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Электронная книга - «Los años con Laura Díaz». Краткое содержание книги:

Un recorrido por la vida íntima de una mujer y sus pasiones, los obstáculos, prejuicios, dolores, amores y alegrías que la conducen a conquistar su libertad propia y su personalidad creativa. Una saga familiar, originada en Veracruz. Laura Díaz y otras figuras de la talla de Frida Kahlo y Diego Rivera comparten aspectos centrales de la historia cultural y política del país, y nos llevan a reflexionar sobre la historia, el arte, la sociedad y la idiosincrasia de los mexicanos. En esta novela, como nunca antes, Fuentes es fiel a su propósito de describirnos el cruce de caminos donde se dan cita la vida individual y la colectiva.
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– Me corrió, Orlando, porque iba vestida de negro por la muerte de mi padre.

– ¿No sientes nostalgia de Xalapa?

– Te tengo a ti, ¿cuál nostalgia, pues?

– Tus hijos. Tu madre.

– Y las viejas tías -sonrió Laura porque Orlando le hablaba con solemnidad desacostumbrada-. Pensar que Diego Rivera es supersticioso.

– Sí, las viejas tías, Laura…

¿Era un héroe misterioso? ¿Era un amigo discreto? Pero además, ¿era un niño sentimental? Todo lo que Laura podía imaginar sobre el «verdadero» Orlando cada mañana, lo destruía el «verdadero» Orlando cada noche. Como un vampiro, el ángel del alba, candoroso y amante, se convertía en un diablo ofensivo, con lengua envenenada y mirada cínica, apenas se ponía el sol. Es cierto, a ella jamás la maltrató y Laura, en su rostro, aún sentía el golpe de su marido Juan Francisco cuando la arrastró fuera del taxi aquella noche. Nunca lo olvidaría. Nunca lo perdonaría. Un hombre no sabe lo que significa un golpe en la cara para una mujer, el abuso impune, la ofensa del más fuerte, la cobardía, la injuria a la belleza que toda mujer, sin excepción, guarda y expone en su rostro… Orlando jamás la hizo objeto de ironías o bromas crueles; aunque sí la obligaba a asistir de noche a la negación del Orlando diurno, discreto, sentimental, erótico, sobrio en su trato del cuerpo femenino como si fuera el suyo propio, Orlando que podía ser a un tiempo apasionado y respetuoso con el cuerpo femenino unido al suyo…

– Prepárate -le dijo sin mirarla, tomándola del brazo con la determinación de dos cristianos que entran al circo de los leones-. Brace yourself, my dear. Es el Circo Máximo, pero en vez del rugir de los leones, oye el mugido de las vacas, oye el balar de los corderos. Y sí, distingue el aullido de los lobos. Avanti, popolo romano… Allí viene nuestra anfitriona. Mírala bien. Mírala. Es Carmen Cortina. Bastan tres palabras para definirla. Bebe. Fuma. Envejece.

– Darlings! ¡Qué alegría verlos otra vez… y verlos juntos todavía! Milagros, milagros…

– Carmen. Deja de beber. Deja de fumar. Te haces vieja.

– ¡Orlando! -lanzó una carcajada la dueña de la casa-. ¿Qué haría sin ti? Me dices las mismas verdades que mi mamá, que Dios tenga en su gloria…

Era noche tormentosa afuera y enervada adentro.

– Piensa lo que quieras y no esperes que yo hable bien de mis amigos -le dijo el pintor lúgubre al crítico vestido de blanco, quien entonó su consabido «todos somos unas fachas».

– No es eso lo que quiero decir. Es que yo sólo tengo amigos indefensibies. Si son dignos de mi amistad, no pueden serlo también de mi defensa. Nadie merece tanto.

– Puras fachas.

– No es ese el problema -terció un joven profesor de filosofía con bien ganada fama de seductor indiscriminado-. Lo

que importa es tener mala fama. Ésa es la virtud pública en el México de hoy. Te llames Plutarco Elias Calles o Andrea Negrete

__dijo Ambrosio O'Higgins, que tal era el nombre del alto, rubio,

acongojado especialista en Husserl cuya fenomenología personal era una mueca permanente de desagrado y dos ojos, aunque adormilados, llenos de clara intención.

– Pues a ti ni quien te gane -le dijo la resucitaca y aludida Andrea Negrete, que después del fracaso de su última película La vida es un valle de lágrimas, subtitulada «Pero la mujer sufre más que el hombre», se había recluido en un convento de su provincia natal, Durango, dominado por la tía abuela de la actriz y habitado solamente por doce primas de ésta.

