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Электронная книга - «Enredos y otros lios». Краткое содержание книги:

Maddie Dupree no ha llegado a este pueblo perdido de Idaho para encontrar marido, novio o cualquier cosa que se le parezca. Está resuelta a destapar la historia jamás contada sobre el sórdido pasado de la localidad… y también el de su propia familia. De niña, Maddie lo perdió todo y ahora ha vuelto al lugar del escándalo: un bar que siempre perteneció a los Hennessy. Quiere descubrir la verdad y nada se interpondrá en su camino, ni siquiera un par de ojazos azules. Los varones de la familia Hennessy son irresistibles, y el propietario actual del negocio, Mick, no es una excepción. Su difunto padre fue un rompecorazones incorregible que terminó causando la desgracia de dos familias. Hasta ahora, todas las chicas han hecho cola para llegar a Mick, pero cuando sus ojos se posan en Maddie, en sus curvas despampanantes y sus tentadores labios, no puede resistirse…
Un secreto puede ser la sustancia más ardiente.
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– ¡Oh… Dios… mío! -dijo Maddie cuando recuperó el aliento.

– Sí. -Mick se incorporó sobre un codo y la miró a los ojos.

– No recordaba que el sexo fuera tan bueno.

– No suele serlo. -Apartó unas cuantas hebras de cabello de la frente de Maddie-. En realidad, no creo que haya sido tan bueno nunca.

– De nada.

Mick se rió y dos hoyuelos se marcaron sus mejillas.

– Gracias.

Como ella no respondió, enarcó una ceja.

Maddie sonrió y separó las piernas de la cintura de Mick.

– Gracias.

Mick salió de ella y bajó de la cama.

– De nada -dijo por encima del hombro, mientras caminaba hacia el baño.

Maddie rodó de costado y cerró los ojos. Suspiró y se acomodó en la agradable y cómoda burbuja que se crea después del amor. No tenía ni un solo músculo del cuerpo tenso y no recordaba haber estado así de relajada en su vida. Oyó la cadena del váter y abrazó la almohada sobre la que descansaba la cabeza. Debía practicar el sexo con más frecuencia, como una táctica para reducir el estrés.

– ¿Quién es Carlos?

Maddie abrió los ojos y la burbuja se pinchó.

– ¿Qué?

Mick se sentó en la cama y la miró por encima del hombro.

– Me llamaste Carlos.

Maddie no lo recordaba.

– ¿Cuándo?

– Cuando te estabas corriendo.

– ¿Qué dije?

Una mueca le torció hacia abajo las comisuras de los labios.

– Sí, sí, Carlos.

Maddie notó que se sonrojaba desde el cuello hasta las mejillas.

– ¿Eso hice?

– Sí. Nunca me habían llamado por el nombre de otro. -Lo pensó un momento y luego añadió-: Me parece que no me gusta.

Maddie se sentó.

– Lo siento.

– ¿Quién es Carlos?

Era obvio que no iba a olvidar el tema y la iba obligar a confesar.

– Carlos no es un hombre.

Mick parpadeó y la miró con los ojos muy abiertos durante unos segundos.

– Carlos es una mujer.

Maddie se echó a reír y señaló el cajón de la mesilla de noche.

– Abre el primer cajón.

Mick se inclinó y abrió el cajón. Frunció el ceño para luego relajarlo despacio.

– ¿Eso es un…?

– Sí, ese es Carlos.

Mick la miró.

– ¿Le has puesto nombre?

– Pensé que como éramos íntimos debía darle un nombre.

– Es púrpura.

– Y resplandece en la oscuridad.

Mick se echó a reír y cerró el cajón.

– Es grande.

– No tanto como tú.

– Sí, pero yo no puedo… -Se rascó la mejilla-. ¿Qué hace eso?

– Pulsa, vibra, rota y se calienta.

– ¿Todo eso y también resplandece en la oscuridad? -dijo dejando caer una mano sobre la cama.

– Tú eres mejor que Carlos. -Maddie se acercó, para arrodillarse detrás de él y abrazarse a su pecho. Prefiero pasar el tiempo contigo.

Mick la miró.

– Yo no resplandezco en la oscuridad.

– No, pero tus ojos son más sexys y me encanta cómo me besas y me acaricias. -Apretó los senos contra la cálida espalda-. Tú me haces vibrar y me pones caliente.

Mick se volvió y la empujó suavemente sobre la cama.

– Me haces sentir como la última vez que estuve en esta habitación. Como si nunca tuviera bastante. Como si tuviera quince años y pudiera durar toda la noche.

