Encrucijada en el crepúsculo
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #10
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
—¿Qué posibilidades hay de que ese tipo me conozca? —se mofó ella—. No tengo… —Su semblante se crispó un momento—. No tenía muchos… amigos a este lado del océano, y en Ebou Dar, ninguno. —Rozó con los dedos las puntas del pelo postizo que caía sobre su seno—. De todos modos, con esto ni mi propia madre me reconocería. —Al final de la frase su voz se tornó sombría.
Mat acabaría partiéndose un diente si seguía apretándolos así. Quedarse plantado allí en medio, discutiendo con ella, sería totalmente inútil, pero todavía conservaba fresco el recuerdo de cómo había mirado a aquellos soldados seanchan.
—No lancéis miradas fulminantes a nadie —advirtió—. Mejor aún, no miréis a nadie.
—Soy una ebudariana recatada. —Por el modo en que lo dijo parecía un desafío—. Puedes llevar la voz cantante. —Y eso sonó como una advertencia.
¡Luz! Cuando una mujer no estaba por la labor, podía ponerte las cosas muy difíciles, y Egeanin nunca estaba por la labor. Desde luego corría el peligro de romperse un diente. Al otro lado de la entrada, la calle principal del espectáculo serpenteaba entre los carromatos semejantes a los que usaban los gitanos, casas pequeñas sobre ruedas con las lanzas de los tiros levantadas contra los asientos de los conductores, y tiendas cercadas tan grandes como casas pequeñas. La mayoría de los carromatos estaban pintados en vivos colores, en todas las gamas de rojos y verdes, amarillos o azules, y muchas de las tiendas eran igualmente de colores muy vistosos, algunas incluso a rayas. Aquí y allí se alzaban plataformas de madera donde los artistas ofrecían sus actuaciones a los lados de la calle, aunque sus banderitas de colores empezaban a tener un aspecto algo mugriento. El amplio espacio de tierra, de cerca de treinta pasos de ancho y aplastado por miles de pies, era realmente una calle, una de las varias que discurrían por el recinto del espectáculo. El viento arrastraba las tenues bandas grises de humo que se elevaban de las delgadas chimeneas que asomaban por los techos de los carromatos y de algunas tiendas. La mayoría de los artistas estarían desayunando, si es que no seguían acostados. Se levantaban tarde por norma —una norma que Mat aprobaba—, y a nadie le apetecería comer sentado junto a las lumbres de fuera con aquel frío. La única persona a la que vio fue Aludra, con las mangas del vestido verde oscuro remangadas en los antebrazos y machacando algo con un mortero y majador de bronce sobre una mesa que se desplegaba del costado de su carromato, éste de un azul intenso, justo en la esquina de una de las calles laterales, más estrechas.
Ensimismada en su trabajo, la esbelta tarabonesa no vio a Egeanin y a Mat, que, sin embargo, no pudo evitar mirarla. Con el oscuro cabello tejido en finas trenzas rematadas con cuentas y largas hasta la cintura, Aludra era probablemente la más exótica de las maravillas del espectáculo de Luca. Éste la anunciaba como una Iluminadora, y a diferencia de muchos de los otros artistas y portentos era lo que Luca afirmaba, aunque probablemente el propio Luca no lo creyera. Mat se preguntó qué estaría machacando. Y si explotaría. Había prometido revelarle el secreto de los fuegos de artificio si daba con la respuesta a un acertijo, aunque hasta ahora no se le había ocurrido la menor conjetura. Pero lo resolvería. De un modo u otro. Egeanin le hundió un dedo en las costillas.
—Se supone que somos amantes, tal como no dejas de recordarme —rezongó—. ¿Quién se lo va a creer si miras fijamente a otra mujer como si estuvieras hambriento?
—Siempre miro a las mujeres guapas, ¿no lo habíais notado? —respondió Mat, que esbozó una sonrisa descarada.
La seanchan se ajustó el pañuelo con más energía de la necesaria, a la vez que soltaba un gruñido despectivo, y Mat se sintió satisfecho. Esa vena gazmoña de la mujer venía muy bien de vez en cuando. Egeanin estaba en plena huida para salvar la vida, pero seguía siendo seanchan, y ya sabía sobre él mucho, demasiado para su gusto. De ningún modo iba a confiarle todos sus secretos. Ni siquiera los que ni él sabía aún.
