El contenido del silencio
- Автор: Эчеварриа Лусия
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El contenido del silencio». Краткое содержание книги:
Helena, la amiga íntima de Cordelia, será su guía durante la inmersión en la vida de su hermana. Un inmersión común que precipitará a ambos a confrontar sus miedos, vacíos y huidas.
Cuando regresara nuevamente hacia sí mismo, después de ese viaje de luces y sombras, reencontrada Cordelia o perdida para siempre -porque en muchos momentos de desánimo no albergaba mayor esperanza de hallarla viva-, el silencio de tantos años y la voz de Gabriel por fin encajarían, golpearían puertas tanto tiempo selladas hasta derribarlas, y edificarían sobre la destrucción de la infancia que supuso la separación de Cordelia a favor de su ausencia que se había hecho presencia, dolorosa presencia, en Canarias.
Al contrario de lo que Gabriel había imaginado, el hombre que estaba esperándolos a la mañana siguiente en la recepción del hotel era rubio y de ojos claros, de un color entre verde y castaño, alto y fuerte. Podría haber pasado por alemán si no fuera por el tono de la piel, de un color chocolate que no tenía nada de nórdico. Le apretó la mano al presentarse con tanta fuerza que le hizo daño, y a Helena la saludó con dos besos, uno en cada mejilla. Gabriel sabía bien que ése era un saludo común entre los españoles, pero aun así no pudo evitar sentirse molesto. El hombre se sentó en uno de los sillones apoyando una pierna sobre la otra en un gesto que pretendía ser viril y campechano, como si su dotación de macho alfa le pesara tanto entre las piernas que no supiera bien cómo acomodarla. Su porte, sin embargo, expresaba una especie de desdén aristocrático, una corteza de petulancia que contrastaba con la simplicidad y la efusión de sus modales. Gabriel sintió una corriente de antipatía que le estremeció todo el cuerpo pero procuró reprimirla. Aquel tipo se expresaba en un inglés correctísimo, tan bueno como el de Helena, casi sin traza de acento, lo que le hizo pensar que quizá podría haber estudiado en el Reino Unido.
– Así que quieren ustedes visitar la casa Winter.
– No la casa exactamente, sino más bien los alrededores. Creo que mi madre está viviendo por allí.
– ¿Por allí? ¿En Cofete?
– No sé si en Cofete, pero en una casa que está cerca de la casa Winter, como usted la llama. -Le contó toda la historia que había ensayado y le pasó las fotos.
– Sí, efectivamente, ésta es la casa Winter, y ésta es la playa que hay frente a ella. Esta foto que ve usted aquí, ésta, ha retratado, aunque usted no lo vea, un cementerio.
– ¿Esa playa es un cementerio?
– Pues sí. Aquí es donde enterraban antiguamente a los habitantes de la península, sin más lápida que una piedra y una tosca cruz de madera. Cuando alguien fallecía en Cofete, lo enterraban sin cura, en la playa, con uno de los familiares rezando un responso. Por aquella época entrar y salir de Cofete suponía bastante complicación, pues había que atravesar la cadena montañosa que rodea la península de Jandía. Y el camino es difícil. Así que eran los propios familiares y vecinos los que velaban el cadáver, lo trasladaban al camposanto y lo enterraban pronunciando algunas oraciones. El que más sabía se echaba adelante y recitaba la letanía. Y los de atrás, a darle la réplica. Luego, sobre la tumba, colocaban piedras y una cruz de madera con el nombre del finado y ya está, eso era todo.
– ¿Y el cura? ¿No había cura? -preguntó Helena.
– No había cura. Cofete, ya lo verán, es muy pequeño, y estaba muy aislado.
– ¿Los habitantes de allí no se relacionaban con el resto de la isla?