Un rizo de cabello negro le cayó sobre la frente, y ella lo cogió y se lo volvió a poner en su sitio.

– Es una habitación algo diferente de la última vez que estuviste aquí con… ¿cómo se llamaba?

– Brandy Green. -Miró alrededor, la cómoda de caoba, las mesitas de noche y las lámparas-. A decir verdad, no recuerdo cómo era.

– ¿Hace mucho tiempo?

Mick volvió a mirar a Maddie.

– Estaba demasiado ocupado para notarlo. -La sonrisa le arrugó las comisuras de los ojos-. Brandy era mayor que yo y yo solo intentaba impresionarla.

– ¿Lo conseguiste?

– ¿Impresionarla? -Lo pensó un momento y luego sacudió la cabeza-. No lo sé.

– Bueno, a mí sí me has impresionado.

– Lo sé.

Mick se tendió en la cama a su lado, colocó a Maddie encima de él y luego la atrajo hacia su pecho.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque gimes sin parar.

Maddie se retiró el cabello hacia atrás.

– ¿Ah sí?

– Sí. Me gusta. -Mick le acarició un brazo-. Me permite saber que estás concentrada en lo que te estoy haciendo.

Maddie se encogió de hombros.

– Me gusta el sexo. Me gusta desde la primera vez, cuando estudiaba en la UCLA y perdí la virginidad con mi primer novio, Frankie Peterson.

La mano de Mick se detuvo.

– Esperaste hasta que tenías ¿cuántos… veinte?

– Bueno, yo era Cincinnati Maddie, ¿te acuerdas? Pero cuando salí de casa de mi tía para ir a la universidad perdí casi treinta kilos, porque era tan pobre que no tenía dinero para gastar en comida. En aquellos días solía trabajar mucho. Tanto que quemé todas mis grasas, y ahora me niego a hacer nada que me cause problemas, que sea doloroso o aburrido.

Maddie le acarició la fina línea de vello del vientre.

– No necesitas hacer ejercicio -dijo Mick recorriendo con la mano la espalda de ella hasta el trasero-. Eres perfecta.

– Estoy demasiado blanda.

– Eres una mujer. Se supone que debes ser blanda.

– Pero yo soy…

Mick la tumbó en la cama y la miró desde arriba.

– Te miro y nada de lo que pienso me impide querer estar contigo. -Recorrió el rostro de Maddie con la mirada-. He intentado alejarme de ti. He intentado mantener las manos lejos de ti, pero no puedo. -La miró a los ojos-. Tal vez después de esta noche lo consiga.

A Maddie se le atragantó el aliento en el pecho. No quería una noche. Quería muchas noches, pero él era Mick Hennessy y ella era Maddie Jones. Tendría que decírselo. Y pronto.

– Entonces será mejor que nos apliquemos. -Maddie le puso la mano en la nuca y le acarició el corto cabello con los dedos-. Mañana podrás volver a estar enfadado conmigo, y yo volveré a la abstinencia. Todo volverá a ser como era antes de esta noche.

Mick hizo una mueca.

– ¿Tú crees?

Maddie asintió.

– Ninguno de los dos anda buscando el amor, ni siquiera un compromiso más allá de esta habitación. Ambos queremos lo mismo, Mick. -Maddie atrajo la boca de él hasta la suya y le susurró en los labios-. Sin ataduras. Solo un polvo de una noche.

Como creía que era la última vez que disfrutaba del sexo antes de volver a la abstinencia, se aseguraría de que fuera memorable.

Le dejó durante el tiempo de abrir el grifo de la bañera de hidromasaje y verter jabón de baño con perfume a mango en el agua. Luego lo cogió de la mano y lo llevó al cuarto de baño. Jugaron con las burbujas de espuma y cuando llegó el momento, lo cabalgó como si fuera un caballito de mar. Esta vez, cuando llegó a la cima, se aseguró de que lo llamaba por su nombre.

Cuando terminaron y Mick tiró por el váter el último condón, Maddie se quedó dormida con la espalda apretada contra el pecho de Mick y él con la mano en uno de sus senos. Él le estaba hablado de algo, ella acurrucó el trasero contra la entrepierna de Mick y se quedó dormida. Tenía intención de ponerse una bata y acompañarle hasta la puerta, pero hacía tanto tiempo que no se sentía segura y protegida… Claro que era una ilusión. Siempre había sido una ilusión. Nadie salvo ella misma podía hacer que estuviera segura y protegida de verdad, pero había estado bien.

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