Los robinsones del Cosmos [Les robinsons du Cosmos - es]
- Автор: Карсак Франсис
- Год: 1956
- Язык: испанский
- Год: Edhasa / Nebulae 1
- Переводчик: J. C. A
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «Los robinsones del Cosmos [Les robinsons du Cosmos - es]». Краткое содержание книги:
Aquella noche el sol se ocultó con una demostración de púrpuras. A causa del mayor espesor de la atmósfera de Telus, las puestas de sol son más coloridas que en la Tierra, aunque Helios sea más azulado que nuestro viejo sol. Llegada la noche, nos pusimos a seis nudos de velocidad, a pesar de un brillante claro de luna. No me interesaba desvencijar al Temerario contra un escollo desconocido. Cuando amaneció, habíamos recorrido 450 kilómetros. Al Este, la costa continuaba siendo llana. Hacia el mediodía, nos encontramos ante un inextricable dédalo de islotes y de bancos de arena, y antes de aventurarnos en pasajes inciertos ordené la marcha mar adentro y perdimos la tierra de vista. Establecimos un turno de mando: yo tomé el primero, Miguel el segundo y nuestro jefe de tripulación, montañero de origen, pero que había servido quince años en la flota, el tercero.
Cuatro días después, sin haber desviado la proa del Sur, avistamos tierra, que de no tratarse de una isla, se flexionaba hacia el Sudoeste. Nos encontrábamos a los 32° de latitud Norte. La temperatura era cálida, pero soportable. Por la noche del propio día vimos a lo lejos una forma enorme y negra recreándose en el agua. Como precaución, mandé cargar las armas y dispuse a los hombres para hacer fuego, pero se alejó sin inquietarnos. Me puse en comunicación con Cobalt-City, y supe que, a pesar de todos sus esfuerzos, no habían conseguido ponerse al habla con New-Washington.
Nos alejamos nuevamente de la costa. Una mañana, cuando iba a dar orden de virar hacia el Este, el vigía señaló una costa al frente. Decidí practicar un reconocimiento. Avanzando con la sonda, llegamos a doscientos metros de una playa desolada. La posición verificada por Miguel fue de 19°3′ 44» latitud Norte y 28°22′ longitud Oeste con referencia a Cobalt-City. Parecía tratarse del cabo de una isla. Abandonando el anterior proyecto de desembarcar, pusimos rumbo al Sudeste. Un mensaje lanzado al avión quedó, al principio, sin respuesta. Dos horas después nos llamaron ellos mismos y nos dijeron que acaban de rechazar un ataque de las hidras, que no eran verdes, sino obscuras y de un tamaño enorme: de doce a quince metros de largo.
Sin más incidentes que un poco de mar gruesa, que el Temerario salvó sin dificultad, llegamos a la vista del continente sobre el que había caído el avión, continente que, según decían los aviadores, estaba separado del que comprendía a Cobalt-City por un estrecho. Para encontrarlo nos fue menester tantear hacia el Norte. Después de haber contorneado una enorme península, recorrimos la costa por debajo los 10 grados de latitud. La temperatura era agobiante y tuvimos que ponernos amplios sombreros y regar con frecuencia el puente metálico. A veces el mar se cubría de una bruma cálida y sofocante, más penosa aún que la insolación cegadora de Helios.
Finalmente, una noche llegamos a un punto de la costa, que, según nuestros cálculos, nos dejaba más cerca del avión. Descorazonados, examinamos la orilla. Era un verdadero laberinto. Los árboles crecían hasta el mar, sobre una playa fangosa, muelle, crujiente de una vida indistinta, y que desprendía un hedor terrible. Me pregunté con ansiedad cómo lo haríamos para desembarcar. En segundo plano, lejos, una gigantesca cadena lanzaba sus picos a más de 15.000 metros.