– Apenas. Se trataba de una comunidad agrícola, autoabastecida. Pero de vez en cuando alguien tenía que ir a Pájara, la población más cercana, en burro, por asuntos de importancia. Ya verán, cuando vayamos, que es fácil despeñarse por ese camino, incluso ahora que han hecho una pista que asi parece una carretera, más practicable. Imaginen el riesgo cuando se trataba de poco más que de un camino de cabras. Pues bien, el que tenía que viajar llevaba el nombre de los que habían muerto en Cofete, y así se consignaba en el registro. Pero como poca gente cae en la cuenta de que este trozo de playa es, en realidad, un cementerio, se ha dado el caso de que los excursionistas han acampado allí. La mayoría de las piedras desaparecieron hace tiempo, cuando la gente se las llevaba para construir sus casas… -Siguió examinando las fotos hasta que se detuvo en una-. Y esta torre retratada aquí es la de la casa Winter, tomada desde el sureste, si no me equivoco. ¿Dice usted que su madre vive en Cofete?
– La verdad es que no lo sé. La última vez que hablé con ella me dijo que vivía aquí, en Fuerteventura, y en la última carta me envió estas fotos. Mi madre no tiene teléfono móvil ni acceso a correo electrónico, y las cartas se las envío a un apartado de correos. Lo cierto es que no sé dónde vive.
– Mire, señor…, ¿cómo se apellida usted?
– Sinnott. Gabriel Sinnott.
– Gabriel, ¿puedo llamarte Gabriel?
– Por supuesto.
– Mira, Gabriel, la casa Winter está completamente aislada, en una zona despoblada. A unos dos o tres kilómetros se encuentra el pueblo de Cofete, pero casi nadie vive allí permanentemente, son más bien casas de vacaciones, antiguas casas de majoreros rehabilitadas, la mayoría concebidas como escapada de fin de semana. En esa zona no se puede edificar, pues se trata de un parque natural, sólo se pueden acondicionar las estructuras ya existentes. Puede que a tu madre le hayan alquilado una casa, sé de alemanes que han estado viviendo allí. Pero estas fotos no parecen haber sido tomadas desde Cofete. ¿Ves ésta? Aquí está tu madre…, porque es tu madre, ¿no?, en la tumbona, y se ve la torre de la villa muy nítida. Desde Cofete no podrías fotografiar la casa. Y esta foto, la de la ventana, ¿ves?, el mar se aprecia muy cercano, y me parece que si tomaras una foto desde una de las casas de Cofete no aparecería así… Me extraña muchísimo porque parece que hubiera una casa casi adyacente a la Winter, y te puedo asegurar, os puedo asegurar, que no la hay.
– ¿Estás seguro?
– Seguro del todo, no, pero casi. No sé si ya te lo han dicho, pero mi tía ha escrito un libro sobre la historia de la península de Jandía, y creo poder decir, sin falsa modestia, que quizá sea ella uno de los isleños que mejor conocen esa zona. Y ¿sabes quién la ayudó a editar el libro?
– Tú. -Gabriel empezaba a odiar cordialmente la arrogancia de aquel sujeto.
Ajeno a él, Virgilio siguió examinando las fotos con detenimiento.
– Otra cosa que me sorprende de las fotos que me das es la cantidad de imágenes de la casa Winter, tomadas a todas horas. Dime una cosa, ¿a tu madre le interesa la historia?
– Bueno, sí… -Gabriel pensó en Cordelia-, la verdad es que sí.
– Y ¿la segunda guerra mundial? ¿Los nazis?
– Muchísimo -respondió Helena de inmediato, quitándole la palabra.
Al principio Gabriel no entendió el porqué de la intervención de Helena, hasta que de pronto recordó lo que Rayco le había dicho: que Heidi, en su juventud, había pertenecido a un grupúsculo neonazi, y que la mujer tenía una orden de búsqueda y captura pendiente en Alemania por difusión de ideología nazi.
– Veréis, quizá os lo hayan contado ya, pero se dice que Gustav Winter, el constructor de la casa, era un espía a las órdenes del gobierno nazi. Durante años se creía que esto era una leyenda, pero un historiador local, don Juan Pedro Martín Luzardo, ya ha publicado algo al respecto bastante documentado. En los últimos años, numerosos tour operators alemanes hacen excursiones a la casa o, más bien, a las ruinas de la casa, para explotar el morbo de esa leyenda. Se me ocurre que quizá tu madre vino a Jandía a hacer una acampada y a ver la casa, pero eso no quiere decir que viva allí.