la mirada y siguió los movimientos de Sikorsky por la sala, hasta la barra, donde saludó al amigo de Gunther.

– Pues no basta, ni de lejos, joder -estaba diciendo Danny-. Rojos de mierda.

– ¿Qué clase de papel? -preguntó Jake al volverse otra vez.

– ¿Qué? Ah, de cualquier clase. Me preguntas qué compraría con diez mil dólares, y lo que pienso es: «Ya lo he hecho». Comprar papel. Ya sabes, escrituras.

– ¿Tienes propiedades aquí?

– Un cine. Eso fue lo primero. Después pisos. Claro que hay que es coger buenas zonas. Un cine, por el contrario, siempre vale algo. ¿No crees?

– ¿Qué pasará cuando vuelvas a Inglaterra? -preguntó Jake con curiosidad.

– ¿A casa? No. Esto me gusta. Aquí hay montones de chicas… que parece que nunca hagan bastante por ti. Y tengo propiedades. ¿Qué me espera en Londres? ¿Cinco libras semanales y gracias? En Londres no hay nada, y aquí tengo todas las oportunidades del mundo.

Jake se quedó sentado en silencio un minuto, sin palabras. Otro artículo que Collier's no querría: el soldado irreverente con mesa en un rincón de Ronny's.

– Dudo que vendiese escrituras -opinó.

– Es sólo un ejemplo, ¿no? Ten, bebe un poco más -dijo mientras le servía con entusiasmo-. Es pura malta, no como vuestras mezclas. -Dio un trago-. Hay muchísimas cosas de valor en papel. Documentos de identidad. Documentos exculpatorios que lo hacen a uno honorable. Falsos, pero ¿quién se va a enterar? Claro que los compradores son siempre alemanes.

– Persilscheine-dijo Jake-. Para lavar los pecados.

– Eso es. Se pueden pedir hasta dos mil por uno de ésos, si es bueno. Se venden unos cuantos y… -Se detuvo, dejó el vaso-. Espera un momento. Te diré lo que sí ha estado circulando. Yo no he visto ninguna, claro, pero he oído que… Y muy buenos precios, además.

– ¿Qué?

– Cartas de los campos. Testimonios personales. Un judío escribe que tal persona estaba en el campo con él, o que tal otra intentó evitar que se lo llevaran. El mejor Persilschein de todos, el que limpia todo el historial de un plumazo.

– Si es auténtico.

– Bueno, quienes las escriben lo son. La mayoría no quiere hacerlo, claro, es comprensible. Pero si de verdad necesitas el dinero, para salir del país, pongamos, o algo así, en fin, ¿qué es una carta?

Jake miró su vaso, abatido. Exonerar a tu propio asesino. Siempre hay algo peor.

– Dios santo -dijo, un suspiro de indignación casi inaudible a causa del ruido de la banda.

Danny cambió de postura, volvía a estar incómodo, como si Jake hubiese lanzado dinero a la mesa.

– Yo no lo veo así. En esta vida no puede guardarse rencor. Vamos, mírame a mí. Tres años en un campo de prisioneros de guerra, y puedo decirte que fue un infierno. Esto nunca será lo mismo. -Se tocó la oreja-. Sordo como una tapia. Me sucedió allí, pero también aprendí algo de alemán. Esa es la parte buena, no sabía que me sería útil, pero ahora todo ha terminado y está zanjado, ¿de qué sirve darle vueltas? Hay que seguir adelante, eso creo yo.

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