– Ni mi tía la abadesa ni mis primas las monjas se dieron cuenta de que conmigo eran trece a la mesa del refectorio. Son unas santas sin asomo de malicia. La que se moría de miedo era yo. Temía que se me atragantara el mole. Porque eso sí, el mejor restorán de México es el convento de mi da sor María Auxiliadora, se los juro por ésta…

Se besaba los dedos en cruz y Laura cerraba los ojos para imaginarse, de nuevo, el machetazo amoroso del Guapo de Papan-tla, los dedos cortados de la abuela Cósima, las uñas mutiladas chorreando sangre bajo el sombrero del chinaco…

– Pues a ti ni quién te gane -le decía la actriz al filósofo.

– Sí. Tú -le contestó el joven de apellido irlandés y ceja paralíticamente arqueada.

– Entonces a ver si juntos nos emparejamos -le sonrió Andrea.

– Para eso tendría que encanecer tantito -sacó la pipa O'Higgins-. Aquí y allá. Canas, digo, no ganas.

– Ay niño, eres tan bueno que la moral no te hace falta.

Andrea les dio la espalda sólo para encontrarse al marinero de calzón corto y a la estrella infantil coronada de bucles. Intercambiaban sutiles amenazas.

– Un día, voy a sacar mi puñalito y te voy a dejar como coladera…

– ¿Sabes tu problema, querida? Tienes un solo culo y quieres cagar en veinte bacinicas…

– ¿Te das cuenta, Orlando? Mira a ese muchacho guapísimo.

Orlando estuvo de acuerdo con Laura, ambos miraron al joven mejor parecido de la reunión.

– ¿Sabes que desde que llegamos sólo se mira intensamente al espejo?

– Todos nos estamos mirando al espejo, Laura. Lo malo es que a veces no vemos el reflejo. Mira a Andrea Negrete. Lleva veinte minutos posando sola, como si todo el mundo la admirase, pero nadie le hace caso.

– Más que tú, que te fijas en todo -Laura le acarició la barbilla a su amante.

– Y el muchacho guapo que se mira al espejo todo el tiempo y no habla con nadie… Andrea -Orlando hizo un gesto abrupto-, colócate detrás de ese chico.

– ¿El Adonis?

– ¿Lo conoces?

– No habla con nadie. Sólo se mira al espejo.

– ¿Colócate detrás de él? ¿Por favor?

– ¿Qué me dices?

– Aparécete. Sé su reflejo. Es lo que busca. Sé su fantasma. Apuesto a que esta noche te acuestas con él.

– Querido, me tientas…

Laura Riviére entró acompañada de un hombre altivo, moreno, en «la fuerza de la edad», le dijo Orlando a Laura Díaz, es un millonario y político muy poderoso, Artemio Cruz, es el amante de Laura, se acercó a chismearles Carmen Cortina, y nadie se explica por qué no deja a su mujer, una poblana bien cursi y provinciana -perdón, Laurita, no es indirecta-, cuando posee, subrayo, posee a una de las mujeres más distinguidas de nuestra sociedad, c'est fou, la vie!, alcanzó a exclamar, exasperada, Carmen la Ciega, como le decía Orlando cuando el tedio se apoderaba de su humor alicaído.

– Laura querida -se acercó a decirle Elizabeth a su compañera de bailes xalapeños-. ¿Viste quiénes llegaron? ¿Ves cómo se hablan al oído? ¿Qué quiere decirle Artemio Cruz a Laura Riviére que no se atreve? Ah, y un consejo, querida, si quieres conquistar a un hombre, no hables: respira, nada más respira, jadeando tantito, así… Te lo digo porque a veces te oigo alzar la voz demasiado.

– Pero Elizabeth, ya tengo un hombre…

– Nunca se sabe, you never know… Pero no vine a darte clases de respiración, sino a decirte que me sigas mandando las cuentas de todo, del peluquero, de la ropa, no te midas, chulita, el bembo de Caraza me dejó bien armada, gastar es mi placer y no quiero que nadie diga que mi amiga es la mantenida de Orlando Ximénez…

Laura, con el dibujo de una sonrisa agria, le preguntó a Eli-zabeth: -¿Por qué me estás ofendiendo?

– ¿Ofenderte yo? ¿A mi amiga de siempre? Jesús!

Elizabeth se secó el sudor que perlaba la división de sus ya muy prepotentes senos.

– Bueno, me estás cortando.

– No lo tomes así.

– Te he prometido pagarte. Conoces mi situación.

– Esperemos a la siguiente revolución, mi amor. A ver si a tu marido le va mejor entonces. ¿Diputado por Tabasco? No me hagas reír. Ése es un estado de comecuras y bebedores de tepache, no de señores que pagan la renta.

Laura le dio la espalda a Elizabeth y tomó la mano de Orlando con una urgencia de fuga. Orlando acarició la de Laura, sonriente.

– ¿No quieres toparte con el terrible Artemio Cruz en el elevador? Dicen que es un tiburón y a ti, mi amor, sólo te mastico yo.

– Míralo. Qué tipo arrogante. Ha dejado plantada a Laura.

– Te digo que es un tiburón. Y los tiburones nunca dejan de moverse. Si se detienen, se hunden y se mueren en el fondo del mar.

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