Escrutamos la costa a la búsqueda de un lugar más hospitalario. Algunos kilómetros más allá encontramos el estuario de un río, por el que penetramos, a pesar de la violencia de la corriente. Con la sonda lo remontamos hasta 90 kilómetros. Aquí, unos bancos de limo nos detuvieron. Todas nuestras armas estaban cargadas y duplicada la vigilancia. Las orillas, casi siempre encharcadas, alimentaban una vida inmunda, casi protozoica. Extraños amasijos de jalea viviente, animada de un movimiento amiboide, trepaban por el limo, coloreados en gris o en verde ácido. El aire estaba saturado de un olor putrefacto, y el termómetro marcaba ¡48 grados a la sombra! Llegada la noche, toda la orilla se iluminó de móviles fosforescencias de diversos colores.
Después de mucho buscar, encontramos en la orilla derecha un banco de rocas, que parecían desnudas, y desprovistas de seres vivientes. Acercamos al Temerario, maniobrando con las dos hélices. Los cables fueron amarrados con piquetes de hierro, plantados en el blando esquisto. Fue colocado el puente de madera, que permitió a la camioneta ganar tierra.
—¿Quién se va? — preguntó Miguel— Tú, yo, ¿y quién más?
— Tú, no. Es menester que alguien capaz de conducir al Temerario se quede aquí.
— Entonces, te toca a ti quedarte. Tú eres el único geólogo; en cambio, hay un montón de astrónomos.
— El jefe soy yo, y te ordeno que te quedes. Irás en el segundo viaje. Ponte al habla con el avión. ¿En qué dirección se encuentra y a qué distancia?
— Unos treinta kilómetros al Sudoeste. Cuando supieron que estábamos tan cerca, gritaron de alegría:
— No teníamos más que dos litros de agua potable y hemos acabado los comprimidos para esterilizar más.
— Imagino que estaremos aquí antes de dos horas — repuse—. Preparaos. Si tenéis combustible, encended un fuego. El humo nos guiará.
Me senté al volante. Andrés Etienne, un marinero, se ocupó de la torre armada con dos lanzagranadas. Un poco emocionado, abracé a Miguel, saludé a los demás y partimos.
III — LA MUERTE VIOLETA
Con la mirada puesta en la brújula, tomé la dirección Sudoeste. El suelo rocoso se prolongó durante dos o tres kilómetros; después el terreno tornóse blando. Etienne tuvo que bajar para colocar las cadenas a los neumáticos. A pesar de mi prohibición, quiso coger una especie de amiba de cuarenta centímetros de diámetro, y quedó con la mano quemada como por un ácido. Los animales pululaban. Algunos de ellos alcanzaban un metro de longitud. Se libraban a feroces combate al ralenti, en los que el vencido resultaba englobado por los seudópodos del vencedor, y digerido. Avanzábamos con dificultad. A trechos, el agua chorreaba bajo las ruedas. Afortunadamente, los vegetales eran escasos y flexibles, y se curvaban bajo el coche. Un hedor a huevos podridos, proveniente de la descomposición de estas hierbas, y quizá también de los animales gelatinosos, nos incomodaba terriblemente. Al fin, dos horas después de nuestra salida, vimos en la lejanía una columna de humo.
El sol ascendió, y los repugnantes seres fluctuantes desaparecieron. La tierra se endureció; aumentamos la velocidad y pudimos sacar las cadenas. Lejos percibí la silueta de un avión con las alas destrozadas. Cuando nos vieron los americanos, olvidándose de toda prudencia, corrieron hacia nosotros. Con la excepción de uno de ellos, equipado de aviador, todos llevaban el uniforme de la «U. S. Navy». Abrí la puerta trasera y les hice entrar. La camioneta resultaba incómoda para nueve. Con los saludos casi me desmontaron el brazo. Sacando una botella de debajo de mi asiento, les ofrecí el coñac con agua, quizá no muy fresca, pero que fue muy apreciado.
El de más edad, que podía contar treinta y cinco años y era comandante, hizo las presentaciones. Comenzó por una especie de gigante rubio, que me pasaba la cabeza: el capitán Elliot Smith. Después un hombre moreno rechoncho: capitán Donald Brewster. Un pelirrojo desgarbado se llamaba Donald O'Hara, y era teniente. El ingeniero Robert Wilkins, de treinta años, tenía el cabello castaño, ojos avellana y una amplia frente. El sargento John Pardy, gordo, era canadiense. Finalmente, designó el hombre vestido de aviador:
— Una sorpresa: Andrés Biraben, geógrafo, compatriota vuestro.