El carromato de Luca se encontraba justo en el centro del recinto, la mejor ubicación, lo más lejos posible de los olores de las jaulas de animales y las estacadas de caballos situadas a lo largo de la pared de lona. Era chillón incluso comparado con los otros del espectáculo, una cosa roja y azul que brillaba como el mejor trabajo de lacado, y con toda la superficie salpicada de estrellas y cometas dorados. Las fases de la luna, en plateado, se sucedían alrededor, justo debajo del tejado. Hasta la chimenea de estaño estaba pintada en anillos rojos y azules. Un gitano se habría ruborizado. A un lado del carromato había dos filas de soldados seanchan cubiertos con yelmos, junto a sus caballos, y las lanzas adornadas con borlas verdes tenían todas exactamente el mismo ángulo de inclinación. Uno de los hombres sostenía las riendas de otra montura, un bonito castrado pardo de fuerte grupa y buenos tobillos. La armadura azul y verde de los soldados parecía apagada y sosa al lado de la carreta de Luca.
A Mat no le sorprendió ver que no era el único interesado en los seanchan. Con un oscuro gorro de punto —tejido largo y con pompón en la punta— bien calado para cubrirse la cabeza afeitada, Bayle Domon estaba sentado sobre los talones con la espalda apoyada en una de las ruedas del carromato verde que pertenecía a Petro y Clarine, unos treinta pasos detrás de los soldados. Los perros de Clarine, una colección variopinta de animalillos, dormían acurrucados unos contra otros debajo del carromato. El corpulento illiano fingía tallar una pieza de madera, pero lo único que había hecho hasta el momento era un pequeño montón de virutas a sus pies. Mat deseó que el tipo se dejara crecer bigote para tapar el labio superior o si no que se afeitara el resto de la barba. Alguien podía relacionar a un illiano con Egeanin. Blaeric Negina, un tipo alto que se apoyaba en la carreta como si hiciera compañía a Domon, no había dudado en cortarse el mechón shienariano para no llamar la atención, si bien se pasaba la mano sobre el pelo oscuro que empezaba a crecerle, con tanta frecuencia como Egeanin comprobaba su peluca. Quizá debería llevar un gorro.
Con las oscuras chaquetas de puños deshilachados y las botas desgastadas, ambos podían pasar por gente del espectáculo, quizá cuidadores de caballos, excepto para otros que tuvieran ese trabajo. Observaban a los seanchan al tiempo que intentaban hacer como si no los miraran, pero Blaeric tenía más éxito, como podía esperarse de un Guardián. Parecía tener puesta toda su atención en Domon, salvo por alguna que otra ojeada aparentemente fortuita a los soldados. Domon miraba ceñudo a los seanchan cuando no miraba ceñudo al trozo de madera que tenía en las manos, como si con sólo ordenárselo pudiera convertirse en una bonita talla. Ese hombre se había tomado muy a pecho lo de ser so’jhin.
Mat intentaba discurrir algo para acercarse al carromato de Luca y escuchar a escondidas sin que lo vieran los soldados, cuando la puerta de la parte trasera del carromato se abrió y un seanchan de cabello claro bajó la escalera; se caló el yelmo adornado con una fina pluma azul en el momento en que sus botas tocaron el suelo. Luca apareció detrás, resplandeciente con su atuendo escarlata cuajado de bordados de dorados soles reventones y haciendo rebuscadas reverencias mientras seguía al oficial. Luca poseía al menos dos docenas de chaquetas, la mayoría rojas y a cuál más chabacana. Menos mal que su carromato era muy grande, o no habría tenido sitio para todas.
Haciendo caso omiso de Luca, el oficial seanchan montó en su castrado, se ajustó la espada y bramó órdenes que lanzaron a sus hombres rápidamente sobre las sillas y a formar en una columna de a dos que se dirigió al paso hacia la entrada. Luca los siguió con la mirada, sin borrar la sonrisa, presto para hacer otra reverencia si cualquiera de ellos se volvía a mirar.
Mat permaneció a un lado de la calle, bien apartado, y fingió quedarse boquiabierto, maravillado, mientras los soldados pasaban. Tampoco es que ninguno de ellos se dignara mirar hacia él —el oficial llevaba fija la mirada al frente y sus soldados igual—, pero nadie prestaba atención a un palurdo ni se acordaba de él.